Álvaro Pombo - Donde las mujeres

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Premio Nacional De Narrativa 1997
En esta magnífica novela, Álvaro Pombo describe el esplendor y la decadencia de lo que parecía una unidad familiar que se imagina perfecta. La narradora, la hija mayor de la familia, había pensado que todos -su excéntrica madre, sus hermanos, su aún más excéntrica tía Lucía y su enamorado alemán- eran seres superiores que brillaban con luz propia en medio del paisaje romántico de la península, una isla casi, en la que vivían, aislados y orgullosamente desdeñosos de la chata realidad de su época. Pero una serie de sucesos y el desvelamiento de un secreto familiar que la afecta decisivamente, descubre a la narradora el verdadero rostro de los mitificados habitantes de aquel reducto. Una revelación que cambiará irremisiblemente el sentido de la vida…

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Me desperté como el primer día de vacaciones, y el sol resplandecía en un cielo algo nublado. Me asomé a la ventana en camisón, y justo enfrente pasaba el trasatlántico, que acababa ya de entrar por la canal a fondear frente a Letona capital. Y dio los cuatro bocinazos reglamentarios de la entrada a puerto, y las cuatro chimeneas inclinadas, con la banda azul de la naviera, dejaban escapar el lento humo leve del final de travesía, inclinadas hacia popa en el recuadro sustancial de la ventana de nuestro dormitorio, de par en par abierta. Un cuadro al óleo de un trasatlántico en un mar crespo azul y blanco, que fondea frente a una ciudad esfumada y dorada, colgado en el pasillo de un museo que sólo yo voy a mirar algunos sábados por las tardes. Era como si no quedase nada más que, afuera, frente a mí, el gran buque de vapor y el mar con la coherencia prodigiosa y con la integridad de una obra, una pintura resplandeciente y perfecta cuya autoridad nos tranquiliza y nos integra, una vez olvidados de nosotros mismos. Ya no me acordaba de mi padre: sólo me acordaba de lo bien que acabamos mi madre y yo charlando la pasada noche. Y sólo me acordaba del gozo de ser especial a ojos de mi madre, la hija en quien tenía más confianza, como si una tropa de positividades desfilara velozmente ante mí impidiéndome recordar lo que mi padre dijo: un desfile victorioso para celebrar una victoria donde vencíamos todos nosotros. Una victoria sin vencidos.

Con los años he aprendido a desconfiar de estas euforias que me poseen invariablemente cuando la vida se me pone más difícil, como una aclamación que una exaltada parte de mí misma profiere a otra parte siempre dubitante y desconfiada. En aquella ocasión todavía la resaca no tenía esa tenacidad que con los años cobran los acontecimientos cuando ya han pasado y nos aterran en su inevitabilidad, que puede ser inclusive la inevitabilidad de la dicha, porque la dicha nos parece aterradora sólo porque nos ha tocado en suerte precisamente a nosotros.

Bajé a desayunar. El rebrillo del mar me poseía, convirtiendo en absoluto aquel simple instante de mi vida. Posesa de una alegría que parecía irreprimible, contemplé a mi madre, a Violeta, a Fernandito, a Fräulein Hannah y a Rufus, que aún seguían sentados a la mesa de lo que llama tía Lucía la morning room , el mismo comedor contiguo a la cocina, donde Tom Bilffinger se había instalado el día del séptimo cumpleaños de Fernandito. Aquella escena, tan familiar, de toda mi familia (desde mi asiento veía, a través de la ventana, la pared jalbegada de la parte de atrás del gallinero, y los cuatro postes de un sólido tendal que instaló mi madre con sus propias manos), sirvió para que coordinara la aceleración exagerada de mi conciencia con el tiempo más lento de mi familia, esa semibeatífica lentificación de después del desayuno. Al hacer el esfuerzo de sincronizar sus velocidades con la mía, recobré la sensatez que, ni siquiera en aquellos años, me abandonaba nunca demasiado tiempo: entonces me di cuenta de que Violeta me miraba fijamente con una expresión no sé si más seria, pero desde luego menos risueña o menos tranquila de lo habitual en ella. Violeta tenía entonces casi trece años. De pronto, tras tomar los primeros sorbos de café y probar mi pan con mantequilla, recobrado el sentido de la realidad, me pareció que había en su sonrisa -porque sin duda había en su rostro, todavía de niña, esa prodigiosa ondulación que es la sonrisa antes de llegar a ser del todo una sonrisa y que puede contener en ocasiones una gran melancolía- un punto de reproche, un punto de amargura. Me pareció mayor de pronto, de mi edad. De pronto vi a Violeta tal y como había relampagueado su imagen en las palabras insidiosas de mi padre: era la misma, pero no estaba del todo ya conmigo: sus dulces ojos castaños se entrecerraban velando un secreto diminuto, tanto más secreto cuanto más pequeño y, posiblemente, más trivial. Era como si de pronto mi hermana hubiera puesto encima de su pupitre, en nuestro cuarto de estudiar, arriba, un plumier cerrado, y me hubiese dicho: «No hay nada dentro, pero no lo abras.» Era verdad que no había nada dentro. No era por lo menos inverosímil para alguien que conocía a Violeta tan bien como yo la conocía que, efectivamente, dentro de su plumier no hubiese nada. La única novedad, impronunciada pero presente en su sonrisa, o en sus ojos, o en todo su semblante a la vez, era el ruego de que no lo abriese. Me sentí agredida por mi padre ahora, ante aquella mínima reserva de mi hermana, que sólo a él podía deberse y que, en una vida tan continuamente compartida y disfrutada y abierta como la nuestra de aquellos años, tenía la brusquedad, la ensordecedora incomprensibilidad de un gigantesco salto de agua.

