Álvaro Pombo - Donde las mujeres

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Premio Nacional De Narrativa 1997
En esta magnífica novela, Álvaro Pombo describe el esplendor y la decadencia de lo que parecía una unidad familiar que se imagina perfecta. La narradora, la hija mayor de la familia, había pensado que todos -su excéntrica madre, sus hermanos, su aún más excéntrica tía Lucía y su enamorado alemán- eran seres superiores que brillaban con luz propia en medio del paisaje romántico de la península, una isla casi, en la que vivían, aislados y orgullosamente desdeñosos de la chata realidad de su época. Pero una serie de sucesos y el desvelamiento de un secreto familiar que la afecta decisivamente, descubre a la narradora el verdadero rostro de los mitificados habitantes de aquel reducto. Una revelación que cambiará irremisiblemente el sentido de la vida…

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– Pues estás, da la casualidad, muy confundida, mamá. Porque precisamente esta semana no hay que hacer ningunas láminas. Así que mira.

De pronto -en el instante que transcurrió entre la frase de Violeta y la voz de mi madre reanudando el hilo aquel, que yo, por el tono de voz, o quizá la especial inmovilidad de su preciosa cabeza, su perfil tan joven todavía, de inmediato sospeché que iba a conducirnos a un lugar desconocido, un sitio nunca visto- advertí (como quien recorta una noticia de un periódico o se fija en un detalle cualquiera, un detalle menor, que forma parte de un gran cuadro) que estábamos sólo nosotras tres allí en la sala, que tía Lucía llevaba en Reykjavík casi ya un mes -tía Nines ya no estaba con nosotros- y que en la chimenea explotaban las cortezas más resecas de un tronco que Violeta acababa de echar, tal vez por hacer algo, por moverse, deseando, inconscientemente quizá, desconcentrar la situación o simplemente la atención con que mi madre examinaba el bailoteo de las primeras llamaradas cortas y azules, serpenteantes. Era evidente que no se refería a ningún dibujo en concreto sino sólo a nuestras vidas: en su amor por el dibujo, había de pronto imaginado como un dibujo venidero aún por dibujarse nuestras vidas. Recuerdo que pregunté si se refería a los dibujos del colegio o a los de la vida, ya que ella muchas veces, cuando nos poníamos con algo, a coser algo por ejemplo, o a hacer una tortilla a la francesa con mucho perejil, solía decir: «¿Para qué te metes en dibujos si no sabes?» A esto ni siquiera contestó. Como si no me hubiera oído. Aunque movió un poco la cabeza hacia mi lado, sólo un poco:

– Vivimos como vive ya muy poca gente -dijo-, ya sois mayores, y por eso lo hablo. También porque conviene que se hable de ciertas cosas, estas cosas, me refiero. Así no vive ya nadie en el mundo, en una isla, en una casa, en un jardín, como nosotras, sin salir a trabajar. Ya nadie vive así salvo millonarios, cosa que tampoco somos. ¡Es que no sabéis ni de dónde viene! De las rentas, de eso. ¡Pero no es eso, no sé educaros, eso es lo que no sé. Aquí sola, sin nadie, con tres hijos!

Nos estaba chocando tanto todo aquello, que Violeta saltó:

– ¡Tan sola, tan sola, no es que estés tampoco. Ahora mismo estamos aquí dos. Lo que menos estás, mamá, yo creo que es sola!

Y yo intercalé:

– Mejor solas que mal acompañadas. Y eso además, mamá, tú misma lo has dicho muchas veces.

