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Estaba seguro de que durante las vacaciones ella había intentado engañarlo sólo una vez. Habían ido a la isla de Gauguin con una amiga de Adele y su marido. Un día vieron entrar en el restaurante del hotel a un inglés cuarentón, alto, guapo, vestido con mucha elegancia, de aire soñador. No lo acompañaba ninguna mujer. Se mantenía apartado y llevaba siempre un cuaderno de notas, en el que de vez en cuando escribía algo. No se bañaba en la playa, por la mañana se iba a recorrer el interior de la isla. Se enteraron de que era un destacado poeta que estaba allí porque quería escribir una especie de biografía en verso del célebre pintor. Cuando entraba en el restaurante, saludaba a todos y a nadie en particular con una levísima inclinación de cabeza. Lo mismo hacía al salir. Jamás dirigía la palabra a nadie, pero no podía evitar mirar de vez en cuando a Adele, la cual, sin embargo, aunque percibiera su mirada, nunca levantaba los ojos del plato. Cuatro días antes del final de las vacaciones, la amiga de Adele recibió una llamada: su madre no estaba bien y tenía que regresar a casa de inmediato. Se fue a la mañana siguiente con su marido. Para Adele fue como una señal de vía libre. A la hora de comer, cuando el poeta posó los ojos en ella, levantó la vista del plato y le devolvió una larga mirada. Él, un tanto violento por el descaro de su mujer, fingió estar absorto en la lectura del menú. Por la noche, cuando bajaron al restaurante, encontraron al inglés a punto de empezar el segundo plato. Entre él y Adele hubo otra larga mirada. Cuando terminó de comer, el inglés se levantó y, en lugar de salir para fumar en pipa como solía hacer, se acercó a su mesa y se presentó tendiéndoles la mano. Dijo que se marchaba a la mañana siguiente y que quería despedirse. Él lo invitó a sentarse, pero el inglés declinó el ofrecimiento amablemente y se retiró. Estaban esperando a que les sirvieran el segundo plato cuando Adele dijo: -Ya no tengo apetito. Tú quédate aquí disfrutando tranquilamente; yo me voy a la habitación. Y él le leyó en los ojos aquella determinación, fría y a la par ardiente, que tan bien conocía. Para ella era una ocasión ideal, lejos de la mirada indiscreta de su amiga y su marido, con un momentáneo compañero de cama al que jamás tendría ocasión de volver a ver. Tardó deliberadamente una hora en terminar de comer. Después se dirigió a su habitación con la certeza de que Adele no estaría, dominado por la curiosidad de saber qué pretexto encontraría más tarde para justificar su ausencia. Sin embargo, la encontró en la cama, desnuda y con un deseo arrollador. ¿Sería posible que se hubiera equivocado? A la mañana siguiente le preguntó al conserje si el inglés se había ido. Sí, por desgracia, el señor inglés se había ido. Y al decir «por desgracia» miró significativamente a un camarero veinteañero, un poco bajito pero con unos músculos de miedo, que estaba allí cerca con expresión afligida. Pero entonces, si el inglés era homosexual, ¿por qué había mirado a Adele de una manera que la había inducido a un divertido equívoco? Quizá porque era poeta y a los poetas les gusta admirar la belleza.
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Ligera llamada a la puerta con los nudillos. Se sobresaltó. Se había extraviado en pos de sus recuerdos y le costó encontrar el camino hacia el presente. -¿Sí? -La comida está servida, señor. Así había transcurrido su primera mañana de jubilado.
Para pasar el rato, aunque no tenía demasiado apetito, se lo comió todo con extrema lentitud. Lo asustaba pensar en los días venideros. ¿En qué podría emplearlos? Veía el futuro como una especie de agujero negro, completamente vacío, que tendría que llenar de alguna manera para que no se lo tragara. Debía empezar a organizarse, y enseguida. Por ejemplo, ¿qué sentido tenía comer solo en aquel espacioso y resplandeciente comedor que parecía listo para una toma cinematográfica? -Ernestina, si alguna vez tengo que comer o cenar solo, preparadme una mesita arriba, en el estudio. -Como quiera el señor-dijo la sirvienta, sin alegría alguna, ya que eso significaba que tendría que subir cuatro o cinco veces la escalera que iba de la planta baja al piso de arriba.
