Porque convertirse en un hablador era añadir lo imposible a lo que era sólo inverosímil. Retroceder en el tiempo, del pantalón y la corbata hasta el taparrabos y el tatuaje, del castellano a la crepitación aglutinante del machiguenga, de la razón a la magia y de la religión monoteísta o el agnosticismo occidental al animismo pagano, es difícil de tragar pero aún posible, con cierto esfuerzo de imaginación. Lo otro, sin embargo, me opone una tiniebla que mientras más trato de perforar más se adensa.
Porque hablar como habla un hablador es haber llegado a sentir y vivir lo más íntimo de esa cultura, haber calado en sus entresijos, llegado al tuétano de su historia y su mitología, somatizado sus tabúes, reflejos, apetitos y terrores ancestrales. Es ser, de la manera más esencial que cabe, un machiguenga raigal, uno más de la antiquísima estirpe que, ya en aquella época en que esta Firenze en la que escribo producía su efervescencia cegadora de ideas, imágenes, edificios, crímenes e intrigas, recorría los bosques de mis país llevando y trayendo las anécdotas, las mentiras, las fabulaciones, las chismografías y los chistes que hacen de ese pueblo de seres dispersos una comunidad y mantiene vivo entre ellos el sentimiento de estar juntos, de constituir algo fraterno y compacto. Que mi amigo Saúl Zuratas renunciara a ser todo lo que era y hubiera podido llegar a ser, para, desde hace más de veinte años, trajinar por las selvas de la Amazona, prolongando, contra viento y marea -y, sobre todo, contra las nociones mismas de modernidad y progreso- la tradición de ese invisible linaje de contadores ambulantes de historias, es algo que, de tiempo en tiempo, me vuelve a la memoria y, como aquel día en que lo supe, en la oscuridad con estrellas del poblado de Nueva Luz, desboca mi corazón con más fuerza que lo hayan hecho nunca el miedo o el amor.
Ha oscurecido y hay también estrellas, aunque no tan lúcidas como las de la selva, en la noche de Firenze. Presiento que en cualquier momento se me acabará la tinta (las tiendas de la ciudad donde podría encontrar repuesto para mi lapicero están también en chiusura estivale, por supuesto). El calor es intolerable y el cuarto de la Pensión Alejandra hierve de mosquitos que zumban y revolotean alrededor de mi cabeza. Podría ducharme y salir a dar una vuelta, en busca de distracción. Es posible que en el Lungarno haya algo de brisa, y, si lo recorro, el espectáculo de los malecones, puentes y palacios iluminados, siempre hermoso, desemboca en otro espectáculo, más truculento, el del Cascine, de día beatífico paseo de señoras y niños y a estas horas antro de putas, maricones y vendedores de drogas. Podría ir a mezclarme con los jóvenes ebrios de música y marihuana de la Piazza del Santo Spirito o a la Piazza della Signoria que, a estas horas, es una abigarrada Corte de los Milagros donde se improvisan simultáneamente cuatro, cinco y a veces diez espectáculos: conjuntos de maraqueros y tumbadores caribeños, equilibristas turcos, tragafuegos marroquíes, una tuna española, mimos franceses, jazzmen norteamericanos, adivinadoras gitanas, guitarristas alemanes, flautistas húngaros. A veces es agradable perderse un rato en esa multitud variopinta y juvenil. Pero esta noche iría adonde fuera, en vano. Sé que en los puentes de piedras ocres sobre el Arno, bajo los árboles prostibularios del Cascine o bajo los músculos de la fuente de Neptuno y el bronce cagado de palomas del Perseo de Cellini, dondequiera que me refugie tratando de aplacar el calor, los mosquitos, la exaltación de mi espíritu, seguiré oyendo, cercano, sin pausas, crepitante, inmemorial, a ese hablador machiguenga.
Fin
Firenze, julio de 1985 Londres, 13 de mayo de 1987