– Misquamacus – corrigió Singing Rock serenamente-. Teniente le estoy advirtiendo…
– No me advierta nada -dijo el teniente Marino-. He servido en este cuerpo durante demasiado tiempo y sé qué hacer frente a situaciones como ésta. No habrá problemas y no habrá barullo. Sólo tengan sus cabezas bajas hasta que haya pasado todo.
Abrió la puerta de la oficina, y la prensa y la gente de TV se agrupó contra nosotros. Singing Rock y yo nos quedamos en medio de ellos, silenciosos y deprimidos y asustados, mientras Marino dio un resumen, en dos minutos, de lo que planeaba hacer.
– Vamos a cerrar todo el piso; luego recorreremos los pasillos con lanzadores de gases lacrimógenos. Vamos a hacerlo sistemáticamente y vamos a lanzarle llamadas regulares a este loco de que si no sale quieto se las va a ver mal. También mando a tres hombres en el ascensor para cortarle la retirada en esa dirección.
Los reporteros escribieron el plan de Marino y luego le bombardearon con más preguntas. Marino levantó sus manos pidiendo silencio.
– Por ahora no voy a decir nada más. Sólo observen cómo lo vamos a atrapar y más tarde conversaremos sobre los hechos. ¿Todo el mundo listo, detective?
– Listos, señor -dijo Narro.
Miramos desalentadamente mientras la escuadra de ocho patrulleros armados iban hacia la escalera y desaparecían detrás de la puerta. El teniente Marino estaba de pie junto al ascensor con un intercomunicador manual, comprobando el momento en que su equipo de choque llegara al décimo piso. Tres hombres, dos oficiales uniformados y el detective Narro, esperaban junto al ascensor, los revólveres prontos, todo listo para el momento de descender allí y comenzar el tiroteo. Después de nueve o diez minutos de inquietante espera hubo una llamada de los hombres de abajo.
– ¿Qué tal vais allí abajo? -dijo el teniente Marino por el intercomunicador.
Hubo una descarga eléctrica, luego una voz dijo:
– Está oscuro. No podemos encender las luces. Necesitaríamos algunos focos.
– ¿Habéis llegado ya al corredor? -preguntó el teniente Marino-. ¿No veis nada?
– Acabamos de cruzar la puerta y estamos listos para abrirnos en abanico y comenzar la búsqueda. Hasta ahora no hay signos de problemas.
El teniente Marino dio la orden al detective Narro y sus dos compañeros uniformados y entraron al ascensor y apretaron el botón del 10. Singing Rock y yo no nos miramos mientras las puertas se cerraron y el indicador señaba 18-17-16-15-14- y más abajo. Se detuvo en el 10.
– ¿Qué tal vais, muchachos? -preguntó Marino por el intercomunicador.
– Estamos bien -se escuchó la voz del jefe del grupo-. Hasta ahora no hay nada para informar. Inspeccionamos todos los cuartos uno detrás del otro, y estamos mirando en todos lados.
– Manteneos alerta -dijo Marino.
La voz del detective Narro, distorsionada por el intercomunicador, dijo:
– Realmente está muy oscuro. Las linternas no parecen funcionar bien. ¿Alguien sabe qué pasó con las luces?
El doctor Winsome dijo:
– Ya hemos mirado. No pudimos detectar ningún problema.
El teniente Marino dijo:
– Dicen que han mirado las luces y que no pueden hacer nada. Sólo tened cuidado y sostened las linternas alejadas de vuestros cuerpos. No queráis convertiros en blancos fáciles.
– Cristo -le murmuré a Singing Rock, moviendo mi cabeza-. Aún piensan que están luchando contra un pistolero loco.
Singing Rock estaba muy pálido.
– Ya se darán cuenta -dijo con una mueca-. Sólo espero que cuando lo hagan, no sea demasiado tarde.
La voz del jefe del grupo dijo:
– Aquí tengo algún problema. El plano del piso no parece estar de acuerdo con la realidad. Ya hemos hecho dos veces el mismo círculo y pareciera como que lo vamos a recorrer por tercera vez.
– Ilusiones -dijo despacio Singing Rock.
Un reportero con el pelo color zanahoria miró y dijo:
– ¿Qué?
– ¿Cuál es vuestra posición? -preguntó el teniente Marino-. ¿Cuál es el cuarto más próximo?
