– Pero ¿para eso no hay un plazo? -preguntó alguien.
– Pues sí. Hay que tener hecha la instrucción a los cuarenta y uno.
– Pues entonces tienes que hacerla este año -declaró la abuela Gülsüm-. Ahora tienes cuarenta…
La tía Zeliha, que estaba pintándose las uñas de reluciente color cereza sentada en un extremo de la mesa, alzó la cabeza y lanzó una mirada a Mustafa.
– Una edad fatídica -siseó de pronto-. La edad a la que murió tu padre, igual que su padre y su abuelo… Estarás muy nervioso ahora que tienes cuarenta, hermanito… Tan cerca de la muerte…
El silencio que se produjo fue tan sepulcral que Asya se encogió sin darse cuenta.
– ¿Cómo puedes hablarle así?
La abuela Gülsüm se levantó con la bandeja de arroz todavía en la mano.
– Yo le digo lo que quiero a quien quiero -replicó la tía Zeliha sin inmutarse.
– ¡Eres una vergüenza! ¡Fuera de aquí! -ordenó la abuela, áspera, con voz grave y acerada-. Sal de mi casa ahora mismo.
Con dos uñas todavía sin pintar, la tía Zeliha dejó el pincel en el frasco, apartó la silla y salió de la habitación.
El tercer día Mustafa se quedó todo el rato en su habitación, alegando que estaba enfermo. Había tenido fiebre, lo cual debía de haber debilitado no solo sus energías, sino también su capacidad de habla, porque estaba excesivamente callado. Tenía el rostro demacrado, la boca seca y los ojos inyectados en sangre, aunque ni había bebido ni había llorado. Se quedó en la cama durante horas y horas, inmóvil, boca arriba, observando imperceptibles manchas de suciedad y polvo en el techo. Mientras tanto, Rose, Armanoush y las tres tías paseaban por las calles de Estambul, sobre todo alrededor de los centros comerciales.
Esa noche se acostaron antes que de costumbre.
– Rose, cariño -murmuró Mustafa, acariciándole el pelo rubio. El pelo lacio y suave de su esposa siempre le había calmado, lo protegía con ternura contra su familia de pelo oscuro y oscuro pasado. Ella se tumbó junto a él, con su cuerpo suave y cálido-. Rose, cariño. Tenemos que volver. Vámonos mañana.
– ¿Estás loco? Todavía tengo jet lag . -Rose bostezó, estirando sus piernas doloridas. Llevaba un camisón bordado de satén que había comprado ese día en el Gran Bazar, y se la veía pálida y cansada, no tanto por el jet lag como por el frenesí de las compras-. ¿A qué vienen tantas prisas? ¿No puedes soportar a tu propia familia unos días?
Se tapó hasta la barbilla y en el calor de la cama presionó sus pechos contra él. Luego le dio unos golpecitos en la mano, como queriendo calmar a un niño, y le besó con delicadeza el cuello, pero cuando intentó apartarse, él quiso más, hambriento de pasión.
– Todo irá bien -dijo Rose, tensándose. Su respiración se agitó un momento, pero enseguida se relajó-. Estoy muy cansada, lo siento, cariño… Cinco días más y volvemos a casa.
Con estas palabras apagó la lámpara de la mesilla y en pocos segundos cayó dormida.
Mustafa se quedó callado en la penumbra, intentando no pensar en su erección, decepcionado y tenso. Aunque le pesaban los párpados no podía dormir. Se quedó así mucho tiempo, hasta oír unos golpecitos en la puerta.
– ¡Sí!
La tía Banu asomó la cabeza.
– ¿Puedo pasar? -preguntó con un susurro vacilante.
Al oír un ruido que podía ser una afirmación, entró en la habitación con cautela, hundiendo los pies descalzos en la gruesa alfombra. Su pañuelo rojo relucía como iluminado por una luz misteriosa y sus ojeras le daban un aspecto fantasmal.
– No has bajado en todo el día. Solo quería ver cómo estabas -murmuró mirando a Rose, que dormía al otro lado de la cama abrazada a su almohada.
– No me encontraba bien. -Mustafa la miró y apartó la vista al instante.
