En la mitad de la noche, volvimos a formar un círculo en torno del animal. La decisión estaba tomada. Faltaba resolver quién lo haría. El azar habría le determinarlo. Tiramos al aire la moneda patibularia de la pusilanimidad cuya ceca no alcanzó a ocultar la cara descompuesta del elegido. Fue un disparo, único y certero, apuntado al centro de los ojos. El perro cayó sobre sus patas delanteras. Tuvo el infinito decoro de morir sin agonía.
De la misma impredecible manera que los perros habían iniciado aquella inexplicable rebelión, un día entre los días y sin que mediara un motivo, decidieron abandonar la lucha. Pero jamás volvieron a vivir entre nosotros. Así como un día muy lejano un lobo había aceptado comer de la mano de un hombre y seguirlo a una distancia prudente cuando salía de caza; así como aprendió a no temerle al fuego en el que el hombre cocía su presa; así como dormía junto a la puerta de la casa del hombre hasta que aceptó dormir confiadamente a sus pies ya convertido en perro, de la misma manera, abatidos por la vergüenza, los perros decidimos alejarnos para siempre y volver a nuestra primitiva condición de lobos.)
Cuando se encendieron las luces, el doctor Santa Marina pudo ver cómo todas las miradas recaían sobre su absorta persona. Hundido en su butaca, intentaba articular alguna palabra pero un temblor incontrolable se había adueñado de sus labios. No había el menor resquicio para la duda: aquel que hasta hacía unos momentos interpretaba su propio papel en la pantalla haciendo de sí mismo en blanco y negro, no podía ser otro que el Ministro de Justicia. Y así lo testimoniaban los títulos finales que caían hasta perderse en la parte inferior de la pantalla; su nombre, Gregorio Félix Santa Marina, había pasado, fugaz pero claramente, en la lista de los actores de reparto. Pero lo más desconcertante del caso era que, pese a que la película había sido filmada durante los últimos años de la década del cuarenta, el doctor Santa Marina se veía exactamente igual cincuenta años después. Aplastado en su butaca, el Ministro de Justicia, sumido en un pasmo catatónico, parecía perjurar con su silencio que jamás había incursionado en las, para él por completo ajenas, faenas actorales.
Nadie pronunció palabra. El Presidente se retiró convencido de que aquello había sido una alucinación.
Había pasado la medianoche cuando el Presidente decidió que la jornada había concluido. Aquella extraña función había dejado en el auditorio una extenuación hija del desconcierto y de una ominosa e innombrable inquietud. Recluidos en aquella espectral ciudad ilusoria hecha de la misma materia de la que están construidos los espejismos, enclaustrados en esa necrópolis escenográfica habitada por maniquíes ataviados con fantasmales vestuarios de un anacronismo que invitaba a perder toda certeza temporal, por primera vez sintieron el frío aliento del miedo.
El Presidente y la Primera Dama habían instalado su suite presidencial en el inmenso camarín que alguna vez había pertenecido a Marlene Dietrich, y que había sido especialmente construido para la diva cuando viajara para filmar "Torrente de Pasiones". En los modestos camarines situados en el piso inferior, se alojaba el resto del gabinete. Todo presagiaba una larga y tortuosa noche. Un cielo bajo hecho de unas nubes que se dirían sólidas, anunciaba una tormenta cuya ferocidad se podía prever en el silbido del viento a ras del suelo, levantando remolinos de tierra y pasto seco. Los sets de filmación guardaban una tenue penumbra, apenas iluminada por la mortecina claridad de las nubes. El viento se filtraba por las rendijas de las enclenques ventanas que se quejaban con un chirrido prolongado semejante a una letanía hecha de sollozos. Un enceguecedor relámpago plateado anticipó el furioso clamor de un trueno que hizo cimbrar las paredes; las luces parpadearon y finalmente se extinguieron. Los estudios quedaron en la más absoluta oscuridad. María de los Perros Amor, que acababa de meterse en la cama, se incorporó sobre los codos y, por primera vez en muchos años, le habló a su esposo. Llamó al Presidente por su nombre, cosa a la que nunca nadie se había atrevido -de hecho, muy pocos conocían su nombre verdadero-, e inmediatamente agregó entre sollozos:
– Me quiero ir de acá.
