¿Qué efecto ha tenido todo esto sobre el pueblo machiguenga? ¿Aceleró su desmembramiento y disolución? ¿Existen aún los poblados que comenzaron a congregarlos hace cinco o seis años? Esas aldeas, claro está, se habrán visto expuestas al irresistible mecanismo perturbador de esa civilización contradictoria, representada por los buenos salarios de la Shell y de Petro Perú, las arcas llenas de dólares del tráfico de la coca y los riesgos de verse atrapados en las carnicerías de la guerra de traficantes, guerrilleros, policías y soldados, sin entender una palabra de lo que está en juego. Como cuando los invadieron los ejércitos incas, los exploradores, conquistadores y misioneros españoles, los caucheros y madereros republicanos, los buscadores de oro y los inmigrantes serranos del siglo XX. Para los machiguengas, la historia no avanza ni retrocede: gira, se repite. Pero, aunque los destrozos a la comunidad hayan sido muy grandes por efecto de todo esto, lo probable es que una buena parte de ellos, ante los trastornos de los últimos años, haya optado para sobrevivir por el reflejo tradicional: la diáspora. Echarse una vez más a andar, como en el más persistente de sus mitos.
¿Anda entre ellos, con ese pasito corto, de palmípedo que asienta a la vez toda la planta del pie, típico de los hombres de las tribus amazónicas, mi ex amigo, el ex judío, ex blanco y ex occidental Saúl Zuratas? He decidido que el hablador de la fotografía de Malfatti sea él. Pues, objetivamente, no tengo manera de saberlo. Cierto que la figura de pie denota en la cara una sombra más intensa -en el lado derecho, donde él tenía el lunar-, que podría ser clave para identificarlo. Pero, a esa distancia, la impresión puede ser engañosa, tratarse de la mera sombra del sol (la cara está ladeada de tal modo que la luz del crepúsculo, cayendo del lado opuesto, sombrea todo el lado diestro de hombres, árboles y nubes). Quizá la pista más sólida sea la conformación de la silueta. Aunque esté lejos, no hay duda: ésa no es la arquitectura típica de un indio de la selva, hombre por lo general bajo, de piernas cortas y ovaladas y ancha caja torácica. Quien está hablando tiene un cuerpo alargado y juraría que una piel -está desnudo de la cintura para arriba- mucho más clara que la de su auditorio. Pero sus pelos muestran, eso sí, el corte circular, como capucha medieval, de un machiguenga. He decidido, también, que ese bulto que hay en el hombro izquierdo del hablador de la foto sea un loro. ¿No sería lo más natural del mundo que un hablador recorra los bosques con un loro de tótem, compañero o monaguillo?
Después de darles muchas vueltas y combinarlas unas con otras, las piezas del rompecabezas casan. Delinean una historia más o menos coherente, a condición de detenerse en la estricta anécdota y no preguntarse por lo que Fray Luis de León llamaba «el principio propio y escondido de las cosas».
Desde aquel primer viaje que hizo a Quillabamba, donde el chacarero pariente de su madre, Mascarita entró en contacto con un mundo que lo intrigó y lo sedujo. Lo que debió ser, al principio, un movimiento de curiosidad intelectual y de simpatía por los hábitos de vida y la condición machiguenga, fue, con el tiempo, a medida que los conocía mejor, aprendía su idioma, estudiaba su historia y empezaba a compartir su existencia por períodos más y más largos, tornándose una conversión, en el sentido cultural y también religioso del término, una identificación con sus costumbres y tradiciones en las que -por razones que puedo intuir pero no entender del todo- Saúl encontró un sustento espiritual, un estímulo, una justificación de vida, un compromiso, que no encontraba en las otras tribus de peruanos -judíos, cristianos, marxistas, etc.- entre las que había vivido.
