Álvaro Pombo - Donde las mujeres

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Premio Nacional De Narrativa 1997
En esta magnífica novela, Álvaro Pombo describe el esplendor y la decadencia de lo que parecía una unidad familiar que se imagina perfecta. La narradora, la hija mayor de la familia, había pensado que todos -su excéntrica madre, sus hermanos, su aún más excéntrica tía Lucía y su enamorado alemán- eran seres superiores que brillaban con luz propia en medio del paisaje romántico de la península, una isla casi, en la que vivían, aislados y orgullosamente desdeñosos de la chata realidad de su época. Pero una serie de sucesos y el desvelamiento de un secreto familiar que la afecta decisivamente, descubre a la narradora el verdadero rostro de los mitificados habitantes de aquel reducto. Una revelación que cambiará irremisiblemente el sentido de la vida…

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Acabo de decir -y de pensar- lo que no es, lo que no era mi padre. No era ideal para nosotras. Y, sin embargo, debió de parecerlo hasta tal punto que mi madre se casó con él. Es curioso que me sirva del plural, «nosotras», para referirme a la pluralidad aún inexistente que se contenía en mi madre cuando se casó. Y es que esa idea de la comunidad que formamos en esta isla, en nuestras dos casas, tía Lucía, mi madre y nosotros tres, tan profunda me parece hoy, tan irrompible sigue siendo a pesar de la muerte, que atrae hacia sí todo el pasado inconscientemente vivido sólo por mi madre entre gente que nunca conocimos.

Quizá sea éste el momento de explicar lo que yo sabía y lo que yo no sabía acerca de mis padres a los quince años. Por entonces yo creía a pies juntillas lo que mi madre me contó: mi padre se fue definitivamente cuando yo tenía siete años, Violeta cinco, y Fernandito acababa de nacer. Mi madre y yo lo hablábamos, lo que ocurría, lo que fuera entonces. Mi madre fue locuaz en esa época, y después dejó de serlo, como si en un año aproximadamente ya lo hubiera dicho todo sobre la marcha de mi padre y a partir de entonces hubiese decidido hablar menos, lo indispensable sólo, y dibujar más, aunque no tanto quizá como hubiera dibujado de haber sido las cosas de otro modo, en cuyo caso nosotras no hubiéramos sido como somos y no hubiera habido para mí, para nosotras, la identidad que ahora tenemos, ese extraño y firmísimo legado de dos personas que apenas se entendieron los primeros años y nunca se quisieron, ni siquiera los primeros años. Recuerdo que me sentaba con mi madre a hablar mientras se arreglaba. Aún está la butaquita baja donde yo me sentaba, y el tocador y la silla donde ella se arreglaba la cara cuidadosamente todas las mañanas. Esa costumbre apareció cuando yo tenía seis años, y desapareció cuando Violeta fue lo suficientemente mayor para ir las dos a hablar con mi madre mientras se arreglaba. Era mejor con Violeta que conmigo sola. Eran sobre todo conversaciones más alegres, conmigo eran conversaciones serias que hacían que me sintiera inmersa en una gran solemnidad, pensativa y comprensiva y muy mayor con siete años, cuando se fue mi padre, cuando le echamos, quiero decir.

