Recuerdo que al final hablaba muy deprisa. Recuerdo que la sensación de violencia y la sensación de aceleración me afectaban a la vez: como si él tuviera que irse -de hecho se fue a los pocos días- y no quisiera irse sin habernos insultado: como si, al no poder expresar lo que quería sin desmadejarse y sin agredirnos, tuviera que hacer un esfuerzo extraño a su naturaleza indolente, y ese esfuerzo fuese acompañado del temor a no ser nunca más capaz de repetir aquello mismo: como si supiese que sólo a la edad que yo tenía entonces, y no con uno o dos años más, podía alguien hablar, delante de mí, de mi madre, con un desprecio semejante. Quizá su propia vehemencia le asustó. O quizá, al verme palidecer mientras le escuchaba, sacó del mismo miedo que sentía la energía necesaria para ser aún más brutal. Porque ésa fue la primera emoción discernible -ya que no definida- que yo tuve cuando dejó de hablar, dejándome sentada en el banco mientras él se encaminaba hacia el puente. Me sentí brutalmente agredida. No creo que si me hubiera pegado me hubiera sentido más desconcertada o le hubiera aborrecido más. Sólo sentía odio ante aquella brutal intromisión en nuestras cosas. Durante todo el día hasta la noche anduve dando vueltas inflando como un globo la menos importante de todas las cosas que habían ocurrido, el aborrecimiento que me causó oírlas. Incapaz de recordar nada en concreto -mientras daba vueltas alrededor de mi casa, o, para no ser vista desde las ventanas de nuestra casa, por los senderillos de grava del parque de tía Lucía-, se me echó encima el anochecer estival con el estómago vacío y una angustia como una dura pelota de frontón en la boca del estómago, que hizo que cuando mi madre -que no se había inquietado al no verme a la hora del almuerzo, creyendo que había ido de excursión con Óscar y su pandilla- me vio la cara, según dijo después, desencajada, creyera que había ocurrido una desgracia.
– Peor que una desgracia -dije yo porque a aquella hora de la noche, hacia las ocho, mi sentido común se había desvanecido en manos de mi más retumbante capacidad de exagerar las cosas (y esto es algo que viene más de tía Lucía que de mi madre, cuya reserva o discreción incluía, espontáneamente, la capacidad opuesta: la de tomar las cosas, hasta las más terribles, con un cierto sentido del humor). Cuando por fin logró que me sentara frente a ella en la salita y le explicara lo ocurrido, cuando yo por fin logré expresar en la menos adecuada de las frases lo ocurrido (declaré que mi padre nos había insultado y que pensaba fugarse con Violeta) mi madre desfrunció el ceño y se echó a reír. Me dejó de una pieza: saltó con lo más inesperado:
– De manera que tu padre piensa que somos unas rancias, ¡vaya, vaya!
– Eso no es lo que piensa -dije yo-, piensa que tú y yo somos estériles y que tenemos a Violeta aquí encerrada. ¡Él sí que es estéril el imbécil!
– Lo que ha querido decir es que somos unas rancias. Y, bueno, hay que darle la razón que tiene: algo rancias sí que somos, ¡ea!, sobre todo tú, mi niña, a tus quince.
