Álvaro Pombo - Donde las mujeres

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Premio Nacional De Narrativa 1997
En esta magnífica novela, Álvaro Pombo describe el esplendor y la decadencia de lo que parecía una unidad familiar que se imagina perfecta. La narradora, la hija mayor de la familia, había pensado que todos -su excéntrica madre, sus hermanos, su aún más excéntrica tía Lucía y su enamorado alemán- eran seres superiores que brillaban con luz propia en medio del paisaje romántico de la península, una isla casi, en la que vivían, aislados y orgullosamente desdeñosos de la chata realidad de su época. Pero una serie de sucesos y el desvelamiento de un secreto familiar que la afecta decisivamente, descubre a la narradora el verdadero rostro de los mitificados habitantes de aquel reducto. Una revelación que cambiará irremisiblemente el sentido de la vida…

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Quizá no fue así, quizá fueron sensatos como fueron sensatas con tía Nines. Prácticas, eficaces y distantes. Al fin y al cabo, tampoco era tía Nines una hermana propiamente dicha. Yo tampoco era una hermana propiamente dicha, y Tom tampoco era un marido propiamente dicho. Es muy posible que tía Lucía lo dijera y que todos, mientras lo decía, asintieran en silencio: «Propiamente dichos, de la familia sólo somos tú y Fernando con vuestros dos hijos y yo. Nines, Tom y ella son, a fin de cuentas, dependientes, nada más, dependen de nosotros, y bueno… siempre se les ha tratado bien», comentó quizá tía Lucía. La amargura suscitaba ahora en mi cabeza frase tras frase, figura tras figura, la amargura me impedía preguntar a Fernandito qué había ocurrido en casa de verdad. La amargura me impedía moverme, levantarme de la mesa y subir a mi cuarto, la amargura me impedía darme a mí misma toda la razón. No tengo, no tienes toda la razón -pensaba-. Tía Nines tuvo toda la razón, o por lo menos no tuvo la más mínima culpa. La amargura impuso su propia verdad, con sencillez, por último: no se te puede considerar sólo víctima. Tú te creíste como ellos, y al no serlo descubriste tu contradicción. Para que aquel significado que dabas tú en conjunto a tu familia y que hiciste coincidir con el significado de tu propia vida, para que ese significado sirviese de algo ahora, tendrías que haber permanecido inmóvil. Si hubieras sido realmente como tu tía Lucía o como tu madre o como tus dos hermanos, descubrir que tu padre era Gabriel te hubiera dado risa. En un mismo instante hubieras entrado en situación y negado radicalmente esa situación: los padres no cuentan -hubieras dicho-, no han contado nunca en esta casa. La identidad es siempre maternal. Una familia significa lo que significa la madre, o si la madre es insignificante, ya bien puede, a gusto del consumidor, significar cualquier cosa la familia entera. De haber pensado esto no te hubieras sentido desplazada. Nadie niega que seas hija de tu madre. ¿Qué más da que el lado masculino de tu historia haya, de cabo a rabo, sido estúpido? Eso ya se sabía. Los hombres son estúpidos. Tu amargura es de tal tipo, que por el mero hecho de sentirla, tal y como tú la sientes, te aparta de la circulación. Era verdad, pensé, y pensé de nuevo: No tengo la más mínima legitimidad porque no he sido capaz de tomar todo lo ocurrido a la ligera. Este sentimiento de amargura que ahora siento demuestra que soy hija ilegítima de mi madre y de un cualquiera, un arquitecto de Madrid, presuntuoso, cobarde y falso.

– ¿A qué has venido, Fernando? No puedo creer que sólo hayas venido a decirme que me largue porque estoy dando que hablar en San Román. ¿O quizá sí? ¿Has venido realmente en representación de todos para decirme que desaparezca?

