Erlantz Gamboa - Caminos Cruzados

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Un matrimonio de un pueblecito mexicano aparece brutalmente asesinado en su propia casa. Nadie puede hacerse a la idea de que estas cosas que suceden normalmente en la capital hayan acabado pasando en la tranquila población y menos que nadie el encargado de la investigación policial, Carvajal. Es entonces cuando aparece la agente de la policial federal, Marcia de Valcarcel, que informa a Carvajal de que el crimen se corresponde con el modus operandi de un asesino en serie al que hace bastante que persigue y al que ha apodado Calígula.
Por otro lado, en un pueblo cercano aparece una anciana con el cuello roto y con la caja fuerte donde guardaba sus joyas desvalijada. En esta ocasión es el teniente Arturo Palacios quien irá detrás del asesino «mataviejitas».
Las historias de las dos investigaciones se van entretejiendo con agilidad en la novela que resultó ganadora del Premio Internacional de Novela Negra L'H Confidencial 2010. En palabras del jurado «destaca el buen ritmo narrativo y la buena dosificación de ingredientes de la historia, que convierten Caminos cruzados en una novela ágil y con unos hilos argumentales bien trabados, que aseguran el interés de la historia hasta la última página».

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– Susana Mendiluce -dijo el teniente, repitiendo lo que leía Sofía-. Inversiones que reditúan. Bienes Raíces. Calle Sánchez Belmonte número 125, y el teléfono es: 4 589 741, con clave de San Pedro. Lo tengo. Se lo agradezco mucho.

Cuando colgó, inmediatamente marcó el número que Pereira le ponía ante los ojos. Alguien contestó al otro lado de la línea, y el teniente preguntó si era la empresa de bienes raíces. Colgó al cabo de pocos segundos.

– Un hotel -le dijo a su ayudante-. Estaba alojada en un hotel. Se habría puesto de acuerdo con la telefonista para que le pasase las llamadas de «negocios».

– Eso sucedió hace un par de meses, por lo que ya nada se podrá obtener en el hotel.

– No, ya nada. ¿Crees que alguien más, de las otras víctimas, o sus familiares, puede tener una tarjeta como ésa?

– Habrá que investigarlo. ¿Vamos a ir a la joyería?

– Es lo primero que haremos en San Pedro. Llegaremos de noche, pero mañana estaremos allí en cuanto abran -aseguró el jefe.

– Así que nos vamos, ¿no?

– Yo sí. No sé si tú tienes aún algo pendiente.

El sargento se rascó la cabeza. Era una pregunta sencilla, siempre y cuando se conociese la respuesta, y podía asegurar que aún no tenía una.

– Sí -aceptó por fin-, pero tendría que invertir mucho tiempo, y no me sobra.

Pereira cerró el cuaderno y cogió su maletín. El jefe le imitó y agarró el suyo. Antes de llegar a la puerta, preguntó:

– ¿Es de las que se casan?

– Al menos, lo pretende.

– Como todas. Y la mayoría lo consigue.

Pereira no pestañeó, aunque tenía a alguien en la mente, y le producía un poco de risa. Era sabido que ella se esforzó en conseguirlo y que lo logró, si bien pronto se arrepintió de todo el esfuerzo dedicado.

Claudio llamó a la puerta. Miró hacia los lados y atrás, para ver si había gente. No pasaba nadie por la calle. Sólo se veía a unas mujeres que paseaban carritos de bebés por el parque. Posiblemente le verían desde alguna ventana, pero su presencia no les parecería extraña.

Una señora de edad abrió la puerta y se asombró al ver al hombre alto vestido de gasero. Éste se había quitado las gafas oscuras, se las había metido en el bolsillo del mono y exhibía una amplia sonrisa. Conocía perfectamente su poder: le infundiría confianza a la mujer y la impulsaría a conversar.

– Buenos días, señora. Nos han informado de una fuga de gas, y estoy revisando la instalación de cada casa. Sólo necesito ver la exterior, pero quiero que me de permiso para ir a su patio trasero.

– ¿Y es peligroso, joven? -La mujer se asustó.

– Eso es lo que quiero averiguar. ¿Puedo ir a su patio?

– Pase, pase. Eso del gas siempre ha dado miedo, pero mis hijos insistieron y…

– No es necesario que entre, porque lo puedo ver dando la vuelta a la casa.

– Mejor si pasa y revisa también en mi cocina. A mí me dan tanto miedo estas cosas…

La mujer se separó de la puerta. Claudio entró. Sus ojos se movieron rápidos, para examinar lo que había en la sala, ante la que pasaron rumbo a la cocina. Parte de esta pieza se distinguía bien, al estar la puerta abierta, y pudo contemplar un mueble al fondo, del que destacaba una vajilla costosa, que indudablemente estaría acompañada de cubertería de plata.

