Almudena Grandes - Modelos De Mujer

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Como insinúa el propio título, Modelos de mujer, estos siete relatos están todos protagonizados por mujeres que, en distintas edades y circunstancias, se enfrentan todas ellas, en algún momento, a hechos extraordinarios. Todos, menos el que da título al libro, están de un modo u otro ligados a la infancia, a la capacidad de desear como motor de la voluntad, de los actos de voluntad que las protagonistas deberán asumir para impedir que la vida las avasalle. En los tres primeros cuentos -«Los ojos rotos», «Malena, una vida hervida» y «Bárbara contra la muerte»-, los personajes femeninos vencen, cada uno a su manera, a la muerte: la pequeña Miguela, la mujer mongólica que se enamora de un fantasma, Malena, que se pasa la vida haciendo régimen por amor, y Bárbara, que acompaña a su abuelo a pescar. En los cuatro últimos -«El vocabulario de los balcones», «Amor de madre», «Modelos de mujer» y «La buena hija»-, las protagonistas tuercen el destino a su favor recurriendo unas al poder de seducción y otras a la fuerza de la razón, y todas con la voluntad que les otorga el firme deseo de no tolerar que la vida se les escape de las manos.

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– Please -le rogué, en un tono de voz casi inaudible al principio-. Please, Mister Rushinikov… -Y como no daba señales de haberme oído siquiera, me pasé al ruso-. Pozhaluista…

Sólo entonces se volvió para mirarme, y seguí en ruso, me presenté a mí misma, y presenté a Eva, hablé un par de minutos para un ceño fruncido, una frente huraña, un inconmovible muro de dos metros, y luego me aparté a un lado. Ella avanzó despacio, marcando los pasos con todo el cuerpo, le tendió la mano, ladeó la cabeza, imprimió a su sonrisa una variante que yo desconocía, le saludó en castellano con una voz tan acariciadora que se me olvidó traducir lo que estaba diciendo, y suspiró. La metamorfosis que se operó en él resultó todavía mucho más apabullante. Rushinikov se retiró el pelo de la cara con una torpeza casi juvenil, escondió las manos en los bolsillos del pantalón, sonrió, y contestó en inglés que la llegada de Eva era lo único agradable que le sucedía en muchos días, que estaba encantado de tenerla a su lado, y que le hacía feliz comprobar que, en persona, era mucho más exquisita aún que en las fotos. Esto sí lo traduje, y la sucesiva invitación para tomar un café y charlar un rato. Mientras los seguía hacia el exterior, había alcanzado ya ese estado propio de los intérpretes que permite traducir un discurso prestándole la mínima atención y pensar al mismo tiempo en otras cosas, y recuerdo perfectamente lo que me iba diciendo, misterios del alma eslava, hay que ver, jódete, Mari Loli…

Aunque a ratos me costaba trabajo distinguir entre Eva y mi propia sombra, y casi llegaba a echarla de menos cuando se encerraba en el baño para ducharse, enseguida tuve que admitir que mi protegida poseía, al menos, un talento instintivo: el de quitarse de en medio en los momentos críticos. Un segundo antes de que se desencadenara un problema de la especie que fuera, Eva olvidaba que estaba triste y muy deprimida, que nadie la comprendía y que yo era la única persona con la que podía hablar en el mundo, y se las arreglaba para desaparecer, abandonándome ante un enemigo polimorfo e implacable como un dragón de seis cabezas. Y a solas, como San Jorge, me pegaba yo con la script -porque llegábamos tarde a las citas-, con el maquillador -al que ella imponía productos y colores-, con la peluquera -que protestaba porque no se dejaba cardar el flequillo-, con el iluminador -que no iba a consentir que una actriz le prohibiera las luces laterales- y con la modista -porque se empeñaba en rodar con su propia ropa-. Añadir que también me pegaba con el director resultaría formalmente inexacto. Entre Rushinikov y yo había estallado la guerra.

Por las mañanas, cuando bajaba a desayunar, él estaba esperándome ya, siempre en la misma mesa. Así no podemos seguir, me saludaba, y antes del primer sorbo de café, ya me había tragado una bandeja de quejas y dos puñados de recomendaciones. Yo le daba la razón en silencio, porque no se puede ser actriz sin estudiar un guión, sin meterse en el personaje, sin acatar una disciplina de rodaje, pero me negaba a reconocerlo en voz alta, no tanto por eludir mi propio fracaso -aquellas larguísimas sesiones de entrenamiento de todas las noches, escamotearle horas de ensayo al sueño para machacar el papel palabra por palabra, gesto por gesto, indicación por indicación, y Eva rindiéndose siempre antes de echarse a llorar, no puedo, no puedo, es que, de verdad, no puedo más, tanto esfuerzo a cambio de nada- sino más bien para pagarle con su misma moneda, porque en el exacto instante en que la radiante sonrisa de Eva precedía a sus tacones en el umbral del restaurante, Rushinikov sonreía, se apartaba el pelo de la cara con cierta juvenil torpeza y dejaba que su voz reconquistara el territorio blando y bobalicón de los acentos adolescentes.

