Mario Llosa - El Hablador

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Dos narraciones alternan, en El hablador, para relatarnos el anverso y reverso de una historia singular. Por una parte, un narrador principal (que, al igual que en La tía Julia y el escribidor o Historia de Mayta, parecería identificarse con el autor) evoca sus recuerdos de un compañero de juventud limeño, apodado Mascarita, que siente fascinación por una pequeña cultura primitiva, por otra parte, un anónimo contador ambulante de historias -un `hablador`-, viviente memoria colectiva de los indios machiguengas de la Amazonia peruana, nos narra, en un lenguaje de desusada poesía y de magia, su propia existencia y la historia y mitos de su pueblo. La confluencia final de los dos relatos, al revelar su secreta unidad, muestra las misteriosas relaciones de la ficción con las sociedades y con los individuos, su razón de ser, sus mecanismos y sus efectos en la vida. Por su dominio expresivo y la problemática abordada, El hablador es una de las más significativas y originales aportaciones de la narrativa de Mario Vargas Llosa. (Seix Barral)

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– ¿Nos dan derecho nuestros autos, cañones, aviones y Coca-Colas a liquidarlos porque ellos no tienen nada de eso? ¿O tú crees en lo de «civilizar a los chunchos», compadre? ¿Cómo? ¿Metiéndolos de soldados? ¿Poniéndolos a trabajar en las chacras, de esclavos de los criollos tipo Fidel Pereira? ¿Obligándolos a cambiar de lengua, de religión, de costumbres, como quieren los misioneros? ¿Qué se gana con eso? Que los puedan explotar mejor, nada más. Que se conviertan en zombies, en las caricaturas de hombres que son los indígenas semi aculturados de las calles de Lima.

El serranito que echaba baldazos de aserrín en el Palermo tenía esos zapatos -una suela y dos tiras de jebe de llanta- que fabrican los ambulantes y sujetaba su pantalón remendado con un pedazo de cordel. Era un niño con cara de viejo, de pelos tiesos, uñas negras y una costra rojiza en la nariz. ¿Un zombie? ¿Una caricatura? ¿Hubiera sido mejor para él permanecer en su aldea de los Andes, vistiendo chullo, ojotas y poncho y no aprender nunca el español? Yo no lo sabía, yo dudo aún. Pero Mascarita sí lo sabía. Hablaba sin vehemencia, sin cólera, con una firmeza tranquila. Durante mucho rato me explicó el otro lado de aquellas crueldades («que son, decía, el precio que pagan por la supervivencia»), lo que le parecía admirable en esas culturas. Era algo que, por más diferencias que hubiera entre ellas, tenían todas en común: la buena inteligencia con el mundo en el que vivían inmersas, esa sabiduría, nacida de una práctica antiquísima, que les había permitido, a través de un elaborado sistema de ritos, prohibiciones, temores, rutinas, repetidos y transmitidos de padres a hijos, preservar aquella Naturaleza aparentemente tan exuberante, y, en realidad, tan frágil y perecedera, de la que dependían para subsistir. Habían sobrevivido porque sus usos y costumbres se habían plegado dócilmente a los ritmos y exigencias del mundo natural, sin violentarlo ni trastocarlo profundamente, apenas lo indispensable para no ser destruidas por él. Todo lo contrario de lo que estábamos haciendo los civilizados, que malgastábamos esos elementos sin los cuales terminaríamos marchitándonos como las flores privadas de agua.

Yo lo escuchaba y hacía el simulacro de interesarme por sus palabras. Pero, más bien, pensaba en su lunar. ¿Por qué había recurrido a él, de pronto, mientras me explicaba lo que sentía por los nativos de la Amazonía? ¿Estaba ahí la clave de la conversión de Mascarita? Esos shipibos, huambisas, aguarunas, yaguas, shapras, campas, mashcos, representaban en la sociedad peruana algo que él podía entender mejor que nadie: un horror pintoresco, una excepcionalidad que los otros compadecían o escarnecían, pero sin concederle el respeto y la dignidad que sólo merecían quienes se ajustaban en su físico, costumbres y creencias a la «normalidad». Ambos eran una anomalía para el resto de los peruanos; su lunar provocaba en ellos, en nosotros, un sentimiento parecido al que en el fondo alentábamos por esos seres que vivían, allá lejos, semidesnudos, comiéndose los piojos y hablando dialectos incomprensibles. ¿Era ésa la raíz del amor a primera vista de Mascarita por los chunchos? ¿Se había inconscientemente identificado con esos seres marginales debido a su lunar que lo convertía también en un marginal cada vez que ponía los pies en la calle?

Le propuse esta interpretación, a ver si le mejoraba el humor, y, en efecto, se echó a reír.

– ¿Aprobaste el curso de Psicología con el Doctor Guerrita? -me tomó el pelo-. Yo te hubiera jalado, más bien.

Y, siempre riéndose, me contó que Don Salomón Zuratas, más astuto que yo, le había sugerido una lectura judaica del asunto.