A causa de los horarios de trabajo, jamás había podido adquirir la costumbre de la siesta. Algunos compañeros suyos conseguían echar una siestecita de diez minutos encerrándose bajo llave en sus despachos. Pero a él diez minutos no le habrían bastado. En los primeros años de matrimonio, a veces los domingos se iban a la cama después de comer, pero no para dormir, claro. ¿Por qué no probarlo? Fue al dormitorio, se desnudó y se acostó. Pero enseguida comprendió que no conciliaría el sueño; no estaba acostumbrado. Aunque sería una buena manera de pasar el rato. Ése era el verdadero problema que resolver: cómo ocupar el tiempo. Un mes antes de jubilarse se había tropezado por casualidad con Fi-lippo Condorelli, un antiguo compañero que ya llevaba más de un año jubilado. -¿Cómo te las arreglas? -Estupendamente bien. -¿Qué haces todo el día? -Mi mujer y yo no tenemos ni un momento libre. -¿De verdad? ¿Y eso? -Verás, es que mi hija Angela trabaja y su marido también, así que nos traen a sus dos hijos pequeños por la mañana y vuelven a recogerlos por la tarde. Son un encanto. Espera, que te los enseño. Y sacó una fotografía del billetero mientras los ojos se le humedecían con orgullo de abuelo. Como no se trasladara a Londres, él no tendría ningún nieto al que atender. Pero de una cosa estaba seguro: no acabaría sentado en un banco del parque leyendo el periódico mientras su perro levantaba la pata junto a todos los árboles que encontrara.
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Ni siquiera tenía la costumbre de leer. Adele sí. En casa había dos bibliotecas. La primera, muy grande y tradicional, estaba en el salón. Para llenarla, Adele había visitado primero varias librerías de viejo, eligiendo los volúmenes según el estado de la encuadernación, y así había llenado los dos estantes de arriba; después había pedido a la editorial Mondadori todos los libros de la colección Me-ridiani, que quedaban muy bien, y las obras completas de todos los autores de quienes había sido posible reunirías. En una estantería aparte figuraban las grandes obras, profusamente ilustradas, que el banco solía regalar a los clientes más importantes y que trataban desde los mosaicos de la catedral de Monreale hasta la pintura sobre cristal, de los paladines de Carlomagno -protagonistas del teatro de marionetas siciliano- a la decoración de los carritos sicilianos… La segunda biblioteca estaba constituida por tres estantes en el vestidor de Adele. De vez en cuando, ella compraba un libro y lo leía concienzudamente. Al final emitía su veredicto, empleando una de tres fórmulas invariables: «Me ha gustado», «No me ha gustado», «No he entendido nada.» Ah, sí, estaba también la biblioteca de su estudio, heredada con todos los libros junto con el escritorio. Jamás la había tocado. Años y años de la Gazzetta Ufficiale y voluminosos tomos de derecho. Podría experimentar con la lectura, por qué no. No perdería nada. Quizá entre los libros de Adele encontrara alguno interesante. Excluyendo, por supuesto, los que a ella le habían gustado, porque se trataba de bobas novelas románticas; bastaba con ver el título o el diseño de la cubierta para saberlo. Para confirmar los gustos de su mujer estaba la casi segura discusión nocturna para elegir qué película ver en la televisión. Ella sólo quería melodramas que contaran grandes y desesperados amores románticos, preferiblemente de época. A él, en cambio, tales películas le provocaban sueño. Le gustaban las policíacas ambientadas en la época actual, con interminables tiroteos y asesinatos cada cinco minutos. Le estaba permitido verlas tan sólo dos noches por semana; el resto, en la pequeña pantalla aparecían invariablemente miriñaques, puestas de sol en el mar, besos castísimos a la orilla de un lago… Si durante una de las películas que le gustaban a él había una escena de sexo, Adele empezaba a murmurar, escandalizada: «No comprendo cómo esas actrices pueden dejarse…», «Pero ¿es que no les da vergüenza?», «¡¿Lo están haciendo en serio?!», «¡Escenas así tendrían que estar prohibidas!» A veces se levantaba exasperada: «Cuando termine esa escenita, me avisas. No lo soporto. Es indecente.» En ese momento los dos protagonistas podían estar haciendo una variación de lo que, en cuestión de poco rato, también harían ellos. Porque Adele no tenía ningún reparo en hacerlo; al contrario. Pero las novelas y películas que prefería ¿le habían enseñado algo alguna vez? Él lo dudaba, puesto que aquellas historias hablaban, aunque fuese de manera a veces tosca o ingenua, de un sentimiento que jamás había existido en Adele. ¿Acaso no se lo había dicho ella misma al compararse con un desierto que era inútil regar? Claro que sólo se había referido al hecho de no poder tener hijos; pero la esterilidad no era exclusiva de su vientre. Ella, en su totalidad, era estéril y seca. Y ésa era la desagradable conclusión a la que él había llegado después de diez años de matrimonio. Tendría que haberlo comprendido mucho antes, entre otras cosas porque ella no hacía nada por ocultar su naturaleza o por parecer distinta de lo que era.
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