– La verdad es que es guapísima -me decía en ruso muy bajito, sin dejar de mirarla.

– Sí, es verdaderamente guapísima -asentía yo sin mucho interés.

– Buenos días -nos saludaba Eva, en un inglés perfecto, y luego proseguía, con mucha menos soltura-, ¿habéis lo dormido vosotros bueno?

– Desde luego -Rushinikov, en cambio, hablaba inglés mejor que yo-, aunque no nos ha sentado tan bien como a ti. Estás resplandeciente esta mañana.

– Dice que estás resplandeciente -traducía yo al castellano.

– ¡Oh, qué amable! ¿A que es un encanto? De verdad… Muchas gracias.

– Dice que eres un encanto, que muchas gracias.

Los desayunos se parecían tanto a una batalla floral sobre un tablero de ping-pong que, cuando me levantaba de la mesa, casi me alegraba del trabajo suplementario que había aceptado a los tres días de mi llegada, el brevísimo plazo que resultó suficiente, sin embargo, para agotar las expectativas del director.

– He pensado que no conviene cansar demasiado a Eva -me sugirió discretamente, guardándose para sí las razones de su pensamiento-, que sería mejor reservarla para las tomas buenas… Si tú quisieras reemplazarla en los ensayos con los otros actores, en las pruebas de luces, en las de sonido…

Yo me sabía el papel de memoria, y cualquier tarea me parecía más gratificante que sufrir por ella desde detrás de la cámara. Además, estaba de acuerdo con él. Careciendo a partes iguales de método y de memoria, Eva corría el riesgo de perder la poca gracia que tenía si, durante el rodaje, se limitaba a repetir mecánicamente, sílaba por sílaba, un texto cuyo sentido no podía comprender. Por eso -por ella- no dudé en colaborar, pero mi nueva situación llegó a hacerme insoportable la arbitrariedad de aquel monstruo, que me corregía a gritos en las pruebas, para luego -después de haber gritado ¡cámara, acción!- limitarse a sonreír, quitando importancia a lo ocurrido, cada vez que ella se saltaba una frase, olvidaba la pronunciación de una palabra o se salía de plano por la izquierda en vez de por la derecha. Hasta que una tarde, en pleno ensayo, estallé.

Aquella mañana, durante el desayuno, Rushinikov había invitado a Eva -en realidad hablaba en segunda persona del plural, pero mirándola a los ojos tan desmayadamente que yo nunca llegué a sentirme aludida- a la fiesta que por la noche celebrarían todos los rusos del equipo.

– ¿Qué te parece? -me comentó ella entre codazos y risitas al salir del restaurante, con la misma expresión de una niña pequeña que acaba de ganar un peluche gigantesco en una tómbola-, no, si ya sabía yo que éste iba a caer…

Desde ese momento, no se había separado un segundo de Andrei, como lo llamaba ahora, pero eso no habría tenido ninguna importancia si las perspectivas de una inminente conquista no hubieran inflamado su carácter hasta prestarle la congestionada apariencia de un soufflé a punto de reventar un horno. Y vale que ligar es estupendo, pero el último límite de mi resistencia no sobrepasaba la prueba de traducir al español, una por una y durante dos horas de ensayo, las infinitas pegas que él había ido encontrando en todo lo que yo hacía o decía, para escuchar a continuación que ella estaba absolutamente de acuerdo.

– Muy bien -dije en ruso, desafiándoles con la mirada mientras tiraba el guión al suelo-. Pues hemos terminado por hoy.

– Bueno, yo me tengo que ir -el misterioso instinto de conservación de Eva superaba, entre otras muchas, las barreras idiomáticas-, tengo que arreglarme para la fiesta…

Rushinikov y yo nos quedamos solos de repente, solos por primera vez en un gigantesco estudio vacío, y después de recorrer el techo con la mirada un par de veces, me agaché para recoger el guión porque no se me ocurría nada mejor que hacer. Entonces, él echó a andar muy lentamente en mi dirección y me habló sin levantar la voz por primera vez en mucho tiempo.

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