Pero no era una conversación aquello, no eran dimes y diretes, o discutir que es divertido: llevarse adrede la contraria aunque en el fondo estés de acuerdo. Tan no esperaba mi madre nuestras respuestas, que no llegó yo creo que ni a oírlas. Era claro, sin embargo, que se dirigía a nosotras, que no hablaba por hablar y que, de no haber estado allí solas nosotras tres, de haber estado como casi siempre Fernandito y Fräulein Hannah o tía Lucía, jamás mi madre hubiera hablado así. Se recostó en el respaldo de su sillón (quiero decir que lo anterior lo había dicho separando un poco la espalda del respaldo, como cuando alguien interviene públicamente en un coloquio, o como en una orquesta, cada instrumentista un instante antes de que le corresponda entrar a su instrumento se yergue en su taburete levemente, atento, tieso, como un perdiguero, como acababa mi madre de erguirse y ahora descansaba la espalda en el respaldo de la butaca, tras hacerse oír, tras sorprendernos con el volumen, la trama de su preocupación, insospechada hasta entonces). En esa nueva posición sonrió y nos miraba ya, y dijo:

– Sois unas pobres niñas feas y tontas, que no sabéis de la misa la media. Eso es lo que no sabéis. Por mi culpa, ¡tengo yo toda la culpa! -Se le saltaron las lágrimas como si fuese ya el destino a cumplirse palabra por palabra con sólo mencionarlo.

– Pues no somos feas ni tontas, porque nos parecemos a ti mucho -dijimos a la vez Violeta y yo, queriendo verla reír, no queriendo que llorara sin saber por qué lloraba: no creyendo que se pudiese hablar de culpa simplemente por estar allí, con nosotras dos y Fernandito, por vivir tan ricamente. Pero entonces cambió, una vez más, de tono, y también de posición. Nosotras dos nos habíamos sentado cada una en un brazo del sillón.

– ¡A ver, quitaros, niñas, que me asfixio, aquí las dos encima!

Nos sentamos en el suelo con las piernas cruzadas, sin acabar bien de entenderla, porque aunque mi madre, como todos nosotros, con frecuencia es seca, también era cariñosa y no se asfixiaba lo más mínimo por tenernos a las dos encima. Me di cuenta de que se impacientaba, porque no acababa de decir lo que quería: ni siquiera se me pasó por la cabeza en ese instante que lo supiese. No saber lo que quería no era un rasgo de su estilo.

– ¡Cómo que no sois feas, sois más feas que Picio! -exclamó mi madre, y se echó a reír inesperadamente, e inesperadamente dejó de reírse como si cortara en dos aquella tela de su buen humor. Y desapareció a la vez toda la risa suya y nuestra en la inesperada boca de la cueva de una seriedad que casi no reconocíamos-. Quiero decir que os veo venir porque os veo vivir, porque sois iguales que Lucía y que yo, igual de creídas, igual de soberbias y de ciegas, fascinadas como nosotras lo estuvimos por nuestras cosas, nuestras manías, nuestras costumbres, nuestro todo, no existía nada más. Y por desgracia no es así como es la cosa. No es ni prima la vida, ni parienta lejana de lo que vosotras y nosotras creemos, creímos, que sería la vida. Como un huevo a una castaña. Ni el más remoto parecido, niñas bobas. Creéis que esto es todo y que no hay más, que viviréis igual que ahora, y que quien entre aquí, porque entrarán personas, como fueron entrando cuando nosotras éramos como vosotras, como entró Gabriel, como la pobre Nines, que se vino a casa con catorce años y lloraba porque no sabía jugar, te figuras, a lo que jugábamos Lucía y yo, ya ves tú. Y ahora en ese convento, sin comer, pensando igual otra vez más en Indalecio y en la playa y en lo diminuta que fue toda la dicha. Pensando lo que se tarda una en morir, pensando a lo mejor en suicidarse, mientras nosotras bordamos, leemos y hablamos de tía Nines sin mover un dedo. En el fondo nos da todo lo mismo. Y otras personas que también vinieron, no hablo más, no hay por qué, no hace falta mencionarlas todas, a Dios gracias ya no están, así que no.

– ¿Quiénes no están? -pregunté yo, porque era de cajón preguntar eso. Y mi madre contestó:

– ¿Quiénes van a ser? ¡Pues quienes no!