– ¿Y usted limpia una casa tan grande? -preguntó el hombre, en el umbral de la cocina-. Mi apartamento es más pequeño que su cocina.

– No, yo no la limpio. Viene una joven dos veces por semana.

– Voy a ver si hay fugas en su cocina, y luego verifico el calentador de agua.

– Gracias, joven. Me sentiré mucho más segura.

Claudio se puso a revisar la conducción del gas y los quemadores, poniendo la nariz sobre cada uno, como un experto. Mientras, seguía la charla con la mujer.

– Dígale a la persona que la ayuda que los limpie un poco mejor, porque las ranuras están un poco sucias, y eso hace que quemen mal. Y si queman mal, se escapa el gas y puede intoxicarse usted.

– Se lo diré mañana mismo. Usted ya sabe que no hacen las cosas como una. No es su casa, joven, y solo quieren terminar pronto, cobrar e irse.

– Pues dígale que un técnico los ha revisado y que están muy sucios. ¿Vamos a ver su calentador?

– Está en la calle, en el patio.

La mujer avanzó lentamente. Arrastraba ambas piernas, debido a algún problema circulatorio. Claudio le ofreció su brazo y una sonrisa. La mujer se colgó de él, agradecida. La compañía no sería algo muy habitual, por lo que suponía una agradable novedad.

– Es usted muy amable, joven. Y no es normal. Ya ve que, hoy en día, hay muy poca educación.

– No todos, señora, no todos. Cuando yo trabajaba en San Pedro, en la empresa nos obligaban a atender bien a los clientes.

– ¿Usted viene de San Pedro? Ya me parecía a mí que no era de aquí.

– Sí, estuve allí diez años. Pero me trasladaron hace tres meses.

– Mi hijo vive en San Pedro, y trabaja allí.

– ¿Y viene de vez en cuando?

Ya estaban ante el calentador, tras haber salido de la cocina y haber bajado los dos peldaños. Claudio se detuvo y esperó a que la señora le respondiera.

– No mucho. Justo por Navidad. A su esposa no le gusta este pueblo. Yo creo… -bajó el tono de voz- que no le gusto yo.

– ¡No, eso no, señora! Es que a la gente de la ciudad no le gustan los pueblos pequeños.

– Bueno, si es eso… Pero yo creo que no viene porque no le gusto yo.

– A mi esposa tampoco le agrada mucho este pueblo. Ella sí nació en la capital, y es difícil que se acostumbre. Y más por su empleo.

– ¿De qué trabaja?

La señora Cabañas había olvidado que el asunto importante era la fuga de gas. Posiblemente recibía pocas visitas, y ninguna de un joven tan simpático. Era un descanso después de tantas horas de televisión y radio. No tenía ninguna prisa en que él se fuese.

– En San Pedro trabajaba en una joyería. Era la que valuaba las alhajas. Un buen empleo, pero cuando murió el dueño, el hijo se hizo cargo y era… Bueno, que mejor dejó el empleo.

– Mi hijo llevó una joya de la familia a reparar a San Pedro. Eso fue hace algunos años. Era un collar al que se le había roto el cierre. Ya no lo uso. Hace años que no voy a fiestas.

Claudio dio un par de pasos, para meter la nariz bajo el calentador. No debía demostrar interés. La mujer siguió hablando de su collar.

– Lo heredé de mi madre, y ella de la suya. Ha estado mucho tiempo en la familia.

– Yo no sé mucho de esas cosas. La que sabe es mi esposa. Aquí no encontró trabajo en una joyería y…

– Es que no hay joyerías.

– Trabaja en la boutique de Arteaga, la de la carretera.

– Sí, la conozco. ¿Así que trabaja ahí?

– No ha encontrado otro empleo. Pero venden solamente bisutería. No sé para qué emplearon a mi mujer, si de nada sirve valuar esas baratijas. Su calentador está bien. Voy a seguir revisando otras casas. Puede estar usted tranquila.

La mujer, previendo que él se despediría, le agarró del brazo. Claudio miró a la mujer y entendió que deseaba seguir conversando. Requería eventualmente una charla, porque la mayoría de los días no salía de casa, recibía pocas visitas y se aburría de los programas televisivos. Él aceptaría, aunque con poco interés, permanecer algo más en la casa, porque quizá podría descubrir nuevos detalles.

– ¿No quiere tomar un café? -ofreció ella-. Mi hijo me regaló una cafetera por Navidad, y no la he usado, porque yo no puedo tomar café.

– Bueno… Sería cosa de un cuarto de hora. Es que tengo que seguir revisando. Pero es usted tan agradable que acepto.

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