Una vez más tropiezo aquí con el escándalo de mis propias proclamaciones. Acabo de decir que mi madre y yo echamos de casa a mi padre. Yo tenía siete años. Yo era la mayor. Una niña espigadita que, según cuenta tía Lucía, hablaba de todo seriamente, como si tuviera mucha más edad. Violeta, en cambio, por contraste, parece aún mucho más joven que yo, a pesar de que sólo nos separan dos años. Recuerdo cuando apareció mi padre aquel verano, y, sobre todo, cuando me di cuenta de la extraña animación que poseía a Violeta y que, permaneciendo todo lo demás idéntico, sólo cabía atribuir a su relación con este siempre endomingado personaje que para ella surgía casi de la nada y que, no obstante ser su padre, tenía con ella las atenciones, los detalles, que nunca, por cariñoso que sea, tiene un padre y que tiene, por frívolo que sea, siempre un primer novio. Violeta -que era ya una criatura preciosa a los doce años- era ya entonces, como lo fue después, muy tímida. Sólo con nosotros, sólo en casa, florecía despreocupada Violeta, su fragilidad y su belleza enardecidas por la viveza monótona de nuestro cariño. Para mí había un interior y un exterior, nuestro mundo y el de los demás: de uno a otro mi personalidad más extrovertida iba y venía sin dificultades. Para Violeta, en cambio, sólo había interior. El exterior, para ella, era lo inexplicable, lo intransitable, lo inconcebible. Y a esa edad, a punto ya de dejar de ser una chiquilla, las atenciones -por lo demás perfectamente propias y a la vista de todos- con que la distinguía su padre, hicieron que a lo largo de todo aquel verano se ensimismase aún más que de costumbre y que, con cualquier motivo cotidiano, cualquier nimiedad, pareciese, de pronto, desconcertada, asustada, nerviosísima. Los apartes que mi padre, con naturalidad, delante de todos nosotros, tenía con ella, parecían dejarla -al terminar-sonriente y recóndita, reconcentrada en sí misma, y desatenta. Y fue esto en concreto lo que reavivó mi vieja hostilidad de los siete años contra un hombre cuyo dulce temperamento, cuyos pulidos modales, hacían que me sintiera siempre culpable. Esto es lo que he querido indicar al decir que nosotras, mi madre y yo, le echamos de casa siete años atrás: la verdad es que yo imité a los siete años el resuelto desapego materno. El esfuerzo que costó a mi madre, según contaba, dejar a Gabriel, el esfuerzo que les costó a los dos dejar de verse, la obligación que se impusieron de no escribirse nunca, unido a la imposibilidad en que ambos se pusieron a sí mismos de no saber por dónde andaban o qué hacían (Gabriel fue antes de la guerra un arquitecto de renombre, una de cuyas casas, en Madrid, en el por entonces recién edificado barrio de Argüelles, obtuvo el Premio Nacional de Arquitectura por aquellos años. Estas cosas las he ido sabiendo después por tía Lucía y por mi propia madre). Yo tenía la impresión de que ese esfuerzo que se impusieron de común acuerdo, se tradujo en un debilitamiento del interés de mi madre por sí misma, una falta de gusto por las cosas y quizá también una gran confusión mental acerca de si -en última instancia- el voluntario abandono del hombre amado no había sido un sacrificio estéril, un acto gratuito. Se sintió perdida y dolorida, se sintió, sobre todo, incapaz de reorganizar sola su vida. Ése fue su grave error: creer que podía sustituir a Gabriel por cualquier otro, por excelente que fuese, y creer que, sin un hombre, ella misma no podría llegar a ser quien era. Sumida todavía en el amor perdido, creyó que era sustancial el amor mismo y no sólo el amado: de aquí que al aparecer mi padre, un hombre encantador, un señorito de Pedraja, una floreciente población del interior de la provincia que en aquellos tiempos iniciaba su industrialización… Se conocieron por casualidad. Tía Lucía, que era el objeto inicial de las pretensiones de mi padre, se había olvidado del personaje y de la cita. Se había ido a ver el Wimbledon de aquel año con Tom Bilffinger y otros tres amigos de Cambridge.

Sentado, según parece, en medio de la sala -que es más o menos la misma que aún existe y la misma que encontró al reaparecer aquella mañana de junio, cuando Fräulein Hannah le recibió, en ausencia nuestra-, mi padre acertó a combinar un aire desolado con un cómico desinterés por el desaire sufrido. Hizo reír a mi madre, mostrándose como un desdichado amante a quien se abandona para irse a la pérfida Albión a ver jugar al tenis. «¡A saber con quién!», exclamaba cómicamente dolorido, sin dejar de dar al mismo tiempo la nota contraria: la de un cálido interés por la hermana de su romance prófugo. Mi madre tenía todo el encanto, ya entonces, que tienen los temperamentos que espontáneamente hacen un voto de estabilidad: la misma casa, las mismas costumbres, la misma agradable expresión reservada y atenta en la felicidad y en la no felicidad. Mi padre era un experto conocedor de ese especial momento de falta de felicidad de una persona enamorada. Supo hacerse notar sin parecer que se prestaba a sí mismo la más mínima atención. Supo ser todo lo amable y comprensivo que una mujer orgullosa como mi madre puede soportar sin sentirse humillada. Supo incluso referirse desde un principio a Gabriel con naturalidad, de tal suerte que mi madre pudo -dentro de su reserva- desahogar en parte su melancolía. Era un hombre muy guapo. Parecía no tener nunca prisa ni más necesidad sentimental que la de conversar tranquilamente a la sombra del magnolio de nuestro jardín, grandioso ya entonces. Ciertamente no pretendió a mi madre: desde un principio declaró imposible sustituir a Gabriel, desde un principio se situó a un nivel espiritual más sencillo: el de un muchacho rico, hijo único, con la carrera de Derecho a medio hacer, inteligente, sensible, perezoso, pero, a la vez, capaz de rellenar el hueco cotidiano con la conversación variada de los hombres ociosos, con la locuacidad y deferencia del buen conversador, con el encanto fácil de quienes nunca se apasionan o pierden la cabeza. Al final de aquel verano se casaron. Gran viaje de novios que duró casi completos los nueve meses de mi gestación, y durante el cual empezó mi madre a descubrir en el marido lo que no había podido descubrir en el agradable pretendiente: las atenciones de mi padre, su sensibilidad, su capacidad de ponerse en el lugar de la otra persona, eran habilidades que florecían en público: un noviazgo es un fenómeno social incluso en los momentos en que los novios están solos. Un matrimonio, en cambio, es un internamiento cuyo lado social pasa a segundo plano por la importancia que cobran la intimidad y la ternura, con el tiempo. Mi madre me dijo que los cariños y consideraciones de mi padre eran artimañas para poder irse al casino con la conciencia tranquila. Le gustaba pensar que dejaba detrás, en casa, a una esposa satisfecha. Sus atenciones eran tan puntuales como sus costumbres de soltero joven: sus otras amistades femeninas, sus amigos, el casino, la partida de póquer. Seguía siendo encantador, sólo que ahora, al vivir juntos, hacía falta también ser verdadero. Y mi padre era superficial, según mi madre.

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