Que no se detuviese tía Lucía me fascinaba casi tanto como mi incapacidad de detenerla, dar un grito, levantarme de la silla, discutir cualquiera de las muchas insensateces que decía. Tantos años de admiración sin reservas me impedían ahora oponerme seriamente. Y desde luego algo tuvo que ver la costumbre con la pasividad con que acepté toda aquella agresividad disparatada. Pero el sentimiento que más me atenazaba, impidiéndome intervenir, era, a pesar de todo, una intensa admiración, que me impulsaba a seguir las vueltas y revueltas, las asociaciones, las malignidades. Quería saber qué había al final. Me recogí aún más en mi butaca, alerta, como si al final fueran a despejarse todas las incógnitas que ahora, tras conocer mi situación real en la familia, no me dejaban descansar en paz. De vez en cuando, tía Lucía se levantaba bruscamente e iba hacia la chimenea con un aire decidido, como si fuera en busca de un objeto que deseaba contemplar de nuevo o quizá mostrarme. Encima de la chimenea había un gran espejo alto, rectangular, de grueso marco dorado rematado por un gracioso floripondio, un espejo que recordaba una enorme cornucopia, inclinado de tal suerte que quien se situaba justo frente a la chimenea podía contemplarse ensombrecido en el interior de casi toda aquella habitación desrealizada y transitiva, a medio camino entre su realidad y su representación en el espejo. Pero tía Lucía no miraba hacia arriba de tal modo que pudiera verse y verme y ver toda la estancia agudizada, sino que contemplaba el suelo fijamente, como si quisiera que viese yo su coronilla o ejercitase ante el espejo una profunda reverencia. En uno de estos repentinos cambios de posición, se volvió hacia mí, duplicada por el espejo. Era el monólogo una pura gratuidad, una hipertrofia del hablar de siempre, un lujo innecesario que rozaba -no obstante toda la pulcritud y la elegancia de aquella habitación y de mi tía- lo monstruoso. Avanzó un par de pasos hacia mí, que seguía sentada, y me habló desde esa posición, como se habla a los niños, como si fuese su deber explicarme todo con todos los detalles una y otra vez, para que más adelante no me llamara a engaño. Recordaba de pronto a Fräulein Hannah en sus tiempos, lejanos ya, de institutriz, cuando hablaba a Fernandito, que la miraba desde su silla en silencio:
– A tu edad, con todo y con haber yo siempre procurado contarte cómo fuimos, creo que no has aprendido nada, ni sentido ningún sentimiento ni ninguna experiencia por ti misma. ¿Sabes qué?, eres como un espejo, como una neutra superficie reflectante, incolora, que me refleja con la inercia de ese espejo. Voy y vengo por tu superficie sin lograr hacer de ti un objeto tridimensional, un obstáculo, un cómplice. No eres absolutamente nada más que una reproducción halagadora, monótona, que en ocasiones me enfurece, me harta. Eres muy poco femenina, niña, he conocido muchas mujeres como tú. ¿Por qué no me preguntas por qué quiero ahora herirte? ¿No es obvio que deseo confundirte, amargarte, despedazarte, esclavizarte siempre? ¿No lo ves tú misma?
Logré decir:
– No creo que quieras esclavizarme, tía Lucía, no creo que puedas aunque quieras. ¿Por qué me hablas así? Parece que quieras explicar alguna cosa y que a medio camino te distraes y sigues cualquier asociación de ideas repentina, incluyéndola en tu explicación por no saber dónde ponerla. ¿Qué pastillas tomas ahora? No sé si estás del todo en tus cabales, es como si fueses de pronto una estrafalaria actriz, a ratos cruel y a ratos inconsciente. Tengo la sensación de que de pronto eres una actriz y todo esto es un monólogo, todo lo que has dicho de Alemania, de Berlín, algunas cosas las sabía, me suena todo vagamente familiar. Lo único nuevo, y eso es justo lo que omites, es que tú, junto con mi madre y mis dos padres, me habéis ocultado la verdad todo este tiempo. ¿Qué tiene que ver que fueseis a Berlín antes de la guerra? ¡A mí qué me importa vuestra juventud!
