Mi señora:
Mi espíritu se debate en el abismo de la incertidumbre y se oprime en la amargura de quien, habiendo hecho promesa de secreto en el Nombre de Dios, ofende el sagrado Nombre cuando, injustamente, pretende velarse la Obra Divina. Es en el Nombre de Dios, mi querida Inés, que he decidido romper los votos de silencio que me han sido impuestos por el decano de la Universidad de Padua y por los Doctores de la Iglesia. Menos le temo a la muerte que al silencio. Aunque, en lo que a mí respecta, estoy condenado a una como a otro. Para cuando esta carta llegue a Florencia ya no estaré con vida. He pasado la noche redactando el alegato que mañana habré de exponer frente al tribunal presidido por el cardenal Caraffa. Sin embargo, no ignoro que, antes de que pueda yo pronunciar una sola palabra en mi favor, la sentencia ya estará decidida. Sé que no tengo otro destino que el de la hoguera. Si supiera que pudierais interceder por mi vida en esta parodia de proceso, sin dudar os lo pediría -tantas cosas os he pedido ya, que una más…-, pero sé que mi suerte ya está echada. Lo único que os suplico ahora es que me escuchéis. Nada más.
Quizá os preguntéis por qué me decido a revelaros mi secreto nada más que a vos. Y sucede que, aunque aún no lo sepáis, vos fuisteis la fuente de los descubrimientos que me fueron revelados.
De vos depende ahora. Si consideráis que cometo sacrilegio por decir lo que he jurado callar, detened ahora mismo la lectura y que estos papeles acaben en el fuego. Si acaso todavía os merezco un poco de crédito y habéis decidido seguir adelante con la lectura, os ruego que, en el mismo Nombre de Dios, guardéis el secreto.
Antes de continuar con la carta, Mateo Colón dudó unos momentos. El tiempo se acortaba. La misa debía de estar promediando. Se frotó los ojos, se revolvió en la silla y, antes de seguir escribiendo, se preguntó si aquello no era una locura.
Aquel iba a ser el comienzo de la tragedia. De haber sabido que lo que habría de revelarle a Inés de Torremolinos iba a resultar peor que la muerte y el silencio no hubiese escrito una sola palabra más. Sin embargo, volvió a sumergir la pluma en el tintero.
Acababa de poner punto final a la carta cuando pudo ver que todos empezaban a salir de la capilla.
Mateo Colón arrancó el folio del cuaderno y lo plegó de tal modo que el reverso quedara vuelto hacia afuera. Primero salieron en silencioso tumulto los estudiantes, que, desde el centro del patio, se iban distribuyendo en pequeños grupos hacia las aulas. Por último salió messere Vittorio y, junto a él, Alessandro de Legnano. Messere Vittorio se detuvo en el atrio y con una inclinación de cabeza se despidió del decano. Mateo Colón, a través de la ventana de su claustro, pudo ver cómo el decano se paraba junto a messere y no se movía de su lado. Vio que el decano, reclinado sobre una columna, iniciaba uno de sus habituales interrogatorios. No alcanzaba a oír lo que hablaban, pero bien conocía el anatomista los gestos inquisitoriales de Alessandro de Legnano cuando ponía los brazos en jarra y fruncía el ceño más de lo que habitualmente lo tenía. El anatomista había perdido toda esperanza de poder darle la carta a messere , cuando sorpresivamente el decano se alejó camino a su claustro. Messere Vittorio se demoró un rato más y cuando pudo comprobar que nadie quedaba en el patio ni merodeando por la recova, se encaminó derecho y con paso rápido hasta la ventana del claustro del anatomista. Entonces Mateo Colón arrojó la carta hacia la recova a través de las rejas de la ventana. Messere Vittorio empujó la carta con el pie hasta alejarla lo suficiente, se acuclilló y la guardó entre el talón y la suela de la sandalia. En ese preciso momento, desde el fondo de la recova, apareció Alessandro Legnano.
– Parece que es hora de que reemplacéis vuestro calzado -dijo el decano y, antes de que messere Vittorio pudiera ensayar una respuesta, Alessandro de Legnano agregó:
– Os espero en el taller -dijo, giró sobre su eje y se perdió más allá de la recova.
