Andrea Camilleri - El Traje Gris

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A lo largo de su brillante carrera profesional al frente de una entidad bancaria siciliana, donde ha demostrado su habilidad para resolver las complejidades financieras en un entorno minado por la mafia, Febo Germosino, el protagonista de esta novela, ha recibido tres cartas anónimas. Ahora, en la primera mañana de su vida de jubilado, las despliega cuidadosamente junto a una caja de cerillas.Una de ellas, recibida unos años atrás, contiene insinuaciones sobre la supuesta infidelidad de su esposa, la joven viuda con la que se casó hace una década. Elegantísima, enigmática, Adele es una espléndida e irresistible femme fatale, como una réplica de las divas americanas del cine en blanco y negro. Dotada de una sensualidad desinhibida que contrasta con el esmero con el que guarda las apariencias burguesas, Adele ha demostrado ser una esposa entregada a su marido, sólo que, en determinadas ocasiones, viste un viejo traje de chaqueta gris, de una impecable sobriedad, un traje que adquirirá un inquietante simbolismo, cuyo significado convendría no haber desentrañado nunca.Una vez más, Andrea Camilleri consigue sorprendernos con una muestra de su fecundidad y maestría literaria. En esta breve e intensa novela de misterio psicológico -que el autor ha descrito como «una historia conyugal»-, el matrimonio es el escenario de la dimensión cotidiana de la tragedia, a un tiempo último reducto del deseo y de la fantasía, y espejo de una sociedad hondamente corrupta.«Un hermoso texto, corto y grave, sobre el envejecimiento, la hipocresía y la humillación, un precio terrible por aspirar a un poco de la ilusión del amor.» Le Temps«Dura, irónica y conmovedora, E! traje gris cautiva como una pequeña fábula siciliana, tierna y amarga, que perdurará largamente en la mente del lector.»

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Una noche en que Daniele no cenaba con ellos, Adele lanzó una pregunta preventiva: -¿No te enfadarás si te digo una cosa? -No, por Dios, dime. -Le he renovado el vestuario a Daniele. -¿Lo necesitaba? -Pues sí. ¿Sabes?, es que algunas veces pasa casualmente por el salón cuando estoy reunida con mis amigas, y si tengo que presentarlo, ¿qué pensarán de mí si dejo que mi sobrino vaya por ahí como un andrajoso? -Bueno, no me parece que Daniele vista precisamente como un andrajoso. -Pero no tiene ropa adecuada. -¿Se la has encargado a mi sastre? -No te preocupes. Lo he comprado todo de confección. Hoy día, en las tiendas se encuentran cosas bien hechas. Además, a Daniele, con el cuerpo de modelo que tiene, cualquier cosa le sienta bien. Prendas adecuadas como las que tenía ella. O sea, que quería que Daniele tuviera el traje para acompañarla a la iglesia, el traje para presentarse con ella en el salón, el traje para acompañarla al teatro… -¿No podías decírselo a su madre? -La habría puesto en un apuro, pobrecita. No es que estén boyantes precisamente. Pero ¿por qué se lo había contado? Podría haberle comprado una tienda de ropa a Daniele y él ni siquiera se habría dado cuenta, o habría pensado que lo abastecían desde Polizzi. Quince días después tuvo la explicación: había sido una especie de avance a la descubierta para poner a prueba su reacción. -¿Sabes?, Daniele ya no podía seguir con su maltrecho Cinquecento. Se ha comprado un coche nuevo, un japonés pequeñito, un… -¿Le has dado tú el dinero? -Sí -contestó ella, ruborizándose ligeramente. Era la primera vez que la veía sonrojarse de apuro. Él se preocupó. ¿Y si el chico se había hartado del asunto y ella, enamorada, quería retenerlo a su lado con regalos? Puede que por las mañanas le dejara un pequeño fajo de billetes en el bolsillo de la chaqueta. ¿O se trataría sólo de esa especie de inseguridad que a veces experimentan las cuarentonas? Aquella noche, en el momento de despedirse, Adele le murmuró al oído: -¿Puedo ir más tarde a tu habitación? Era su manera de demostrarle su gratitud por no haberse enfadado. Por la gracia otorgada. -Mejor en nuestra habitación -propuso él. -No; tengo miedo de que nos oiga Daniele. Él tuvo la tentación de echarle en cara la puerta de comunicación cerrada y la llave en la cerradura. Pero le duró un instante. No podía privarse de aquel inmenso e inesperado regalo.

