Mario Llosa - El Hablador

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Dos narraciones alternan, en El hablador, para relatarnos el anverso y reverso de una historia singular. Por una parte, un narrador principal (que, al igual que en La tía Julia y el escribidor o Historia de Mayta, parecería identificarse con el autor) evoca sus recuerdos de un compañero de juventud limeño, apodado Mascarita, que siente fascinación por una pequeña cultura primitiva, por otra parte, un anónimo contador ambulante de historias -un `hablador`-, viviente memoria colectiva de los indios machiguengas de la Amazonia peruana, nos narra, en un lenguaje de desusada poesía y de magia, su propia existencia y la historia y mitos de su pueblo. La confluencia final de los dos relatos, al revelar su secreta unidad, muestra las misteriosas relaciones de la ficción con las sociedades y con los individuos, su razón de ser, sus mecanismos y sus efectos en la vida. Por su dominio expresivo y la problemática abordada, El hablador es una de las más significativas y originales aportaciones de la narrativa de Mario Vargas Llosa. (Seix Barral)

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Eso es, al menos, lo que yo he sabido.

El fondo del río, en el Gran Pongo, está repleto de nuestros cadáveres. Serán muchísimos, tal vez. Ahí los soplaron y ahí regresarían a morir. Ahí estarán, abajo, oyendo el llanto del agua que cabecea contra las piedras y se deshace en las rocas filudas. Por eso no habrá charapas después del Pongo, en las tierras montuosas. Son buenas nadadoras y, sin embargo, ninguna habrá podido ir de surcada en esas aguas. Las que trataron, se ahogarían. Ahora estarán también ellas en el fondo, oyendo estremecerse el mundo de arriba. Allí empezamos y allí acabaremos los machiguengas, parece. En el Gran Pongo.

Otros se fueron peleando. Hay muchas maneras de pelear. Esa vez, los hombres que andan habían hecho un alto para tomar fuerzas. Estaban tan cansados que apenas podían hablar. Se habían quedado en un pedazo de monte que parecía seguro. Lo habían limpiado y habían construido sus casas, tejido sus techos. Era alto y creían que las aguas mandadas por Kientibakori para ahogarlos no llegarían hasta allí o que, si venían, las verían a tiempo y podrían escapar. Después de rozar y quemar el monte, plantaron la yuca y sembraron el maíz, el plátano. Había algodón silvestre para tejer las cushmas y plantas de tabaco cuyo olor mantenía apartadas a las culebras. Los huacamayos venían a arrullarse en los hombros de la gente. Las crías del tigrillo mamaban de las tetas de las mujeres. Las madres se iban a lo profundo del bosque y parían, se bañaban y volvían con niños que movían manos y pies, lloriqueando, contentos con el calorcito del sol. No había mashcos. Kashiri, la luna, no provocaba daños todavía; ya había estado en la tierra, enseñando a cultivar la yuca a la gente. Había dejado su mala semilla, tal vez. No lo sabían. Todo parecía bien.

Entonces, una noche un vampiro mordió a Tasurinchi mientras dormía. Le hincó sus dos colmillos en la cara y aunque él lo golpeaba con los puños, no se le quiso desprender. Tuvo que despedazarlo, enmelándose con sus huesos blandos, pegajosos como caca. «Es un aviso», dijo Tasurinchi. ¿Qué decía el aviso? Nadie lo entendió. Se había perdido o no había comenzado la sabiduría. No se fueron. Allí siguieron, miedosos, esperando. Antes de que crecieran los yucales y los maizales, antes de que dieran los plátanos, llegaron los mashcos. No los sintieron venir, no oyeron la música de sus tambores de pieles de mono. De pronto, les llovieron flechas, dardos, piedras. De pronto, grandes llamaradas incendiaron sus casas. Antes de que supieran defenderse, los enemigos ya habían cortado muchas cabezas, ya se habían robado a bastantes mujeres. Y se habían llevado todas las canastas de sal que ellos fueron a llenar al Cerro. Los que se iban así ¿volvían o morían? Quién sabe. Morirían, quizá. Su espíritu se iría a dar más furia y más fuerza a sus robadores, tal vez. O ahí estarán todavía dando vueltas por el bosque, desamparados.

Quién sabe cuántos no habrán vuelto. Los flechados, los apedreados, los caídos en tembladera por el veneno de los dardos y por las malas mareadas. Cada vez que atacaban los mashcos y veía ralear a la gente, Tasurinchi señalaba el cielo: «El sol se cae, diciendo. Algo malo hemos hecho. Nos habremos corrompido, quedándonos tanto tiempo en un mismo lugar. Hay que respetar la costumbre. Hay que volver a ser puros. Sigamos andando.» Y la sabiduría volvía, felizmente, cuando ellos iban a desaparecer. Entonces, se olvidaban de sus sembríos, de sus casas, de todo lo que no se pudiera guardar en las chuspas. Se ponían los collares, las coronas, quemaban lo demás y, tocando los tambores, cantando, bailando, echaban a andar. Otra vez, otra vez. Entonces, el sol se detenía en su caída por entre los mundos del cielo.