Y entonces fue cuando mi madre paró en seco y preguntó la hora, cosa que mi madre nunca preguntaba, porque era muy puntual, y sabía siempre la hora que era y en qué día y en qué mes vivía, a diferencia de tía Lucía o de nosotras dos, que lo mismo nos daba una hora que otra porque la felicidad no tiene, a diferencia de la preocupación o la tristeza, horario fijo: sólo tiene, de sol a sol, abierto todo el campo con el mar al fondo. La felicidad tiene eso sólo. Y por eso no es un movimiento y no se mide como un movimiento a partir de un «ahora» siempre el mismo que numera el movimiento de la melancolía, según el antes y el después, con números arábigos.

La tarde aquella acabó aquí. Aunque supongo que seguimos en la salita, sentadas ante el fuego, Violeta y yo y mi madre, porque seguía lloviendo y parecía no haber ninguna notación indicadora de un gran cambio en las arias agudas de las gaviotas arrebatadas por el viento, que antes de anochecer aún sobrevolaban el acantilado, o en la velocidad del cormorán que había, el que nosotras vimos enfilar a un pez, que sólo veía él, desde una altura de quince o veinte metros, la suculenta forma pisciforme de las sardinas, de los bocartes grandes, o los mules medianos, o los panchos, un pez de aceitosa molla azul donde hincar el pico y regresar al nido con la presa. Eso pasó, todas las cosas que pasan a la vez que pasa algo a cada cual y que suelen pasar inadvertidas, pasaron también aquella tarde dentro y fuera de la casa nuestra. Y ahora, en la memoria, se aísla cada una, como una melodía independiente, como un dibujo independiente, como un aria, como uno de aquellos croquis que mi madre hacía para explicar, sin hablar, al señor Dámaso, cómo debe ser una buena puerta de armario. Así yo ahora reúno en la conciencia lo que sin duda entonces ocurría: lo mismo que a nosotras, a mi hermana y a mí, se nos ocurría, después de rezar y de beber cada cual un tazón de leche y de cepillarnos bien los dientes y acostarnos y apagar las lamparillas, y preguntarnos a oscuras: «¿Estás ya dormida. Di. Sí o no?» Y encender la luz Violeta o yo o las dos al tiempo, para sacar la conclusión más inquietante pero a la vez más fascinante de todas las fascinantes conclusiones que extrajimos las hermanas de nuestra niñez y primera juventud: «A quien mamá se refería es a papá. Por eso dice que está sola y que nos tiene que educar y que es culpa suya si no sabe», declaró Violeta. La palabra «papá» sonó como una bofetada, como una inconveniencia, como un sobresalto inmerecido que en nuestro dormitorio aquella noche parecía carecer de espacio, de tiempo y de sentido. Pero mi madre -pensé yo- no se refería ni a nuestra educación ni a la culpa cuando hablaba de mi padre. Conmigo siempre dijo lo contrario: «No nos quiere», eso es lo que decía de mi padre. Seguramente lo decía con frecuencia, y yo recuerdo ahora esa frase en el contexto de una única conversación, relativamente breve, que probablemente es la suma inconscientemente llevada a cabo por mí de muchas conversaciones parecidas, las observaciones, los detalles que configuraron entre mis cinco y siete años la idea de un padre defectuoso, incapaz de querernos. Debió de ser una impresión fuerte, porque cuando le reconocí ahí sentado en la sala, y procuré controlarme para evitar a mis hermanos lo más radical de la extrañeza que yo sentía, sólo pude revivir el desasosiego infantil de tenerle en casa y tener que contar con él, lo mismo cuando estaba que cuando no estaba. No recuerdo que se ocupara de mí gran cosa. Por eso, al verle, me sentí en primer lugar amenazada como nos sentimos cuando, tras haber omitido (por considerarla perturbadora) toda referencia a una persona determinada, volvemos a oír su nombre, que parece, como lo demoniaco, reproducirse en un instante. Nos invade sólo una zozobra difusa, un impreciso presentimiento de calamidades. Tememos por nuestra felicidad en esos casos, tanto más intensamente, quizá, cuanto menos concretamente lo reaparecido parece amenazarnos. Si