Federico Andahazi - El Príncipe

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El Príncipe: краткое содержание, описание и аннотация

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De lectura ágil, atractiva, hipnótica, original y terriblemente actual, " El Príncipe" contiene todos los elementos que un lector exigente puede reclamarle a una gran novela.
Es la historia del Hijo de Wari, el diablo, un líder nacido en el corazón de la montaña que conquista la voluntad de su pueblo con promesas incompludias, y lo gobierna con la ilusión de una prosperidad inexistente. Cuando se "retira" -junto con sus ministros-apóstoles, aguardando un momento más propicio para gozar de los frutos de la cosecha en el poder-, el pueblo queda clamando por su segunda venida. Detrás de la escena, un consejero inmaterial, maquiavélico, ilumina los pasos del Mesías. Pero dónde se oculta el Hijo de Wari?, qué trama para su regreso?.

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La cara del Presidente se iluminó. Cuando el consejero por fin consiguió que los fantasmas volvieran a su prisión de celuloide diluyéndose en aquel vapor que se deshizo en el aire, miró al Hijo de Wari y, con una sonrisa tierna, articuló sin emitir sonido:

– Madre -pudo leer el Presidente en los labios del ángel mudo. Adivinaba en el brillo de los ojos de su consejero personificado en la inmaculada estampa de Gardel un signo sombrío. El ángel callado giró sobre su eje, caminó cabizbajo y, con paso lento y las alas plegadas, se perdió en las sombrasde un largo corredor. El Hijo de Wari supo que no tenía nada que preguntar. Caminó siguiendo el paso leve del arcángel que se detuvo frente a la entrada de un estudio. Carlos Gardel destrabó el enorme pasador que aseguraba las puertas y las abrió de par en par. Entonces el Presidente pudo ver una réplica perfecta del Enola Gay con su resplandeciente carga de bombas debajo de su vientre de aluminio que alguna vez había reflejado las últimas imágenes de Hiroshima y de Nagasaki. Deslumbrado, el Hijo de Wari caminó hacia el avión. Acariciaba las aspas de las hélices, recorría con la yema de los dedos las nervaduras de las alas, palmeaba el lomo plateado de la bestia como quien le prodigara caricias a un viejo saurio durmiente. Su consejero encarnado en la figura de Gardel miraba al Presidente con una sonrisa hecha de satisfacción y fatalidad. Con un gesto apenas perceptible, el sombrío asesor que había adivinado las intenciones de Su Excelencia- asintió, invitándolo a que se dejara llevar por la tentación. Entonces, con la destreza de un piloto experimentado, el Presidente tomó un aspa de la hélice y la hizo girar. El motor rugió, carraspeó y, finalmente, rodó parejo en un estruendo ensordecedor. Con un salto ágil, el Presidente trepó hasta la cabina, ocupó la butaca, probó el instrumental, el funcionamiento de las palancas y se calzó las antiparras y la bufanda que descansaban sobre el ala.

Su consejero abrió las compuertas del hangar y,por primera vez en seis décadas, el avión inició el lento carreteo hacia el exterior con la incontenible avidez de libertad de un pájaro escapado de su largo cautiverio.

El ángel mudo se elevó paralelo al aeroplano. Ambos se perdieron tras una nube de tormenta.

