Álvaro Pombo - Donde las mujeres

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Premio Nacional De Narrativa 1997
En esta magnífica novela, Álvaro Pombo describe el esplendor y la decadencia de lo que parecía una unidad familiar que se imagina perfecta. La narradora, la hija mayor de la familia, había pensado que todos -su excéntrica madre, sus hermanos, su aún más excéntrica tía Lucía y su enamorado alemán- eran seres superiores que brillaban con luz propia en medio del paisaje romántico de la península, una isla casi, en la que vivían, aislados y orgullosamente desdeñosos de la chata realidad de su época. Pero una serie de sucesos y el desvelamiento de un secreto familiar que la afecta decisivamente, descubre a la narradora el verdadero rostro de los mitificados habitantes de aquel reducto. Una revelación que cambiará irremisiblemente el sentido de la vida…

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A decir verdad, a mediados de septiembre pensaba en la llegada de tía Lucía como se piensa y se calcula y se vive pendiente de un acontecimiento salvador. Parecía que tardaba más el año aquel, porque se cerró a llover tan a principios de septiembre, oscureciéndose el paisaje como un bosque, las copas de cuyos árboles se abren tanto a la luz del sol, que dejan abajo un inquietante soto-bosque que nos llega a Violeta y a mí casi hasta los hombros, y donde a la vez palidecen y verdean los copiosos helechos y las desequilibradas zarzas abombadas y las ortigas brillantísimas, dotadas de papilas gustativas. Tenía miedo. Con el mal tiempo empezó a entrarme cada vez más miedo. Cada vez más aprensión. No obstante no haber ninguna novedad y referirse Violeta a lo de mi padre únicamente en diminutas conversaciones como cepos -por supuesto indeliberados-, que dulcemente me contradecían sólo con que Violeta se limitase a sacar las consecuencias de mi entusiasmo -un tanto dogmatizante aquellos años- por nuestra manera de vivir, nuestra casa, nuestras cosas.

Aquel otoño, los dos grandes acontecimientos del otoño, que eran volver al colegio y volver tía Lucía a su torreón, se acomodaron a las borrascas y más quizá que a las borrascas, a la lluvia, la tumultuosa lluvia retumbante y doliente y romántica, que durante largas horas, durante el día o durante la noche, disputaba al mar la omnipresencia. Porque la lluvia lograba hacerse oír dentro de casa como el mar nunca logró hacerse oír. Fuera de casa tenía el mar un color mate, desleído, que iba del perla sucio del amanecer a cierto dubitativo azulear morado, como el color de las lombardas. La lluvia empezaba al despertarnos, despertándonos, ya antes de saltar las dos a la vez, arrecidas de frío, de las camas. Una vez que el interminable bailoteo del despertador en el mármol de la mesita de noche cesaba, volvía la lluvia como un recordatorio de los edredones de colores y las novelas de Julio Verne. Pero recuerdo todo esto como un dilatado antes de ahora -aquel ahora de entonces- que se definía por la fugaz visita de mi padre y su efecto en Violeta. Así (esto fue, con toda seguridad, antes de que regresase tía Lucía) una tarde de domingo que Violeta dijo:

– También allí seguramente lloverá tanto como aquí.

Y yo pregunté:

– ¿Dónde dices que lloverá, Violeta?

Y Violeta dijo:

– No sé dónde. A lo mejor donde viva.

Ahora ya estaba yo incluso más alerta de lo preciso, pero fingía no estarlo, porque me angustiaba todo aquello, como una angustia que no era punzante, como, según dicen, angustian los presentimientos o las sospechas infundadas.

– ¿A quién te refieres?

Dijo que la temperatura casi nunca bajaba ni en pleno invierno de los dieciocho y casi en ninguna casa había estufas o calefacciones, eso menos todavía, chimeneas no sabían lo que era los de allí, en cambio puede que lloviese como llueve aquí, no sé.

– ¡Qué va, qué va a llover! Allí lo que caen son trombas de agua que se desploman todas a la vez, como si fueran cubos de agua, como si se tirara un millón de cubos desde un quinto, todos a la vez. Luego para, y todos tan contentos, sólo se oye el sorbetón en la arena del Caribe, completamente transparente en los kilómetros y kilómetros que habrá de playa, lo que viven es mejor que quieren. ¡Nunca llueve como aquí!

– Pero cuando por ejemplo hay un tornado, ¿entonces qué? Me figuro que sabrás las olas que levantan los tornados, que las hay de hasta veinte y treinta metros. ¿Eso qué? Puede que dure una hora sólo. Sólo que te quedaste sin casa y sin jardín y se te ahogaron todas las gallinas y los gatos todos, todo se te ahogó. ¿Eso qué?

