Al final de la breve conversación, Yervant Stamboulian le dio a Shermin Kazancı dos cosas: la granada de oro y tiempo para pensar.
Perpleja y aturdida, ella cerró la puerta y trató de asimilar aquella revelación. Levent gateaba por el suelo junto a ella y gorjeaba con un entusiasmo sin límites.
Shermin Kazancı fue corriendo a su cuarto y escondió el broche en un cajón de su armario. Al volver se encontró al niño riéndose. Acababa de conseguir ponerse en pie. El pequeño mantuvo el equilibrio durante un segundo, dio un paso, luego otro y se cayó bruscamente de culo, con el delicioso miedo de sus primeros pasos brillándole en los ojos. De pronto esbozó una desdentada sonrisa y exclamó:
– ¡Ma-má!
Toda la casa asumió una extraña luminosidad, casi fantasmagórica, cuando Shermin Kazancı salió de su estupor y repitió para sus adentros:
– ¡Ma-má!
Era la segunda palabra que salía de labios de Levent, después de experimentar un tiempo con «da-da» y finalmente decir «ba-ba» el día anterior. Ahora Shermin Kazancı se dio cuenta de que su hijo había pronunciado la palabra «padre» en turco, pero la palabra «madre» en armenio. No solo había tenido ella que desaprender un idioma antes tan querido, sino que ahora se veía obligada a enseñarle el mismo proceso a su hijo. Se quedó mirando al niño, pasmada e inquieta. No quería cambiarle la palabra «mamá» por su equivalente en turco. Subieron a la superficie los perfiles de sus antepasados, lejanos pero todavía vívidos. Su nuevo nombre adquirido, la nueva religión, nacionalidad, familia y personalidad no habían logrado dominar su auténtico ser. La granada de rubíes susurraba su nombre, y era en armenio.
Shermin Kazancı abrazó a su hijo, y durante tres días enteros consiguió no pensar en el broche.
Pero el tercer día, como si su mente hubiera estado reflexionando y su corazón sufriendo sin que ella lo supiera, corrió hacia el cajón; apretó la granada en la mano y sintió su calor.
Los rubíes son valiosas gemas conocidas por su fiero color rojo. Pero no es raro que su color se altere, oscureciéndose más y más por dentro, sobre todo cuando sus dueños están en peligro. Existe una particular clase de rubí que los expertos llaman Sangre de Paloma; un precioso rubí de color rojo sangre con un ligero tono azul, como apagado, en el centro. El rubí era el último recuerdo que quedaba de La paloma perdida y el país maravilloso .
La tarde del tercer día, Shermin Kazancı encontró un breve momento de soledad después de la cena para entrar a escondidas en su habitación. Buscando un consuelo que nadie podía ofrecerle, se quedó mirando la Sangre de Paloma.
Entonces se dio cuenta de lo que tenía que hacer.
Una semana después, una mañana de domingo, fue al puerto donde la esperaba su hermano con el corazón palpitante y dos billetes para Estados Unidos. En lugar de maleta, Shermin solo llevaba un bolso pequeño. Dejó atrás todas sus posesiones. En cuanto al broche de la granada, lo metió en un sobre con una carta explicando su situación y pidiéndole a su marido dos cosas: que le diera la joya a su hijo para que se acordara de ella, y que la perdonara.
Cuando el avión aterrizó en Estambul, Rose estaba exhausta. Movió con cuidado los pies hinchados, temerosa de que no le entraran ya en los zapatos, aunque llevaba un cómodo calzado de piel naranja. Se preguntó cómo demonios podían las azafatas aguantar de pie todo el día en el avión con aquellos tacones.
Mustafa y Rose tardaron media hora en que les sellaran los pasaportes, pasar la aduana, recoger el equipaje, cambiar el dinero y encontrar un servicio de alquiler de coches. Mustafa pensó que sería mejor tener su propio vehículo, en lugar de utilizar el de la familia. Rose eligió primero en un catálogo un Grand Cherokee Laredo 4x4, pero Mustafa aconsejó algo más pequeño para las atestadas calles de Estambul. Al final se pusieron de acuerdo en un Toyota Corolla.
