Álvaro Pombo - Donde las mujeres

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Premio Nacional De Narrativa 1997
En esta magnífica novela, Álvaro Pombo describe el esplendor y la decadencia de lo que parecía una unidad familiar que se imagina perfecta. La narradora, la hija mayor de la familia, había pensado que todos -su excéntrica madre, sus hermanos, su aún más excéntrica tía Lucía y su enamorado alemán- eran seres superiores que brillaban con luz propia en medio del paisaje romántico de la península, una isla casi, en la que vivían, aislados y orgullosamente desdeñosos de la chata realidad de su época. Pero una serie de sucesos y el desvelamiento de un secreto familiar que la afecta decisivamente, descubre a la narradora el verdadero rostro de los mitificados habitantes de aquel reducto. Una revelación que cambiará irremisiblemente el sentido de la vida…

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No podía meterme ahí, Llegué hasta la puerta y me volví a la estación. Pero no podía quedarme en la estación, no podía quedarme en San Román dando vueltas con un maletín. Tenía que volver, era la hora de comer. Cuando llegué a casa eran las tres de la tarde. No llovía apenas ya.

Pensé: «Lo que no puedo estar es sin dinero. Voy a pedirle a Tom veinticinco mil pesetas. Con eso tiro… ¿Cuánto tiro con veinticinco mil pesetas? Soy una persona que no sabe cuánto cuesta un kilo de patatas, el coste de la vida no lo sé. No fue una confusión, fue una estupidez, eso me salva. Y además, nadie lo sabe, quién lo sabe, ¿quién sabe lo que me ha pasado? Nadie. ¿Quién lo va a saber? Salvo que yo lo diga, nadie sabe lo que me ha pasado. Empezando por los interesados, empezando por mi madre y mis hermanos, que no saben lo que me ha pasado. Es posible», iba diciendo mientras caminaba en dirección a casa, «que lo tengan ya ellos todo hablado y que, cuando llegue, es muy posible que les haya chocado tantísimo que no telefoneara, que se han reunido y lo han hablado: "¿Qué le hemos hecho?" Es muy posible que mi madre entonces se lo haya de repente contado todo a mis hermanos. Quizá lloraba cuando lo contó. Aunque no es de llorar, en ese momento sí ha llorado y eso es lo que ha puesto sobre aviso a Fernandito y a Violeta, se han dado cuenta de la gravedad gracias a eso. No se puede maltratar a las personas. Y a mí me han maltratado. Pero quién. "Bueno, yo la he maltratado", quizá haya dicho mi madre. "Bueno, un maltrato. Dime otro." "Entre todos los que somos", habrá dicho Fernandito, "la ha maltratado una persona una vez, tampoco es tanto." Y Violeta habrá dicho: "Bueno, pero aunque haya sido una persona una vez, le ha dolido. A mí me hubiera dolido enterarme por ejemplo que papá es otra persona. Que aunque le quiera como a un padre… Pero como ella no le quiere como a un padre, como nunca le ha querido, no creo que le haya dolido lo más mínimo." Y tía Lucía diría: "Bueno, lo que pasa es que es cíclico. Todo es cíclico. Todo da la vuelta y vuelve a suceder exactamente igual, estamos donde estábamos, lo mismo. Es Nines otra vez. Lo tienen todo en la cabeza. Lo mismo ella que Nines, las dos. Nines era igual idéntica, tozuda. ¡Pues anda que no hay hombres en el mundo, Dios! ¡Como para dejarte morir de inanición por el primero que se ahoga! Son personas falsas, que se hacen las interesantes. Como no tienen de qué, cualquier cosita que les pasa, ya las mata, las cohíbe, las tronza en dos mitades desiguales, caña rota. No les pasa nada…"»

Eran las tres de la tarde cuando llegué. Fui a buscar a Tom al cuartito de las herramientas. Le vi las botas al llegar. Había dejado entreabierta la puerta para que corriera un poco el aire. Empujé un poco la puerta, que chirrió.

– Me he quedado frito -dijo Tom-. Qué gusto verte aquí otra vez. Qué haces con ese maletín.

– Es que llego ahora. Acabo de llegar hace un momento.

– Pero… bueno, ¡qué sorpresa!

– Pues sí, acabo de llegar. No he querido entrar en casa. No he podido. He pensado a ti… pedirte, o sea, un favor. Si tú me pudieras, Tom, prestar. No sé. Lo que tú puedas, una pequeña cantidad. Unas diez mil pesetas por ejemplo. Una cosa que no te haga extorsión. Para empezar…

Tom me miraba como un actor de carácter en una comedia de costumbres. Un mal actor, que abre la boca mucho para demostrar que está asombrado. Tom dijo:

– Bueno, por supuesto. Lo que te haga falta. En efectivo no sé si lo tengo. Te puedo dar si quieres un talón y lo cobras.

– Es que no quiero entrar. Nunca jamás, volver a entrar en casa.

Tom se revolvió en su asiento visiblemente incómodo.

– Te estoy agobiando, Tom, perdona. Ya lo veo. Es de suponer que no se entiende lo que digo, lo que quiero.

