Federico Andahazi - El Príncipe

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El Príncipe: краткое содержание, описание и аннотация

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De lectura ágil, atractiva, hipnótica, original y terriblemente actual, " El Príncipe" contiene todos los elementos que un lector exigente puede reclamarle a una gran novela.
Es la historia del Hijo de Wari, el diablo, un líder nacido en el corazón de la montaña que conquista la voluntad de su pueblo con promesas incompludias, y lo gobierna con la ilusión de una prosperidad inexistente. Cuando se "retira" -junto con sus ministros-apóstoles, aguardando un momento más propicio para gozar de los frutos de la cosecha en el poder-, el pueblo queda clamando por su segunda venida. Detrás de la escena, un consejero inmaterial, maquiavélico, ilumina los pasos del Mesías. Pero dónde se oculta el Hijo de Wari?, qué trama para su regreso?.

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– María, espero no importunarla, sucede que vi luz y subí.

Pálida, María de los Perros Amor, mostraba una expresión horripilada. Recordaba que, personalmente, había asistido al multitudinario funeral de Luis Sandrini; que, conmovida, se había abrazado con Malvina Pastorino junto al féretro del popular finado. Y ahora, viéndolo de pie con un ramo de rosas exangües, torpe y desmañado, chapoteando en un charco de agua, con el mismo gesto que tantas veces había presenciado en su infancia en el único cine de su pueblo natal, la Primera Dama no podía evitar una mezcla de pavor y emoción que, como de costumbre, se le manifestaba en la absoluta imposibilidad para articular palabra. Sin embargo, María de los Perros Amor notaba que algo en ella se abría paso por sobre su voluntad, una frase se le impuso como si proviniera de un pensamiento ajeno al suyo y cuya pronunciación se le aparecía como un mandato al que no podía desobedecer:

– Luis, sabía que vendría y le preparé un pastel -dijo desconcertada por su involuntario acceso de verbosidad.

Luis Sandrini ensayó su mirada más tierna, sacudió el ramo de rosas empapando, de paso, a su interlocutora y titubeó:

– Son para usted, María -dijo y avanzó un paso

María de los Perros Amor tomó las flores y, primorosamente, las puso en el balde de lata que pendía de su brazo derecho.

– A propósito, María, ¿cómo está su marido? -inquirió Luis Sandrini, con un mal disimulado interés en establecer si la anfitriona estaba sola en casa.

– Debajo de su zapato -contestó escueta la Pri mera Dama sin despegar la vista del inesperado galán. Seguía animada por el mismo inexplicable mandato que se había adueñado de sus cuerdas vocales.

En ese preciso momento, cuando Luis Sandrini levantó torpemente el pie de la cara del Presidente, Su Excelencia intentó abrir los ojos mientras volvía en sí sacudiendo la cabeza a izquierda y derecha. Entonces, de pronto, la Primera Dama entró en pánico. Se sintió infinitamente culpable. ¿Qué pasaría si su marido la descubría sosteniendo un ramo de flores de manos de su insólito festejante? Antes de que el Presidente pudiera incorporarse sobre sus codos, María de los Perros Amor, movida por una voluntad contraria a la suya, levantó el pesado balde y lo descargó con fuerza sobre la cabeza de su esposo. El Primer Mandatario volvió a ponerse bizco, levantó el índice y antes de que pudiera expresar su sentencia, se desmayó por segunda vez.