4

Se levantó para abrir la ventana del estudio. Empezaba a hacer un calor estival y no estaban ni siquiera a mediados de mayo. ¿Dónde habría decidido Adele pasar aquel año las vacaciones? El ya no tenía el problema de fijar por adelantado la fecha y la duración de las vacaciones para comunicarlo oportunamente al departamento de personal. Por regla general, eran cosas que decidía junto con Adele, pero cuando ya había facilitado la información al banco, ella casi siempre cambiaba de idea veinticuatro horas después. -¿No podríamos retrasar unos diez días la salida? Pues claro que podían, pero eso significaba, aparte de la molestia del calor en la ciudad, consumir diez días de las vacaciones en el jardín o la terraza. Aunque, en el fondo, tampoco le habría molestado demasiado. El otro cambio de idea ocurría la víspera del final de las vacaciones: -¿No podríamos quedarnos aquí una semanita más? ¿Y quién se lo decía al banco? Ahora ese problema ya no existía. El era libre de hacer y deshacer y no tenía que rendir cuentas a nadie; podría satisfacer los caprichos de Adele. En cualquier caso, jamás se trataba de escoger entre mar y montaña, pues su mujer no resistía una altitud superior a los doscientos metros. Por tanto, la elección se limitaba al lugar, seguramente del extranjero. A él le daba miedo volar. Ella, en cuanto el aparato alcanzaba la fase de crucero, se quedaba dormida. Y dormida llegaba, incluso tras quince horas seguidas de sueño. En realidad el destino de las vacaciones no lo elegía Adele, sino que era la consecuencia directa de lo que oía decir a sus amigas del círculo de bridge: -Este verano he estado en una islita de las Seychelles que… -¡Nada como las Canarias! -En Cuba hay un hotel a la orilla del mar… Casi nunca veraneaban solos. Iban en compañía de alguna otra señora del círculo y su cónyuge; unas veces la vicepresidenta Ágata Locurto y su marido, otras la tesorera Maria Trizzino y su marido, otras la marquesa Arduino della Troffa y su marido marqués… Las socias del círculo eran unas malas pécoras sexagenarias maquilladas como si fueran treintañeras, con mucha base de maquillaje, carmín y joyas, aficionadas a las seducciones exóticas y los masajes especiales; sus esposos -directores generales, empresarios, honorables diputados o simples cabrones que habían conseguido ganar dinero no se sabía cómo- no les iban a la zaga: todos querían parecer jóvenes treintañeros. Por consiguiente: ejercicios cotidianos, kilométricos paseos por la playa, gimnasio, sauna, masajes, chorradas varias. Él jamás participaba. -¿Será posible que no consigas alternar en sociedad? -le reprochaba siempre Adele, enfurruñándose. A él la sola expresión le tocaba tremendamente las narices. Por si fuera poco, el sol le hacía daño. Tenía la piel delicada, como todos los pelirrojos. A los diez minutos de exposición, los rayos solares lo dejaban hecho una langosta. Permanecía bajo el parasol con expresión enfadada, y la reverberación del calor desde la arena bastaba para asarlo a fuego lento. Al poco rato se le empezaba a evaporar el sudor. Cuando faltaba un cuarto de hora para regresar al hotel, corriendo de puntillas porque la arena quemaba, se lanzaba al mar. Pero la leve sensación de frescor experimentada no bastaba para superar el tramo de playa que lo separaba del hotel. Llegaba a su habitación agotado y se metía en la bañera mientras Adele ocupaba la ducha. En los primeros tres años de matrimonio, en cuanto regresaban al hotel desde la playa, antes del baño y la ducha tenían que hacer una variante, un juego inventado por Adele que se llamaba «el refresco de las zonas blancas». Ella se quitaba el bañador y él debía refrescar, lamiéndolas, todas las partes que no habían estado expuestas al sol, previa introducción en la boca de un cubito de hielo sacado del frigorífico de la habitación. Después los papeles se invertían. Casi nunca conseguían terminar el juego.

***

Pero por la noche había otro tormento. Él no sabía bailar, no sabía jugar a las cartas ni a ningún otro juego. No sabía contar chistes y a duras penas lograba beberse un par de whiskys. Si rebasaba la dosis, le entraba dolor de cabeza. -Mi osito -le decía Adele, abrazándolo con una sonrisa entre amorosa y compasiva. El comportamiento de su mujer durante las vacaciones era irreprochable, siempre dueña de sí misma, incluso cuando bailaba. Y su belleza iluminaba la pista más que un reflector. En la playa solía lucir trajes de baño de una pieza, raras veces biquinis, y siempre más bien discretos. Y detestaba el topless, lo consideraba absolutamente inconveniente, y eso que tenía una delantera capaz de provocar taquicardias a todos los varones presentes. Jamás una falda por encima de la rodilla; era la ligereza del tejido lo que daba frescor, no su reducción a la mínima expresión. Y seguía poniéndose un vestido de tirantes para tomar el sol, cuando ya ninguna mujer los llevaba. Claro que le hacían la corte, pero ella sabía mantenerlos a raya con graciosa elegancia. Durante las vacaciones, él disfrutaba del beneficio de ser el único hombre al alcance de su mano. Y tenía también permiso para asistir a la ceremonia todas las mañanas, no sólo los domingos. Era una ceremonia abreviada, puesto que en el hotel sólo contaba con la mitad de las cosas que utilizaba en Palermo, aunque bien es cierto que la menor cantidad de cremas se veía compensada por la mayor entrega de la oficiante.

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