Mario Llosa - El Hablador

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Dos narraciones alternan, en El hablador, para relatarnos el anverso y reverso de una historia singular. Por una parte, un narrador principal (que, al igual que en La tía Julia y el escribidor o Historia de Mayta, parecería identificarse con el autor) evoca sus recuerdos de un compañero de juventud limeño, apodado Mascarita, que siente fascinación por una pequeña cultura primitiva, por otra parte, un anónimo contador ambulante de historias -un `hablador`-, viviente memoria colectiva de los indios machiguengas de la Amazonia peruana, nos narra, en un lenguaje de desusada poesía y de magia, su propia existencia y la historia y mitos de su pueblo. La confluencia final de los dos relatos, al revelar su secreta unidad, muestra las misteriosas relaciones de la ficción con las sociedades y con los individuos, su razón de ser, sus mecanismos y sus efectos en la vida. Por su dominio expresivo y la problemática abordada, El hablador es una de las más significativas y originales aportaciones de la narrativa de Mario Vargas Llosa. (Seix Barral)

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Mientras lo esperaba, estuve observando a su mujer. Ahí, cerquita, sentada junto al telar, teñía unas hebras de algodón con las raíces machucadas del palillo. No se levantó ni me miró. Siguió trabajando como si yo no hubiera llegado o fuera invisible. Tenía puestos más collares que la última vez. «¿Llevas tantos collares para que no se te acerquen los diablillos kamagarini o para que no pueda hacerte un hechizo el brujo machikanari?», le pregunté. Pero ella no me contestó y siguió tiñendo las hebras como si tampoco me oyera. Llevaba también muchos adornos en los brazos, en los tobillos y en los hombros y el pecho de su cushma. La corona de su cabeza era un arcoiris de plumas de huacamayo, de tucán, de loro, de paujil y de pavita kanari.

Por fin llegó Tasurinchi. «He venido», le dije. «¿Estás ahí?» «Aquí estoy», me respondió, contento de verme, y mi loro repitió: «estoy, estoy». Entonces, su mujer se puso de pie y desenrolló dos esteras para que nos sentáramos. Trajo una olla de yucas recién asadas, que vació en unas hojas de plátano, y una vasija de masato. También ella parecía contenta de verme. Estuvimos hablando hasta la luna siguiente, sin parar.

La mujer anda preñada y esta vez el hijo nacerá en el tiempo debido y no se irá. Se lo dijo un diosecillo al seripigari en la mareada. Y le hizo saber que si esta vez el hijo se muere antes de nacer, igual que las otras veces, será culpa de la mujer y no de un kamagarini. En esa mareada el seripigari averiguó muchas cosas. Las otras veces, los hijos nacieron muertos porque ella había tomado bebedizos para que se le murieran adentro y botarlos antes de tiempo. «¿Es verdad eso?», le pregunté a su mujer. Y ella me respondió: «No me acuerdo. Tal vez sea. Quién sabe.» «Sí, es verdad», me aseguró Tasurinchi. La ha prevenido que si esta vez nace el hijo muerto, la matará. «Si nace muerto, me clavará un virote envenenado y me pondrá junto al arroyo, para que me coman los ronsocos», me confirmó la mujer. Se reía, no estaba asustada, más bien parecía burlándose de nosotros.

Le pregunté a Tasurinchi por qué quería tanto que su mujer pariera. El hijo no le preocupa, es ella su inquietud. «¿No es raro que todos los hijos le nazcan muertos?», dice. Le preguntó de nuevo, en mi delante: «¿Los echaste muertos porque tomaste bebedizo?» Ella le repitió lo que me había dicho: «No me acuerdo.» «A veces pienso que no es una mujer sino una diabla, una sopai», me confesó Tasurinchi. No sólo lo de los hijos lo hace maliciar que tiene un alma distinta. También esas pulseras, collares, coronas y adornos que se pone. Y, es verdad, nunca he visto a nadie que lleve tantas cosas en el cuerpo y en la cushma. Quién sabe cómo puede andar con todo ese peso encima. «Mira lo que tiene ahora», me dijo Tasurinchi. Hizo que la mujer se acercara y fue señalando: sonajas de semillas, sartas de collares de huesos de perdiz, dientes de ronsoco, canillas de monito, colmillos de majaz, envolturas de gusano y muchas otras cosas que no me acuerdo. «Dice que esos collares la protegen contra el brujo malo, el machikanari, me contó Tasurinchi. Pero a ratos, viéndola, parece que ella fuera más bien un machikanari y estuviera preparando hechizo contra alguien.» Ella, riéndose, dijo que no creía ser bruja ni diabla sino una mujer nomás, como las otras.

A Tasurinchi no le importaría quedarse solo, si matara a su mujer. «Es preferible, antes que seguir viviendo con alguien que puede robarse todos los pedazos de mi alma», me explicó. Pero pensaba que no sucedería, ya que, según averiguó el seripigari en la mareada, esta vez el hijo nacerá andando. «Tal vez sea así», le oí decir a su mujer, riéndose a carcajadas, sin levantar la mirada de las hebras de algodón. Están bien los dos. Andando. Tasurinchi me dio esta redecilla de fibras. «Para que pesques algo», me dijo. Me dio, también, yucas y maíz. «¿No tienes miedo de viajar solo?», me preguntó. «Los machiguengas siempre cruzamos el bosque acompañados, por lo que pudiéramos encontrar en el camino.» «Yo también viajo acompañado», le respondí. «¿No estás viendo acaso a mi lorito?» «Lorito, lorito», repitió el lorito.