El messere Vittorio hubiera querido ver muerto al decano; anhelo que, en cierto modo, habría de ver cumplido.
La cabeza de Alessandro de Legnano yacía mirando hacia el techo del taller sobre la mesa del messere Vittorio -mirando, por así decirlo, porque, en realidad, los ojos eran dos esferas inertes-. El maestro pasó la palma de su mano por la frente del decano, que se diría decapitado, se detuvo en la arruga del ceño, apoyó el cincel y descargó un mazazo seco, sordo, que levantó un polvo que parecía óseo. El decano presentaba el rigor de los muertos pero su expresión era la de los vivos. Estaba, sin embargo, helado. Mucho más frío que un muerto. Medio año le demandó al messere concluir el busto de Alessandro de Legnano, quien acababa de levantarse de la banqueta donde posaba y caminó hacia la escultura con la que acababa de homenajearse. Se contempló y, nariz contra nariz, se hubiera dicho que estaba frente a un espejo de mármol de Carrara. El maestro había obtenido la exacta expresión de su cliente y cualquiera que se hubiera detenido a ver el busto habría sentido la misma repugnancia que se experimentaba al tener frente a sí al propio decano. Fue exactamente lo que le sucedió a messere Vittorio durante los últimos seis meses y, sin duda, no le hubieran faltado ganas de hundir el cincel en la frente del mismo Alessandro de Legnano, sobre todo después de escuchar su veredicto:
– He visto cosas peores -dijo, mientras se contemplaba con paradójico desdén y, poco menos, le arrojó al messere los quince ducados en la cara.
– Que lo lleven esta tarde a mi escritorio -agregó mientras giraba sobre sus talones y se retiraba del taller dando un portazo.
El busto que acababa de concluir el messere Vittorio era fiel al modelo. Se diría que el decano tenía la expresión perfecta del idiota: las facciones inflamadas, un severo prognatismo que basamentaba el rostro sobre una suerte de balcón maxilar y unos párpados semicerrados que le conferían un gesto somnoliento. El maestro florentino no había tenido ninguna benevolencia; si los clientes eran de su agrado, tenía la generosidad de embellecerlos un poco, como lo había hecho, por ejemplo, con el perfil irremediable de cierto ilustre cercano a los Médici. Sin embargo, se diría que la escultura de Alessandro de Legnano era toda una opinión del messere acerca de Alessandro de Legnano.
Nadie en toda Padua le guardaba alguna simpatía al decano. Y, sin duda, a nadie le hubiera provocado ninguna pena verlo muerto.
Como todas las mañanas, cerca del mediodía, Alessandro de Legnano habrá de ir hasta la Piazza dei frutti . Atravesará la Riviera di San Benedetto , a su paso todos lo saludarán no sin ampulosa grandilocuencia y, después de doblar hacia el Ponto Tadi , por lo bajo, le habrán de desear los peores augurios. Con el mismo anhelo que messere Vittorio, la obesa vendedora de frutas -a quien, como todos los días, habrá de comprarle unos damascos- le deseará un buen provecho y, para sí, rogará que su cliente se atragante con un carozo. Y como la vendedora de frutas, el sastre -en cuya tienda habrá de detenerse para encargarle un lucco de seda- querrá verlo ahorcado en la delicada estola que le encargara la semana anterior y que, al exhibírsela, el decano, con gesto de repulsión, le dijo:
– ¿Acaso la habéis cortado con los dientes?
Alessandro de Legnano sabía que todo el mundo lo odiaba. Lo cual no le provocaba sino un inmenso placer.
El decano había sido discípulo de Jacob Sylvius de París. Por cierto que no lo adornaba el talento de su maestro para las artes médicas. Lo único que Alessandro de Legnano había heredado de Sylvius era su visceral tendencia a suscitar el desprecio de sus semejantes. Todos los calificativos aplicados al anatomista francés -avaro, grosero, arrogante, vengativo, cínico y codicioso entre otros- resultaban pocos para adjetivar al decano de la Universidad de Padua e, indudablemente, él mismo no esperaba para su epitafio uno menos lapidario que el que le dedicaron a su maestro:
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