– Ahí está la cosa -dijo tía Lucía, sentándose frente a mí y mirando a un punto indefinido al fondo de la habitación-. Viene a ser una parábola, sobrina, un diminuto apólogo que nos refleja globalmente y que responde a una pregunta que hizo Jesús a no sé quién que no recuerdo: Si tu hijo te pide un pez, ¿le darías una serpiente? Si tu sobrina te pide una explicación, ¿qué le darías? Lo que yo te estoy dando no es una explicación que sirva para explicar por qué Gabriel, Fernando, tu madre y yo decidimos legalizar la cosa y no volver a hablar más del asunto. Lo que yo te estoy dando es el veneno subsistente, lo envenenado de todo el plan aquel, su más quintaesenciada y depurada banalidad de fondo, la culebra misma. Te estoy explicando cómo lo que hicimos contigo lo hicimos porque nos pareció lo más desenredado, habida cuenta de que Gabriel era un cobarde y se asustó al saber que tu madre estaba embarazada, y Fernando era un señorito de provincias que nos adoraba a las dos. Nos consideraba dos criaturas únicas, el pobre, siete años le costó enterarse de lo aburrida que es tu madre y de lo mucho que yo me aburro siempre que paso en cualquier sitio más de un mes. Tu madre es una pelma y yo una loca… ¿Qué más quieres saber?
– ¿De verdad quieres saber qué quiero yo saber? Quiero saber por qué nunca os casasteis Tom y tú.
– Porque casarse es de criadas, personas que necesitan un sostén para sostenerse un poquitín a flote. Nosotras no necesitábamos sostén. No lo necesitamos ni siquiera ahora. Era además una teoría, una teoría es lo esencial. Además, yo no podía casarme con alguien ni vivir en serio con alguien que fuese como Tom. Socialmente superior a mí, más rico por ejemplo. Tom era, cuando le conocí, un chico millonario huido de Alemania, un chico ingenuo, dispuesto a hacer lo que yo dijese, y, sobre todo, decidido a superar el orden legal y contractual al que él estaba acostumbrado, el de las relaciones entre propietarios. Tom quería ofrecerme su propiedad como un regalo, creyó que iba a ser común entre los dos, y lo fue al principio, el sentimiento del amor, la alegría de estar juntos, pero yo ya sabía que sólo dura lo que es «cosa», lo que es propiedad, por eso acepté todos sus regalos, para posibilitarle que me amara sin temor a que su propiedad interfiriera entre nosotros. Pero la propiedad siempre interfiere, en el sentido de que no hay manera de regalar algo serio a alguien de tal suerte que lo regalado pierda su carácter de cosa. Es una cosa sin espíritu, es lo que es. Creyó que enajenándolo todo, lo real, el vil metal, dándomelo como un regalo, lo regalado, la propiedad, toda esta finca, más lo que luego se compró, que puso de inmediato a nombre mío, el torreón estaba ya y la casa, eso lo tenemos proindiviso tu madre y yo, no llega a media hectárea con los edificios, lo que vale es todo lo demás… quiso enajenarlo, el bobo, enloquecerlo como él, quiso que una cosa inerte se contagiara de su locura y quedara así desvinculada en franquía, sin atadura, sin peso, toda espíritu. Afortunadamente, la propiedad es mucho más sustancial que cualquier sentimiento, por muy alemán que sea el que los tiene… Tom está vendido, loco por no saberse desatar de mí. Me regaló todo lo que ves, casi media isla, creyendo que por el hecho de ser un regalo iban diez hectáreas de pinares y de prados a dejar de ser lo que eran para ser, exactamente, el amor que Tom sentía por una aventada indigna de él. La aventada lo entendió todo a la primera, descontó el regalo que significaba amor y se quedó con la propiedad, que significaba propiedad. Pero todo con tal de no aburrirme, hasta el amor. Y luego él tenía cosas en Islandia, era divertido ir y venir. Creo haberte contestado a todo, aunque no recuerdo qué querías saber, ¿qué querías saber?
– Quisiera saber cómo es posible que haya vivido tanto tiempo sin conoceros a mi madre y a ti. A Tom en cambio le conozco bien, y sí, tienes razón, no logró transfigurar en significado y en regalo todas estas putas hectáreas de suelo edificable escrituradas a tu nombre. Tú eres la propietaria del terreno, aunque no sabes lo que significa. Al endurecérsete el corazón cada vez más, a fuerza de ser propietaria de lo que carece de significado, has ido volviéndote más y más turulata cada día, cada vez más loca. Estás totalmente separada de todo, incluido Tom. ¡La locura es eso exactamente!
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