Le conté todo esto a Tasurinchi, el que vivía antes en el río Mitaya y vive ahora monte adentro del río Yavero. Pensativo, reflexionando, me comentó: «No lo comprendo. ¿Teme que su mujer sea una sopa¡ porque bota niños muertos? astas serían diablas también, entonces, porque no sólo paren muertos sino, a veces, sapos y lagartijas. ¿Quién ha enseñado que una mujer es bruja mala cuando lleva muchos collares? Desconozco esa sabiduría. El machikanari es brujo malo porque sirve al soplador de los demonios, Kientibakori, y porque los kamagarinis, sus diablillos, lo ayudan a preparar hechizos, así como al seripigari, brujo bueno, los diosecillos que sopló Tasurinchi lo ayudan a curar daños, deshacer hechizos y descubrir la verdad. Pero tanto el machikanari como el seripigari se ponen collares, que yo sepa.»

Las mujeres se echaron a reír, oyéndole. No debe ser cierto que boten niños muertos porque había un hormiguero de chiquillos, ahí, en la casa del Yavero. «Son muchas bocas», se quejaba Tasurinchi. Antes, en el río Mitaya, siempre caían peces en la red, aunque la tierra no fuera buena para la yuca. Pero donde se ha ido a meter ahora, remontando bien arriba uno de los caños que desaguan en el Yavero, no hay peces. Es un sitio oscuro, lleno de sapos y armadillos. Una tierra húmeda que pudre a las plantas.

Siempre he sabido que la carne del armadillo no se debe comer, pues el armadillo tiene madre impura, trae daño y el cuerpo del que la come se cubre de manchas. Pero, ahí, ellos la comían. Las mujeres despellejaron un armadillo y luego asaron su carne, cortada en trocitos.

Tasurinchi me metió un bocado en la boca con sus dedos. Me costó tragarlo, por la aprensión que sentía.

No parece que me haya pasado nada. Si no, no estaría aquí andando, tal vez.

«¿Por qué te has venido tan lejos, Tasurinchi?, le pregunté. Me ha costado encontrarte. Además, por esta región, ahí cerquita, viven los mashcos.» «¿Estuviste por mi casa del Mitaya y no te diste de cara con los viracochas?», se asombró. «Están por todas partes, allá. Sobre todo, en la banda opuesta al lugar donde yo vivía.»

Los forasteros empezaron a pasar por el río, subiendo y bajando, bajando y subiendo, hace muchas lunas.

Había punarunas, venidos de la sierra, y muchos viracochas. No estaban de paso. Se han quedado. Han hecho casas, tumbado árboles. Cazan animales a escopetazos que retumban en el bosque. Venían con ellos, también, algunos hombres que andan. De esos que viven arriba, al otro lado del Gran Pongo, esos que dejaron ya de ser hombres y son también algo viracochas por la manera como se visten y hablan. Venían a ayudarlos, allá, en el Mitaya. Llegaron a visitar a Tasurinchi. Querían convencerlo de que se fuera a trabajar con ellos rozando el monte y cargando piedras para un camino que están abriendo, pegado al río. «No te harán nada», lo animaban, diciéndole. «Trae también a las mujeres, para que te preparen la comida. Míranos a nosotros: ¿nos han hecho algo, acaso? Ya no es como la sangría de árboles. Entonces, sí, esos viracochas eran diablos, querían desangrarnos como a los árboles, querían robarse nuestras almas. Ahora es distinto. Con éstos, trabajas el tiempo que quieras. Te dan comida, te dan cuchillo, te dan machete, te dan arpón para pescar. Si te quedas, puedes tener una escopeta.»

Los que habían sido hombres parecían contentos, tal vez. «Somos gentes afortunadas», diciendo. «Míranos, tócanos. ¿No quieres serlo tú también? Aprende, pues. Haz como nosotros, pues.» Tasurinchi se dejó convencer. «Bueno», les dijo, «iré a ver». Y, cruzando el río Mitaya, los acompañó al campamento de los viracochas. Ahí mismo, llegando, descubrió que había caído en una trampa. Estaba rodeado de diablos. ¿Cómo te diste cuenta, Tasurinchi? Porque el viracocha que le estaba explicando, de una manera difícil de entender, lo que quería que hiciera, de pronto, sin más, le mostró la suciedad de su alma. ¿Y cómo, Tasurinchi? ¿Qué pasó, pues? Le estaba preguntando: «¿Eres buen machetero?»… y se calló de golpe, la cara desfigurada, fruncida. Abrió mucho la boca y lachiss!, lachissl, jachiss! Tres veces seguidas, parece. Los ojos se le mojaron, rojos como candelas. Tasurinchi nunca había tenido tanto miedo, antes. «Estoy viendo a un kamagarini», pensó. «Ésa es su cara, ése su ruido. Hoy mismo he de morir.» Pensando «es diablo, diablo» sintió que la piel se le llenaba de gotitas, como si saliera del agua. El frío le hizo crujir los huesos y se vio por dentro, igual que en la mareada. Tuvo que hacer el mayor esfuerzo de su vida, dice, para moverse. Las piernas no le respondían de tanto temblar. Pudo, al fin. El viracocha estaba hablando de nuevo, sin saber que se había delatado. Un chorrito de moco verde le corría de los huecos de su nariz. Hablaba como si no hubiera pasado nada, hablaba como hablo yo ahora. Se asombró, seguro, al ver que Tasurinchi salía corriendo y lo dejaba con la palabra en la boca. Los que habían sido hombres y estaban por allí, trataron de atajarlo. «No te asustes, no te pasará nada», lo engañaban. «Es estornudo, nomás. A ellos no los mata. Tienen su medicina.» Tasurinchi se subió a su canoa, disimulando: «Sí, bueno, he de volver, ya regresaré, espérenme.» Todavía le chocaban sus dientes, parece. «Son diablos», pensaba. «Hoy he de morir, tal vez.»

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