Poco después salían los dos a la zona de llegadas, empujando un carrito cargado con un juego de maletas. Encontraron fuera un semicírculo de desconocidos. Entre el grupo avistaron primero a Armanoush, que saludaba sonriente; junto a ella estaba la abuela Gülsüm, con la mano derecha en el corazón, a punto de desmayarse de emoción. Un paso detrás aguardaba la tía Zeliha, alta y distante, con unas gafas de sol de oscuros cristales púrpura.
Arroz blanco
Rose y Mustafa pasaron los primeros dos días comiendo. En la mesa se dedicaban a contestar al bombardeo de preguntas que les disparaban desde todos los puntos los distintos miembros de la familia Kazancı: ¿cómo era la vida en América? ¿De verdad había un desierto en Arizona? ¿Era cierto que los americanos vivían a base de porciones enormes de comida basura para luego irse a concursos de la tele a ponerse a dieta? ¿La versión estadounidense de El aprendiz era mejor que la turca? Etcétera, etcétera.
A esto siguió una serie de preguntas más personales: ¿por qué no tenían hijos los dos juntos? ¿Por qué no habían ido antes a Estambul? ¿Por qué no se quedaban más tiempo? ¿POR QUÉ?
Las preguntas tuvieron efectos opuestos en la pareja. A Rose no parecía importarle el interrogatorio. En todo caso le gustaba ser el centro de atención. Mustafa, en cambio, fue sumiéndose en el silencio, haciéndose cada vez más pequeño. Hablaba poco, pasaba la mayor parte del tiempo leyendo periódicos turcos, progresistas y conservadores, como si quisiera ponerse al día con el país que había abandonado. De vez en cuando hacía preguntas sobre tal o cual político, preguntas que respondía quienquiera que supiera la respuesta. Aunque siempre había sido un ávido lector de la prensa, nunca le había interesado tanto la política.
– Así que el Partido Conservador en el poder parece estar perdiendo impulso. ¿Qué posibilidades tiene de ganar las próximas elecciones?
– ¡Sinvergüenzas! Son un puñado de mentirosos -gruñó la abuela Gülsüm por toda respuesta. Tenía en el regazo una bandeja con una pila de arroz crudo que escarbaba antes de cocerlo por si había piedras o cáscaras-. Solo saben hacer promesas y olvidarse de ellas en cuanto salen elegidos.
Mustafa, desde su butaca junto a la ventana, miró a su madre por encima del periódico.
– ¿Y el partido de la oposición, los socialdemócratas?
– ¡Todos son iguales! -fue la respuesta-. Todos unos mentirosos. Todos los políticos son corruptos.
– Si hubiera más mujeres en el Parlamento las cosas serían muy distintas -opinó la tía Feride, que llevaba la camiseta de I LOVE ARIZONA que le había regalado Rose.
– Mamá tiene razón. Si quieres saber mi opinión, la única institución digna de confianza que hay en este país siempre ha sido el ejército -apuntó la tía Cevriye-. Gracias a Dios que tenemos el ejército turco. Si no fuera por ellos…
– Sí, pero deberían dejar que las mujeres sirvieran en el ejército -interrumpió la tía Feride-. Yo misma me apuntaría ahora mismo.
Asya dejó de traducir la conversación para Rose y Armanoush, que estaban sentadas junto a ella, y comentó en inglés con una risita:
– Una de mis tías es feminista, la otra militarista acérrima. Y se llevan de maravilla. ¡Esto es una casa de locos!
La abuela Gülsüm se volvió hacia su hijo, preocupada de pronto.
– ¿Y tú, cariño? ¿Cuándo vas a terminar el servicio militar?
Rose, que seguía la conversación con muchas dificultades a pesar de la traducción simultánea, se volvió hacia su marido, pasmada.
– No te preocupes -la tranquilizó Mustafa-. Mientras pague cierta cantidad y les demuestre que vivo y trabajo en América, no tengo que hacer el servicio militar completo. Solo necesitaré la instrucción básica. Un mes nada más…
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