Federico Andahazi - El Anatomista

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EI héroe de esta novela es Mateo Colón, un anatomista del Renacimiento que a! enamorarse de una prostituta veneciana, Mona Sofía, emprende la búsqueda de algún tipo de pócima que le permita conseguir su amor. El anatomista da comienzo así, nada más ni nada menos, a la ardua exploración de la misteriosa naturaleza de las mujeres. Es nuestro héroe un verdadero adelantado, y en su audacia decide experimentar con prostitutas y, algo totalmente prohibido en la época, con la disección de cadáveres. Lo que descubre Mateo Colón en pleno siglo XVI es, tal como lo fuera América para su homónimo, una "dulce tierra hallada": el Amor Veneris, equivalente anatómico del kleitoris, hasta entonces desconocido en Occidente. Es una noble señora castellana la que da cuenta del poder de este descubrimiento. Cuando intente hacerlo público, Colón deberá enfrentar otro poder: el de la despiadada Inquisición. A partir de aquí se verá envuelto en un proceso vertiginoso.
Federico Andahazi ha construido una novela apasionante a partir de la historia de uno de Ios médicos más sobresalientes del Renacimiento. Ha recreado la época no sólo en sus costumbres sino en su sistema perverso de pensamiento. El autor le imprime un ritmo sostenido al relato así como al impecable manejo de la intriga -sin soslayar el humor y la ironía- que convierten a El anatomista, y a su autor, en una impactante y bienvenida revelación.

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Los últimos alumnos que pasaban junto a la ventana del claustro de Mateo Colón se ponían en puntas de pie y miraban hacia el interior; entonces el anatomista podía escuchar los murmullos y las risitas maliciosas de aquellos que, hasta ayer, habían sido sus propios alumnos e, inclusive, de los que podían haber llegado a ser sus fieles discípulos. Podía verlos.

Aunque quizá debería estar agradecido de su suerte, Mateo Colón maldijo el día en que abandonó su Cremona natal. Maldijo el día en que su actual verdugo, el decano, decidió ponerlo al frente de la cátedra de anatomía y cirugía. Y maldijo el día en que, cuarenta y dos años antes, había nacido.

II

"II Chirologi" a decir de sus paisanos, "II Cremonese", en su exilio en Padua, Mateo Renaldo Colón había estudiado Farmacia y Cirugía en la Universidad en la que ahora estaba preso. Fue el más brillante discípulo de Leoniens primero y de Vesalio después. El mismo maestro Vesalio sugirió al decano, Alessandro de Legnano, que fuera su discípulo cremonés quien lo sucediera al frente de la cátedra, cuando, en 1542 marchó a hacer escuela en Alemania y España. Siendo todavía muy joven, Mateo Colón se ganó, por derecho, el título de Maestro dei maestri . Para orgullo de Alessandro de Legnano, su catedrático cremonés descubrió las leyes de la circulación pulmonar antes aún que su colega, el inglés Harvey, quien, injustamente, se ha quedado con los laureles. Muchos lo consideraron un lunático cuando afirmó que la sangre se oxigenaba en los pulmones y que no existían orificios en el tabique que divide las dos mitades de corazón, atreviéndose a refutar al mismísimo Galeno. Y por cierto era aquella una afirmación peligrosa: un año antes, Miguel de Servet había sido obligado a huir de España cuando, en su Christianismi Restitutio , declaró que la sangre era el alma de la carne - anima ipsa est sanguis -; su intento de explicar en términos anatómicos la doctrina de la Santísima Trinidad lo llevó a las hogueras de Ginebra, donde lo quemaron con leños verdes "para prolongar la agonía" 1. Pero los laureles del descubrimiento de Mateo Colón habría de llevárselos el inglés Harvey cien años después y, según señaló Hobbes en De Corpore , "ha sido el único anatomista que ha visto aceptar en vida su doctrina".

Mateo Colón era, eminentemente, italiano; hijo de la plástica, de la gala y el ornamento. Hijo pródigo de aquella Italia en la que todo, desde las cúpulas de las catedrales hasta el vaso donde bebía el labrador, desde los frescos que adornaban los palacios hasta la hoz con la que el campesino hacía la siega, desde los capiteles bizantinos de las iglesias hasta el cayado del pastor, todo, era de una factura prodigiosa. De aquella misma factura estaba hecho el espíritu de Mateo Colón; de la misma galanura ornamental, de la amable gentilezza italiana. Todo estaba animado con el hálito de Leonardo; el artesano era artista, el artista, científico, el científico, guerrero y el guerrero, de nuevo, artesano. Saber era, además, saber hacer con las manos. Por si faltaran ejemplos, con sus propias manos, el mismo papa Eugenio I le había cortado la cabeza a un prefecto un poco díscolo.

