– ¡Ah, ahora estás diciendo la verdad! ¡Que yo sea tu padre no significa nada para ti! ¿Es eso lo que crees?
– Te aburrirías aquí. Cuando estabas te pasabas el día fuera. Francamente no entiendo por qué sales con todo esto ahora…
– A ti no se te ocurre, claro, que yo pueda desear conocer a mis hijos o vivir con ellos. Puede que tú no, pero Violeta, si yo quisiera, fíjate bien, se vendría conmigo, fijate bien, si yo quisiera. No lo dudaría. Y eso que, pobrecilla, os quiere mucho a vosotras y a tu hermano. Pero si yo se lo pidiera se vendría conmigo, ¿sabes eso? Ahora tuerces el gesto porque te desagrada esta conversación, porque te desagrada sobre todo la verdad. Te desagrada que yo exista, lo mismo que a tu madre, que pueda yo querer que una hija mía esté conmigo. ¿Pues qué crees?, ¿que yo no tengo una casa, un sitio tan bonito como éste? Yo también tengo un sitio bonito. Y Violeta conocería mucha gente, gente divertida, fascinante, no sólo gente rica, gente de gran sensibilidad, de gran nobleza de corazón. ¿Nunca te has parado a pensar que yo puedo tener una excelente reputación, una vida donde cabría tu hermana perfectamente? Yo la pondría de largo…
– Lo primero, Violeta no se iría. Eso lo primero. Y además tú no entiendes a Violeta. ¿Con quién vives? ¿Vives solo, o con quién vives?
Pensé que por fin iba a enterarme de cosas que no se hablaban en mi casa nunca. Quizá esto no lo pensé con esta claridad entonces. Y, sobre todo, es casi seguro que no lo expresé como lo expreso ahora. A los quince, sin embargo, era capaz de pensar cosas así. Seguro que mi padre tenía una mujer en cualquier parte. En Cuba o en Madrid, alguien pendiente de su ropa, con quien salir al teatro o a cenar, cualquier mujer con tal que fuese llamativa o guapa. No sabía cómo seguir, ni tenía entonces la habilidad de hacer preguntas para obtener información precisa. Así que dije a bulto:
– Si vives con una mujer que no sea mi madre, mi madre podría separarse de ti, si ella quisiera. Tú eres el que te has ido de esta casa. Nos has dejado tú. Haberte quedado. Si tanto nos querías, por qué no te quedaste.
– Eres obstinada, bonita. Agresiva y obstinada, peor que tu madre en eso. Yo estaba enamorado de tu madre. Creí que ella acabaría enamorándose de mí. No soy un miserable…
– ¿Quién ha dicho que lo seas? Tú lo dices todo. Y además… ¿De qué querías hablar?
– ¿Tú crees que yo estoy aquí de veraneo? Es eso lo que crees, ¿no?, que estoy aquí de veraneo.
– Ni lo creo ni lo dejo de creer. De verdad, no entiendo lo que quieres. ¡Estarás de veraneo, por qué no!
– ¿Sabes qué es realmente repulsivo?, ¿lo desagradable que tenéis vosotras, sobre todo tú y tu madre, y también tu tía Lucía, ella también? Es posible que nunca nadie os haya dicho lo que tenéis de repulsivo: sois estériles, eso es lo repulsivo. No es que no me pudiera soportar tu madre porque fuera yo vulgar o porque seguía enamorada de Gabriel. No es eso. Lo que no podía soportar es que yo no fuera como ellas, estériles, un par de excéntricas inútiles. La que cría gallinas y dibuja y la que veranea en Reykjavík, dos locas que desprecian a todos los que no son como ellas. Yo no tengo tanta clase, no, ni tanto orgullo. No me lo tengo tan creído. Y fíjate, bonita, fíjate, que otro cualquiera esto lo llevaba a los tribunales y ganaba. Porque yo, si quisiera, hoy mismo, ahora mismo, me quedaba a vivir en esa casa, porque tu madre y yo seguimos siendo matrimonio a todos los efectos, y yo hasta ahora estuve en Cuba. ¿No es eso lo que habéis contado en San Román? Tuve negocios y ya los he dejado. Y ahora me he venido aquí a vivir con mi mujer y mis hijos. Así que si quisiera podría obligar a tu madre a que se acostara conmigo si quisiera. Tengo ese derecho. A todos los efectos, entre tu madre y yo no ha pasado nada. Que yo tuviera la delicadeza de dejaros solos, eso fue una delicadeza que yo tuve. Pero no una obligación. Si ahora mismo entro en esa casa y me quedo ahí a vivir, ¿qué pasa si hago eso? Y si Violeta quiere, sólo con que Violeta no se oponga, irse de viaje con su padre, ¡ahora mismo!, si quisiera, si yo quisiera se vendría. Y encantada, además. Lo habéis tenido todo bien secreto. Era fácil decir en