– Que yo identifico a los indios de la Amazonía con el pueblo judío, siempre minoritario y siempre perseguido por su religión y sus usos distintos a los del resto de la sociedad. ¿Qué te parece? Una interpretación más noble que la tuya, que se podría llamar el síndrome de Frankestein. Cada loco con su tema, compadre.

Le repliqué que ambas interpretaciones no se excluían. Él terminó fantaseando, divertido.

– Sí, de repente tienes razón. De repente, ser medio judío y medio monstruo me ha hecho más sensible que un hombre tan espantosamente normal como tú a la suerte de los selváticos.

– ¡Pobres selváticos! Los usas de paño de lágrimas. Tú también te sirves de ellos, ya ves.

– Bueno, terminémosla ahí porque tengo una clase -se despidió, levantándose, sin sombra del mal ánimo de un momento atrás-. Pero recuérdame que la próxima vez te corrija lo de «pobres selváticos». Te contaré algunas cosas que te dejarán cojudo, compadre. Por ejemplo, lo que hicieron con ellos en la época de la fiebre del caucho. Si aguantaron eso, no se les debe llamar pobres. Superhombres, más bien. Verás, verás.

Por lo visto, hablaba de su «tema» con Don Salomón. El viejito habría terminado por aceptar que, en lugar de hacerlo en el Foro, Saúl prestigiara el apellido Zuratas en las aulas universitarias y en los dominios de la investigación antropológica. ¿Era eso lo que había decidido ser en la vida? ¿Un catedrático? ¿Un estudioso? Que tenía condiciones para ello se lo oí decir una tarde a uno de sus profesores, el Doctor José Matos Mar, quien dirigía entonces el Departamento de Etnología de San Marcos.

– Ese muchacho, Zuratas, ha resultado de primera. Se pasó los tres meses de vacaciones en el Urubamba, haciendo trabajo de campo con los machiguengas y ha traído un material excelente.

Se lo decía a Raúl Porras Barrenechea, un historiador con el que yo trabajaba por las tardes, y que tenía un santo horror por la Etnología y la Antropología, a las que acusaba de reemplazar al hombre por el utensilio como protagonista de la cultura y de estropear la prosa castellana (que él, dicho sea de paso, escribía a las mil maravillas).

– Bueno, entonces hagamos de ese muchacho un historiador y no un fichador de piedrecitas, Doctor Matos. Sea altruista, pásemelo al Departamento de Historia.

El trabajo que Saúl hizo, en el verano del 56, entre los machiguengas fue más tarde, ampliado, su tesis de Bachiller. La presentó cuando estábamos en quinto año de Facultad, y yo recuerdo muy bien la expresión de orgullo, de íntima alegría, de Don Salomón. Vestido de fiesta, con una almidonada pechera bajo el saco, siguió la ceremonia desde la primera fila del Salón de Grados, y le brillaban los ojitos mientras Saúl leía sus conclusiones, absolvía las preguntas del Jurado -que presidía Matos Mar-, era aprobado y le colocaban la cinta académica correspondiente.

Don Salomón nos invitó a almorzar a Saúl y a mí al Raimondi, en el centro de Lima, para festejar el acontecimiento. Pero él no probó bocado, acaso por no transgredir involuntariamente el dietario judío. (Una de las bromas de Saúl cuando pedía chicharrones o mariscos era: «Y, además, eso de estar cometiendo un pecado al tragármelos, les da un gustito muy especial, compadre, que tú nunca sabrás lo que es.») Don Salomón no cabía en sí de contento con el título de su hijo. A medio almuerzo, dirigiéndose a mí con su masticado acento centroeuropeo, me pidió, con vehemencia:

– Convénzalo a su amigo de que acepte la beca. -Y, al ver mi cara de sorpresa, me explicó-: No quiere ir a Europa para no dejarme solo, como si yo no fuera bastante grande para saber cuidarme. Le he dicho que, si se encapricha, me va a obligar a morirme para que pueda irse tranquilo a Francia, a especializarse.

Así me enteré de que Matos Mar le había conseguido una beca para hacer el Doctorado en la Universidad de Burdeos. Mascarita la había rechazado, pues no quería dejar solo a su padre. ¿Fue ésa la razón por la que no viajó a Burdeos? Entonces lo creí; ahora, estoy seguro de que mentía. Ahora sé que, aunque no lo confesara a nadie y lo tuviera guardado bajo cuatro llaves, aquella conversión había ido fermentando en su interior hasta adquirir las características de un rapto místico, tal vez de una búsqueda de martirologio. No me cabe duda, ahora, que aquel título de Bachiller en Etnología lo sacó, tomándose el trabajo de redactar una tesis, a sabiendas de que nunca sería un etnólogo, sólo para darle esa satisfacción a su padre. Yo que, por esos días, me extenuaba haciendo gestiones para conseguir alguna beca que me permitiera venir a Europa, traté varias veces de convencerlo de que no desperdiciara semejante oportunidad. «Es algo que no se te volverá a presentar, Mascarita. ¡Europa! ¡Francia! ¡No seas bárbaro, hombre!» Fue categórico: no podía irse, él era la única persona que tenía Don Salomón en el mundo y no lo iba a abandonar por dos o tres años, sabiendo lo anciano que estaba.

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