Con la misma mano con la que deslizaba la pluma sobre el cuaderno de tapas de piel de cordero, Mateo Colón sabía empuñar el pincel y preparar los óleos con los que pintó los más espléndidos mapas anatómicos; capaz, si quería, de pintar como Signorelli o como el mismo Miguel Ángel. En su autorretrato se presentó a sí mismo como un hombre de rasgos finos pero enérgicos; los ojos renegridos y la barba oscura y espesa revelaban, acaso, un ascendiente moro. La frente, alta y prominente, quedaba enmarcada entre dos bucles que descendían hasta los hombros. Según su propio testimonio, tenía unas manos delicadas y pálidas, cuyos dedos -largos y delgados- le conferían una elegancia que se diría casi femenina. Entre el índice y el pulgar sostenía un escalpelo. El autorretrato no fue solamente un fiel testimonio de su fisonomía, sino también de su obsesión; si bien se mira -pues es francamente difícil de advertir-, debajo del bisturí, en la base inferior del cuadro puede distinguirse, entre una bruma difusa, el cuerpo desnudo e inerte de una mujer. La pintura recuerda a otra contemporánea: el San Bernardo de Sebastiano del Piombo; la desproporción que existe entre la beatitud de la expresión del santo y su actitud, clavando su cayado sobre el cuerpo de un demonio, es la misma que se advierte en el gesto del anatomista mientras hunde su escalpelo en la femenina carne. Es la suya una expresión de triunfo.

En una época hecha de nombres, de singularidades, Mateo Colón llevaba su nombre como quien carga con un lastre; ¿cómo evitar el forzado cono de sombra al que lo sometía la memoria de su ilustre tocayo genovés? Mateo Colón estaba condenado a la parodia, a la burla fácil de sus detractores.

Su obra, ciertamente, no fue menos extraordinaria que la de su homónimo. También él descubrió su "América" y, como él, supo de la gloria y de la desdicha. Y supo de la crueldad. Mateo Colón, a la hora de fundar su colonia, no tuvo más escrúpulos ni piedad que Cristóbal. El madero del asta fundacional no iba a estar clavado en las tibias arenas del trópico, sino en el centro de las tierras descubiertas que reclamó para sí: el cuerpo de la mujer.

III

Encarcelado en su propio claustro, Mateo Colón acababa de redactar el alegato que habría de presentar al tribunal. Todavía reverberaba el eco de la última campanada que llamaba a misa cuando, frente a su ventana, vio una figura a contraluz.

– ¿Puedo ayudaros en algo? -murmuró la silueta.

Mateo Colón, que por imposición del tribunal había tenido que hacer votos de silencio, calló cautamente a la vez que se acercó un poco más a la ventana. Sólo entonces pudo distinguir que aquella figura parada contra el sol era la de su amigo, el messere Vittorio.

– ¿Acaso estáis loco, queréis acabar preso como yo? -murmuró y con un gesto nada hospitalario lo invitó a que se fuera inmediatamente.

El messere Vittorio pasó una mano por entre las rejas de la ventana y le estiró a su amigo una bota con leche de cabra y una talega con pan. Con gesto de fastidio, como contra su voluntad, Mateo Colón las tomó. En verdad tenía hambre. Cuando el furtivo visitante giró sobre sus talones y se disponía a encaminarse hacia la capilla, escuchó un nuevo susurro:

– ¿Podéis enviarme una carta a Florencia con un mensajero?

El messere Vittorio titubeó un momento.

– Podíais haberme pedido algo más fácil… sabéis con cuánto celo el decano revisa la correspondencia… -en ese momento, los dos hombres vieron a Alessandro de Legnano que, desde el vano de la puerta de la capilla, se aseguraba de que todo el mundo estuviera presente en misa.

– Bien, dadme la carta. Ahora tengo que irme -dijo el messere Vittorio, a la vez que estiraba la mano por entre las rejas.

– Sucede que aún no la he escrito. Si pudierais pasar por aquí a la salida de la misa…

El decano vio entonces al messere Vittorio parado debajo de la recova.

– ¿Qué hacéis ahí? -inquirió el decano, poniendo los brazos en jarra y frunciendo el ceño más aún de lo que ya lo tenía por naturaleza.

Entonces el messere Vittorio se acomodó las tiras de la sandalia y se encaminó hacia la capilla.

– ¿Acaso hablabais con vuestro zapato?

El messere se limitó a ruborizase con una sonrisita estúpida.

Mateo Colón tenía el escaso tiempo que duraba la misa para escribir la carta.

Cuando hubo comprobado que nadie había fuera de la capilla, volvió a sacar el cuaderno que escondía bajo la pequeña scriptoria -tenía prohibido escribir-, tomó la pluma de ganso, la sumergió en el tintero y, en la última página, empezó a apuntar. Sin duda, el voto de silencio que le había impuesto el tribunal no era un castigo arbitrario; tenía un fundamento muy preciso: evitar que su satánico descubrimiento se propagara como las semillas en el viento. Por la misma razón tenía prohibido escribir. Quedaba poco tiempo. Volvió a asegurarse de que nadie anduviese cerca y entonces empezó a anotar:

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