Por supuesto que le creí. Quien no le creyó del todo fue quien le había conseguido la beca y se había hecho muchas ilusiones académicas con él, su maestro Matos Mar. Se apareció éste una de esas tardes, como solía hacerlo, en casa de Porras Barrenechea, a cambiar ideas y tomar té con biscotelas, y, cariacontecido, le anunció:
– Se armó usted, Doctor Porras. La beca de Burdeos la puede usar este año el Departamento de Historia. Nuestro candidato la ha rechazado. ¿Qué le parece?
– Que yo sepa, es la primera vez en la historia de San Marcos que alguien rechaza una beca a Francia -dijo Porras-. ¿Qué le picó a ese muchacho?
Yo, que estaba fichando los mitos sobre El Dorado y las Siete Ciudades de Cibola en los cronistas del descubrimiento y conquista, en la misma habitación donde conversaban, metí la cuchara para decir que la razón del rechazo era Don Salomón, al que Saúl no quería dejar solo.
– Ésa es la razón que Zuratas da, sí, y ojalá que sea cierta -asintió Matos Mar, haciendo un gesto escéptico-. Pero me temo que haya algo más de fondo. A Saúl le han entrado dudas sobre la investigación y el trabajo de campo. Dudas éticas.
Porras Barrenechea adelantó el mentón y puso los ojitos pícaros que ponía cada vez que iba a decir una maldad.
– Bueno, si Zuratas se ha dado cuenta que la Etnología es una seudociencia inventada por los gringos para destruir las Humanidades, es más inteligente de lo que podía esperarse.
Pero Matos Mar no se sonrió.
– Le hablo en serio, Doctor Porras. Es una lástima, porque el muchacho tiene magníficas condiciones. Es inteligente, perceptivo, muy buen investigador, con mucha capacidad de trabajo. Se le ha metido, imagínese usted, que el trabajo que hacemos es inmoral.
– ¿Inmoral? En fin, vaya uno a saber lo que hacen ustedes entre los buenos chunchos con el pretexto de averiguar sus costumbres -se rió Porras-. Yo, desde luego, no pondría mis manos al fuego por la virtud de los etnólogos.
– Que los estamos agrediendo, violentando su cultura -prosiguió Matos Mar, sin hacerle caso-. Que con nuestras grabadoras y estilográficas somos el gusanito que entra en la fruta y la pudre.
Contó que, hacía pocos días, había habido una discusión en el Departamento de Etnología. Saúl Zuratas desconcertó a todos proclamando que las consecuencias del trabajo de los etnólogos eran semejantes a la acción de los caucheros, madereros, reclutadores del Ejército y demás mestizos y blancos que estaban diezmando a las tribus.
– Dijo que hemos retomado el trabajo donde lo dejaron los misioneros en la Colonia -añadió-. Que nosotros, con el cuento de la ciencia, como ellos con el de la evangelización, somos la punta de lanza de los exterminadores de indios.
– ¿Resucita el indigenismo fanático de los años treinta en los patios de San Marcos? -suspiró Porras-. No me extrañaría, pues viene por épocas, como los catarros.
Ya veo a Zuratas escribiendo panfletos contra Pizarro, la conquista española y los crímenes de la Inquisición. ¡No lo quiero en el Departamento de Historia! Que acepte esa beca, se nacionalice francés y haga carrera promoviendo la Leyenda Negra.
No le di mucha importancia a lo que le oí decir aquella tarde a Matos Mar, entre los polvorientos estantes llenos de libros y estatuillas de Quijotes y Sancho Panzas, de la casa miraflorina de Porras Barrenechea, en la calle Colina. Ni tampoco creo habérselo mencionado a Saúl. Pero ahora, aquí, en Firenze, mientras recuerdo y tomo apuntes, ese episodio adquiere retroactivamente una significación grande. Aquella simpatía, solidaridad, hechizo o lo que fuera, había para entonces alcanzado un clímax y cambiado de naturaleza. Si cuestionaba a los etnólogos, de quienes lo menos que se podía decir era que, con todas las miopías que tuvieran, estaban perfectamente conscientes de la necesidad de entender en sus propios términos la manera de ver el mundo de los indígenas de la selva, ¿qué defendía Mascarita? ¿Algo tan quimérico como que, reconociéndoles unos derechos inalienables sobre sus tierras, el resto del Perú declarara en cuarentena a la selva? ¿Nunca nadie más debería entrar allá a fin de evitar la contaminación de esas culturas con las miasmas degenerantes de la nuestra? ¿Había llegado a esos extremos el purismo amazónico de Saúl?
