Federico Andahazi - El Príncipe

Здесь есть возможность читать онлайн «Federico Andahazi - El Príncipe» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Современная проза, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.

El Príncipe: краткое содержание, описание и аннотация

Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «El Príncipe»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.

De lectura ágil, atractiva, hipnótica, original y terriblemente actual, " El Príncipe" contiene todos los elementos que un lector exigente puede reclamarle a una gran novela.
Es la historia del Hijo de Wari, el diablo, un líder nacido en el corazón de la montaña que conquista la voluntad de su pueblo con promesas incompludias, y lo gobierna con la ilusión de una prosperidad inexistente. Cuando se "retira" -junto con sus ministros-apóstoles, aguardando un momento más propicio para gozar de los frutos de la cosecha en el poder-, el pueblo queda clamando por su segunda venida. Detrás de la escena, un consejero inmaterial, maquiavélico, ilumina los pasos del Mesías. Pero dónde se oculta el Hijo de Wari?, qué trama para su regreso?.

El Príncipe — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком

Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «El Príncipe», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.

Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

– ¿Por qué no le dedican El choclo a ésta? -dijo sopesando lo que tenía entre manos-. Será de Dios…

María de los Perros Amor se sintió infinitamente avergonzada, rápidamente se acomodó las ropas y miró a su marido, que permanecía tendido en el suelo emitiendo un ronquido sonoro y acompasado, cantaba el dúo a pecho henchido.

No tengo trono ni Reina

Ni nadie que me comprenda

Pero sigo siendo el Rey.

Recién entonces la Primera Dama comprendió que aquel par de mariachis estaba compuesto por los legendarios Jorge Negrete y Pedro Armendáriz. María de los Perros Amor recordó otra vez la minúscula sala del Luminaris, el cine de su pueblo. Era un Metropolitan en miniatura, debajo de cuya fresca marquesina contemplaba, embelesada, los rostros pintados a la acuarela que le sonreían desde los afiches. La Primera Dama experimentó un indescifrable sentimiento que se aproximaba a la felicidad. Su mutismo incoercible no estaba hecho ahora de aquella angustia frente a la negación de la palabra, sino de la timidez de la niña que era cuando, recostada panza abajo en la terraza del Luminaris veía, a través de la claraboya que se abría en las noches de verano, las películas mexicanas cuyas canciones habría de cantar el resto su vida. La Primera Da ma volvió a mirar al Presidente, que yacía a sus pies, y deseó que permaneciese así para siempre, que aquel mundo salido de la planicie del celuloide se perpetuara; comprendió que prefería los fantasmas que no acertaban a sincronizar la voz con el movimiento de los labios, a los horribles espantajos ministeriales que presidía su marido y con los que, desde el día en que decidió casarse, estaba obligada a convivir. Descubrió que no estaba dispuesta a tolerar un día más junto a aquellos que hubiesen matado con sus propias manos a su hijo de no haberse muerto, antes, atragantado con un hueso de pollo. Luis Sandríni la miraba ahora con unos ojos llenos de la misma pueril ternura de su personaje más sentimental. María de los Perros Amor, conmovida por su reciente descubrimiento, se replegó en un llanto tan amargo como introvertido, en un llanto sordo que sólo se manifestaba en unas lágrimas que le inundaban los párpados. Imaginó que ella misma era el fantasma de una actriz del cine mudo sumida en el olvido. Se enjugó las lágrimas y, cuando volvió a abrir los ojos, pudo comprobar que los tres actores se habían desvanecido. El Presidente se incorporó como si nada hubiese sucedido, miró el reloj, terminó de cepillarse los dientes y sentenció:

– Es hora de dormir.

María de los Perros Amor llenó una jarra con agua y puso dentro las rosas, que empezaban a marchitarse.

7

El Presidente caminaba con las manos enlazadas detrás de la espalda a lo largo de los corredores que unían los inmensos sets de filmación. Sus pasos resonaban contra los tinglados desde cuyas alturas en penumbra colgaban como murciélagos durmientes decenas de reflectores destartalados, rieles pendulantes a punto de derrumbarse y madejas de cables que reptaban entre las vigas como serpientes al acecho. El Primer Mandatario esperaba ver aparecer a su fiel consejero desde las sombras; creía verlo encarnado en un maniquí ataviado de dama antigua, en el brillo de los ojos de un gato fugitivo que atravesaba el corredor; en voz baja interrogaba al retrato de tal o cual astro sonriente que mostraba los dientes a la posteridad colgado desde las paredes ruinosas de Palatina Sono Film. Inquiría con la mirada a los bustos de bronce que presidían los despachos, a las sílfides de yeso que adornaban las fuentes de los jardines, interpelaba en un susurro a los querubines de estuco y a los mascarones de la Tragedia y la Comedia que ornamentaban los dinteles de las puertas; murmuraba en aymará a los viejos proyectores y a los micrófonos, a los parlantes mudos y escacharrados, esperando oír la sabia voz de su viejo consejero, visible sólo a sus ojos, materializado en alguno de todos aquellos objetos diversos, antagónicos, indescifrables.