La transformación debió de ser muy lenta, algo que fue operándose de manera inconsciente, en esos años dedicados a estudiar Etnología en San Marcos. Que se desencantara de los estudios, que viera en la actitud científica del etnólogo una amenaza para aquella cultura primitiva y arcaica (él, entonces, ya no hubiera aceptado estos calificativos), una intromisión en ella de la destructora modernidad, una forma de adulteración, es algo que puedo comprender. La idea del equilibrio entre el hombre y la tierra, la conciencia del estupro del medio ambiente por la cultura industrial y la tecnología moderna, la revaluación de la sabiduría del primitivo, obligado a respetar su hábitat so pena de extinción, es algo que en aquellos años, si todavía no era una moda intelectual, ya comenzaba a echar raíces por todas partes incluido el Perú. Mascarita debió vivir todo esto con una intensidad particular, al ver con sus propios ojos las grandes devastaciones que los civilizados perpetraban en la selva y la manera como, en cambio, los machiguengas convivían armoniosamente con el mundo natural.
El hecho decisivo para el gran paso fue, sin duda, la muerte de Don Salomón, la única persona a la que Saúl estaba atado y a la que sentía obligación de dar cuenta de su vida. Es probable, por la manera como cambió su conducta en el segundo o tercer año de Universidad, que hubiera decidido desde antes que, una vez muerto su padre, lo abandonaría todo para irse al Alto Urubamba. Hasta allí todavía no hay nada de extraordinario en su historia. En los años sesenta y setenta -años de la rebelión estudiantil contra la moral del consumo- muchos jóvenes de clase media abandonaron Lima, espoleados por una mezcla de deseo de aventura y disgusto de la vida capitalina, y se fueron a la sierra o a la selva, a vivir en condiciones a veces muy precarias. Uno de los programas de La Torre de Babel -por desgracia estropeado en gran parte por las crónicas anomalías de la cámara de Alejandro Pérez- estuvo dedicado precisamente a un grupo de muchachos limeños que emigraron al Cusco donde sobrevivían realizando pintorescos oficios. Que, como ellos, Mascarita decidiera renunciar a un porvenir burgués e irse a la Amazona, a la aventura -el regreso a lo elemental, a las fuentes-, no tiene por qué llamar demasiado la atención.
Pero Saúl no se fue como ellos. Se fue borrando las huellas de su partida y de sus intenciones, haciendo creer a quienes lo conocían que se iba a Israel. ¿Qué otra cosa podía querer decir toda esa coartada del judío que hace la allá sino que, al dejar Lima, Saúl Zuratas había decidido ya, irreversiblemente, cambiar de piel, de nombre, de costumbres, de tradición, de dios, de todo lo que había sido hasta entonces? Es evidente que se fue de Lima con la intención de no volver y de ser otro para siempre jamás.
Aunque con cierto esfuerzo, hasta aquí todavía con sigo acompañarlo. Creo que su identificación con la pequeña comunidad errante y marginal de la Amazonía tuvo algo que ver -mucho que ver-, como conjeturaba su padre, con el hecho de que fuera judío, miembro de otra comunidad también errante y marginal a lo largo de su historia, una paria entre las sociedades del mundo en las que, como los machiguengas en el Perú, vivió insertada pero no mezclada ni nunca aceptada del todo. Y seguramente también en aquella solidaridad influyó, como solía bromearle yo, ese enorme lunar que hacía de él un marginal entre los marginales, un hombre cuyo destino estaría, siempre, acosado por un estigma de fealdad. Puedo llegar a aceptar que entre los adoradores del espíritu del árbol y del trueno, los ritualistas del tabaco y el cocimiento de ayahuasca, Mascarita se sintiera más aceptado -disuelto en un ser colectivo- que entre los judíos o los cristianos de su país. De una manera muy personal y sutil, yéndose al Alto Urubamba a nacer de nuevo, Saúl hizo su aliá.
Donde encuentro una dificultad insalvable para seguirlo -una dificultad que me apena y me frustra- es en el estadio siguiente: la transformación del converso en hablador. Es, por supuesto, el hecho que me conmueve más en toda la historia de Saúl, lo que hace que piense en ella continuamente, la anude y desanude mil veces, y lo que ha motivado que, a ver si así me libro de su acoso, la escriba.
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