Traté de elevar mi cabeza para mirarle. Los músculos de mi cuello parecían congelados y la escarcha que tenía en mis cejas y pestañas y pelo era tan espesa que apenas podía ver nada. Mi cabello estaba cubierto de escarcha y también había hielo alrededor de mi nariz y mi boca, donde se me había helado el aliento. No podía sentir otra cosa que un distante entumecimiento ártico, y todo lo que podía oír era el aterrante rugir del viento.
– ¡Harry! -gritó Singing Rock-. Harry, muévase. ¡Harry! ¡Muévase!
Levanté mi mano, traté de ponerme de pie de nuevo. En alguna manera logré alejarme unos centímetros del camino, pero la Bestia Estrella era mucho más fuerte que yo y los hechizos mágicos de Misquamacus me sostenían como a un débil pez dentro de una red.
En el piso había tirada una máquina de escribir eléctrica, con sus teclas congeladas. De pronto se me ocurrió que si yo arrojaba algo como esto a Misquamacus o a la misma Bestia Estrella, eso me daría unos segundos de distracción como para zafarme. Eso demuestra lo poco que sabía yo sobre los poderes de los seres ocultos; continuaba tratándolos como si jugásemos a los cowboys y los indios. Estiré mis manos congeladas y levanté la máquina con tremendo esfuerzo. Tenía tanto hielo sobre ella, que pesaba el doble que lo normal.
Me di la vuelta, rodé y arrojé la máquina contra el camino mágico y la oscura línea de la Bestia Estrella. Como todo lo demás en este medio de lo oculto, voló en un largo arco en cámara lenta, dando vueltas mientras volaba, y parecía tomarse siglos antes de llegar al círculo.
Yo no sabía lo que iba a suceder. Simplemente quedé allí, totalmente helado y enroscado como un feto, esperando el momento en que la máquina alcanzara a la Bestia. Creo que cerré los ojos, que me quedé dormido durante un momento. Cuando uno se está helando, todo lo que se puede pensar es en dormir, y entrar en calor, y en abandonarse.
La máquina alcanzó la inquieta línea de la Bestia Estrella y luego sucedió algo extraordinario. En un reluciente estallido de metal y plástico la máquina explotó, y durante un vivido momento vi algo dentro de la explosión. Desapareció sin dejar rastro, pero fue como una agresiva dispersión. No tenía ninguna forma, pero dejó una imagen de metal que desaparecía en mis retinas, como una fotografía con flash tomada en la oscuridad.
La Bestia Estrella se replegó. Sus movimientos en serpentina y sus nubes parecieron envolverse en sí mismos, como una fantasmal anémona de mar. El lúgubre viento creció y disminuyó con un ruido perturbado, y supe que si alguna vez me iba a escapar, tenía que ser ahora. Me puse de pie y caminé hacia la puerta. No miré para atrás, pero casi choco con Singing Rock, y lo próximo que supe es que estaba sentado afuera, en el pasillo, y que la puerta estaba firmemente cerrada. Singing Rock hacía signos protectores sobre la puerta para mantener a Misquamacus temporalmente preso.
– ¡Está loco! -dijo Singing Rock-. ¡Está absolutamente loco!
Yo me sacudí el hielo que se derretía en mi pelo.
– Con todo, aún estoy vivo. Y me enfrenté con Misquamacus.
Singing Rock movió su cabeza.
– No hubiera tenido la menor oportunidad. Si yo no hubiese bombardeado a Misquamacus con hechizos protectores, ahora estaría como un pez frito.
Yo tosí y lo miré.
– Ya lo sé, Singing Rock, y gracias. Pero tuve que intentarlo. ¡Jesús!, esa Bestia Estrella es tan fría. Me sentí como si hubiese caminado veinte millas bajo un huracán.
Singing Rock se enderezo y miró por la puerta.
– Parece que Misquamacus no se mueve. La Bestia se ha ido. Creo que es el momento para que nosotros nos vayamos de aquí.
– ¿Qué vamos a hacer? -pregunté, mientras Singing Rock me ayudaba a ponerme en pie-. Mejor dicho, ¿qué cree que Misquamacus irá a hacer?