– ¿Cómo no se va a entender? Quieres diez mil pesetas y ya las tienes.

– No me entiendes.

Se quedó Tom pensativo. Ahora ya no parecía un mal actor ni un actor. Ahora parecía simplemente preocupado. Por fin dijo:

– La verdad es que yo, personalmente, esperaba algo así. Quiero decir después del modo, en fin, desconsiderado con que se te dijo lo de tu padre.

Me oprimía que Tom no dijera nada más. Me angustiaba que yo misma, una vez pedido el préstamo, no fuera capaz de añadir nada, cambiar de conversación. No podía tener yo toda la culpa. Nadie, por estúpido que sea, puede tener la enorme culpa en propiedad exclusiva. Por consiguiente yo tampoco, no podía ser. Miré a Tom, y de pronto sentí una sensación de asco confuso. Como si me hubiera sentado mal el desayuno. ¿Qué desayuno? El caso es que no he desayunado, no he comido nada desde ayer a mediodía. Tom iba a prestarme el dinero que le había pedido, iba a regalármelo muy posiblemente, y era el mismo Tom de siempre, y qué otro podía ser. El Tom Bilffinger de mi niñez, el Tom atractivo y atento de mi juventud. Me pareció que Tom se desfiguraba a ojos vista ahora, como alguien que acaba de levantarse de la cama o con barba de dos días, sudoroso, impresentable. Había algo impresentable, pensé, en la facilidad con que desde un principio aceptó prestarme ese dinero, ésa era su facilidad: el dinero. Él podía prestar ese dinero. Se facilitó a sí mismo la tarea con el mínimo esfuerzo, para hacerme desaparecer. Era repugnante esa facilidad. Tom Bilffinger no quería saber nada. Por eso era capaz de prestarme todo aquel dinero sin pedirme garantías y sin preguntarme en qué lo iba a gastar. Prestarlo era muchísimo más fácil que pensar en mí.

– ¿Por qué te callas, Tom? Voy a acabar pensando mal de ti. Ya estoy pensando mal de ti. ¿Por qué no preguntas qué me pasa y por qué te pido el dinero a ti y no a mi madre? Yo en tu caso haría esa pregunta, aunque tuviese tanto dinero como tú, si es que lo tienes, siempre hemos supuesto que lo tienes.

Tom no contestó a esa pregunta ni a ninguna. Sólo dijo:

– Es menos fácil de lo que parece. Lo del dinero es lo más fácil, aunque no soy multimillonario. ¿Qué más quieres que diga? Supón que te digo: «Te comprendo bien aunque no me hayas explicado apenas nada.» Tendrías que casarte, ya te dije, tendrías que marcharte de aquí para volver luego si quieres por la puerta grande. Pero todo ello es lo mismo, son bobadas. Tendría que exhortarte a ser tú misma, a sustanciarte, yo qué sé, a identificarte. Pero no puedo hacerlo, porque yo mismo tampoco he sabido del todo identificarme o sustanciarme. Cualquier consejo que te dé depende de lo que tú pienses de mí. Supongo que tú piensas de mí lo mismo que todos los demás: que soy un hombre sin carácter, que no he hecho en la vida nada más que de lacayo de tu tía y en todo caso arreglar este jardín un poco. Seguro que piensas eso, y es verdad. No creas que te digo esto tratando disimuladamente de quejarme o de lamentar mi destino. Hace muchos años que elegí más o menos esto que soy ahora. ¡No, no digas que no me consideras un lacayo ni un jardinero! Hay un cierto parecido entre tú y yo, por eso nos hemos entendido siempre bien: los dos creímos encontrar en una persona concreta, en un ente finito, el absoluto: el infinito. Llámalo como quieras. Creímos que podía hacerse ver y vivirse la idealidad en la realidad, y no se puede. Lo de menos es lo que ocurrió. Yo adoraba a Lucía e hice lo que ella quería de mí, le fui útil. Nunca me quiso, pero yo pensaba: Da lo mismo, porque en el fondo nadie sabe si es digno de amor o de odio. Yo no lo sabía, ahora lo sé, ahora es tarde. Yo era digno de amor, tenía que ser amado o bien abandonado por completo. Si hubiera exigido a Lucía hace muchos años que me quisiera, que me tratara como a un igual, tal vez lo hubiéramos dejado, pero es casi seguro que Lucía se hubiera dado cuenta de algo que ahora ya no puede comprender: que la atención que un ser humano presta a otro vale mucho. Es lo único que, como decís los españoles, no debe echarse en saco roto. Quizá a ti te pasa igual. La única ventaja es que tú ahora tienes la edad que yo tenía cuando tu tía y yo nos conocimos. Tú tienes por delante mucho tiempo, pero no en horas o en días o en años, sino en posibilidades de corrección. Tú puedes acostumbrarte, y acostumbrar a los demás, a que te quieran, a quererlos, sin dejarte llevar y sin perderte. Sin malgastarte, sin malgastarles, no lo sé… Creí que erais uña y carne tú y tu madre. La verdad es que estoy hablando a bulto. ¿Por qué no hablas con tu madre? ¿Por qué no le pides el dinero a ella?

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