– La verdad es que sí -admitió Banu-. Y ojalá no supiera las cosas que sé.
Mustafa asimiló aquello con el corazón acelerado. Cerró los ojos, petrificado. Incluso tras los párpados cerrados veía la penetrante mirada de Banu. Y otro par de ojos que brillaban en la oscuridad, huecos y escalofriantes. ¿Sería el malo? Pero todo aquello debió de ser un sueño, porque cuando Mustafa Kazancı volvió a abrir los ojos, estaba de nuevo solo con su mujer en la habitación.
Sin embargo, al lado de la cama había un cuenco de ashura . Se quedó mirándolo y de pronto supo por qué estaba ahí y qué era exactamente lo que querían que hiciera. La elección era suya… de su mano izquierda.
Se miró la mano izquierda, que aguardaba junto al cuenco. Sonrió ante el poder de su mano. Ahora su mano podía coger la ashura o apartarla. Si elegía esta segunda opción, se despertaría al día siguiente y sería un día más en Estambul. Vería a Banu en el desayuno. No hablarían de la conversación que habían mantenido por la noche. Fingirían que nadie había preparado ni servido jamás ese bol de ashura . Si elegía la primera opción, sin embargo, se cerraría el círculo. Pero ahora que había alcanzado la edad límite de los hombres Kazana, la muerte estaba cerca, y, de todas formas, un día más o menos no significaría gran cosa en este momento de su vida. En el fondo de su mente resonó una vieja historia, la historia de un hombre que había huido a los confines de la tierra esperando evitar al Ángel de la Muerte, para tropezarse con él precisamente donde estaban destinados a encontrarse desde el principio.
Se trataba no de elegir entre la vida y la muerte sino entre la muerte decidida y la muerte inesperada. Con tal herencia familiar estaba seguro de que moriría pronto de todas formas. Ahora su mano izquierda, su mano culpable, elegiría cuándo y cómo.
Recordó el papel que había metido en el resquicio del muro del santuario del Tiradito. «Perdóname -había escrito-. Para que yo exista, el pasado debe borrarse.»
Ahora sentía que el pasado volvía. Y para que el pasado existiera, él debía borrarse… Tal vez la lucha entre la amnesia y el recuerdo había acabado por fin. Como en una playa que se extendiera hasta el horizonte al retirarse la marea, los recuerdos de un pasado turbulento resurgían aquí y allá en el reflujo del agua. Cogió el bol. Y de forma consciente y voluntaria empezó a comer, poco a poco, saboreando todos y cada uno de los ingredientes con cada bocado.
Era un alivio inmenso escapar de su pasado y su futuro a la vez. Era tan agradable escapar de la vida.
Unos segundos después de terminar la ashura , le asaltó un dolor de estómago tan agudo que no podía respirar. Y dos minutos más tarde su respiración se detuvo por completo.
Así fue como Mustafa Kazancı murió a la edad de casi cuarenta y un años.
Cianuro potásico
Lavaron el cuerpo con jabón de Alepo, tan fragante, puro y verde como se dice que son las praderas del paraíso. Lo frotaron, lo limpiaron, lo aclararon y lo dejaron secar desnudo en la losa plana del patio de la mezquita antes de envolverlo en un sudario de algodón de tres piezas. Lo colocaron en un féretro y, a pesar del insistente consejo de los ancianos de enterrarlo ese mismo día, lo cargaron en un coche fúnebre para llevarlo directamente al domicilio Kazancı.
– ¡No podéis llevarlo a casa! -exclamó el esquelético encargado de lavar los muertos, bloqueando la salida del patio de la mezquita y mirando ceñudo a todos y cada uno de los presentes-. Ese hombre va a apestar, ¡por Alá! Lo estáis avergonzando.
Mientras pronunciaba esa última frase, empezó a lloviznar; escasas y reticentes gotas, como si la lluvia también quisiera interpretar un papel en todo aquello, pero todavía no hubiera decidido de qué bando estaba. Ese martes, el mes de marzo, sin duda el mes más desequilibrado y desequilibrante en Estambul, parecía haber cambiado de opinión una vez más y decidido que regresaba al invierno.