El Presidente, que se estaba cepillando los dientes en el pequeño lavabo del camarín, miró a su esposa a través del espejo y, estupefacto ante el hecho casi milagroso que acababa de protagonizar su mujer -de hecho, él ni siquiera recordaba su voz-, giró sobre su eje y, con el cepillo todavía en la boca, conmocionado por la súbita ruptura del añoso silencio, le dijo:
– Te podes callar, imbécil.
Entonces la Primera Dama rompió en un llanto sordo y desconsolado. Dos cosas enfurecían al Primer Mandatario como ninguna otra: la primera, que lo llamaran por su nombre y, la segunda, los estúpidos lloriqueos de su mujer. La suma de ambos elementos lo encolerizó de tal modo que, con la boca anegada de espuma, le cruzó la mejilla de un golpe seco y sonoro. Iba a descargar una segunda cachetada, ahora con el revés de la mano, cuando escuchó algo que lo dejó petrificado con el brazo en alto. Desde un lugar incierto el Presidente y la Primera Dama pudieron oír un coro de carcajadas acompañadas de unos aplausos desacompasados y estridentes que, tan pronto como se habían hecho audibles, fueron menguando hasta acallarse. El Primer Mandatario, todavía con el brazo levantado, miraba en todas direcciones y hubiera jurado que aquella invisible explosión de hilaridad se había originado dentro mismo del camarín. María de los Perros Amor había reemplazado su ataque de llanto por unos gemidos aterrorizados que le agitaban el pecho.
– ¿Qué fue eso? -susurró pálida.
Entonces, a modo de respuesta, aquella claque incorpórea volvió a romper en risotadas, ante el gesto espantado de la Primera Dama. Luego sobrevino un silencio interrumpido apenas por unas carrasperas aisladas. El Presidente tomó el candelabro y extendiendo el brazo iluminó los rincones que permanecían en sombras. En su breve caminata a tientas tropezó con la pata de la litera, trastabilló, e intentando mantener el equilibrio, metió su pierna izquierda en un balde de lata que, al golpear contra la pared, hizo temblar una pequeña estantería en cuyo anaquel superior se debatió un jarrón que terminó estrellándose contra la cabeza presidencial. Las carcajadas eran ahora de una exaltación que terminó en paroxismo cuando el Presidente bizqueó en el mismo momento en que unos pequeños pájaros volaron en torno a un enorme chichón que se elevó, levantándole en vilo el cuero cabelludo como si fuese un bisoñe. Con aquella sonrisa estrábica, el primer mandatario se desplomó sobre sí mismo; un temblor convulso le mantenía la pierna levantada. Las risas se prolongaron en un aplauso cerrado. La Primera Dama, aterrada, se incorporó y corrió hasta donde yacía su marido. Se arrodilló y, desesperada, le cacheteó las mejillas. Viendo que su esposo no reaccionaba, le quitó el balde que permanecía trabado en el pie y corrió a llenarlo con agua. Hecho esto, volvió cargando el balde, se detuvo frente al cuerpo horizontal del Primer Mandatario, tomó impulso y arrojó con todas sus fuerzas el contenido del cubo. Pero lo hizo con tal puntería que el agua pasó, paralela, por sobre la yacente humanidad de su marido y siguió de largo en dirección a la puerta. En ese preciso instante la puerta se abrió sorpresivamente y el fallido borbotón fue a dar en pleno rostro del recién llegado. Las risas se elevaron hasta la afonía. El visitante sostenía un ramo de rosas que se doblaban bajo el peso del agua y el ala de un sombrero empapado le cubría la cara por completo. El anónimo galán escupió un hilo de agua como lo haría la estatua de una fuente, se levantó el ala del chambergo y entonces quedó revelada su enjuagada identidad. Los aplausos atronaron entre ovaciones interminables. La accidentada visita era un desgarbado y delgadísimo Luis Sandrini. No era el Sandrini padre de familia, moralista y circunspecto de los últimos años, sino el tartamudo de ojos saltones de la primera época. Hizo una infinidad de muecas mientras esperaba que la invisible claque hiciera silencio y, sólo entonces, articuló con dicción espástica:
Читать дальше