Lo de rancia nunca lo había oído. No pude preguntar que, rancias, que qué significaba. Mi madre se sirvió de esa palabra -sabiendo lo que para mí eran ya entonces las palabras- para cambiar de registro toda la emoción. Del sentirme insultada y del horror a que mi padre nos robara a Violeta, me hizo pasar mi madre dulcemente a otro estado emocional que, si no era del todo compasión -porque es difícil ser compasivo a los quince años-, sí era, por lo menos, sensatez. Mi madre dijo:
– En el fondo es todo culpa mía, por no hablar las cosas, que cada vez las hablo menos y eso es malo. Tu padre se fue de casa por mi culpa. Aunque también porque se aburría mucho aquí. Yo arrimé el ascua de su aburrimiento a mi sardina de no poderle soportar. Lo de hoy es menos chocante de lo que tú crees, y quizá es mejor que haya explotado ahora que más tarde. Ahora, diga lo que diga, ni Violeta se iría con él ni tú le odias. Es posible que Violeta haya dicho que se aburre o que le gustaría hacer un viaje bonito si él le habla de esas cosas. Es posible incluso que haya dicho que se siente aquí encerrada, porque Violeta es muy de protestar. Violeta es muy guerrera. Por eso es tan guapísima, por lo teatrera que es, que se cambia las luces ella misma que la iluminan como focos cuando habla, o cuando escucha. Cuando sea algo mayor, ya verás las que nos arma. Pero a lo que tu padre iba, contra quien iba, es, sin atreverse, directamente contra mí, y eso lo tengo merecido. Yo no dije que no volviera nunca, decir dije muy poco. Él fue quien no volvió, haciendo así lo que yo quería que hiciese, sin necesidad de oírmelo decir. Es verdad que no es un monstruo. Yo no le quería, eso es lo único. Ya te lo he contado muchas veces. Me casé en un momento de debilidad. Y una vez casada no podía soportarle en casa. No creo que él estuviera tan enamorado de mí como ahora dice. Pero, en vista de lo que hoy te ha dicho, debí de herir su amor propio, al rechazarle una vez casados, mucho más de lo que yo creía. Y también es posible que al vernos viviendo aquí tan tranquilas, como si él no existiese ni nos hiciese nunca falta, la vieja herida se reavivara. Era imposible que me dijera a mí lo que te ha dicho a ti. Porque yo le hubiera dicho: «Pero hombre, ¿no quedamos que era mejor que hiciese su vida cada cual por separado?» Y hubiera tenido que reconocer que sí, que eso fue lo que convinimos, y que entre nosotros no habría nunca exigencias, ni tampoco enemistad. Como es natural, él no tenía que pasarnos ninguna pensión, porque con lo mío era de sobra, por lo menos por ahora. Él tiene sus intereses, sus negocios, su vida en otra parte. Y no es verosímil que nos eche mucho en falta: hasta este verano no ha sentido que le falte algo que debía de tener. Cuando se fue vosotras erais muy pequeñas. Comparada con la guerra, la paz era una pesadez. La guerra a tu padre le entretuvo, aquel estar a bien con unos y con otros. Puso su diplomacia natural, su astucia, en juego, hizo lo que le dio la gana. Y los unos y los otros, los rojos, los nacionales, los falangistas, los franquistas, todo el mundo, creían que estaba de su parte. Luego empezó a vivir aquí, y vio abrirse, como un bostezo inmenso, un porvenir sin porvenir, sin entretenimientos, estéril, como él dice. Para vivir aquí como vivimos nosotras, no se puede si no se es muy joven, o si uno no está muy enamorado o muy concentrado en algo real y verdadero. Tu padre se aburría y yo no podía soportarle. No sé qué le ha animado a venir este verano. Ha debido de ser una experiencia complicada, alteradora para un hombre como él, ver confirmada la futilidad de su existencia en relación con la nuestra. Ha debido parecerle que nuestra vida es completa con independencia de que él exista o no. Ha debido sentir que su existencia nos es indiferente.
– ¡Pues lo es! -yo dije-, por mí como si coge y se tira a la vía del tren. Me da lo mismo.
– Ha debido de dolerle mucho -dijo mi madre pensativa. Aquí fue donde cambió mi madre una vez más el tono o el sentimiento global, la animación. Ahora dijo preocupada-: Lo que acabas de decir, eso es lo malo. Porque no es justo que sientas eso por tu padre y además la verdad es que no lo sientes. Yo te conozco a ti muy bien y sé que no lo sientes. Pero lo has dicho porque en el fondo te das cuenta que a mí me da igual lo que a él le pase. Rara vez me acuerdo de él. Me es indiferente. Y eso quizá es lógico en mi caso, pero no estoy tan segura ahora como estuve entonces de que no haga falta un padre en casa.
A la mañana siguiente me desperté más tarde que Violeta. Lo había olvidado todo: lo que mi padre dijo y si fue o no brutal conmigo. Recordaba que, al final, a las dos, a mi madre y a mí, se nos olvidó lo de mi padre, porque, a consecuencia de lo que acabábamos de hablar, le entró a mi madre la murria pedagógica: que nos estaba educando peor que mal y que íbamos a ir, dentro de nada, de mazo en calabazo sus dos hijas, hasta acabar poco menos que en la calle, vivir las dos por culpa suya una horrible vida airada. Pero yo ya era mayor y sé que lo mejor en esos casos es echarle hilo a la cometa y luego preguntar una bobada, como aquella noche le pregunté que si creía que por culpa suya íbamos a acabar Violeta y yo saliendo a cenar con un señor casado, como la chica del diecisiete de la plazuela del Tribulete, o cómo. Cuando yo me acosté Violeta estaba ya dormida.
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