La verdad es que no nos vimos mucho los últimos meses que pasamos en la Universidad. Yo andaba también muy ocupado, escribiendo mi tesis. Él prácticamente había abandonado Derecho. Me lo encontraba, muy de cuando en cuando, las pocas veces que se aparecía por el Departamento de Literatura, contiguo entonces al de Etnología. Tomábamos un café o nos fumábamos un cigarrillo, charlando, bajo las palmeras amarillentas de la casona del Parque Universitario. Al crecer, enrumbarnos en quehaceres y proyectos distintos, nuestra amistad, bastante estrecha los primeros años, se había ido convirtiendo en una relación esporádica y superficial. Yo le preguntaba por sus andanzas, pues él estaba siempre regresando o a punto de partir a la selva y yo asociaba eso, hasta aquel comentario de Matos Mar al Doctor Porras, a su trabajo universitario, a una especialización creciente de Saúl en las culturas amazónicas. Pero es verdad que, salvo aquella última charla -la de nuestra despedida y la de su catilinaria contra el Instituto Lingüístico y los esposos Schneil-, creo que en esos últimos meses no volvimos a tener los diálogos interminables, de confidencias libérrimas, con el corazón en la mano, que celebramos muchas veces entre 1953 y 1956.
Si los hubiéramos continuado teniendo ¿me habría abierto su pecho, dejándome entrever lo que iba a hacer? Probablemente no. Ese género de decisión, la de los santos y los locos, no se publicita. Se va forjando poco a poco, en los repliegues del espíritu, al sesgo de la propia razón y al resguardo de miradas indiscretas, sin someterla a la aprobación de los otros -que jamás la concederían- hasta que se pone en práctica. Me imagino que en el curso de ese proceso -la forja del proyecto y su mutación en acto- el santo, iluminado o loco, se va aislando, amurallando en una soledad que los demás no están en condiciones de hollar. Yo, por mi parte, no sospeché siquiera que Mascarita podía estar viviendo, en esos últimos meses de nuestra vida sanmarquina -ya éramos hombres los dos- una revolución interna semejante. Que era una persona más retraída que el resto de los mortales, o, más bien, que se había vuelto más reservado al dejar atrás la adolescencia, sí lo advertí. Pero lo atribuí exclusivamente a su cara, que interponía esa tremenda fealdad entre él y el mundo, dificultando sus relaciones con las otras personas. ¿Seguía siendo ese ser jovial, simpático, buena gente, de los años anteriores? Se había vuelto más serio y lacónico, menos suelto que antes, me parece. Aunque no me fío mucho de mi memoria en esto. Tal vez siguiera siendo el mismo Mascarita risueño y parlanchín al que conocí en 1953 y mi fantasía lo cambie para que encaje mejor con el otro, el de los años futuros, ese que ya no conocí y al que -puesto que he cedido a la maldita tentación de escribir sobre él- debo inventar.
La memoria no me traiciona, sin embargo, estoy seguro, en lo que concierne a su atuendo y a su físico. Esos pelos colorados, con un remolino en la coronilla del cráneo, rebeldes al peine, andaban siempre flameando, removiéndose, danzando sobre esa cara bifronte, que, en el lado sano, era de tez muy pálida y pecosa. Tenía ojos y dientes parejos. Era alto, flaco, y estoy seguro de que, salvo el día de su graduación de Bachiller, nunca lo vi con corbata. Andaba siempre con unas camisas sport baratas, de tocuyo, sobre las que, en invierno, se embutía una chompa de cualquier colorín, y con unos pantalones vaqueros descoloridos y arrugados. Sobre sus zapatones jamás debió pasar una escobilla. No creo que tuviera confidentes ni que estrechara una amistad íntima con nadie. Probablemente sus otras amistades fueron parecidas a la que nos unió, cordialísimas pero bastante epidérmicas. Conocidos sí tuvo, muchos, en la Universidad y sin duda en su barrio, pero juraría que nadie llegó a saber, por boca suya, lo que le estaba ocurriendo ni lo que se proponía hacer. Si es que aquello lo planeó cuidadosamente y no sucedió, más bien, de manera gradual, insensiblemente, por obra de las circunstancias más que por elección suya. Es algo en lo que he pensado mucho en estos años y que, por supuesto, nunca llegaré a saber.
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