Me quedaba maravillado de oírlos. Recordaba todo lo que decían. De este mundo y de los otros. Lo de antes y lo de después. Las explicaciones y las causas recordaba. Al principio, los seripigaris no me tenían confianza. Después, sí. Me dejaban escucharlos también. Las historias de Tasurinchi. Las iniquidades de Kientibakori. Los secretos de la lluvia, del rayo, del arcoiris, del color y de las líneas que los hombres se pintan antes de salir de cacería. Nada de lo que iba oyendo se me olvidaba. A veces, a la familia que iba a visitar, le contaba lo que había visto y aprendido. No todos sabían todo y, aunque lo supieran, les gustaba oírlo de nuevo. A mí también. La primera vez que oí la historia de Morenanchiite, el señor del trueno, me impresionó mucho. Le preguntaba a todos por ella. Hacía que me la contaran una vez, muchas veces. ¿Tiene el señor del trueno un arco? Sí, un arco. Pero en vez de soltar flechas, suelta truenos. ¿Anda rodeado de tigres? Sí. De pumas también, parece. ¿Y sin ser viracocha, tiene barba? Sí, barba. Yo repetía la historia de Morenanchiite por donde iba, pues. Ellos me escuchaban y se pondrían contentos, tal vez. «Cuéntanos eso mismo de nuevo», diciendo. «Cuéntanos, cuéntanos.» Poco a poco, sin saber lo que estaba pasando, empecé a hacer lo que ahora hago.
Un día, al llegar adonde una familia, a mi espalda dijeron: «Ahí llega el hablador. Vamos a oírlo.» Yo escuché. Me quedé muy sorprendido. «¿Hablan de mí?», les pregunté. Todos movieron las cabezas «Ehé, ehé, de ti hablamos», asintiendo. Yo era, pues, el hablador. Me quedé lleno de asombro. Así me quedé. Mi corazón un tambor parecía. Golpeando en mi pecho: bom, bom. ¿Me había encontrado con mi destino? Quizás. Así sería, aquella vez. En una quebradita del río Timpshía, donde había machiguengas, fue. Ya no queda ninguno por allá. Pero cada vez que paso cerca de esa quebrada, mi corazón vuelve a bailar. «Aquí nací la segunda vez», pensando. «Aquí volví sin haberme ido», diciendo. Así comencé a ser el que soy. Fue lo mejor que me ha pasado, tal vez. Nunca me pasará nada mejor, creo. Desde entonces estoy hablando. Andando. Y seguiré hasta que me vaya, parece. Porque soy el hablador.
Eso es, al menos, lo que yo he sabido.
¿Es daño una cara como la mía? ¿Nacer con más o menos dedos de los debidos, es daño? ¿Desgracia, parecer monstruo no siéndolo? Será desgracia y daño a la vez. Tal vez. Aparentar, no siéndolo, uno de esos torcidos, hinchados, jorobados, llagados, armados de colmillos y zarpas que sopló Kientibakori el día de la creación, allá en el Gran Pongo. Aparentar ser demonio o diablillo siendo nomás hombre soplado por Tasurinchi, daño y desgracia ha de ser. Será, pues.
Cuando empezaba a andar, oía que una mujer había ahogado en el río a su hija recién nacida porque le faltaba un pie o la nariz, porque tenía manchas o porque habían nacido dos hijos en vez de uno. No entendía, parece. «¿Por qué haces eso? ¿Por qué lo has matado?» «No era perfecto, pues. Tenía que irse.» Yo no entendía. «Tasurinchi sólo sopló mujeres y hombres perfectos», me explicaban. «A los monstruos los sopló Kientibakori.» Nunca entendería bien, quizás. Por ser como soy, teniendo la cara que tengo, me será difícil. Cuando oigo «La eché al río porque nació diablilla, lo maté porque nació demonio», vuelvo a no entender. ¿De qué se ríen?
Si los imperfectos eran impuros, hijos de Kientibakori, ¿por qué había hombres que cojeaban, marcados en su piel, ciegos, con las manos agarrotadas? ¿Cómo estaban ahí, andando? ¿Por qué no los habían matado, pues? ¿Por qué no me mataban a mí, con mi cara? Les preguntaba. Se reían ellos también: «¡Cómo van a ser hijos de Kientibakori, cómo van a ser diablos o monstruos! ¿Acaso nacieron así? Puros eran; perfectos nacieron. Se volvieron así después. Su culpa sería, o de algún kamagarini u otro demonio de Kientibakori. Quién sabe por qué los cambiaron. Su envoltura nomás es de monstruos, por adentro serán siempre puros.»