– Pues mira, ya que lo preguntas, casi sí. De no haber vuelto directamente a casa, más valía que no hubieras vuelto y que te arreglaras por tu cuenta. Se te puede mandar cualquier cosa que quieras, cualquier cosa que te guste, por una agencia de transportes, puerta a puerta.

Ahora parecía otra vez el Fernandito infantil, lo que acababa de decir sin duda era de su cosecha. Le estaba pareciendo lo mejor que desapareciera y mandarme en un baúl lo que quisiera, puerta a puerta. ¿Qué tiene eso de malo? No es como si me echaran a la calle, nada de eso. Me resultaba familiar. Tampoco a tía Nines se la echó, al contrario, se la instaló en un sitio confortable. Para una persona con tan poca vida, el moridero de las Adoratrices no estaba nada mal. Tenía que estar segura de que la crueldad final de las palabras de mi hermano eran de su cosecha, sólo suyas, tenía que estar segura de que su crueldad era indeliberada y que no representaba ni siquiera al propio Fernandito, que era sólo el yo anónimo que le inclinaba a hablar así, irreflexivamente:

– Eso que has dicho de que es mejor que desaparezca, y que me mandáis mis cosas por correo, eso ¿es cosa tuya? Eso no es lo que mamá te dijo que dijeras.

– Yo no he dicho que quiero que desaparezcas, a mí me da lo mismo. Lo de desaparecer lo has dicho tú. ¡Lo has dicho tú! ¿Quién lo ha dicho? Lo dices tú y luego dices que lo digo yo. Ha sido así toda la vida. Yo no he dicho que desaparezcas. Eres tú la que lo ha dicho, y yo he dicho que si lo que quieres es largarte, igual quieres una maleta con tu ropa. Yo querría. Pero que conste que eres tú.

No podía soportarlo más y dije:

– ¿Sabes lo que vamos a hacer, Fernandito? Yo ahora voy a ir a mi cuarto a recoger mis cosas y a pagar mi cuenta y eso. Y tú subes a casa, o haces lo que tengas que hacer en San Román y luego subes. Cuando veas a mamá le dices que sí, que estoy de acuerdo en todo. Si necesito alguna cosa que no se preocupe, que yo os llamo. Así es como acabamos todos bien.

Y Fernandito preguntó:

– ¿Entonces a mamá lo que le digo es que de acuerdo? ¿Que tú te piensas ya marchar y que cuando quieras ya nos llamas…?

– ¡Eso! Dile eso exactamente.

Nos despedimos sin la más mínima emoción, nos dimos un par de besos, yo no sentía la más mínima emoción, sólo un ligero, vivo, pero no excesivamente fuerte, deseo de que se fuera Fernandito y de subir a mi cuarto a recoger mis cosas. Yo no era tía Nines. A mí no me iban a encerrar en las Adoratrices. Yo no había perdido nada esencial para mi vida, al contrario: quizá había ganado aquella mañana la capacidad de despreciarles, ¿era eso una ganancia, o lo contrario? Ya se volvía Fernandito para irse. Era agradable, era fácil dejarlo todo. Un instante más y dejaría de verle.

– ¡A Tom le dices de mi parte que le escribiré y que muchas gracias!

Subí a mi cuarto, recogí mis cosas, bajé y pagué la cuenta. Afortunadamente sólo estaba Margarita en recepción:

– Ya veo que por fin se va usted a casa. Es lógico y normal. Mi hermana y yo nos alegramos mucho. Es lo mejor que hay la casa propia, la casa propia es lo mejor, como la casa de una no hay ninguna, y la familia igual. Amparín y yo siempre lo decimos, que tan a gusto como en casa no se está en ninguna parte.

– Así es, desde luego -dije yo-, y así será, seguro. Yo estoy de acuerdo con ustedes dos. Déle usted un gran abrazo a Amparín de parte mía, con ustedes dos he pasado unos días como en casa. Nos estamos viendo, Margarita, nos estamos viendo…

Álvaro Pombo

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