Andrea Camilleri - El Traje Gris

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A lo largo de su brillante carrera profesional al frente de una entidad bancaria siciliana, donde ha demostrado su habilidad para resolver las complejidades financieras en un entorno minado por la mafia, Febo Germosino, el protagonista de esta novela, ha recibido tres cartas anónimas. Ahora, en la primera mañana de su vida de jubilado, las despliega cuidadosamente junto a una caja de cerillas.Una de ellas, recibida unos años atrás, contiene insinuaciones sobre la supuesta infidelidad de su esposa, la joven viuda con la que se casó hace una década. Elegantísima, enigmática, Adele es una espléndida e irresistible femme fatale, como una réplica de las divas americanas del cine en blanco y negro. Dotada de una sensualidad desinhibida que contrasta con el esmero con el que guarda las apariencias burguesas, Adele ha demostrado ser una esposa entregada a su marido, sólo que, en determinadas ocasiones, viste un viejo traje de chaqueta gris, de una impecable sobriedad, un traje que adquirirá un inquietante simbolismo, cuyo significado convendría no haber desentrañado nunca.Una vez más, Andrea Camilleri consigue sorprendernos con una muestra de su fecundidad y maestría literaria. En esta breve e intensa novela de misterio psicológico -que el autor ha descrito como «una historia conyugal»-, el matrimonio es el escenario de la dimensión cotidiana de la tragedia, a un tiempo último reducto del deseo y de la fantasía, y espejo de una sociedad hondamente corrupta.«Un hermoso texto, corto y grave, sobre el envejecimiento, la hipocresía y la humillación, un precio terrible por aspirar a un poco de la ilusión del amor.» Le Temps«Dura, irónica y conmovedora, E! traje gris cautiva como una pequeña fábula siciliana, tierna y amarga, que perdurará largamente en la mente del lector.»

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El sujeto desaliñado salió del motel, abrió el garaje, sacó el BMW y regresó al interior. Al cabo de menos de cinco minutos apareció un negro. Altísimo, se movía como un atleta. Él lo reconoció porque hacía tiempo que su imagen salía en la televisión local, en el programa semanal que comentaba las victorias del equipo de baloncesto. El negro era el pívot, pagado a peso de oro y traído desde Estados Unidos. Subió al BMW y se fue. ¿Cómo lo habría conocido Adele? Se dijo que era una pregunta tonta. Menos de un año después de su boda, Adele había sido nombrada presidenta del club social del banco, dotado con piscina olímpica, dos canchas de tenis y un enorme salón para recepciones. Sin duda habría conocido al pívot en alguna fiesta celebrada en honor del equipo, que a aquellas alturas ya jugaba el campeonato nacional. Él jamás había puesto los pies en aquel club. Pero ¿qué importancia tenía dónde se hubieran conocido? Adele, un poco porque era su esposa y un poco porque había demostrado una insospechada capacidad, también se había convertido con el tiempo en presidenta del círculo de bridge y de una asociación benéfica y exclusiva que reunía a las señoras más conocidas, así como en vicepresidenta de la asociación que gestionaba el equipo de fútbol. Cosas que a él le importaban un pimiento. Por otra parte, ella jamás le había pedido que la acompañara en su vida mundana. El informe de sus actividades se había convertido en el tema de conversación principal, cuando no en el único, durante la cena. Después, delante del televisor, ya no era necesario hablar.

Al cabo de media hora, el sujeto desaliñado sacó el coche de Adele, que apareció al poco. Antes la había visto sólo de espaldas y, a causa de la sorpresa y la turbación, no se había fijado en su atuendo. Vestía como la institutriz de un selecto colegio inglés: falda a media pantorrilla, zapatos de tacón bajo, elegante corbata de pajarita, blusa negra de topos blancos, chaqueta rigurosamente ceñida. No era precisamente la vestimenta adecuada para un encuentro amoroso. La vio subir al coche, ponerlo en marcha y alejarse. No había permitido que el negro asistiera a la ceremonia de la ablución purificadera. Se lo agradeció.

– ¿Cómo te ha ido el día? -Ah, pues mira, he tenido una larguísima y aburrida reunión en la asociación benéfica. Ha terminado hace un rato. Al directivo le ha costado mucho determinar si una señora a la que tú no conoces debe ser admitida como socia o no. He observado cierta saña contra ella. -¿Por qué? -Corren rumores. Por lo visto, engaña a su marido. -Y si descubrís que una que ya es socia engaña a su marido, ¿cómo actuáis? -La obligamos, con nuestro comportamiento, a que se dé de baja. Por eso ella era cautelosa al elegir el lugar de las citas. Ninguna de sus amigas pondría jamás los pies en aquel asqueroso motel. Y la asamblea de la asociación, que sin duda se habría celebrado pero habría sido breve, explicaba la seriedad del atuendo. Aquella noche, en la cama, fue la primera vez que él la trató con una especie de turbia violencia. Al principio ella se sorprendió, pero luego pareció agradecerlo, y mucho. Fue como si hubieran regresado a la luna de miel, cuando ella lo buscaba una y otra vez.

Así pues, el anónimo que recibió unos meses después no le supuso ninguna sorpresa. Pero sí una repentina preocupación. -¿Sabes dónde está el motel Regina? La mano de Adele, que se estaba llevando a la boca una cucharada de consomé, no tembló. -No. ¿Por qué? -Un subordinado mío me ha dicho que te ha visto por allí. -Puede ser, puesto que no sé dónde está ese motel. La había avisado. Que se buscara un sitio más seguro.

