Federico Andahazi - El Príncipe

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De lectura ágil, atractiva, hipnótica, original y terriblemente actual, " El Príncipe" contiene todos los elementos que un lector exigente puede reclamarle a una gran novela.
Es la historia del Hijo de Wari, el diablo, un líder nacido en el corazón de la montaña que conquista la voluntad de su pueblo con promesas incompludias, y lo gobierna con la ilusión de una prosperidad inexistente. Cuando se "retira" -junto con sus ministros-apóstoles, aguardando un momento más propicio para gozar de los frutos de la cosecha en el poder-, el pueblo queda clamando por su segunda venida. Detrás de la escena, un consejero inmaterial, maquiavélico, ilumina los pasos del Mesías. Pero dónde se oculta el Hijo de Wari?, qué trama para su regreso?.

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LIBRO SEGUNDO : CRÓNICA DE LA VIDA DEL PRÍNCIPE DESDE EL DÍA DE SU NACIMIENTO HASTA SU ASCENSIÓN

I EL ÁNGEL CAÍDO

1

Igual que su madre. Igual que la madre de su madre y que sus hijas. Igual que las hijas de sus hijas. Igual que todas las que habrían de salir de su entraña y de la entraña de su entraña. Igual que la primera, la Innombrable, la que con su traición condenó a toda su femenina progenie a la Maldición del Conquistador. Igual a todas las que cargaban en su vientre con el escarmiento del oprobio. Igual que toda su ascendencia, Gregoria Galimatías Salsipuedes, séptima generación del emponzoñado árbol genealógico desde los tiempos del Adelantado, parió sin siquiera notarlo durante los festejos de la Diablada. Concibió no habiendo cometido otro pecado, al menos aquella fatídica noche previa al pequeño Apocalipsis, que el de la gula. No presentó ninguna señal de preñez. Parió exenta de dolor o sufrimiento. Parió sin darse cuenta, víctima de una súbita indigestión que le había aflojado las tripas obligándola a desertar de los bailes ofrecidos en honor a la Virgen del Socavón. Fue un trámite expeditivo y corriente.

Gregoria Galimatías Salsipuedes había tenido que abandonar subrepticia y raudamente su turno en la danza del destierro de los demonios, mientras esperaba que el Arcángel Miguel la llamara para rendir cuentas junto con los que representaban a los pecados capitales. A causa, quizá, del estigma de la traición que cargaba sobre los hombros de su espuria ralea, le había tocado representar a la Mujer Diablo, la China Supay. Sin que el yatiri, que presidía la ceremonia, lo advirtiera, Gregoria Galimatías Salsipuedes, oculta tras su mefistofélica máscara, se escabulló entre la multitud de diableznos que bailaban despojados de sus fueros, extraviados en el laberinto de chicha y desenfreno por el que los conducía el brujo con su salmo monocorde. Con paso corto pero veloz, caminaba ladera arriba del cerro tomándose el vientre, envuelto en una faja de monedas, con gesto perentorio. Trepaba la pendiente luchando contra la urgencia y el molesto bailoteo burlón de un danzante ukumari que, como un tábano, la merodeaba imitando su paso. Cuando hubo alcanzado la cumbre, en la soledad de la cima mochada por el viento, se trepó a horcajadas sobre la horqueta que formaba una retama muerta y se dispuso a restituirle a la Pachamama los frutos que, en exceso, le había tomado prestados durante los festejos. Sentada en la rama con su máscara cornamentada, podía oír, como una letanía, el canto del yatiri.

Con el perdón de la Virgen

que ansia matar sus penas,

te has convertido en diablo

por la mina y sus riquezas.

Gregoria Galimatías Salsipuedes, doblada sobre sí misma, sentía que la cordillera toda le giraba en torno, víctima de los vapores de la chicha de maíz, el vino y el aguardiente. Como si proviniera del interior de su cabeza, escuchaba, multiplicados por la cifra de las paredes de las montañas, la voz mortuoria del erque, el desconsuelo de los sikus y la insistente súplica de los pincuyos detrás de la voz del brujo:

Tan pronto estás en el cielo

como danzas en la tierra,

mezclando sobre tu pecho

resplandores y tinieblas.