cierro los ojos, vuelvo a ver a mi madre, concentrada en sus tareas diarias, pronunciando esa frase sin énfasis ninguno, «No nos quiere», como una ocurrencia incongruente, que al convertirse en frase y pronunciarse en voz alta cobrase una momentánea congruencia, un pensamiento que uno formula más para apartarlo que para pensarlo. Y me recuerdo a mí misma, muy seria, incrédula en el fondo, diciendo: «Tiene que querernos, porque somos su familia. No es lo mismo que si fuéramos nada más unas personas…» «¿Qué más da que seamos su familia? Querernos no es obligatorio. No lo es. Y además tampoco es que nosotras le queramos mucho a él, ¿no te parece?» «¡Qué le vamos a querer! Yo no le quiero ni una pizca. A ti es a quien quiero. Nada más. Y te doy ahora mismo un beso en cada mejilla y un abrazo…» Y se los daba, y las dos nos reíamos, como si el querernos nosotras dos fuese una fortaleza inexpugnable donde nos escondíamos y nos reíamos. Y el no querernos él tan sólo una minucia, una rareza. ¡Él se lo perdía! Siempre he pensado que esa conversación resume cientos de otras conversaciones parecidas. Se me quedó grabada, en su simplicidad, porque funcionó entonces, a aquella edad, como una orden tajante: mediante la frase «Tu padre no nos quiere» se establecían con firmeza los límites de nuestro territorio, y por lo tanto una jerarquía absoluta entre lo valioso y lo no valioso. Pero es muy posible que esa frase y mis observaciones tuvieran un origen más ambiguo: es posible que mi madre se sintiera forzada a pronunciarlas precisamente porque no debió de ser nada obvio, a los ojos de una niña de esa edad, que mi padre no me quisiera a mí en concreto: recuerdo, por ejemplo, que mi padre me regalaba con gran frecuencia, sin venir a cuento, sortijitas estúpidas o figuritas de animalillos raros y hasta un gato que todavía conservo, de terracota, sentado sobre sus patas traseras, que parecía contemplar dignamente la escena, aristocráticamente distanciado. Yo estaba casi siempre con mi madre y él entraba en el dormitorio o en la sala con su paso ágil, con su bigotito y sus ojos castaños aterciopelados que no prestaban excesiva atención y que parecían hechos para ser mirados, como los de las mujeres. Era fatigoso ser querida por dos personas tan distintas: una tan distante y admirable como mi madre, y otra tan próxima y deseosa de agradar. Había que elegir y yo elegí. Hice más que elegir. Imité, a mi manera infantil, los sentimientos de mi madre, su impaciencia ante la proliferación de regalitos bobos y dulzainas que traía, su irritación tan visible ante la complacencia con que mi padre se tomaba la vida, jovialmente, como si estuviese hecha para disfrutar, la vida, y no más bien, como creía y decía mi madre, para plantar patatas, lechugas y coliflores y tomates y para dibujar una mesa o ir a mirar si estaba clueca la gallina, que recuerdo que teníamos tres: una no ponedora color negro y otras dos color caoba ponedoras. La vida, según mi madre, estaba hecha para mirar el mar fascinante y mercurial que resplandecía omnímodo ante nuestras ventanas, para dibujar un vaso de agua lleno hasta la mitad y que se pudiera ver la transparencia y, a través del cristal, hasta un mosquito que cayó dentro. O, por supuesto, para cuidar a Fernandito y a Violeta, cosa que llevaba mucho tiempo, y la papilla hacerla con un plátano aplastado y la ralladura de casi toda una manzana. Y Fernandito era gracioso, que agarraba el biberón con las dos manos. Y a Violeta había que llevarla de la mano, no fuera a perderse por sí sola y vinieran los quinquis a llevársela en un saco que traían en un costal de los de harina, de cincuenta kilos netos. Y Violeta, de pequeña, no creo yo que pesara ni los veinte. Disfrutar no era la vida, para mi madre era una gansada disfrutar, vulgaridad, un salto atrás del señor a los gustos del esclavo, a los gustos paletos de las doncellas que servían a la mesa sin fijarse, pensando en unos novios cejijuntos.

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