Hartos de ver pasar, uno tras otro, los camellos obesos del despilfarro a través del ojo ciego de la aguja, terminamos por convencernos de que el reino de los cielos jamás habría de pertenecemos.)
La pantalla mostraba la espalda de un sillón por sobre el cual asomaba una nuca. Cuando entraron al office, Nathan Pinzón pudo ver a un hombre joven que se paseaba nerviosamente alrededor del escritorio con las manos en los bolsillos; sentado al escritorio había otro que revisaba unas carpetas a través de unos anteojos de leer.
– Doctor, le presento al señor Pinzón; Nathan, el doctor Santa Marina.
– Encantado -dijo el doctor Santa Marina.
– No lo tome a mal, doctor, pero lo que me está estrechando no es la mano.
Santa Marina lo miró desconcertado. Nathan Pinzón pudo comprobar que el doctor tenía las manos en los bolsillos; entonces miró hacia abajo y descubrió espantado que la Prity le estaba apretando el ganso contra el paladar.
– ¡Soltá fiera del carajo, soltá que no es chorizo!
– ¿What is cboraizo? -preguntó deconcertado el hombre de anteojos que revisaba una gruesa carpeta.
La Prity encontró divertido el asunto y empezó a tirar como si fuera un trapo, dando unos gruñidos alegres.-Dígame si no parece la propaganda de Coppa y Chego -señaló el doctor hacia el ganso de Pinzón, que se estiraba como si fuera de goma.
– Suelte, bicha, suelte -ordenó Armando Bo mansamente.
Como a regañadientes, la Prity soltó…
– Tenemos una sorpresa para usted, Nathan…
En ese momento, desde el otro lado del cortinado púrpura, surgió una figura a contraluz. Cuando hubo estado completamente descubierta, empezó a cantar en un tono tan alto que hizo aullar a la perra.
Nací libre como un ave
y mi nombre es Libertad.
– Hablando de aves y de libertad, ¿podré recuperar mis calzoncillos, que se me va resfriar el ganso?
– Después, hombre, después.
Libertad Lamarque abrió la cartera y extrajo una veintidós corta.
– Tome, estamos repartiendo armas entre el pueblo.
– Señora… me la hacía en México.
– Y ahora, ¿dónde se la hace? -dijo Libertad en un acceso de risa imparable, a la vez que ejecutaba un gesto ascendente y descendente con la diestra alrededor del caño de la veintidós.
El doctor Santa Marina festejó la humorada con una sonrisita ínfima hecha con la mitad de la boca.-Discúlpela, estuvo mucho tiempo junto a Cantinfl as.
– Con usted, cinco…-dijo y agregó-Pero somos mas de cien potenciales voluntades.
– Quién pudiera ser llave de quince para aflojar el bulón… -empezó a decir el doctor Santa Maria, antes de perder el hilo del complicado piropo que había comenzado a improvisar al paso ondulante de Libertad Lamarque.
– No comprendo -dijo la halagada, deteniendo el paso.
– Bueno, pretendía ser un halago -dijo avergonzado el doctor Santa Marina mirando al piso.
– Tengo la sospecha de que usted me quiere enhebrar la ganzúa.
– Bueno, puesto en esos términos… -dijo el doctor sin terminar de comprender la metáfora.
– Sea claro, doctor, ¿somos camaradas o no somos camaradas?
– Y… sí…
– ¿Pustonces…? -preguntó e inmediatamente, poniendo una voz grave, sensual, agregó-. No ves que hace rato que te eché el ojo. Hazme de vos, gran gandul -suspiró Libertad poniendo los ojos en blanco, y se echó en los brazos del doctor Santa Marina.
En ese preciso momento entró en la sala Pedrito Quartucci, quien, pudorosamente, tuvo el decoro de carraspear para informar de su presencia.
– ¿Qué quiere, no ve que estamos ensayando?-justificó Libertad acomodándose la falda que había quedado por sobre sus rodillas. El doctor Santa Marina se llevó una mano al bolsillo para disimular el promontorio que le inflamaba la bragueta.
– Sigan, sigan ensayando tranquilos, yo venía a podar los malvones. Hagan de cuenta que no estoy.