8

Sobresaltados por el bramido ensordecedor de los motores, los Doce, desperdigados en distintos sitios de la ciudadela, corrieron hacia el incierto lugar desde donde provenía el estruendo. A un tiempo y sin que se lo hubieran propuesto, coincidieron todos en el corredor que conducía a los sets. Se miraron los unos a los otros y en la expresión desencajada del prójimo descubrieron que los unía la misma preocupante sospecha. Entonces se echaron a correr en dirección al exterior. Algunos a medio vestir, otros ataviados con vestuarios escénicos, avanzaban torpe y desesperadamente enredándose entre los complicados pliegues de las túnicas árabes, trastabillando a merced de los coturnos griegos, enceguecidos por los sombreros de cosaco que les caían sobre los ojos. Como una turba de clowns espantados, apuraban el paso tomándose el abdomen. Con el corazón en la garganta a causa de la fatiga y el desasosiego, los ministros, finalmente, alcanzaron la salida. Detuvieron la marcha y vieron, boquiabiertos, el viejo cuatrimotor elevándose hacia un claro entre las nubes. Pudieron distinguir la figura del Presidente, que los miraba, hubieran jurado, con una sonrisa hecha de malicia. Presas de su mismo artilugio, convencidos de la eficacia de la magia de la que jamás fueron dueños, inocentemente intentaban levantar vuelo. Corrían como avestruces, agitaban los brazos persuadidos de que eran alas, saltaban e inmediatamente caían de bruces como presas de caza. Se incorporaban y volvían a intentarlo una y otra vez. Decepcionados de su pedestre condición, lloraban con el rostro hundido en el barro. Pataleaban, golpeaban el suelo con los puños, arrojaban piedras inútiles e insultos en vano hacia el cielo, mientras veían cómo se escapaba su futuro y se perdía entre las nubes. Como niños, lloraban y maldecían su infinito candor: hechizados por el Hijo de Wari, confiados en su propia lealtad, y sin que lo supieran los demás, le habían revelado al Presidente el número secreto.

El viejo bombardero ganó altura, viró hacia el poniente y se perdió suavemente tras un manto de nubes negras mostrando su culo burlón al triste gabinete.

EL REGRESO

Afuera, mientras esperábamos el ansiado regreso, mirábamos el cielo tormentoso que olía a buenas nuevas. Un relámpago dorado surcó la bóveda altísima hecha de nubes negras. Todos salimos a las calles y nos entregamos a ese viento redentor que se abatía como un azote de bendiciones. Unas gotas del tamaño de diamantes empezaron a romper sobre nuestras frentes y a levantar un vapor que olía a asfalto caliente. No tuvimos dudas. Era el día. Aquel día que se había convertido en el norte de nuestras pobres existencias. Llovía una lluvia furiosa que lavaba nuestras almas miserables. No teníamos miedo, pese a que sabíamos cuál era la condición de Su regreso. Sabíamos que aquel final próximo habría de ser el principio. Una nube de langostas, verdes, gigantescas, nos chicoteaba la piel, se nos enredaba en el pelo, en las barbas crecidas del abandono, se nos metía dentro de las ropas, nos ingresaba por la boca, se nos pegaba a la lengua. Era la primera de las ansiadas plagas. Una lluvia de serpientes, sapos y culebras nos latigueaba como una flagelación dulce y justa. Intentábamos mantenernos en pie, pero no podíamos evitar resbalarnos en aquel río de reptiles que anegaba las calles. Entonces, entre las nubes negras, pudimos ver al ángel de la sonrisa eterna, al ángel mudo que, con sus alas, abría un hueco de luz divina en el cielo. Todos a una vez escuchamos el rugido del motor y, atravesando aquella ventana celeste, por fin, lo vimos aparecer. Rompimos en un llanto único. Nos arrodillamos cruzando las manos sobre el pecho y le imploramos que sí, que por favor. El Hijo de Wari enderezó la nariz del avión hacia nosotros y descargó la primera ráfaga. Caíamos los unos sobre los otros mezclando la sangre con la sangre. El Presidente elevó la máquina, giró y volvió a volar sobre nuestras cabezas. Todos pudimos ver cómo se desprendía la primera de las bombas. Fue una explosión gloriosa que nos despedazó antes de que pudiéramos escuchar el estruendo. Un hongo anaranjado y negro se levantó sobre nuestros despojos. La ciudad se había convertido en un páramo negro y humeante, en un camposanto que albergaba nuestros cadáveres calcinados. Algunos de nosotros todavía nos arrastrábamos entre las brasas. Entonces el Hijo de Wari por primera vez cumplió su promesa impar; volvió a virar y soltó la segunda carga. Nada. Ni siquiera un desierto devastado.

Aquella Patria que nunca había existido más que en los sueños de unos pocos ilusos olvidados, fue destruida antes de nacer. Aquel hueco en el mapa, aquella nada hecha de vergüenza pronto fue cubierta por el piadoso manto del mar y el sudario del olvido.

[1]Recopilado de Máscaras de los andes bolivianos, Peter McFarren y Sixto Choque, Quipus, 1993.

[2]Colla Estúpido Orejas de Llama.

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