Acordándome de Tasurinchi, el amigo de las luciérnagas, traté de entender su parloteo. Si estaban ahí, a mi alrededor, hablando con tanta insistencia, ¿no habrían venido por mí? ¿Algo querrían decirme? Cerraba los ojos, prestaba atención, me concentraba en su charla. Tratando de sentirme loro, pues. Difícil era. Pero el esfuerzo me hacía olvidar el dolor del pie. Imité sus chillidos, sus gárgaras; sus murmullos imité. Todos sus ruidos. Y, entre pausa y pausa, a poquitos, palabritas sueltas, lucecitas en la oscuridad, empecé a oír. «Cálmate, Tasurinchi», «No te asustes, hablador», «Nadie va a hacerte daño, pues.» Entendiendo lo que decían, tal vez. No se rían, no estaba soñando. Lo que ellos hablaban, sí. Cada vez más claro entendí. Me sentí tranquilo. Mi cuerpo dejó de temblar. El frío se fue. No estarían ahí mandados por Kientibakori, entonces. Ni por hechizo de machikanari. ¿Por curiosidad, más bien? ¿Para hacerme compañía?
«Eso mismo, Tasurinchi», parloteó una voz, sobresaliendo de las otras. Ahora ya no había duda. Hablaba y yo le entendía. «Aquí estamos para acompañarte, dándote ánimos mientras te sanas. Aquí seguiremos hasta que vuelvas a andar. ¿Por qué te asustaste de nosotros? Te crujían los dientes, hablador. ¿Has visto que un loro se comiera a un machiguenga? En cambio, nosotros hemos visto a tantos machiguengas comerse a los loros. Ríete, más bien, Tasurinchi. Mucho hace que te seguimos. Por todas partes adonde vas, ahí estamos. ¿Sólo ahora te das cuenta?»
Sólo ahora me daba. Con la voz temblando le pregunté: «¿Te estás burlando de mí?» «Digo la verdad», insistió el loro, batiendo el follaje a aletazos. «Has tenido que clavarte una espina para descubrir a tus acompañantes, hablador.»
Tuvimos una larga conversación, parece. Todo el tiempo que estuve ahí, esperando que el daño se fuera, conversamos. Mientras hacía sudar mi pie en la fogata, para que el dolor saliera, hablábamos. Con ese loro; también con otros. En el palabrerío, todos se quitaban la voz. A ratos, no entendía lo que me decían. «Cállense, cállense. Hablen más despacio, pues, y uno por uno.» No me obedecían. Eran como ustedes, igual. ¿De qué se están riendo tanto? Parecen loros, pues. No esperaban que uno terminara para hablar todos. Estaban contentos de que, por fin, nos entendiéramos. Se atropellaban, aleteando. Yo me sentía aliviado. Contento. «Qué extraordinario lo que está pasando, pues», pensaba.
«Vaya, menos mal, te has dado cuenta de que somos habladores», dijo, de pronto, uno de ellos. Y se quedaron mudos los demás. Había un gran silencio en el bosque.
«Ahora entenderás por qué estamos aquí, acompañándote. Ahora te darás cuenta por qué, desde que volviste a nacer y empezaste a andar, a hablar, te seguimos. Día y noche, pues; por los bosques y por los ríos, pues. También eres hablador, ¿no, Tasurinchi? ¿No nos parecemos, acaso?»
Me acordé, entonces. Todo hombre que anda tiene su animal que lo sigue, ¿no es así? Aunque él no lo vea ni lo llegue a adivinar. Según lo que es, según lo que hace, la madre del animal lo escoge, diciéndole a su cría: «Este hombre es para ti, cuídalo.» El animal se vuelve su sombra, parece. ¿El mío era el loro? Sí, lo era. ¿No es el animal hablador? Lo supe y me pareció que desde antes había estado sabiéndolo. ¿Por qué, si no, sentí siempre preferencia por los loros? Muchas veces, en mis viajes, me quedé escuchando sus parloteos, riéndome con sus aleteos y su bullicio. Éramos pues parientes, quizás.
Bueno ha sido saber que mi animal es el loro. Ahora, viajó más confiado. Nunca más me sentiré solo, tal vez. Si viene el cansancio, el temor, si viene la rabia por algo, ya sé qué hacer. Levantar la vista hacia los árboles y esperar. No me fallará, creo. Como lluviecita después del calor, el parloteo brotará. Ahí estarán los loros, pues. «Sí, aquí, no te hemos abandonado», diciendo. Por eso habré podido viajar solo tanto tiempo. Porque no viajaba solo, pues.