Luis Sandrini, con su enorme y payasesco zapato, sacó de su paso el bulto que constituía el Presidente tendido en el piso y, una vez superado el escollo, se abalanzó sobre la Primera Dama. Con su diestra inconmensurable, Sandrini rodeó la cintura de María de los Perros Amor y la apretó hasta tocarse el índice con el pulgar. Presa de una fogosidad opuesta a su albedrío, la Primera Dama se entregó a la avasalladora reciedumbre del visitante oponiendo una resistencia tan inútil como provocativa. Luis Sandrini pasó su lengua ávida por las comisuras de los labios de la mujer del Presidente y, en el momento en que ella abrió la boca para recibir el postergado beso, la apartó de sí sin soltar su estrecha cintura. La manejaba como quien empuña el mecanismo oculto de un títere. Con cada movimiento de sus dedos acromegálicos, suscitaba en la Primera Dama ya suspiros irresistibles, ya gemidos altisonantes. Separándola de su pecho empapado, la contempló largamente recorriendo con los ojos cada ápice de pielque traslucía el camisón; sin tocarla, cada vez que detenía su mirada en el halo morado de sus pezones, María de los Perros Amor sentía una opresión cálida, como si realmente la estuviera acariciando. Se diría que aquel fantasma no presentaba la inasible sustancia de la que están hechos los espectros ordinarios sino que, por el contrario, ostentaba una materialidad más sólida que la de los mortales. Hecho este último que la Primera Dama pudo comprobar fehacientemente cuando el aparecido le tomó la mano y con ella se frotó la pétrea protuberancia que pugnaba por salirse del pantalón. Inmediatamente, sin soltarle la cintura, la obligó a girar sobre su eje -cosa que hizo con la gracia de la bailarina que se supone había sido y la detuvo cuando quedó de espaldas a él. El desmañado fantasma contempló la generosa retaguardia de María de los Perros Amor, lentamente le levantó la falda del camisón y dejó al descubierto unos glúteos macizos y prominentes que contrastaban con su espigada cintura. Estaba por abrir la infinita botonadura del pantalón para liberar de su encierro a la bestia que pugnaba por ver la luz para hundirse en las húmedas penumbras que la reclamaban, cuando el redivivo Luis Sandrini notó que el Presidente, otra vez, empezaba a recuperar la conciencia. Fastidiado, resopló con el gesto de contrariedad que tantas veces había hecho desde la pantalla y, antes de que Su Excelencia abriera los ojos, lo midió, calculó y le descargó una violenta patada en la pera que lo elevó a medio metro del suelo y lo hizo aterrizar inerte. María de los Perros Amor no se había dado por enterada de este último incidente y, de espaldas a su gentil espectro, apoyada sobre el lavabo, esperaba ansiosa el anhelado trofeo. Luis Sandrini había conseguido, por fin, ganar la batalla contra los incontables botones del pantalón y se disponía a proceder. En ese momento, la Primera Dama involuntariamente encontró su rostro en el espejo que tenía delante de sí. Vio sus mejillas avivadas por el rubor de la pasión, vio el mechón de pelo que, liberado del cautiverio de la hebilla, se agitaba delante de sus párpados como animado por una tibia brisa de juventud. Levantó la vista por sobre su cabeza buscando el reflejo de su ardoroso tenorio, pero no vio más que su solitaria persona meneándose contra nadie. Atormentada, giró la cabeza y, entonces, volvió a la calma: ahí estaba Luis Sandrini de pie y aferrándola por la cintura. María de los Perros Amor cerró los ojos, se elevó un poco sobre la punta del pie derecho y levantó la pierna izquierda por sobre el mármol del lavatorio, exhibiendo los labios mudos, abiertos y empapados de su vulva. El enardecido comediante aceptó el amparo rojo y cálido que se ofrecía, hospitalario y palpitante, al impaciente huésped que pugnaba por irrumpir con furia. Entonces, interpuso su voluntad contra los bríos perentorios de su socio enceguecido, y lo guió suave, lenta y cuidadosamente a través de aquellas dulces tinieblas. La Primera Dama suplicaba piedad ante cada leve embestida y, luego, cuando llegaba la pausa, imploraba por más inclemencia. María de los Perros Amor no alcanzó la extática culminación por la sencilla razón de que todo el tiempo, desde el comienzo, se había entregado a un ininterrumpido estado de paroxismo que sólo concluyó cuando el ardiente fantasma, después de agitarse en espasmos repetidos, se desplomó, satisfecho, sobre la espalda de la Primera Dama.

6

La puerta se abrió de par en par. Un seguidor cuyo origen no podía vislumbrarse desplegó su cono plateado y, en su centro, se hicieron visibles, con un resplandor que encandilaba, dos mariachis ataviados con bandoleras hechas de balas de plata, chalecos bordados en hilos de oro, botas con espuelas argénteas y sendos sombreros de charro, cuyo diámetro superaba el ancho de la puerta. Como provenientes del cuerno de un gramófono, las voces de los sorpresivos mejicanos sonaron antes de que abrieran la boca. Con un sonido plano y metálico que no sincronizaba con el movimiento de sus labios, entonaban las recias estrofas de El Rey. El contrariado fantasma de Luis Sandrini se acomodó púdicamente las ropas y enfundó el marlo, todavía tieso y morado, con la misma dificultad con la que lo había desenfundado. Turbado y presa del agotamiento, Sandrini tartamudeó por lo bajo:

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