Ya hacía tres años que él no utilizaba la llave y que Adele tampoco empleaba la suya. Pero todos los domingos por la mañana se encontraba con que la puerta no estaba cerrada. Era una clara señal: si le apetecía, podía entrar en el otro apartamento y asistir a la ceremonia de la ablución y el acto de vestirse.
Y fue precisamente un domingo por la mañana cuando Adele, en bragas y sujetador, al llegar el momento de elegir vestido, abrió una parte del armario que él jamás le había visto abrir y sacó uno con resolución. Él lo reconoció, pues conservaba un recuerdo lacerante de sus primeros encuentros, incluso del más mínimo detalle. Era aquel traje de chaqueta gris de mujer de negocios que ella llevaba tras superar el período de luto riguroso, cuando fue a verlo al banco para firmar los documentos y después salieron a comer juntos por primera vez. Cuando ella le contó que era estéril. Desde entonces, jamás se lo había visto puesto. ¿Por qué lo sacaba ahora? Como si adivinara la muda pregunta, ella, moviendo la pelvis en ligeras sacudidas para ponerse la falda, dijo: -Anoche me llamó tía Ernestina desde Bagheria para decirme que tío 'Ntonio se está muriendo. Voy a verlo. Le quedan pocos días de vida. Voy en un santiamén y vuelvo, porque tengo una reunión de la junta directiva. Aquellos tíos no tenían hijos y la habían acogido en su casa cuando, a los catorce años, ella se quedó huérfana. Por lo que Adele le había contado, al año siguiente, el día en que cumplía quince, le ofrecieron una doble fiesta: a la hora de comer, al volver de la escuela, encontró una tarta con velitas y un vestido nuevo. La segunda, más íntima, se la dedicó tío 'Ntonio, aprovechando que su mujer había salido y pasaría toda la tarde fuera. -Pero ¿tú no te sorprendiste cuando él te pidió que subieras al desván con él? -Pues claro que sí. No era tonta ni siquiera entonces. -¿Y aun así fuiste? -Sí. -¿Y qué ocurrió? -Había un catre con un colchón enrollado. -¿Lo desenrolló? -No; lo tiró al suelo. -¿Por qué? -No sé, quizá tenía miedo de que se manchara y la tía… -¿Y tú qué hacías entretanto? -Lo miraba. -¿Y después? -Y después me tumbó en el catre, me levantó las piernas y me quitó las braguitas. ¿Quieres más detalles? -Me bastan. ¿Y por qué no te rebelaste? -No lo sé. -¿Por qué? -Pues porque quizá me pareció una cosa inevitable. Sabía que tarde o temprano… Él llevaba varios meses intentándolo. -¿Y cuánto duró? -Un año aproximadamente. -¿Siempre en el desván? Ella rió. -No. Ya no había temor a manchas comprometedoras. En su cama, en la mía, en cualquier sitio. O de pie. -¿Y cómo terminó? -Conocí a un chico, me enamoré y ya no quise seguir con él. -¿Y él? -Tuvo que resignarse, pobrecito. Pobrecito. Y ahora ella iba a verlo cuando estaba a punto de morir, llevando el vestido adecuado a las circunstancias. Porque estaba claro que sólo utilizaba aquel traje chaqueta para después de un luto riguroso o para antes de un luto.
Cuando ella le dijo que no se había rebelado contra la violencia de su tío porque la consideraba inevitable -usó esa palabra-, él sintió que de repente sus dos órbitas, que parecían seguir elipsis sideralmente distintas, se acercaban por un instante. En los matrimonios, al cabo de algún tiempo, se produce a menudo una especie de misteriosa comunión, complicidad o lo que sea, que lleva a marido y mujer a ver y juzgar las cosas de la misma manera. Él también había previsto con lucidez la traición de su esposa y, cuando se produjo, no había reaccionado. Tan sólo se había rendido, como Adele, a lo inevitable.
Pero en los últimos tres meses se había encontrado la puerta de comunicación inexorablemente cerrada. Y así comprendió que había sido excluido también de la ceremonia. -¿Quieres explicarme por qué ya no dejas la puerta abierta? -¿Sabes? Es que Daniele, pobrecito, duerme hasta muy tarde los domingos por la mañana. No quisiera que lo molestáramos. Acaba de estudiar cuando ya es noche cerrada. Ten un poco de paciencia. Cuando se vaya… Daniele.