Desde el día previo a La Ascensión, cuando se presentó bajo la forma de una salamandra que reptaba entre las brasas del fuego del hogar, no había vuelto a tener noticias de su invisible asesor. El Presidente empezaba a preocuparse seriamente. Necesitaba, quizá como nunca, la palabra justa, el sabio consejo de su ministro sin cartera ni despacho, del incondicional mentor de sus decisiones más trascendentes. Confinado en aquella ciudadela poblada de espantajos color sepia que no acertaban a sincronizar la voz con el movimiento de los labios, recordaba los cada vez más lejanos días de gloria con una nostalgia amarga a la cual no estaba dispuesto a resignarse. Abriéndose camino entre fantasmas sufrientes condenados a recitar sus parlamentos más vergonzosos en ese purgatorio escenográfico, buscaba con desesperación a aquel que, con verbo oracular, tantas veces lo había sacado de los atolladeros más intrincados. Con los ojos inyectados de furia, aventaba el desfile de espectros que le salían al cruce como quien se deshiciera de un enjambre de moscas. Como salidos de un fresco ramplón alegórico de una Divina Comedia de saínete, multitudes de ánimas se desgarraban de sobreactuado dolor, ardían en el fuego histríónico de sus monólogos grandilocuentes y penosos.

Con sus pobres almas salidas de foco, Carlos Villarias, ataviado con una capa, mordía la yugular de Lupita Tovar una y otra vez, repitiendo hasta el hartazgo "voy a darte el dulce beso de la muerte", la célebre frase de la escena del Drácula criollo. Más allá, velada por unos rayones verticales y fulgurantes, Imperio Argentina lloraba el despecho de un cuplé apenas audible tras el ruido áspero de la púa de un gramófono invisible. Igual que un moscardón pertinaz, el lamentable espectro de Mario Sóffici representando el papel que hiciera en El linyera, se arrastraba a los pies del Presidente y extendiendo hacia él un sombrero marchito, le suplicaba:

– Por el amor de Dios, señor, una moneda.

Entonces el Primer Mandatario intentaba asestarle una patada pero, invariablemente, su pierna atravesaba la doliente figura del mendigo sin conseguir espantarlo.

Sentada en un sillón de terciopelo que deambulaba por el aire alrededor de Su Excelencia, Mona Maris sostenía el auricular de un teléfono blanco y, una y otra vez, en forma idéntica, extendía el tubo hacia el Presidente y repetía con voz dramática:

– Es para ti, canalla.

En un ángulo del estudio, María Esther Buschiazzo yacía en una cama, decrépita pero sonriente, tomando la mano de Luis Sandrini, que, con los ojos llenos lágrimas, no dejaba de proclamar a los cuatro vientos:

– ¡La vieja ve lo colore! ¡La vieja ve lo colore!

Sentado en una silla de tres patas, José Marrone, mientras se rascaba ostensiblemente la entrepierna, repetía como una autómata:

– Laburás, te cansás, ¿que ganás?

Y así, buscando entre la multitud de almas en pena la figura de su consejero, el Presidente se abría paso entre las voces que le susurraban al oído:

– Una moneda, señor, por el amor de Dios.

– Voy a darte el dulce beso de la muerte.

– Es para ti, canalla.

– ¡La vieja ve lo colore! ¡La vieja ve lo colore!

– Laburás, te cansás, ¿que ganás?

En medio de aquel alucinatorio desfile de espíritus condenados a representar por toda la eternidad sus libretos más lamentables, el Presidente pudo ver una figura que dimanaba un aura de luz blanca. El Hijo de Wari, encandilado, se cubrió la cara con el antebrazo. Cuando volvió a mirar, en el centro de la fulgurante silueta que presentaba unas alas inmensas y etéreas, reconoció la beatífica sonrisa de Carlos Gardel. El rostro radiante, blanco e iluminado lo miraba con unos ojos hechos de compasión y bondad. El ángel extendió un brazo crispado hacia el Presidente, movió los labios, rojos y delineados, pero no pudo articular palabra. Una lágrima rodó por su mejilla. Hizo otro esfuerzo por emitir un sonido pero volvió a fracasar. Sobrecogido, el Hijo de Wari comprendió que aquella estampa de Gardel databa de la época del cine mudo. A diferencia de los fastidiosos demonios que constituían el aquelarre vociferante de personajes levantados del sepulcro amarillo del celuloide, el ángel del Abasto estaba privado para siempre de su voz de zorzal. El Presidente comprendió de inmediato que la inconfundible figura de Gardel era, en realidad, la encarnadura que había elegido esta vez su consejero. El corazón de Su Excelencia latió con fuerza. Viendo que al Presidente ya no le alcanzaban las manos para ahuyentar a los espectros que no dejaban de acosarlo, el asesor encarnado en Carlos Gardel extendió la mano; en ese momento, sostenida por unos hilos mal disimulados, como manejada por un tramoyista, desde las alturas descendió la rolliza Shirley Temple agitando unas alitas de plumas de ganso trayendo un tridente que depositó en la mano del Zorzal Criollo. Entonces, ante la sola visión del ángel armado con el tridente, los espíritus penitentes se diluyeron en una nube de humo verde.

Читать дальше
Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Похожие книги на «El Príncipe»

Представляем Вашему вниманию похожие книги на «El Príncipe» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.


Federico Andahazi - Cuentos
Federico Andahazi
Federico Andahazi - Las Piadosas
Federico Andahazi
Federico Andahazi - Errante en la sombra
Federico Andahazi
Federico Andahazi - El Anatomista
Federico Andahazi
Federico Andahazi - El conquistador
Federico Andahazi
Fernando Schwartz - El príncipe de los oasis
Fernando Schwartz
Federico Patán - Federico Patán
Federico Patán
Federico Vite - Zeitgeist tropical
Federico Vite
Federico Montuschi - Due. Dispari
Federico Montuschi
Отзывы о книге «El Príncipe»

Обсуждение, отзывы о книге «El Príncipe» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.

x