Singing Rock iluminó con la linterna detrás nuestro durante un instante, tanto como para asegurarse que no nos seguían. Luego dijo:
– Tengo una idea bastante clara de lo que Misquamacus hará, y creo que lo mejor que podemos hacer es irnos de aquí. Si hace lo que yo pienso que hará, la vida se va a volver muy poco saludable por aquí.
– Pero no podemos dejarle.
– No sé qué otra cosa podemos hacer. No está ejerciendo su magia todo lo consistente y poderosamente que podría, pero aún es muy poderoso como para tocarlo.
Caminamos rápidamente por el corredor hacia el ascensor. En el décimo piso todo estaba oscuro y silencioso, pero nuestras pisadas parecían apañadas, como si estuviésemos corriendo sobre un suave césped. Yo estaba jadeando cuando llegarnos a la última esquina y vimos la puerta del ascensor, aún abierta y esperándonos. Desenganché mis zapatos de la puerta, y apretamos el botón del 18. Nos apoyamos contra las paredes del ascensor con alivio y nos dejamos conducir hacia la seguridad.
Hubo una notable recepción por parte del comité que nos esperaba cuando salimos a la luz, brillante del piso 18. El doctor Wmsome había llamado a la Policía y ahí estaban ocho o nueve oficiales armados, de pie entre los médicos y los enfermeros. También estaban allí los periodistas, y las cámaras de televisión de la CBS estaban siendo instaladas. Mientras salíamos del ascensor hubo un montón de preguntas y exclamaciones y era todo lo que yo podía hacer para ganar mi camino entre ellos.
Jack Hughes estaba sentado en el rincón, con su mano bien vendada. Se le veía pálido y enfermo, y a su lado había un enfermero, pero obviamente se había negado a que le alejaran del campo de batalla.
– ¿Cómo está la cosa? -me preguntó-. ¿Qué pasa allí abajo?
El doctor Winsome, más rojo que nunca, se adelantó a empujones y dijo:
– He llamado a la Policía, señor Erskine. Me parece que hay gente cuya vida corre riesgos. Tuve que hacerlo por la seguridad de todos los implicados. Este es el teniente Marino; creo que quiere hacerle algunas preguntas.
Detrás del doctor Winsome vi la ahora familiar cara del teniente Marino, con su dura sonrisa y su pelo como cepillo. Le hice un gesto con la mano y él inclinó su cabeza en respuesta.
– Señor Erskine – dijo, logrando acercárseme. Había cinco o seis reporteros de periódicos rodeándonos, con sus anotadores en la mano, y la gente de televisión había puesto a funcionar sus cámaras. – Quisiera saber algunos detalles, señor Erskine.
– ¿Podemos hablar en algún sitio en privado? -le pregunté-. Este no es el lugar más adecuado.
El teniente Marino hizo un gesto con los hombros.
– La prensa se enterará de todo tarde o temprano. Explíquenos qué sucede. El doctor Winsome dice que tiene un paciente violento. Según parece ya ha matado a un hombre, ha herido a este médico y está planeando matar a alguien más.
Yo asentí.
– En cierta forma es verdad.
– ¿En cierta forma? ¿Qué quiere decir con eso?
– No es exactamente un paciente. Y él no mató a un hombre en el sentido normal de asesinarlo. Mire, es imposible explicárselo ahora. Busquémonos una oficina privada o algo así.
Marino miró en su derredor a la prensa, las cámaras de televisión, los policías y los médicos y dijo:
– Muy bien, si le va a resultar más fácil. Doctor Winsome, ¿podemos usar alguna oficina?
La prensa rugió desilusionada y comenzó a discutir sobre su derecho de conocer los hechos, pero el teniente Marino estaba firme. Yo llamé a Singing Rock y juntos nos encerramos con el teniente Marino y su lugarteniente, el detective Narro, en un cuarto de enfermeras. La prensa se agrupó del otro lado de la puerta y nosotros hablamos rápidamente y en voz baja; así no podían oír.
– Teniente -dije- aquí tenemos una situación muy difícil y no sé cómo explicársela.
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