Aunque ustedes no lo crean, a mí no me volvieron así los diablillos de Kientibakori. Monstruo nací. Mi madre no me echó al río, me dejó vivir. Eso que, antes, me parecía una crueldad, ahora me parece suerte. Cada vez que voy a visitar a una familia que aún no conozco, se me ocurre que se asustará, «Éste es monstruo, éste es diablillo», diciendo al verme. Ya se están riendo otra vez. Así se ríen todos cuando les pregunto: «¿Seré diablo? ¿Esta cara querrá decir eso?» «No, no, no eres, tampoco monstruo. Eres Tasurinchi, eres el hablador.» Me hacen sentir tranquilo. Contento, tal vez.
El alma de los niños que las madres ahogan en los ríos y las cochas, baja a su hondo del Gran Pongo. Eso dicen. Abajo, a lo profundo. Más adentro de los remolinos y las cascadas de agua sucia, a unas cuevas repletas de cangrejos. Allí estarán, entre las rocas enormes, sordos de tanta bulla, padeciendo. Allí se reunirán las almas de esos niños con los monstruos que sopló Kientibakori cuando peleó con Tasurinchi. Ése fue el principio, parece. Antes, el mundo en que andamos, estaría vacío. El que se ahoga en el Gran Pongo, ¿regresa? Se hunde, va hundiéndose en el estrépito de las aguas, un remolino atrapa su alma y, haciéndola girar, girar, la baja. Hasta el fondo oscuro, lodoso, la bajará, ahí donde viven los monstruos. Allí se sentará entre las almas de los otros niños ahogados, pues. A los diablos, a los monstruos, los escuchará lamentarse de aquel día en que Tasurinchi empezó a soplar. Ese día en que aparecieron tantos machiguengas.
Ésta es la historia de la creación.
Ésta es la pelea de Tasurinchi y Kientibakori.
Eso era antes.
Allí ocurrió, en el Gran Pongo. Allí el principio principió. Tasurinchi bajó desde el Inkite por el río Meshiareni con una idea en la cabeza. Hinchando su pecho, empezaría a soplar. Las buenas tierras, los ríos cargados de peces, los bosques repletos, tantos animales para comer, irían apareciendo. El sol estaba fijo en el cielo, calentando el mundo. Contento, mirando lo que aparecía. A Kientibakori le dio su rabieta terrible. Vomitaría culebras y sapos viendo lo que ocurría allá arriba. Tasurinchi soplaba y habían comenzado a aparecer también los machiguengas. Entonces, Kientibakori abandonó el mundo de aguas y nubes negras del Gamaironi y subió por un río de orines y caca. Rabiando, humeando de cólera, «Yo lo he de hacer mejor», diciendo. Apenas llegó al Gran Pongo, se puso a soplar. Pero de sus soplidos no salían machiguengas. Tierras podridas donde no crecía nada, más bien; cochas cenagosas donde sólo los vampiros podían resistir el aire tan hediondo. Culebras salían. Víboras, lagartos, ratones, zancudos y murciélagos. Hormigas, gallinazos. Todas las plantas que producen ardor salían, las que queman la piel, las que no se puede comer. Ésas nomás. Kientibakori seguía soplando y, en lugar de machiguengas, aparecían los kamagarinis, los diablillos de pies curvos y filudos, con espolones. Las diablas aparecían, con sus caras de asno, comiendo tierra y musgo. Y los hombres cuadrúpedos, achaporo, tan peludos y tan sanguinarios. Kientibakori rabiaba. Tanta rabia tenía que los seres que iba soplando salían, como los daños y las alimañas, más impuros, más malvados. Cuando terminaron de soplar y se volvieron, Tasurinchi al Inkite y Kientibakori al Gamaironi, este mundo era lo que es ahora.
Así comenzó después, parece.
Así empezamos a andar. En el Gran Pongo. Desde entonces estamos andando, pues. Resistiendo los daños, sufriendo las crueldades de los diablos y diablillos de Kientibakori estamos. El Gran Pongo era prohibido, antes. Sólo regresaban hasta allí los muertos, almas que se iban sin volver. Ahora van muchos; viracochas y punarunas van. También machiguengas. Con miedo y con respeto irán. Pensarán: ¿ese ruido fuertísimo es sólo agua chocando contra las rocas al caer? ¿Sólo río al cerrarse entre paredes de piedra es? No, parece. Es ruido que sube de abajo, también. Gemidos y llantos de niños ahogados será. Sube desde las cuevas del fondo. En las noches de luna se oye. Estarán gimiendo, tristes. Los monstruos de Kientibakori los maltratarán, tal vez. Les harán pagar con tormentos el estar ahí. No los creerán impuros sino machiguengas, quizás.
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