– El diez-cero-cinco, señor.
El teniente Marino se apresuró a consultar su propio plano del piso. Luego dijo:
– En ese caso debe haber una vuelta a vuestra izquierda y luego recto y estaréis en la sección siguiente.
Hubo un breve silencio, y luego una voz dijo:
– Señor, no hay ninguna vuelta. Quiero decir, no hay apertura. Aquí sólo hay una pared lisa. No puedo ver nada.
– Tonterías, Petersen. Hay una vuelta justo enfrente suyo.
– Señor, no hay una vuelta. Deben haber remodelado el lugar desde que dibujaron los planos.
El teniente Marino se volvió hacia el doctor Winsome, pero éste simplemente movió su cabeza. El teniente Marino dijo:
– La gente del hospital dice que no. ¿Está seguro que es la diez-cero-cinco?
– Seguro, señor.
– Bueno, siga buscando. Probablemente hay algún error. Quizás el sospechoso cambió los números de los cuartos.
– ¿Señor?
– Bueno, ¡qué sé yo! Siga buscando.
En ese momento, hubo una llamada del detective Narro. Su voz se escuchaba extrañamente ronca y tensa.
– Creo que tenemos problemas aquí, señor.
– ¿Qué clase de problemas? -respondió el teniente Marino-. ¿Localizó al sospechoso?
– Señor… tenemos una especie de…
– ¿Narro? ¿Tienen una especie de qué?
– Señor… estamos…
El intercomunicador hizo unos ruidos y luego quedó callado. Durante un breve momento, escuché la monótona y lúgubre voz de ese viento que soplaba y no soplaba para nada. Luego hubo silencio.
El teniente Marino apretó el botón de llamada.
– ¿Narro? Detective Narro, ¿me escucha? Narro… ¿qué sucede ahí?
Hubo una llamada del equipo de búsqueda. Marino dijo:
– ¿Sí?
– Señor, parece que aquí hemos dado con algo. Hace muchísimo frío. No creo que nunca haya estado en un lugar tan frío.
– ¿Frío? ¿De qué demonios habla?
– Hace frío, señor. Creo que tendremos que volver. Las linternas no funcionan. Está muy oscuro y frío, señor, y no creo que podamos soportar mucho más.
El teniente Marino apretó el botón de llamada y gritó:
– ¡Quedaos ahí! ¿Qué pasa con vosotros? ¿Qué demonios sucede ahí abajo?
Hubo un silencio. Por primera vez en ese cuarto lleno de reporteros, cámaras y médicos hubo silencio. Luego, casi imperceptiblemente, sentimos que el piso se levantaba y pasaba como si fuera una ola y cada luz en el salón titiló levemente. Hubo una extraña sensación, como una nube pasando sobre el sol, y en algún lado escuchamos el pesado y machacón sonido de un lúgubre viento.
El teniente Marino se dirigió al oficial uniformado que estaba junto a las puertas del ascensor.
– Haga venir el ascensor -dijo tenso-. Bajaré yo mismo a ver.
El oficial apretó el botón y el indicador del ascensor se elevó de 10-11-12-13-14. El teniente Marino sacó su especial de policía del cinturón y se paró frente al ascensor, listo para entrar en cuanto se abrieran las puertas.
La luz del indicador marcó el 18. Hubo un ruido y las puertas del ascensor se abrieron. Todos los que estaban en el cuarto lanzaron una exclamación horrorizada.
El interior del ascensor parecía un refrigerador de una carnicería. Los restos destrozados y mezclados de todos los policías del escuadrón estaban en un montón rojo y escarchado. Había cajas torácicas, brazos, piernas y rostros hechos pedazos, todos juntados con una capa de hielo.
Singing Rock se apartó, y yo le miré apartarse, y me sentí tan desamparado y agónico como él.
Bajo la nube
Media hora más tarde nos sentábamos en la oficina de Jack Hughes con el teniente Marino y el doctor Winsome, fumando nerviosos y bebiendo aún más nerviosos y tratando de pensar cómo solucionar el problema. Esta vez Singing Rock, Jack Hughes y yo recibimos algo más que un desinterés escéptico, y les dijimos a la Policía y a los médicos todo lo que sabíamos sobre Misquamacus y los extraños sueños de Karen Tandy.
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