Álvaro Pombo - Donde las mujeres

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Premio Nacional De Narrativa 1997
En esta magnífica novela, Álvaro Pombo describe el esplendor y la decadencia de lo que parecía una unidad familiar que se imagina perfecta. La narradora, la hija mayor de la familia, había pensado que todos -su excéntrica madre, sus hermanos, su aún más excéntrica tía Lucía y su enamorado alemán- eran seres superiores que brillaban con luz propia en medio del paisaje romántico de la península, una isla casi, en la que vivían, aislados y orgullosamente desdeñosos de la chata realidad de su época. Pero una serie de sucesos y el desvelamiento de un secreto familiar que la afecta decisivamente, descubre a la narradora el verdadero rostro de los mitificados habitantes de aquel reducto. Una revelación que cambiará irremisiblemente el sentido de la vida…

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– ¡Pero claro! No la puedo comprender a usted mejor, la entiendo a usted como a la vida misma. Lo mismo hicimos Margarita y yo, independización, llegada a cierta edad es lo tuyo, vamos, si es que tienes algo de algo, como teníamos nosotras y como lo tiene usted, que se la ve venir, porque yo a usted la veo venir, tiene usted una inteligencia extraordinaria, ya la veo a usted de catedrática. E incluso mi hermana Margarita, que es muy inteligente y muy sensible, pero que está siempre en la luna, fue la primera que lo vio y lo dijo: Ésta es la mayor de los tres chicos y es completamente una escritora. Va a ser la sucesora de nuestra novelista regional, tan celebrada, doña Luisa de la Encina, que sus hijos fueron todos periodistas a excepción del más pequeño, Luis Alberto, que está haciendo oposiciones al cuerpo diplomático en Madrid.

– Mis oposiciones son más bien al cuerpo de catedráticos numerarios de enseñanza media -dije yo.

Y nos despedimos y quedamos como amigas esa noche.

Y se hizo, curiosamente, una pequeña pausa: por una de esas casualidades o coincidencias, por el breve instante de algo más de una semana, Amparín, Margarita y yo nos sentimos como en casa. Quizá yo me esforcé en coincidir dentro de lo posible con ellas porque, allí metida, con la única distracción de dar un paseíto por la playa antes de comer o hacer alguna compra antes de cenar, pude hacerme la ilusión de que todo estaba suspendido y a punto de arreglarse por sí solo. La historia que inventé a beneficio de las dos hermanas me convenció casi a mí misma, o cobró por lo menos verosimilitud en la medida en que a ellas les parecía -según decían con frecuencia- todo lógico y normal. Al cabo de una semana me empecé a poner nerviosa. ¿Sabrán que estoy aquí? Era muy posible que no supieran nada si Tom no lo había contado. El estilo de vida de mi familia no contribuía a hacernos conscientes de lo que ocurría fuera de nuestro círculo más íntimo. Era, por otra parte, muy inverosímil que no se me echara ni siquiera en falta, o que no hubiese alguien del pueblo comentado con Manuela que yo estaba instalada en el hotel. Tom (que por cierto apareció al día siguiente de mi llegada muy temprano, hacia las nueve de la mañana, con veinte mil pesetas en billetes de mil, metidas en un sobre que dejó a mi nombre) estaba probablemente avergonzado o inseguro acerca de su comportamiento conmigo: era explicable, por lo tanto, que no hubiese dicho nada a nadie.

