Álvaro Pombo - Donde las mujeres

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Donde las mujeres: краткое содержание, описание и аннотация

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Premio Nacional De Narrativa 1997
En esta magnífica novela, Álvaro Pombo describe el esplendor y la decadencia de lo que parecía una unidad familiar que se imagina perfecta. La narradora, la hija mayor de la familia, había pensado que todos -su excéntrica madre, sus hermanos, su aún más excéntrica tía Lucía y su enamorado alemán- eran seres superiores que brillaban con luz propia en medio del paisaje romántico de la península, una isla casi, en la que vivían, aislados y orgullosamente desdeñosos de la chata realidad de su época. Pero una serie de sucesos y el desvelamiento de un secreto familiar que la afecta decisivamente, descubre a la narradora el verdadero rostro de los mitificados habitantes de aquel reducto. Una revelación que cambiará irremisiblemente el sentido de la vida…

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Era domingo, volvíamos del pueblo. Ahí estaba: con ese planchado y ese requilorio no muy pronunciado, de la persona que, sin avisar, se presenta en casa justo a la hora de comer y se arrellana en un sillón, y ahí permanece mano sobre mano en espera de que se le ofrezca una bebida o se le dé conversación o se le pregunte «Por qué no te quedas a comer», a sabiendas de que están contados los filetes, ahí estaba, ahí instalado, a la espera, cualquier cosa serviría para que se ampliara su aire complaciente y su sonrisa, que emergía a solas con un puntito de preocupación, como si se estuviese preguntando «Qué haré si no aparece nadie en todo el día». Así le vimos, primero Fernandito y después nosotras, pero no mi madre, que se había retrasado. En casa se había quedado sola Fräulein Hannah. Debió de ser Fräulein Hannah quien abrió la puerta e instaló a la visita inoportuna en plena sala. Estaba sentado en un sillón desde el cual se podía ver, a través de la puerta abierta, la puerta principal y el vestíbulo casi entero, a excepción del fondo, donde empieza la escalera. No teníamos escape, porque tampoco es cosa de entrar, como el lechero, por la cocina de puntillas, como si no fuese nuestra propia casa. Fernandito, que le vio el primero, por la ventana de la terraza, retrocedió corriendo hasta encontrarnos a Violeta y a mí, con la noticia sorprendente de que había en la sala una persona.

– ¿Cómo una persona? -preguntó Violeta, y yo pregunté:

– ¿Hombre o mujer?

– Es una persona, no sé más. Además no le vi bien, del susto que me dio. Lo mismo es un fantasma que no se refleja en un espejo y visto de espaldas es lo mismo que de frente, o sea, sin cara.

Nos acercamos de puntillas otra vez los tres. Y, sin querer, un tiesto de geranios se cayó de la terraza al suelo medio metro, porque tropezó con mi zapato y se hizo migas. Se conoce que en medio del silencio que hay en casa cuando no estamos ninguno y alrededor toda una isla entera, porque es isla y no península. Recuerdo que oíamos el mar y olía a la tierra húmeda del tiesto y a la hierba recién segada del jardín, porque era ya mediados de junio. Y era un mes de junio como no había habido igual o parecido ningún otro en años y años. Las clases se acababan ya. Yo acababa de cumplir los quince. Al oír el ruido se volvió, sin darnos tiempo a quitarnos del cristal. No era un fantasma, desde luego. Era un señor muy bien vestido. De la edad de mi madre, pensé yo. Le reconocí de inmediato. Observé a mis hermanos de reojo, como un policía. Mi madre y yo teníamos ese secreto entre las dos. Mi afinidad con ella venía en parte también de eso. Se dio cuenta él, tal vez, que le reconocía y que observaba de reojo a mis hermanos. Y no insistió en ser reconocido. Tuvo -si cabe hablar así- esa delicadeza conmigo. Se arropó en su incógnito (omitiéndome), como se arropaba siempre en su aire modoso, de persona sensible. Nunca se precipitó. Y esta vez tampoco. Tenía tacto, demasiado quizá. El tacto confería a su expresión un aire comprensivo, un aire falso. Lo comprendía todo, lo perdonaba todo. Un indeseable. De pie ya, y acercándose sonriente hacia nosotros, que, de susto ya, no nos movimos, se comportaba con la desenvoltura y la confianza de alguien que nos conociera, sin llegar nosotros a reconocerle. No nos dio tiempo a decir nada. Sin dejar de sonreír, levantó toda la ventana, que es, como las inglesas, de montante. Dijo:

– ¡Dios mío, cuánto habéis crecido! -cosa que a los tres nos encantó, porque, incluso yo, con quince años, no me acostumbraba aún a haber crecido, a no ser ya una niña con dos trenzas, sino con nuevos amigos que le salen, pretendientes, Óscar, por ejemplo, y algún otro. Y eso era tan raro por lo menos, tan desacostumbrado, como sentir que habías crecido: que los amigos nuevos fueran todos chicos y no te trataran como antes, como a un chico. Recuerdo lo que yo hice: recuerdo que desactivé el encanto que me recorrió como un escalofrío velocísimamente por la conciencia, por el cuerpo, hasta abocar en una gana de corresponder de alguna manera al cumplido colectivo, aunque sólo fuese con una sonrisa especialmente luminosa dirigida a la visita, la falsa visita. Siempre hice lo mismo. Desenchufé su encanto de mi corazón. Porque el encanto de mi madre era el supremo encanto, y no el suyo. Recuerdo que pensé que yo era la mayor y que hasta que mi madre no llegara me correspondía a mí definir cómo había de tratar al personaje aquel. Tan guapo. Desvié la vista para que no se diese cuenta de lo que acababa de pensar. Un hombre así, pensé, las pesca al vuelo. Violeta, viendo que yo no acababa de tomar la iniciativa, dijo:

– Si a lo que ha venido es a hablar con mi madre a lo mejor, ella ahora no está en casa.

Y el señor repitió:

– Así que no está en casa, ¿eh?, ¿y dónde está?

Violeta dijo una de sus mentiras absurdas, que por las muchas veces que han colado a lo largo de los años, me hacen sonreír cada vez que las recuerdo:

– No, no está. Está Fräulein Hannah y nosotros solos.

– ¿Y dónde está ahora tu madre? A estas horas mucho me extraña que no esté, de veras.

Era agradable oírle, inclinándose un poco hacia nosotros, como si se acabara de peinar la raya, la mata negra aquella de pelo ondulado sudamericano. Y Violeta, encandilada de algún modo por su propia mentira que crecía por sí sola, sólo con poner las palabritas juntas al hablar, sacudió la cabeza, negó con la cabeza -todavía hace ese gesto- cerrando a la vez los párpados para indicar lo mucho que lo siente, pero que no está en su mano alterar el curso del destino:

– No está, está de viaje, se ha marchado ayer mañana.

Yo no lo pude remediar y dije:

– No haga caso. Es verdad que no está en casa, pero viene ahora, mire, ahí viene. -Pero su familiaridad parecía (una vez puesta en marcha) incluirlo todo en su giratoria estratosfera de persona nueva que se planta en casa a la hora de comer, sin avisar y sin ser una visita: así que omitió graciosamente lo que yo acababa de decirle y que implicaba -como mínimo- dirigir la vista hacia la entrada del jardín, que al hablar había indicado yo con la cabeza. Se dirigió en cambio a Fernandito:

– Bueno, bueno, tú sí que eres la sorpresa, ¿cómo estás? Ya tienes… ¿cuántos años? De chiquitín eras horrible, ¿sabes?, con una nariz que te sobresalía entre los ojos como el pico de un cuclillo. ¿A que no sabes quién soy yo? -Y Fernandito dijo:

– No, no lo sé, ¿y qué?

– A que vosotras sí que lo sabéis -dijo el hombre, volviéndose a nosotras. Vi a mi madre acercarse muy deprisa. Me pareció que al darse cuenta, según se acercaba, de quién era el visitante, acortó un poco el paso (mi madre andaba con mucha gracia, con viveza siempre, sin remolonear como nosotras). Cuando pude verla claramente, tenía la cara contraída, como si tuviera sequedad de boca: de hecho, al reunirse con nosotros, todavía en la terraza, se limitó a reconocer al visitante con un gesto de la cabeza, un gesto seco, le miraba sin hablar, me fijé en eso.

– ¡Figúrate, no saben ni quién soy! ¡No sé si voy a ser capaz yo de decírselo, me siento un poco absurdo! -Echó la cabeza atrás y se rio, como si lo que acababa de decir tuviese gracia.