Pronto sentían que se despertaba, que se enfurecía. «Ya está calentando de nuevo la tierra», decían. «Estamos vivos», decían. Y ellos seguían andando.

Así llegaron al Cerro aquella vez, los hombres que andan. Ahí estaba. Altísimo, puro, subiendo, subiendo hacia el Menkoripatsa, el mundo blanco de las nubes.

Cinco ríos corrían bailoteando entre las piedras saladas.

Rodeaban el Cerro unos bosquecillos de paja amarilla, con palomitas y perdices, con ratoncitos juguetones y hormigas de gusto de miel. Las rocas eran de sal, el suelo era de sal, el fondo de los ríos era también de sal. Los hombres de la tierra llenaban las canastas, las chuspas, las redes, tranquilos, sabiendo que la sal nunca se acabaría. Estaban contentos, parece. Partían, volvían y la sal se había multiplicado. Siempre había sal para el que subiera a buscarla. Subían muchos. Ashaninkas, amueshas, piros, yaminahuas. Los mashcos subían. Todos conocían el Cerro. Nosotros llegábamos y los enemigos estaban ahí. No nos peleábamos. No había guerras ni cacerías, sino respeto, dicen. Eso es, al menos, lo que yo he sabido. Será cierto, tal vez. Igual que en las collpas, igual que en los bebederos. ¿Acaso en esos lugares escondidos del monte, donde la tierra es salada y la van a lamer, los animales se pelean? ¿Quién ha visto que en una collpa el sajino embista al majaz o el ronsoco muerda al shimbillo? Nada se hacen. Ahí se encuentran y ahí se quedan, cada uno en su lugar, lamiendo tranquilamente del suelo su sal o su agua, hasta que se hartan. ¿No es acaso tan bueno descubrir una collpa o un bebedero? Qué fácil se caza a los animales, entonces. Allí están, descuidados, confiados, lamiendo. No sienten la piedra, no huyen cuando silba la flecha. Caen fácil. El Cerro era su collpa de los hombres, era su gran bebedero. Tenía su magia, quizás. Los ashaninka dicen que es sagrado, que, adentro de la piedra, conversan los espíritus. Tal vez sea, tal vez conversarán. Ellos llegaban con las canastas y las chuspas y nadie los cazaba. Se miraban nomás. Había sal y respeto para todos.

Después, ya no se podía subir más al Cerro. Después, ellos se quedaron sin sal. Después, al que subía lo cazaban. Amarrado, se lo llevaban a los campamentos. Eso era la sangría de árboles. ¡Fuerza, carajo! Después, la tierra se llenó de viracochas buscando y cazando hombres. Se los llevaban y ellos sangraban el árbol y cargaban el jebe. ¡Fuerza, carajo! Los campamentos fue peor que la oscuridad y las lluvias, parece, peor que cuando el daño y los mashcos. Tuvimos muchísima suerte. ¿No estamos andando? Eran astutos los viracochas, dicen. Sabían que la gente subiría con sus canastas y redes a recoger la sal del Cerro. Los esperaban con trampas y escopetazos. Se llevaban al que cayera. Ashaninka, piro, amahuaca, yaminahua, mashco. No tenían preferencias. El que cayera, si no le faltaban manos para sangrar el árbol, dedos para abrirle heridas, colocarle su lata y recoger su leche, hombros para cargar y piernas para correr con las bolas de jebe al campamento. Algunos se escapaban, quizás. Muy pocos, dicen. No era fácil. Más que correr, había que volar. ¡Muere, carajo! Al que huía, lo tumbaba el escopetazo. ¡Machiguenga muerto, carajo! «Es inútil huir de los campamentos, decía Tasurinchi. Los viracochas tienen su magia. Algo nos está pasando.

Algo habremos hecho. A ellos los espíritus los amparan y a nosotros nos abandonan. Somos culpables de algo. Mejor clavarse una espina de chambira o tomarse el jugo del cumo. Yéndose así, con espina o veneno, por propia voluntad, hay esperanza de volver. El que se va de escopetazo no vuelve, se queda flotando en el río Kamabiría, muerto entre los muertos, para siempre.» Parecía que los hombres iban a desaparecer. Pero ¿no somos afortunados? Aquí estamos. Todavía andando. Siempre felices. Desde entonces ya no volvieron más a recoger la sal del Cerro. Ahí estará siempre, altísimo,. su alma limpia, mirándole al sol a su cara.

Eso es, al menos, lo que yo he sabido.

Tasurinchi, el que vive en el codo del arroyo, el que antes vivía en la laguna donde, al desaguarse, en la estación seca, quedan tantas charapas medio muertas, está andando. Fui y lo vi. Soplé el cuerno desde lejos, para anunciarle que venía a visitarlo, y, ya más cerca, se lo hice saber a gritos: «¡He venido! ¡He venido!» Mi lorito repitió: «¡He venido! ¡He venido!» No salió a recibirme y pensé que a lo mejor se había ido a vivir a otra parte y que mi caminata hasta allí era inútil. No. Ahí seguía su casa, junto al codo del arroyo. Me planté de espaldas ante ella, a esperar que me recibiera. Tuve que esperar mucho. Él estaba abajo, en el río, excavando un tronco para hacerse una canoa.

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