Aiden Thomas - Perdidos en Nunca Jamás

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Hace cinco años, Wendy apareció en el bosque. Sus hermanos, John y Michael, no aparecieron nunca. Jamás.
Ahora niños han empezado a desaparecer sin dejar rastro por toda Astoria y el caso de los Darling vuelve a estar en el foco de todas las miradas, ¿acaso están relacionados?
Wendy no quiere abrir esa herida. No quiere más interrogatorios policiales. No quiere sentir esperanza. Pero, entonces, un chico inconsciente cae del cielo directo hacia ella.
Un chico imposible. Uno que no debería existir fuera de las historias que Wendy les contaba a sus hermanos antes de dormir. Uno que le dice que, si no actúan pronto, los niños perdidos correrán la misma suerte que John y Michael.
¿Acaso él sabe dónde están sus hermanos? ¿Es posible que ese chico sea realmente Peter Pan?

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Nadie le prestó mucha atención. La sala de emergencias estaba repleta y siempre faltaba personal. No había suficiente espacio de almacenamiento, así que las paredes tenían estanterías con ruedas repletas de suministros médicos que podían ser transportados entre las habitaciones.

Por lo menos aquí todos estaban demasiado ocupados para detenerse en ella. Solo logró ver brevemente al chico que yacía en la camilla en una sala más alejada, antes de que una enfermera cerrara la cortina.

Wendy se acomodó en un asiento de plástico acolchonado contra una pared, observó los pies de las enfermeras y los doctores amontonarse alrededor de la cama. Se repetía que solo era un chico que se había perdido en el medio del bosque. La carretera estaba oscura y no lo había podido ver bien. Una vez que pudiera probarse a sí misma de que solo era un desconocido, podría ir a casa y dormir un poco.

Pero no se marcharía sin verlo.

–¿Ya regresaste? –la voz familiar de la enfermera Judy llamó su atención. Estaba parada detrás del escritorio de las enfermeras y sostenía una bandeja con jeringas mientras miraba a Wendy por encima de sus gafas. La enfermera le proporcionó una excusa antes de que pudiera inventar una–. Ah, ¿estás esperando a tu madre? –Su expresión se relajó–. Está en la sala de descanso, debería salir en un momento.

–Gracias.

Aquello pareció ser suficiente para satisfacer a la enfermera Judy, quien regresó a su trabajo. A veces, Wendy y su madre volvían a casa juntas cuando trabajaban el mismo turno. Wendy se aferró al dobladillo de su camiseta.

Solo necesitaba ver al chico una vez más. Luego podría marcharse antes de que alguien reparara en ella, antes de que alguien la notara y empezara a hacer preguntas.

Pero, por supuesto, eso era pedir demasiado.

Las puertas de la sala de emergencias se abrieron de par en par y entraron Dallas, Marshall, el oficial Smith y otro policía que no reconocía. El estómago de Wendy se retorció, subió sus pies a la silla y abrazó sus rodillas cerca de su pecho. Tal vez no la verían.

Dallas le entregó al oficial Smith unos papeles y señaló con la cabeza en dirección a Wendy. El oficial Smith le lanzó una mirada dura y los ojos de Wendy salieron disparados hacia las cortinas cerradas.

Genial.

A Wendy no le gustaban los policías. Después de lo que le había sucedido en el bosque, ya no confiaba en ellos. No habían hecho nada más que asustarla y hacerle las mismas preguntas una y otra vez. Nunca le creyeron cuando dijo que no podía recordar nada.

Y fallaron en encontrar a sus hermanos. El oficial Smith había sido uno de esos policías.

Wendy escuchó los sonidos de sus cinturones cargados y el chillido de sus botas sobre el linóleo. Se detuvieron delante de ella. Wendy intentó relajar los músculos de su rostro e invocar una expresión de aburrimiento mientras miraba firmemente hacia adelante. Su corazón se agitaba de manera traicionera en su pecho.

–¿Señorita Darling? –El oficial que no reconocía habló primero. Su voz era demasiado gentil, como si hubiera elegido la profesión equivocada.

Ella asintió sin emitir sonido.

–Solo tenemos un par de preguntas –dijo. Las hojas de su anotador crujieron cuando lo tomó.

–Ya hablé con los paramédicos –respondió inexpresiva.

–Sí, por supuesto. –El oficial Smith dio un paso hacia adelante, sus esposas brillaban en su cinturón–. Pero tenemos algunas preguntas más.

Una resistencia furiosa se encendió en Wendy.