Cuando empecé a ponerme cushma y a pintarme con huito y achiote, a aspirar tabaco por la nariz y a andar, muchos se extrañaban de que viajara solo. «Es una temeridad», me advertían. «¿No está lleno el monte de los demonios horribles y de las diablas inmundas que sopló Kientibakori? ¿Qué harás si te salen al encuentro? Viaja como machiguenga, más bien. Con un chiquillo y, al menos, una mujer. Cargarán los animales que caces, desprenderán a los que caigan en la trampa. No te corromperás, cogiendo el cadáver de los que mataste. Tendrás con quien conversar, además. Varios se ayudan mejor si aparecen los kamagarinis. ¡Dónde se ha visto un machiguenga solo por el bosque!» Yo no les hacía caso porque nunca me sentí solo en mis andanzas. Ahí, entre las ramas, confundidos con las hojas de los árboles, mirándome con sus ojazos verdes, me seguirían mis compañeros. Y los sentiría aunque no lo supiera, tal vez.
Pero no es ésa la razón por la que tengo a este lorito. Ésa es otra historia, parece. Se la puedo contar ahora que se ha dormido. Si de pronto me callo y hablo tonterías, no crean que perdí la cabeza. Será, nomás, que el lorito se despertó. Es una historia que no le gusta oír, una que debe dolerle tanto como me dolió a mí esa espina de la ortiga.
Eso fue después.
Estaba yendo al Cashiriari a visitar a Tasurinchi y había cazado un paujil, con una trampa. Lo cociné y empecé a comérmelo, cuando sentí un parloteo junto a mi cabeza. Había un nido, entre las ramas, medio oculto por una gran telaraña. Éste acababa de nacer. No había abierto los ojos todavía; estaba envuelto en su moco blanco, como todas las crías al romper la cáscara. Lo estuve espiando, sin moverme, quietito, para no irritar a la lora, para no ponerla rabiosa acercándome mucho a su cría. Pero la lora no se preocupaba de mí. Estaba examinando al recién nacido, seriota. Disgustada parecía. Y, de pronto, comenzó a darle de picotazos. Sí, picotazos con su pico corvo. ¿Quería quitarle su moco blanco? No. Quería matarla. ¿Hambre tendría? La cogí de las alas, no la dejé picotearme, la alejé del nido. Y para que se calmara le di unas sobras del paujil. Contenta comió; parloteando y aleteando estuvo comiendo. Pero sus ojazos seguían furiosos. Una vez que terminó su comida, regresó volando al nido. Fui a ver y estaba dándole de picotazos otra vez. ¿No te has despertado, lorito? No te despiertes, déjame terminar antes tu historia. ¿Por qué quería matar a su cría? No era por hambre, pues. Cogí a la lora de las alas y la lancé al aire con fuerza. Después de dar unos volteretazos, volvió. Enfrentándoseme. Rabiosa, picoteando y chillando, volvió. Se le había entercado matar a su cría, parece.
Sólo ahí comprendí por qué. No había nacido como ella esperaba, tal vez. Tenía la pata torcida y los tres deditos en muñón. Hasta entonces yo no había aprendido eso que todos ustedes saben: que los animales matan a las crías que nacen distintas. ¿Por qué el puma le clava las garras a su cachorro cojo o tuerto? ¿Por qué el gavilán despedaza a su cría de ala rota? Adivinarán que, no siendo perfectos, su vida será difícil, con sufrimiento, pues no sabrán defenderse, volar, cazar, huir ni cumplir su obligación. Que vivirán poco, pues otros animales se los comerán pronto. «Para eso me la como yo, que por lo menos me alimente», diciendo. ¿O será que, como los machiguengas, tampoco ellos aceptan la imperfección? ¿También ellos creerán que la cría que no es perfecta la sopló Kientibakori? Quién sabe.
Ésta es la historia del lorito. Siempre está así, acurrucado en mi hombro. Qué me importa que no sea puro, que tenga su pata enfurruñada, que cojee, que apenas se eleva a esta altura se caiga. Porque también las alas le salieron muy cortas, parece. ¿Soy yo perfecto? Pareciéndonos, nos entendemos y nos acompañamos. Viaja en este hombro y, cada cierto tiempo, para distraerse, trepándose por mi cabeza, se pasa al otro. Va y regresa, viene y va. Se prende de mis pelos cuando está trepando. Jalándomelos, como advirtiéndome: «Cuidado me caiga, cuidado no me recojas del suelo.» No me pesa nada, ni lo siento. Duerme aquí, dentro de mi cushma. Como no puedo llamarlo padre, ni pariente, ni Tasurinchi, lo llamo con una palabra que inventé para él. Un ruido de loros, pues. A ver, imítenlo. Despertémoslo, llamémoslo. Él lo aprendió y lo repite muy bien: Mas-ca-ri-ta, Mas-cari-ta, Mas-ca-ri-ta…
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