A través de las esferas de sus ojos de cartapesta veía, difusamente desde lo alto, el baile frenético de los kusillu, los hombres cóndor, y de las Caya Caya Warmi Auca, las mujeres guerreras. Gregoria Galimatías Salsipuedes se tomaba el abdomen y, arrellanada en la rama seca, abonaba la tierra apergaminada y mustia de la montaña. Apuntaba al cielo con los cuernos filosos de tocuyo, cola y yeso y al suelo con la cola diabólica hecha de alambre y trapo. Sabía que tenía que bajar antes de que terminara el canto del yatiri.

Tus ojos de revoltijo

son la imagen de las fieras,

con infierno y con volcanes

y abismos que no se cierran.

Bajó la cabeza, involuntariamente se miró los pies y vio que los tenía salpicados con la sangre de la llama que, en ofrenda al Tío, el Espíritu de la Mi na, había sido degollada por el yatiri durante la chaya. Viendo que el canto estaba por llegar a su fin, tensó las tripas, reunió fuerzas y se dispuso a terminar con aquel molesto trance.

La serpiente de tu mano

que cuando mira envenena,

es como el ansia de un gozo

que se divierte de pena.

Todo lo que quería Gregoria Galimatías Salsipuedes era acabar de una vez por todas con aquello y volver al baile. Envuelta en su traje de tafeta, iluminada por el sol de los Andes que se reflejaba hasta el infinito en sus charreteras de hojalata y galones dorados, en el raso de la blusa, quería ser luz y, siendo que era la mujer de Luzbel, era luz pura, pura luz.

Tus cuernos que se prolongan,

como tus brazos desean,

son de todos los pecados,

los más viriles emblemas.

El yakiri cantaba y en su liso cantar de retahila la llamaba a la danza. Sentada sobre una retama muerta más alta que el mundo, devolvía a la Pacha mama todo lo que, generosamente, la Pachamama le había regalado. Y le rogaba que ya basta, que ya estaba bien, que estaban mano a mano, le suplicaba que la dejara volver a la chaya.

La carcajada que baja

del dragón de tu cabeza,

es la expresión de la vida

hecha de risas y quejas [1]

Una vez que consideró saldada la deuda con la Madre Tierra, se incorporó, se acomodó las numerosas faldas que la envolvían como a una cebolla, esquivó de una zancada el pestilente y generoso montículo del que acababa de desembarazarse y, un poco más compuesta, emprendió el descenso del cerro y volvió a los festejos. En el mismo momento en que el Arcángel Miguel llamaba a la rendición de cuentas a la China Supay, Gregoria Galimatías Salsipuedes se reintegró al grupo de diablos y compareció ante él como si nunca se hubiese ausentado. Jamás notó que en la cima trunca del cerro, dentro de aquel cúmulo cochambroso que se confundía con el color de la tierra y el guano de los cóndores, se agitaba un sutil y regular latido que albergaba una entidad viviente.

2

Lo mismo hubiese dado que Gregoria Galimatías Salsipuedes pariera de este o del otro lado de la frontera. De hecho, la frontera no era sino una entelequia, un designio resuelto en una fundación celebrada abajo, en un despacho de una ciudad remota, donde alguien decidió reemplazar el nombre con el que los dioses hubieron de consagrar aquella pequeña planicie entre las cumbres a la protección del Cóndor llamándola Inti Cuntur, y rebautizarla con el inexplicable nombre de Puna de la Frontera.

Pero la frontera no era más que una conjetura, un expediente remoto y ajeno concebido en la llanura improbable de la cartografía. Sin embargo el viento iba y venía a su antojo a uno y otro lado de la divisoria imposible que no coincidía con el curso de un río o el escollo de una montaña, ni con la barrera de un idioma o la hostilidad de dos pueblos rivales, ni con el límite entre la aridez y la fertilidad o el del abismo que separa la pobreza de la miseria.

La única frontera cierta era la que existía entre el arriba del abajo. Inti Cuntur era el arriba y todo lo demás el abajo. No había oriente ni occidente. No había norte ni sur. Las nubes y sus engendros de truenos y relámpagos eran cosas que sucedían abajo, desde la profundidad de los acantilados, en las laderas que sostenían la pequeña planicie de Inti Cuntur. Lo mismo hubiera dado que Gregoria Galimatías pariera aquella inmundicia de este o del otro lado de la frontera.

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