Una noche, mientras veían la televisión, ella le había preguntado: -¿Te molesta que durante algún tiempo aloje a un sobrino mío que se ha matriculado en la universidad? Era una pregunta retórica. Aunque le dijera que le molestaba, Adele argüiría alguna mentira y lo acogería en casa. -¡¿Tienes un sobrino?! -Bueno, no es lo que se dice un sobrino sobrino. Ya sabes cómo somos aquí en Sicilia con los parentescos. Es el hijo de mi prima Adriana, que vive en Poliz-zi. ¿No la recuerdas? Vino a nuestra boda. Fui a verla la semana pasada, ya te lo conté. Adriana me expuso su problema, ¿y qué iba a hacer yo? Le dije que podría hospedarlo una temporada. El chico se llama Daniele. Yo tengo una habitación de más. No me causará ninguna molestia. Puedo tenerlo allí; total, estoy segura de que va a estar muy poco tiempo con nosotros. -¿Y eso quién lo dice? Quizá se encuentre tan a gusto que… -¡Anda ya! ¡Tiene diecinueve años! Querrá libertad. A lo mejor tiene una novia que jamás se atrevería a traer a nuestra casa. Habrán de conformarse con hacerlo en su Cinquecento, pobrecitos. En cualquier caso, Adriana me ha jurado que, en cuanto encuentre un alojamiento decente, su hijo se irá. -¿Qué estudia? -Medicina. -¿Cuándo llega? -Todavía no lo sé. Adriana me llamará para decírmelo. Cada apartamento estaba dotado con una línea telefónica propia. Un martes por la tarde, recién llegado del banco, oyó el teléfono del estudio. Era Adriana, la prima de su mujer, que llamaba desde Polizzi. -Perdona que te moleste, pero me he pasado todo el día buscando a Adele y no consigo localizarla. ¿Tienes idea de dónde está? -No. Pero si la llamas dentro de una hora seguro que la encuentras. -Dentro de una hora me será difícil. ¿Puedo dejarte a ti el recado? -Faltaría más. -Quería avisar a Adele de que Daniele llegará a vuestra casa mañana por la tarde. -Muy bien. -Ah, oye, debo darte las gracias también a ti por tu amable disponibilidad. Nada más lejos de mi intención que causaros molestias, pero como Adele me propuso esta solución momentánea e insistió tanto, no supe decir que no. O sea que la historia era un poco distinta de como la contaba su esposa. Y en cuanto vio al medio sobrino, comprendió por qué Adele se lo había apropiado. Daniele era un chico guapo, alto, rubio, de ojos azules y físico de atleta. Indudablemente tenía un aire de familia con Adele. Además, era educado, discreto y reservado. Puesto que a Adele la llamaba tía, él se convirtió en el tío. Y, por supuesto, nadie lograba dar con un alojamiento decente para el pobre Daniele. Hacía meses que estaba con ellos y seguramente ni siquiera le había pasado por la cabeza mudarse. Así pues, estaba claro por qué ahora la puerta se encontraba siempre cerrada. Pese a todo, quiso confirmarlo. Un sábado, sobre las tres de la madrugada, se levantó, se dirigió al estudio y sacó la llave que guardaba en el primer cajón del escritorio. Pero la llave no entraba del todo en la cerradura: tropezaba con un obstáculo. La explicación: Adele había cerrado y dejado puesta su llave, por costumbre o para que él no pudiera abrir desde el otro lado. Insistió por última vez, procurando hacer el menor ruido posible. Y de repente la llave ya no encontró resistencia; entró y él pudo abrir. La llave de Adele había caído al suelo, sobre la moqueta del pasillo. Avanzó con cautela a la luz de una lámpara nocturna que su mujer quería siempre encendida porque le daba miedo la oscuridad. Todas las puertas estaban cerradas. Acercó el oído a la de la habitación de Daniele y escuchó. No oyó nada, así que giró la manilla y abrió un poco: la cama del muchacho estaba intacta. Sin embargo, eso no significaba nada; tal vez aún no hubiera regresado a casa. Avanzó un poco más y pegó el oído a la puerta de la antigua habitación matrimonial. De inmediato oyó los jadeos de Adele mezclados con la letanía de los «sí… sí… sí…», y a Daniele, que le decía: -Date la vuelta. Regresó a su apartamento, dejando la llave en el suelo y cerrando la puerta a su espalda. Por eso ahora se le negaba el acceso dominical: Adele temía ser sorprendida durmiendo entre los brazos de su jovencísimo amante. Que quizá no roncaba. Al menos, todavía no. En cualquier caso, Adele había actuado de manera sensata al optar por tener en casa la comida apropiada para su apetito en lugar de ir a buscarla fuera. Así no corría el riesgo de que la vieran en algún sórdido hotel de las afueras. ¿O acaso, estando siempre hambrienta como estaba, seguía conservando un comedero en algún otro sitio? No había que descartar esa hipótesis.
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