– Toma, hermano. -Banu le tendió un cuenco de ashura , decorado con semillas de granada-. Ya sabes que mamá te ha hecho una cazuela enorme de ashura . -Su rostro serio esbozó una sonrisa-. Debo decir que, aunque la ha preparado ella, los cuencos los he decorado yo.
– Ah, gracias, eres muy buena -balbuceó Mustafa, mientras un escalofrío le recorría la espalda.
Siempre le había tenido miedo a su hermana mayor. Toda la labia que pudiera poseer le abandonaba en el instante en que notaba la mirada de Banu. Aunque había adquirido la costumbre de escrutar a los demás, ella seguía siendo inescrutable. Banu era totalmente opuesta a Rose: la transparencia no se contaba entre sus virtudes. De hecho, era como un libro críptico escrito en un lenguaje arcano. Por mucho que Mustafa intentara leer sus intenciones, le era imposible interpretar su enigmática expresión. Sin embargo, trató de mostrarse agradecido cogiendo el bol de ashura .
El silencio que siguió era pesado e indescifrable. Ningún silencio se le había hecho jamás tan cruel. Rose, como si el silencio la perturbara, se agitó dormida, pero no llegó a despertarse.
En muchos momentos de su vida Mustafa había sentido el súbito y arrebatador impulso de confesarle a su mujer que tenía un lado oculto. Pero otras veces le satisfacía hacerse pasar por un hombre sin pasado, un hombre experto en negar la realidad. Su amnesia era deliberada, aunque no calculada. Por un lado, en algún lugar de su mente había una puerta que él intentaba cerrar con todas sus fuerzas, aunque siempre se le escaparan algunos recuerdos. Por el otro, estaba la necesidad de desenterrar lo que su mente había eliminado tan concienzudamente. Esta doble corriente le había acompañado toda la vida. Ahora, de nuevo en la casa de su infancia y bajo la mirada penetrante de su hermana mayor, sabía que una de las corrientes iba a perder fuerza. Sabía que si se quedaba allí más tiempo empezaría a recordar. Y cada recuerdo desencadenaría otro y otro. En el momento en que entró en la casa de su infancia se hizo añicos el hechizo que le había escudado durante tantos años contra su propia memoria. ¿Cómo podía ya refugiarse en su elaborada amnesia?
– Tengo que preguntarte una cosa -resolló Mustafa, jadeando como un niño entre un azote y otro.
Un cinturón de cuero con hebilla de cobre. De pequeño Mustafa se enorgullecía de no llorar nunca, de no verter ni una sola lágrima cuando su padre sacaba el cinturón. Pero por muy bien que hubiera aprendido a controlar sus lágrimas, jamás logró reprimir el jadeo. Cómo odiaba ese jadeo. Luchar por respirar. Luchar por el espacio. Luchar por el afecto.
Hizo una breve pausa para ordenar sus pensamientos.
– Hace ya bastante tiempo que hay algo que me inquieta… -En su voz tranquila había un ligero atisbo de miedo. La luz de la luna penetraba las cortinas y formaba un diminuto círculo en la esponjosa alfombra turca. Se concentró en ese círculo para lanzar la pregunta-: ¿Dónde está el padre de Asya?
Mustafa se volvió hacia su hermana mayor a tiempo para captar su mueca de dolor, pero Banu recobró rápidamente la compostura.
– Cuando nos vimos en Alemania, mamá me dijo que Zeliha había tenido un hijo de un hombre con el que estuvo comprometida un corto tiempo. Pero que él luego la abandonó.
– Mamá te mintió -le interrumpió Banu-. Pero ¿qué más da? Asya se ha criado sin ver a su padre. No sabe quién es. La familia tampoco lo sabe -se apresuró a añadir-. Aparte de Zeliha, claro.
– ¿Tú tampoco? -preguntó Mustafa incrédulo-. Me han dicho que eres una adivina auténtica. Feride dice que has esclavizado a un yinni malo para obtener toda la información que necesitas. Por lo visto tienes clientas por todas partes. ¿Y ahora me estás diciendo que no sabes una cosa tan crucial, que tus yinn no te han revelado nada?
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