Al final de esa semana, y en el curso de una mañana o de una tarde, mi conciencia se volvió una devanadera que recorría todo el curso de una hipótesis hasta el final, para recorrer después la hipótesis contraria hasta el final. No sabía realmente cómo interpretar aquel silencio, que era extraño si sabían en mi casa que vivía en el pueblo, y aún más extraño si, no sabiéndolo, no hacían ninguna indagación. Lo más extraño de todo era yo misma, en el cobijo ilusorio del Hotel Atlántico. Procurando no ser vista por las calles de San Román, y a la vez quizá deseando que supiesen todos dónde estaba. Lo único que no hice fue subir o telefonear, pero, al no producirse ninguna alteración real de mis circunstancias, también no subir y no telefonear se convertían instantáneamente en sus contrarios, adoptando a veces la forma imperativa, Debo subir, y a veces la hipotética: Si subiera sabría lo que pasa. ¿Era concebible seguir así toda la vida? No dejaba de ser, en cierto modo, característico de mi familia aquel estado metaestable, giratorio e inane, en que me hallaba. Ni dentro ni fuera, ni recordada ni olvidada, como tía Nines, como Tom, como mi verdadero padre o como mi padre legal, que también estuvieron y no estuvieron a la vez presentes y ausentes en nuestra infancia y adolescencia. La situación más rara o más inverosímil puede acabar resultando lógica y normal si uno mismo, o cualquiera de los interesados, no lo impide. Llegué a pensar que, con un poco de suerte, en el Hotel Atlántico cumpliría yo los cincuenta. Era una situación, si no positivamente agradable, por lo menos no penosa. La única condición de aquella provisionalidad era no dar más vueltas al asunto, pero yo no paraba de dar vueltas al asunto, hasta que, al cabo de diez días, se presentó Fernandito en el hotel. Le vi venir calle arriba por la ventana del comedor, donde estaba yo desayunando. Además de mí misma y de Margarita, que entraba y salía de la cocina con la cafetera y los bollos suizos, sólo había desayunando un par de huéspedes, una pareja de mediana edad cuya presencia en el hotel era, en opinión de las hermanas, tan lógica y normal como la mía, y al mismo tiempo tan ilógica y absurda, o más, que la mía, puesto que pareciendo un matrimonio y habiéndose registrado bajo el mismo nombre, cada cual dormía en una habitación distinta en mi misma planta, lo cual quería decir que entre los tres nos repartíamos el agua caliente que de doce a dos de la tarde surtía el grifo de agua caliente del polibán y del lavabo. «Son hermanos», comenté yo una noche, pero doña

Amparo me corrigió con una cierta precipitación: «No, eso no, si fueran hermanos no serían pareja, en nuestro hotel no, desde luego. Lo que son es primos. Por eso los dos se llaman igual, Guerricagoitia, de primero.»

Vi llegar a Fernandito a pie, a buen paso, desde la ventana del comedor, y me dio un vuelco el corazón. No parecía el mismo, quiero decir que, entre aquel muchacho con chaqueta de tweed y corbata de lana inglesa que entró en el comedor y el Fernandito de Fräulein Hannah y Rufus, se abrió en mi sensibilidad, justo entonces, un abismo. Doña Amparo le hizo pasar al comedor alborotada. Se sentó a mi mesa y me contempló en silencio. Parecía muchísimo mayor.

– ¿Se puede saber qué estás haciendo aquí?

Yo dije:

– Estoy aquí pasando un tiempo, aquí alojada, mientras voy pensando todo bien.

Fruncía el ceño con su antiguo gesto de no estar queriendo entender nada, su gesto de tener que hacer lo que no quiere.

– Mamá se ha enterado por Manuela. Y luego, por lo visto, tía Lucía le contó a mamá que habías ido a ver a Tom. No entendemos nadie nada.

¿Qué te pasa?

– Nada. No me pasa nada. Sólo que me he quedado aquí a vivir.

– Pues no te puedes quedar aquí a vivir, dice mamá. Porque es una rareza. Y que quienes quedamos mal somos nosotros, sobre todo ella. ¿Puedes darme algún motivo? Aunque sea uno sólo. ¿O es sólo una venada que te dio?

– No pinto nada en casa. Estoy mejor aquí, donde da igual lo que yo haga.

– Si es por eso, a nosotros también nos da lo mismo -declaró Fernandito, con el tono de quien por fin decide que todo está resuelto.

– Es que no puedo vivir en una casa donde da igual que esté, que no esté. Es imposible, es muy doloroso.

– ¿Doloroso? ¿Por qué doloroso? -preguntó Fernandito.

Traté de desviar la conversación y pregunté por Violeta:

– ¿Violeta sabe que estoy aquí viviendo?

– Claro que lo sabe. ¿Cómo no va a saberlo?

Fernandito no sabía seguir. Era obvio que no sabía. Quizá tenía pensado decir alguna cosa más y mis respuestas le desconcertaron. O quizá contaba sólo con que, con que viniera él en persona, yo volvería con él a casa. Venía en representación de todos ellos: caí en la cuenta de repente: era el representante oficial de la familia, el abogado, quizá lo habían hablado y se había decidido que nadie mejor que Fernandito para hablar conmigo. Seguramente tía Lucía habría dado un manotazo al aire resumiendo la intención de todos con un gesto decisivo: «Fernandito es el que debe ir. Porque es que, además, si no va Fernandito, quién va a ir. No voy a ir yo. A mí me odia. Y a su padre, por lo visto, le odia. Y Violeta no se entera, y Tom, bueno, pues Tom no es de la familia. Tiene que ir… Tom además es que es como si no. Yo prácticamente no le veo. ¡Como para decirle que vaya a ningún sitio!»

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