– Mejor seguimos en otro momento, señora, voy a aprovechar para terminar unos escritos.
– Usted no se va nada -dijo ella tomando al doctor de la manga del saco, y mirando con odio al intruso, le espetó:- ¿Por qué no se poda el higo a ver si le crece un poco?
Pedrito Quartucci se irguió, miró a su hiriente interlocutora con una sonrisa suficiente, se atusó el bigotito y meneando la cabeza explicó:
– Higuera, querrá decir -y moviendo la cadera hacia adelante-; palo borracho, querrá decir.
Libertad Lamarque miró ostensiblemente lo que su interlocutor exhibía a través del pantalón y, a la vez que empujaba al doctor Santa Marina lejos de sí y con una sonrisa lasciva, susurró:
– Yo diría… sequoia.
– ¿Le gusta?
– Me encanta -susurró.
El doctor Santa Marina carraspeó y con tono de resignada derrota, dijo:
– Los dejo solos…
Sin siquiera mirarlo, Libertad Lamarque lo invitó a retirarse sacudiendo la mano despectivamente.
– Hazme de vos, gran gandul -imploró Libertad, armando un remolino en el pelo de su nuevo galán con el índice de la diestra.
Pedrito Quartucci acercó su boca a la de su encendida admiradora y a milímetros de sus labios, con voz radiofónica, le dijo:
– Ni que me paguen, no te toco ni con un palo, o me dedico a los caranchos cascoteados. Raja de acá, arrastrada.
Libertad Lamarque tardó en comprender aquellas palabras. Como si acabaran de vaciarle un barril de agua helada, se incorporó, y llena de vergüenza corrió escaleras arriba.
Entonces la pantalla se fue oscureciendo hasta quedar en completa penumbra. Sin que todo aquello tuviese el más mínimo sentido, sin que nada justificara el final de aquella historia que había extraviado el argumento antes de empezar, sobre el fondo negro apareció la leyenda:
Fin
****
(Afuera, mientras tanto, durante la noche escuchábamos los lejanos ladridos y el incesante ulular de las sirenas provenientes de la ciudad que, tras el puente, mostraba su pálida corona de luces proyectadas contra las nubes. Los helicópteros eran pterodáctilos hambrientos que husmeaban el horizonte en busca de alguna presa. Desde la radio y la televisión informaban, "minuto a minuto", las alternativas de la guerra. Uno tras otro, eran leídos los partes y comunicados oficiales que enumeraban los destrozos de los "infieles" -aquel era el único término permitido, en un súbito e involuntario arrebato de islamismo, para referirse a los perros- y, con sonrisas triunfales, anunciaban las bajas infligidas al enemigo. Las imágenes mostraban pilas de perros muertos exhibidas orgullosamente por los oficiales a cargo de uno u otro operativo. En las plazas colgaban del cuello centenares de perros ahorcados, en forma sumaria y pública, en las ramas de los árboles. Desde la pantalla se podía ver de qué manera los perros que habían sido atrapados vivos envueltos en redes kilométricas eran apedreados hasta morir por las multitudes enardecidas.
Habíamos ocultado a aquel perro blanco que se diría luminoso después de curarle la herida que casi le había perforado el muslo de lado a lado. Y así, rengo y exhausto como estaba, intentaba ponerse de pie cada vez que un aullido atravesaba las márgenes del río. Teníamos que cuidarlo de los otros pero, sobre todo, de nosotros; la traición había sido nuestra moneda más corriente: solíamos pagar con la traición y cobrarnos con la venganza. Y sabíamos que cada colmillo tenía buen precio. La tentación era un pájaro negro que nos sobrevolaba en círculos cada vez más bajos y más concéntricos. Después de todo, nos decíamos, no tenía demasiadas posibilidades de pasar la noche. Habíamos hecho todo cuanto estaba nuestro alcance. Y aquello que había empezado siendo un inconfesable pensamiento, pronto se convirtió en un tímido murmullo que acabó transformándose en una enfática moción. Nos trenzamos en una discusión que todos -incluido el perro, que nos miraba con unos ojos llenos de piedad- sabíamos en qué habría de terminar.
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