el colegio: «Mi padre está en Cuba y nunca viene.» Bueno, ahora he venido. ¿O es que crees que no me doy cuenta de lo que pasa en esta casa? Me doy cuenta muy bien. En esta casa mandáis vosotras dos, tu madre y tú, y tenéis a los demás al retortero. Aquí no queréis hombres porque sois estériles. Los mandáis a paseo como acabas de mandar tú a tus amigos. Y no me digas que es porque querías atenderme. Lo hubieras hecho igual si te hubiera dado el naipe de repente de no ir con ellos de paseo como habías quedado. Y vais las dos, fíjate bien, las dos, a dejar que os atropelle el tren que viene, porque viene un tren a toda marcha. ¿Sabes qué tren viene? Viene Violeta en ese tren del tiempo, hacia vosotras. Vosotras creéis que siempre será igual. Una niña guapita que obedece y que se calla. Creéis que querrá quedarse aquí, que va a dejar que le busquéis un novio, un chico manejable, a ser posible de extracción humilde o más humilde que la vuestra, para que suba el pienso de las gallinas y labre las patatas, alguien que no cuenta, a quien deslumbraréis con vuestros aires de grandes damas, de mujeres solas que se bastan a sí mismas. Pero Violeta es como yo, no como vosotras, Violeta ama la vida, ama los viajes, las gentes, otras gentes, otros sitios mucho más bonitos que éste, a Violeta se le ocurren cosas que nunca os ha contado. ¿Sabías eso? Dentro de nada Violeta será una chica extraordinariamente bella y querrá ver gente, querrá comprarse unos bonitos zapatos y un bonito bolso, y gastar dinero, y ser amada. Y entonces haréis por anularla tú y tu madre. Iréis haciéndola creer que desea cosas indignas de por sí y que todo lo que hay de digno y bueno está encerrado aquí en este sitio estúpido, pretencioso, guardado con llave por vosotras dos. Todo eso lo sabía yo de sobra sin que nadie me contara nada. Y este verano dije: Voy a ver si acerté o no. Y nada más veros me di cuenta que había acertado en todo, pero en todo. Pero os va a salir por la culata el tiro a lo mejor. Y si no os sale no será porque podáis vosotras impedirlo, sino porque yo no quiera disparar. ¿Sabes lo que me dijo ayer Violeta? «Sácame de aquí, papá», eso me dijo, «me ahogo aquí, no voy a crecer nunca, no me dejan ellas dos que crezca. Quieren que no crezca. No me lo han dicho pero eso es lo que quieren», eso me dijo. Tú sabes, porque tú eres lista, lo mucho que Violeta ha cambiado en poco tiempo, ha cambiado mucho, pero mucho, sólo charlando en ratos perdidos con su padre, porque tú eres lista y te das cuenta. Más lista que tu madre quizá y mucho más intransigente, de eso estoy seguro. Tú no vas a dejar crecer a nadie, porque si crecen y se marchan ¿qué va a ser de ti, bonita? No tendrás con quién hablar. Y ¿sabes qué?, como todavía eres muy joven, en mucho de esto no habías pensado todavía, así de claro, no lo habías pensado todavía, sólo lo habías sentido. Tu instinto paralizador lo habías sentido sin llegar a expresarlo con palabras, y ahora que lo expreso yo por ti, lo reconoces y te has puesto pálida, muy pálida. No sabes qué hacer ni para destruirme a mí ni para echarme ni para sacar de tu cabeza lo que te acabo de decir, eso es lo malo, lo malo no soy yo. Daría igual otro cualquiera, lo malo son las cosas que yo digo. No sólo a Violeta, sino a ti también: porque a ti también te estoy haciendo ver que no soy, después de todo, un monstruo. No está todo el bien de parte de tu madre y todo el mal de parte mía. Hay mal y bien en las dos partes, y ahora qué, ¿eh?, ¿ahora qué? No se te va a olvidar lo que has oído. De eso estoy seguro. Puede que hables de esto con tu madre o con tu hermana o puede que no hables con ninguna de ellas, pero estoy seguro, absolutamente seguro, de que no lo olvidarás, ni una palabra. Sé que a partir de hoy me odiarás sin ninguna clase de reserva, porque yo te he dicho la verdad. Y no creas que yo soy ningún demonio, nada de eso. No soy la voz del mal que cuchichea en tu oído. Quizá te lo haya dicho, lo que he dicho, un tanto brutalmente, pero es cierto, casi todo es verdadero. No lo tomes a mal, que soy tu padre. Y en realidad te digo esto por tu bien, para que no me olvides.
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