– Pero, hermano -gimoteó la tía Feride, integrando al instante a aquel hombre tan nervioso en el envolvente e igualitario cosmos de la esquizofrenia hebefrénica-, lo vamos a llevar a casa para que todo el mundo pueda verlo por última vez. Verás, mi hermano llevaba en el extranjero tantos años que casi habíamos olvidado su cara. Después de veinte años, por fin vuelve a Estambul y en el tercer día aquí exhala su último aliento. Su muerte ha sido tan inesperada que los vecinos y los parientes lejanos no se creerán que ya no está si no tienen la oportunidad de verlo muerto.
– Mujer, ¿estás loca? ¡Eso no existe en nuestra religión! -exclamó el hombre, esperando acallar con ello cualquier cosa que la otra tuviera pensado decir-. Los musulmanes no exhibimos a nuestros fallecidos en una vitrina. -Y con la expresión visiblemente endurecida, añadió-: Si los vecinos quieren verle, tendrán que visitar su tumba en el cementerio.
Mientras la tía Feride parecía reflexionar sobre esta sugerencia, la tía Cevriye, que estaba junto a ella, miró al hombre con una ceja alzada, como miraba a sus alumnos en los exámenes orales cuando quería que se dieran cuenta ellos solos de lo ilógica que había sido su respuesta.
– Pero, hermano -prosiguió la tía Feride, recobrándose al fin-. ¿Cómo van a verlo si estará en una tumba a dos metros bajo tierra?
El hombre arqueó las cejas exasperado, pero prefirió no contestar, advirtiendo por fin que era inútil discutir con aquellas mujeres.
La tía Feride se había teñido el pelo de negro esa mañana. Era su pelo de luto. Ahora movió la cabeza muy decidida y añadió:
– No te preocupes, puedes estar seguro de que no lo vamos a exhibir como hacen los cristianos en las películas.
El hombre, mirando con una mueca los ojos de la tía Feride en incesante movimiento y sus agitadas manos, se quedó inmóvil durante un insoportable minuto. Ahora parecía más inquieto que molesto, como si de pronto se hubiera dado cuenta de que la tía Feride era la persona más loca que había visto jamás. Sus ojillos de hurón buscaron ayuda, y al no encontrarla se deslizaron hacia el cadáver que esperaba pacientemente a que tomaran una decisión sobre su destino, y por último volvió a mirar a las dos mujeres, pero si había un mensaje secreto en aquella mirada helada que iba y venía, ninguna de ellas logró descifrarlo.
En cambio, la tía Cevriye le dio una generosa propina.
De manera que el hombre cogió la propina y los Kazancı a su muerto.
En un instante formaron un convoy de cuatro vehículos. Encabezando la procesión iba el coche fúnebre, verde salvia como debe ser un coche fúnebre musulmán, puesto que el color negro está reservado a los funerales de las minorías: armenios, judíos y griegos. El ataúd estaba en la parte trasera del vehículo y como alguien tenía que ir con el muerto, Asya se ofreció voluntaria. Armanoush, con expresión confusa, le cogía con fuerza la mano, de manera que pareció que se habían ofrecido las dos juntas.
– No pienso permitir que vaya ninguna mujer sentada delante en un coche fúnebre -comentó el conductor, que guardaba un sorprendente parecido con el encargado de lavar los muertos. Tal vez fueran hermanos: uno de ellos lavaba los cadáveres y el otro los transportaba, y quizá hubiera un tercer hermano trabajando en el cementerio, encargado de enterrarlos.
– Pues tendrás que permitirlo porque no quedan más hombres en la familia -le reprendió la tía Zeliha desde atrás, con voz tan gélida que el hombre guardó silencio, posiblemente pensando que si de verdad no quedaban hombres para escoltar al muerto en el coche fúnebre era mejor que lo acompañaran las dos chicas en lugar de aquella mujer que lo intimidaba con su minifalda y su arito en la nariz. De manera que dejó de quejarse y pronto el coche se puso en marcha.
Читать дальше