–¿No deberían estar buscando a esos niños perdidos en vez de molestándome? –Se arrepintió de sus palabras casi tan pronto como salieron de sus labios.

–Sí, deberíamos, Wendy.

La chica alzó la mirada ante su tono duro. El oficial Smith fruncía el ceño pronunciadamente y sus puños descansaban en sus caderas. El otro policía, joven y con cabello corto y prolijo, lucía incómodo. El nombre en su uniforme decía cecco. Wendy conocía ese nombre. Iba a la secundaria con una chica cuyo apellido era Cecco. Este debía ser su hermano mayor.

Los ojos del oficial Cecco iban de Wendy a Smith.

–Por eso deberías cooperar con nosotros para que podamos determinar si este chico fue otra víctima –añadió el oficial Smith.

–¿Y bien? –Wendy tragó con fuerza, pero alzó una ceja impaciente y Cecco se aclaró la garganta.

–¿Dijiste que algo cayó en el capó de tu auto?

–Sí.

–¿Como la rama de un árbol? –sugirió.

–No… no como la rama de un árbol, fue como… –Wendy pensó en la cosa negra extraña que había visto. No era lo suficientemente sólida como para ser una rama. Era nebulosa y, lo que fuera que haya sido, giraba y se movía como si, si intentaras tocarlo, simplemente se escurriría entre tus dedos.

Pero ¿cómo demonios iba describirle eso a la policía?

–Abolló mi capó y rayó mi parabrisas.

–Como la rama de un árbol –insistió Smith y se movió en su lugar de mal humor. Wendy alzó su mentón e intentó sonar firme.

–No. –Por supuesto que no le creía–. No sé qué era, pero no era una rama.

–Los médicos dicen que no hay señales de que la víctima –Wendy hizo una mueca ante la palabra– haya sido atropellada –siguió Cecco–. Y dijiste que habló contigo. ¿Te contó qué sucedió?

–No.

–Dijiste que sabía tu nombre –su voz volvió a suavizarse–. ¿Lo conoces?

Abrió la boca para decir “no”, pero la palabra se atascó en su garganta. Vaciló.

Los ojos de Wendy se posaron en el escritorio de las enfermeras.

La enfermera Judy, alarmada, observaba a los oficiales que hablaban con ella. Su rostro estaba rojo y, por un momento, Wendy pensó que marcharía hacia ellos y echaría a los policías. En cambio, avanzó a paso ligero en dirección a la sala de descanso.

Wendy sostuvo sus piernas con más fuerza y se aceleró su respiración. Esperaba que Smith y Cecco no lo notaran.

–No. –Pero no sonó tan segura como antes. No podía decirles que creía que casi atropella a un chico que solo conocía de cuentos inventados. La cabeza de Wendy emitió un latido doloroso.

–¿Estás segura?

–Sí.

Los fríos ojos grises de Smith se entrecerraron.

–¿Cómo terminó en el medio del camino? –preguntó–. ¿Vino de las carreteras internas del bosque?

Finalmente Wendy miro a los rostros de los dos oficiales. Sonrió y entrecerró los ojos.

–¿Tal vez cayó del cielo?

Los labios de Smith formaron una línea recta, el músculo de su mandíbula estaba tenso. Wendy sintió una pequeña sensación de satisfacción. Cecco frotaba su nuca incómodo. Después de lanzarle una mirada nerviosa a Smith, volvió a concentrarse en Wendy.

–¿Cómo es que él sabe tu…?

–¿Qué está sucediendo aquí? –la voz era tranquila, pero severa.

–Mamá –Wendy susurró.

Su madre apareció entre los dos oficiales. Mary Darling vestía ropa quirúrgica de tono azul desgastado, su cabello castaño claro estaba peinado en un rodete descontracturado. Sus manos estaban inquietas mientras sus ojos filosos castaños saltaban entre los oficiales. La autoridad severa que alguna vez tuvo se escondía detrás de sus hombros caídos y de las ojeras debajo de sus ojos.

Wendy se puso de pie, se abrió camino entre Smith y Cecco para llegar a su lado.

–¿Estás bien? –preguntó la señora Darling y le echó un vistazo de reojo a Wendy–. ¿Qué sucedió? ¿Tu padre…?

–No, estoy bien –respondió Wendy rápidamente. Su madre podría solucionar esto, ella podría darle sentido–. Había un chico…

–Señora Darling, necesitamos hablar con su hija –la interrumpió Smith.

–¿Por qué, oficial Smith?

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