3

Vivían en una villa heredada de su padre, que había tenido que defender con uñas y dientes de los constantes ataques de los especuladores inmobiliarios, que la ambicionaban y ofrecían por ella sumas de locura. Situada casi en el centro de la ciudad y con un extenso jardín, era ideal para derribarla y construir un enorme inmueble de más de ocho pisos. En esa defensa había encontrado un firme y decidido aliado en Adele, la cual, al final del tercer año de matrimonio, apuntó la idea de una reforma total de la casa. Cuando habló de ello por primera vez, ya hacía seis meses que no dormían juntos. Adele había hecho preparar para él un cuartito que comunicaba con el dormitorio principal, donde ella seguía durmiendo sola. En el cuartito apenas cabían una pequeña cama, la mesita de noche y una silla. Se trataba más bien de una celda. Cuando les apetecía hacer el amor -las relaciones entre ambos se habían espaciado inexplicablemente, aunque sin perder intensidad-, ella lo acogía de buen grado en la cama matrimonial todo el tiempo necesario, hasta que se cansaban, pero después, en el momento de conciliar el sueño, él tenía que irse; no había nada que hacer. -Roncas tan fuerte que pareces un avión despegando. No me dejas dormir -aducía ella. -¿Y cuando nos casamos no roncaba? -Sí, pero de manera soportable. -Será la edad. -No creo. Pero le había hecho sentir la diferencia de años que había entre ellos, aunque después de una noche ma-ratoniana jamás le preguntaba si estaba cansado. A lo largo de su vida en común, también lo trataba como a alguien de su misma edad. Por otra parte, tal vez Adele le había preparado aquel cuartito porque los encuentros fuera de casa empezaban a pasarle factura y quería recuperar las energías por la noche sin tener ninguna tentación al lado. Como fuere, cuando una noche a la hora de cenar propuso la reforma, él no se sorprendió realmente. Era una petición que esperaba desde hacía tiempo. Pero tuvo la certeza de que ella aprovecharía la ocasión para obtener un ulterior alejamiento. -Tú no puedes seguir durmiendo en ese cuartito. -¿Por qué? -Supón que coges la gripe y tienes que quedarte unos días en cama. A mí me daría vergüenza que el médico o quien sea te viese confinado allí. Cualquiera sabe lo que pensarían, menuda montarían nuestros conocidos. Si la gente se enterara de algo así… Estaba obsesionada con el qué dirán. -Pero ¿a ti qué te importa? -Me importa. Me interesa que me consideren una persona respetable, cosa que desde luego soy. ¡Imagínate! Tú mismo serías ridiculizado. Además, piensa en lo incómodo que estarías si tuvieras que pasar allí todo el día. Te asfixiarías. Por otro lado, yo necesito espacio para recibir a los amigos o celebrar reuniones aquí. Con la villa en este estado nunca puedo invitar a nadie. En resumen, motivos humanitarios para él y motivos mundanos para ella. Su resistencia no duró ni una semana. Adele confió en un joven y prometedor arquitecto y se quedó en la casa para seguir la reforma de cerca. El tuvo que trasladarse a un aparthotel. Pero Adele se reunía con él cada noche, iban a cenar juntos a un restaurante, y ella, entusiasmada, lo informaba sobre el estado de las obras. Y tres o cuatro veces, para demostrarle su gratitud, subió con él a la habitación y se quedó toda la noche.

Cuando finalmente concluyeron las obras y él visitó la casa guiado por el arquitecto y Adele -le habían prohibido poner los pies allí mientras durara la reforma («Quiero que la veas cuando todo haya terminado, ¡verás qué sorpresa te llevas!»)-, comprendió de inmediato dos cosas: primero, que las obras se habían realizado con indudable buen gusto e inteligencia, tanto que por fuera la villa parecía la misma de siempre pero rejuvenecida; y segundo, que su mujer no había dejado escapar al prometedor arquitecto. Se delataron por la manera en que permanecían uno al lado del otro mientras le hablaban: sin que ellos lo quisieran, sus caderas se buscaban hasta rozarse. En la planta baja había ahora un espacioso comedor, la cocina y un gran salón con amplias cristaleras de estilo modernista que se abrían al jardín. El piso de arriba, al que también se podía acceder desde el exterior por una escalera situada en la parte de atrás, se había dividido en dos apartamentos, uno más grande y otro más pequeño. El destinado a él tenía un dormitorio, un cuarto de baño, vestidor, estudio y una habitación de invitados. El de Adele tenía una habitación y un cuarto de baño más. Los dos apartamentos se comunicaban a través de una puerta que, como ordenó Adele al servicio, debía permanecer siempre cerrada, pero de la cual ella le entregó solemnemente una llave el primer día. -Puedes usarla cuando quieras -le murmuró al oído, dándole un rápido lametón en el lóbulo con la punta de la lengua, para dejar claro lo que quería decir. La escalera de la parte trasera llegaba hasta el pequeño apartamento de la servidumbre -Giovanni y su mujer, Ernestina-, separado del resto de la enorme terraza por una alta pared. Adele había mandado arreglar la terraza, a la cual también se accedía a través de una escalera interior, para poder celebrar fiestas en las noches estivales. Para adornarla con plantas y flores había contratado al mismo jardinero que se había ocupado del jardín, que ahora era esplendoroso. La primera noche en la villa reformada, Adele quiso evitar el incordio de ir a reunirse con él en su cama. -Quiero estrenarla contigo -dijo, refiriéndose a su propia cama. A él le pasó por la cabeza que ella ya la había estrenado con creces con el prometedor arquitecto, pero inmediatamente después, la recuperada pasión de Ade-le lo arrolló como la crecida de un río desbordado y borró cualquier capacidad de raciocinio. Aparte de que, a Adele, cualquier cama que no fuera la suya, la de un hotel durante las vacaciones o la de un aparthotel, le estimulaba la fantasía.

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