– Me da igual -declaré yo, decidida a destruir, de cualquier imagen propuesta por Violeta, toda posibilidad hechizante: erradicar de las imágenes hasta la más leve brizna de belleza. Esta decisión, que recuerdo haber tomado por aquellos días, aunque aplicable sólo en casos que, como aquél, fuesen definitivamente excepcionales, era tan contraproducente que sólo una conciencia tan terca y tan sentimental como la mía, tan prelógica, podía haber tomado-. Me da igual un tornado que un tifón, porque precisamente gallinas allí no hay, y lo que lo dejan es todo hecho papilla, además hay muchísima pobreza, casi hasta se prefiere que se lleve la tromba de agua las chabolas mar adentro que tenerles ahí, malcomiendo sólo a base del banano y un arroz cocido, blanco, sin rehogar, como los chinos. No creo, Violeta, que eso te gustase, y luego hay lepra. No sé si hablamos de los mismos sitios. Donde yo digo hay lepra por lo menos. No pongas esa cara lo primero, si no me crees pregúntale a la madre María Engracia lo que es la lepra en esos sitios, que se extiende sola, con pintita de saliva ya se contagió el padre Damián, así se contagió. Claro que las personas con dinero a los leprosos ni los ven, la hez, ellos en la terracita soleada, en la veranda es donde están, hecha de maderas y de hierros, como son, forjados, que igual los han mandado traer de España y lo que cuestan. Tomándose bebidas refrescantes mientras ven la trepadora, que les resguarda del sol enteramente, y las orquídeas salen solas, como cualquier flor de aquí, los mismos lirios, los claveles chinos, que los plantas y te agarran, pues allí orquídeas, que te dará idea que viven derrochando, que derrochan. A nosotros eso no nos gusta, ¡no nos gusta, Violeta! A ti menos que a nadie, buena eres, como una fiera te pondrías, hecha una fiera te pondrías si lo vieras. Así que al que le guste allí vivir, algo le debe de pasar que no nos gusta. Como nosotras desde luego no es que sean.

Y Violeta musitaba:

– A lo mejor, mejor no ser como nosotras.

Entonces yo había ganado aunque con trampa, porque bastaba con decir:

¿Cómo que es mejor no ser como nosotras? Di tú cómo crees que es mejor ser, a ver, dilo.

Y Violeta tendría que reconocer que eso no sabría decirlo, aunque sólo fuera porque yo empleaba el más siniestro de los argumentos, el de la edad. Yo era la mayor y sabía mejor todo. Gracias a Dios, así no siguió siendo, pero entonces era así, sin que yo, ni siquiera yo, que tan pendiente estaba de no errar y que tan continuamente preocupada estaba por atinar y por querer como debía a mis hermanos, me diera cuenta de mi desatino: ni siquiera de mi cerrazón me daba cuenta. Me daba cuenta sin embargo de que el hecho de ser yo la mayor de tres hermanos no me confería a los quince años, en exclusiva, la ventaja de tener siempre razón.

Eran conversaciones dilatadas, no eran conversaciones casi, a fuerza de extenderse por todos los cuartos, las comidas, los recreos, las idas y las vueltas del colegio a casa. Yo tenía la impresión de que siempre era lo mismo: mi padre, eso es lo que era, pero reagrupado de miles de maneras, deshilvanado en las deshilvanadas, leves, referencias de Violeta: mi padre fue empapándonos a todos por palabritas sueltas, como un crucigrama que con las letras de unas palabras sacas otras, con la diferencia -recuerdo haber dado muchas vueltas a este particular aspecto durante todo aquel invierno-, la inmensa diferencia que hay entre cualquier palabra elegida a bulto (por ejemplo «pato») y cada una de sus cuatro letras tomadas por sí solas. Bastaba una palabra para que volviese a entrarnos todo en tromba: no hacían falta ni oraciones ni frases ni detalles. Como un día que contó Violeta a la hora de comer que una niña de su curso se puso de repente a lloriquear, que se ahogaba, según Violeta, de tragarse la llorera combinada con los hipos, de tal suerte que era el hipo, con diferencia, lo más dramático de todo, aunque no procediese de la pena misma, sino de la descompensación o imperfecta sincronía del diafragma y los pulmones, oportunidad que aprovechó la madre Evangelina Ignacia de Carreño, que daba ciencias naturales con especial atención al cuerpo humano, para que (contó Violeta y todos nos reímos) señalase cada niña con el índice el lugar de los pulmones y si eran uno o si eran dos y la barra del diafragma. La madre Evangelina era de muchísimo postín: la casa profesa de Madrid se habilitó de arriba abajo sólo con la dote que ella trajo.

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