Fernandito y Fräulein Hannah tenían aquella mañana uno de sus estrictos programas de mañana de verano: es imposible no sonreír ahora al recordar aquella larga procesión compuesta únicamente por dos personas -una de ellas, una prusiana alta y grande, de pelo gris recogido en un moño resultante de hacer girar en torno al centro una trenza trenzada previamente, y sujeto todo ello para la eternidad entera por una única horquilla sin adornos-. En verano llevaba Fräulein Hannah siempre una bata de mahón azul marino, con una gran falda que llegaba hasta la media pierna y cuyo apresto confería, al caminar Fräulein Hannah, un lento eco de gran entrada händeliana. Fräulein Hannah nunca miraba atrás y nunca se detenía desde su casa a su punto de destino ya en la playa. Llevaba un cestito de paja con la labor, una sombrilla anaranjada y desteñida de palo abatible, con una punta de hierro para clavarla profundamente en la playa, y una gran toalla blanca bajo el brazo para secar a Fernandito, y Fernandito iba detrás o alternativamente a la derecha o a la izquierda de Fräulein Hannah, con su gorrita blanca que aborrecía casi tanto como que Fräulein Hannah le llevara de la mano. Solía llevar también un esquilero y un cubo y una pala y el traje de baño puesto debajo del pantalón de mil rayas y la camisica para no perder tiempo desvistiéndose al llegar. Parecía imposible que sólo fueran dos personas y que, al verles cruzar solemnemente el puente en dirección a San Román, dieran la impresión de ser casi un desfile.

La mañana de verano, sentadas Violeta y yo, frente a frente en el office , oyendo a mi madre y a Manuela aquel conversar discontinuo acerca del guiso que estaba en el fogón, o, cómo con la carne que quedó del día anterior picada harían croquetas para la noche, quería que Violeta empezase a hablar, no quería empezar yo. Si -como de costumbre- yo empezaba, Violeta se dejaría ir por el resbaladero de mi voluntad sólo en parte enganchada, y me ocultaría -si empezaba yo- lo que yo quería que ella misma me dijera, fuese lo que fuese. Por eso me contuve como si fuese un mal pronto que procuraba no expresar, contando lentamente hasta veinte o veinticinco o treinta, hasta estar segura de que lo más brusco del mal humor se había pasado. En esa situación, y con un temperamento impulsivo como el mío, dejar pasar diez o quince segundos es dejar irse la vida o poco menos. Estaba ya a punto de soltar un «¿Estás sorda, Violeta?», pero Violeta dijo:

– Igual papá no vuelve más.

Yo enfaticé todo lo enérgicamente que pude, con un:

– ¡Ah, ya, papá! ¿Por qué no va a volver? Todas las mañanas sube un rato.

Me di cuenta al decir «papá», con ese énfasis con que intercalamos en una conversación palabras desacostumbradas o extranjeras, de que casi no habíamos usado esa expresión al hablar de él aquel verano. Y me di cuenta también de que habíamos hablado de todo lo demás mucho menos que otras veces. Era curioso cómo, sin llegar del todo a usar para referirnos a mi padre la tercera persona singular, él, que hubiera sido aún más extraño que «papá», las dos nos servíamos de un plural que hubiera sido mayestático y ridículo de no haber sido tan evidentemente un recurso para mencionar, sin mencionar, a la persona con quien habíamos estado.

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