Duró el verano entero. No tenía sentido y no parecía tener fin. Pero sí que lo tenía: varios sentidos entrelazados además del más oculto, el dominante: la venganza. «¿Qué querrá?», pensaba yo. Se lo pregunté a mi madre aquella noche. Dijo:

– Nada. Es natural que quiera conocer a tus hermanos, verte a ti. No quiere nada de particular. Y, por favor, prefiero no hablar de ello. Se irá pronto. Cuando quiera se irá, cuando se aburra, ya sabes…

Mi madre no parecía preocupada después de la tensión inicial. Quizá creía sinceramente que se iría cuando empezara a aburrirse con nosotras. Se fue, desde luego, pero mientras estuvo, todo a lo largo del verano aquel, su presencia alteró visiblemente a Violeta. Y Fernandito, el menos fascinado de los tres, se volvió agresivo, como si aquel repentino padre volviera insignificante su incipiente papel de hombre de la casa -aunque tal vez sea esto una impresión que yo tenía-. La versión oficial que hasta entonces habíamos dado en el colegio fue: que mi padre viajaba mucho porque tenía propiedades en Cuba -lo cual, por cierto, era verdad-. Se instaló en San Román, y casi todos los días subía a almorzar y se quedaba hasta la hora de la cena. Se le veía venir desde lejos, disfrutando su paseo. Cruzaba calmosamente el puente, a veces se detenía para espantar con una palmada a las gaviotas. Caminaba con la expresividad de un actor en un rodaje. Es posible que se creyera observado. En eso acertó, porque yo le observaba. Desde un lado del jardín se veía el puente abajo, desde una abertura camuflada por las zarzas. Parecía atenerse a un cierto horario. Aparecía entre las doce y media y la una, muy peripuesto siempre, como si desease subrayar que su relación con nosotros no llegaba a ser tan familiar que le permitiese venir a vernos sin corbata. Le detesté porque no lograba realmente detestarle. No era detestable. Era muy guapo, muy bien educado, muy considerado. No pretendía representar un papel específicamente paternal con nosotras. No se comportaba como un ex marido de mi madre. Su comportamiento casual y, sin embargo, calculado producía como una música de fondo, como un acompañamiento. Su presencia pulida fue un acompañamiento insistente que daba la impresión de ser fortuito y eventual. Pero a la vez, al contrario, deliberado y -ante mi sobresaltada conciencia al menos- como el de un huésped que tiene intención de quedarse mucho tiempo. Quizá sea innecesario, después de lo anterior, calificar de hostil mi propia actitud. Pero lo era. Mucho más hostil de lo que yo misma me había propuesto ser, como si temiese por la felicidad de mi madre o de mis hermanos. Aunque, justo es reconocerlo, sin el menor motivo por parte de mi padre. Me sentí malhumorada y desdichada aquel verano. Sin ganas, como otros años, de bajar a la playa con Fernandito y Violeta, o yo sola, recorrer la isla a pie o hacer las compras en el pueblo. Me desvelaba por las noches y encendía la lamparilla para contemplar la dulce expresión de Violeta, dormida pacíficamente, hecha un ovillo. Es curioso -y quizá fuese ésta la única razón de ser de mis alarmas- que casi nunca, salvo, como es natural, durante las comidas, se reuniese con nosotros tres al mismo tiempo. En un grupo tan reducido y tan acostumbrado a la vida en común como nosotros, su tendencia a hacer apartes con cada uno resultaba chocante. Nunca, que yo recuerde, hablaba largo rato con mi madre a solas. Pero le encantaba llevarse de paseo a Violeta, de tiendas en San Román -cosa que nunca se había hecho-. Le gustaba, tras solicitar solemnemente la autorización de Fräulein Hannah, llevarse a Fernandito a la playa. Quería enseñarle un crawl sin chapoteo para cubrir largas distancias. El hecho de que Fernandito, al regresar de aquel entrenamiento, nos hiciese saber que la natación le aburría mucho, y que si seguían así iba a acabar por perder su buena braza, no acababa de sonar enteramente sincero a mis oídos. Era un buen nadador. Nuestro padre era, bien mirado, un hombre ideal para una vida tan clausurada y tenaz como la nuestra. Era todo flexibilidad, era complaciente hasta el absurdo. Nunca parecía tener prisa. Nada le hería, ni siquiera mis agresivos malos humores. Y como nada le hería y yo misma, en cambio, me sentía constantemente alterada sólo con verle sentado en nuestra sala o paseando por el jardín con Violeta, llegué a creerle invulnerable.

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