Juan Bolea - Crímenes para una exposición

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La isla de Wight, un palco en la Ópera de Viena, los cayos del Caribe… Del pasado de la subinspectora Martina de Santo regresa un atractivo fantasma: Maurizio Amandi, pianista célebre por su talento, su vida disipada y su obsesión por la obra Cuadros para una exposición, del compositor ruso Modest Mussorgsky. La última gira de Amandi está coincidiendo con los asesinatos de una serie de anticuarios relacionados con él. Al reencontrarse con Martina de Santo, con quien vivió un amor adolescente, un nuevo crimen hará que las sospechas vuelvan a recaer sobre el artista. Martina de Santo deberá apelar a sus facultades deductivas y a su valor para desvelar el misterio y desenmascarar y dar caza al asesino.

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– La codicia puede llegar a ser un impulso irrefrenable.

En su declaración, Gedeón Esmirna había admitido que los restos de Terrén, envueltos en una lona, habían ido a parar a un contenedor del Mercado de Pescados. El camión de basura que cada noche hacía la ruta del barrio portuario de Bolsean los habría trasladado al vertedero municipal. Debido al tiempo transcurrido, y al tratamiento que se aplicaba a los desechos orgánicos, las posibilidades de encontrar pruebas, o los propios restos, eran prácticamente nulas.

El anticuario no había negado el móvil. Admitió haber ejercido como perista de forma ocasional, cuando le interesaba alguna pieza determinada, cuyo origen no cuestionaba; pero insistió en haber ejercido su oficio con honestidad a lo largo de más tres décadas, y en haber colaborado con el Obispado y con distintas parroquias en la restauración de obras de arte. Gedeón Esmirna era, de hecho, caballero de la Virgen, patrono del Museo de Tapices de la catedral de Bolsean y miembro fundador de dos cofradías.

El doctor Marugán, el forense que analizó su personalidad, una vez el anticuario hubo sido intervenido de la herida de bala y trasladado al Hospital Clínico de Bolsean, donde se fue recuperando bajo vigilancia, concluyó que Esmirna no padecía el menor trastorno psiquiátrico.

Jamás, con antelación a la comisión de los asesinatos, había manifestado el anticuario actitudes o inclinaciones violentas, y cuantos testimonios pudieron los investigadores reunir acerca de su comportamiento social, fueron favorables. Ni la inteligencia ni la sensibilidad de Esmirna aparentaban estar perturbadas por complejo, anomalía o síndrome alguno, excepción hecha de una cierta inclinación al fetichismo y una leve neurosis obsesiva, manifiesta en una fijación que obraba en su razonamiento a manera de dogma: los dueños de las tres Egmont-Swastikas que había conseguido localizar, Teodor Moser, Alessandro Amandi y Luis Feduchy, intentaban por todos los medios hacerse a su vez con el juego completo de los ejemplares existentes en el mundo; en consecuencia, Esmirna no halló mejor modo de obtenerlos que liquidando a sus dueños.

«Intenta hacernos creer que esas estilográficas ejercían alguna clase de poder sobre su voluntad -había dictaminado el psiquiatra-. Que su deseo no se enfocaba tanto hacia su posesión, aunque no existía otra forma de aplacar su avidez, su ansiedad, como hacia la necesidad de ser poseído por ellas. Está convencido de que tienen vida propia, de que precisan su compañía y custodia.»

– ¿Qué será de esas piezas? -preguntó Horacio.

Las plumas permanecían bajo custodia del Ministerio del Interior, en una caja de seguridad del Banco de España. Ante su futuro se adivinaba un complicado proceso. Maurizio Amandi estaba dispuesto a donar su ejemplar (algunos museos especializados en objetos de escritura se habían interesado por las legendarias Swastikas de John Egmont), pero los parientes de Moser y Feduchy aún no se habían pronunciado. En cuanto a la cuarta pluma, permanecía en paradero desconocido.

– No es cosa nuestra -repuso Martina, sacando del bolsillo la suya, el ejemplar espurio, que el comisario Satrústegui le había autorizado a conservar.

– ¿Se imagina que desaparezcan obligándonos a reabrir el caso? ¿O que alguien vuelva a matar para obtener la cuarta Swastika?

– De esa manera dispondría usted de nuevos elementos para escribir su historia. Porque se propone dar forma literaria a este caso, ¿estoy en lo cierto?

El rostro de Horacio se encendió.

– He comenzado a tomar algunas notas, la verdad. Y hay un editor interesado.

– Confío en que haya tenido la decencia de cambiarme el nombre e incluir esa tópica advertencia sobre cualquier parecido con la realidad.

– Por mera coincidencia, coincide con el suyo.

Martina recordó que Horacio era aragonés; no había nada que hacer. Sonrió, resignada.

– Tenga, escribirá mejor con esto.

La subinspectora le entregó la Swastika.

– ¿Qué está haciendo, Martina? ¡De ninguna manera puedo aceptarla!

– Se lo ruego. A mí me traería confusos recuerdos.

– Si insiste…

En la mano del archivero, los falsos rubíes brillaron bajo las luces de una farola. La subinspectora despidió a Horacio en la puerta de su casa y se alejó caminando hacia el casco viejo, en busca de un restaurante donde cenar sola.

La oscuridad caía sobre Bolsean. Del cielo negro ella habría querido colgar una esperanza, la mano de un inocente, ecos de causas perdidas. Porque Martina de Santo no exigía belleza a la ciudad. Sólo acción, compasión, justicia y, ojalá, cuando se hubiera curado de las últimas heridas, las de la piel y las del alma, un nuevo caso criminal en el que sumergirse a fondo.

Juan Bolea

Crímenes para una exposición - фото 2
***
Crímenes para una exposición - фото 3
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