Aquella mañana había sentido una gran desesperación al desplegar la carta y extenderla en la mesita de café frente a él. Había echado a perder su primer encuentro verdadero: «Me parece que somos hermanos». ¡Dios! ¡Qué tontería! Y hasta después de haberle mostrado a Troy los datos de la Agencia Buscapersonas, hasta después de que diera la impresión de creerle, Jonah había percibido una frialdad a la que temía que no lograran sobreponerse. «No es el mejor momento para afrontar esto», había dicho Troy, y Jonah había sentido que se le encogía el corazón.
– Ya sé que parece extraño -admitió Jonah-. Pero significa mucho para mí. He estado pensando en ti durante toda mi vida. Ya sé que probablemente no tiene ningún sentido.
Y Troy lo había mirado sombríamente.
– Sí que tiene sentido -dijo Troy-. Es que no sé si puedo afrontar esto ahora mismo. Sinceramente, la verdad es que no me hacen falta más complicaciones en la vida.
– Me imagino que cuesta asimilarlo -observó Jonah, pero no había comprendido realmente lo que había querido decir Troy hasta que desplegó la carta frente a sí al día siguiente. «Por favor, señora Keene, soy el padre de Loomis y lo quiero. Tenga piedad de mí.»
Jonah reconoció a la perfección aquella clase de desesperación, y sentado en la caravana, mientras la claridad matutina penetraba al sesgo por las ventanas mugrientas, casi sintió que Troy estaba sentado a su lado. Sincerándose. Casi sintió que la carta estaba destinada a él en lugar de a Judy Keene. «Ten piedad de mí», le decía Troy, y Jonah imaginó que alargaba la mano y la cerraba sobre su muñeca.
– Ya sé que es posible que no te lo creas -se imaginaba diciendo-, pero comprendo lo que dices. -Había depositado la palma de la mano sobre las palabras de la carta. ¿Podía decirle: «de veras quiero ayudarte»? ¿«Quiero ser un hermano para ti»?
Probablemente no.
Pero le gusta pensar en ello. Bajo la nieve que cae sin cesar, frente a la ventana de Loomis, vislumbra vagamente la forma del niño tenuemente iluminada por una lamparilla. Loomis está tapado con la colcha y su cabeza dormida sobresale del edredón con motivos de naves espaciales. Jonah apoya la yema de los dedos contra el vidrio y contempla los copos de nieve que se estrellan contra ellos y se derriten. Sabe que la nieve se está acumulando sobre sus hombros y su cabello y le agrada pensar que en cierto modo Loomis sabe que su nuevo tío cuida de él.
Ten piedad de mí, piensa Jonah, y le gustaría que el cristal se licuara ante su contacto, que su mano lo atravesara y que las paredes y las ventanas del mundo entero cediesen a su paso. Solo por esta vez.
A las tres de la tarde, cuatro horas después de que Judy repare en la desaparición de Loomis, se presentan los perros rastreadores. Hay varios coches patrulla estacionados frente a su casa y dos fornidos agentes en la acera, hablando con Kevin Onken, con los brazos cruzados enérgicamente sobre el pecho.
Judy está sentada en los escalones de su casa, sumamente quieta. Siente que una gota de transpiración resbala desde su cabello y se desliza por el dorso de la oreja, dejando a su paso una estela pausada y fría como la de un caracol. Se estremece al ver que un hombre acompañado por un dóberman pinscher se acuclilla para mirar al perro a los ojos y hablarle mientras le acaricia el hocico. Algunos vecinos también se han apostado en los escalones, protegiéndose los ojos del sol; los pocos que se han acercado a preguntar han sido rechazados, pero Judy es consciente de que la rodea un círculo vigilante. Observa al cuidador de perros cuando este restriega una camiseta de Loomis contra el morro del dóberman entre susurros. El perro levanta sus orejas triangulares y menea con entusiasmo su rabo cercenado.
Enseguida se levantará y se dirigirá a los agentes en busca de información. Pero ahora mismo lo único que necesita es sentarse un momento.
Su brazo ha dejado de funcionar. Cuando intenta levantarlo no pasa nada. Se mira fijamente la mano, instando a los dedos a doblarse y cerrarse. Pero no lo hacen. El brazo descansa sobre la rodilla y Judy alarga la mano cautelosamente para palparlo con el dedo. No tiene sensibilidad.
Procura convencerse de que solo se debe al estrés, de que es una extraña reacción psicosomática ante la situación. Si se tratara de un derrame cerebral o de un ataque al corazón, ¿no le dolería?
Sabe que si se lo dice a alguien llamarán a una ambulancia. Se encontrará en una sala de urgencias, atendida por enfermeras condescendientes. Le ocultarán cuanto suceda en casa (si encuentran a Loomis, si está muerto o si descubren pistas sobre su paradero) mientras la examinan y la conectan a diversos monitores, mientras se convierte en un cuerpo estudiado y atendido. La transformarán en una niña obstinada; como profesora de primaria, conoce todos sus trucos, todos los rasgos de su personalidad que querrán controlar y someter.
¿Qué sucede? Un hombre grueso de calva incipiente pasa junto a ella, la rodea y penetra en su casa sin decir palabra, ni siquiera un simple «¿Me permite?». Y Judy le oye hablar con alguien con un walkie talkie .
– Supongo que en este momento están trayendo al padre. No tienen ninguna pista del paradero de la madre del niño -dice. Judy examina sus pantalones de sport, confeccionados con una suerte de algodón amarronado, con una raya en la pernera planchada sin duda por una esposa chapada a la antigua o un tintorero.
»No, solo lo estaba vigilando la abuela -prosigue, y la mira sin demasiado interés. Lleva unos relucientes zapatos negros con borlas de cuero suspendidas de la lengüeta.
»No sé… no sé… -dice. Sus ojos se dirigen de soslayo hacia Judy, como si estuviese considerando formularle una pregunta-. No, no se divorciaron -añade, y baja un poco la voz. Debe pensar que es dura de oído o que está demasiado aturdida como para percatarse de lo que está diciendo-. Parece que se marchó por las buenas -explica, con un tono crítico que enerva a Judy-. Es una especie de drogadicta, según parece -añade, y emite un sucinto ronquido: «je», como si su interlocutor hubiese hecho un comentario sarcástico-. No -dice-, no creo. La estoy viendo ahora mismo. Está sentada en un escalón. Parece bastante ida.
Ella desea replicar, fulminar con la mirada a aquel bufón y decirle que puede oír su voz salivosa, pero teme que la suya salga inarticulada como la de un borracho. Contempla el brazo insensible, dirigiendo sus pensamientos hacia él con tremenda intensidad. El cerebro le transmite una señal al dedo índice para que se levante, aunque sea un poco, y Judy cree ver que se estremece. Pero puede que no. Por alguna razón piensa en aquel famoso mentalista israelí de los años setenta de quien se decía que podía doblar cucharas con el poder de su mente. Judy concentra toda la energía de su cerebro en el dedo y siente que su rostro enrojece y que la carne de las mejillas tiembla levemente. Vamos, lo apremia con suavidad. Vamos , piensa, pero no sucede nada. Un espasmo acuoso recorre su cuerpo y Judy cierra los ojos.
Le sobreviene la premonición de que Carla se encuentra en las cercanías. En algún punto en la linde del patio percibe un indicio de su voz y piensa: ¡ Oh ! Su mente se aferra débilmente a ese sonido, y Judy supone que han encontrado a Carla o que esta ha aparecido de la nada para unirse al círculo de hombres y perros de la acera, que se presenta y flirtea con ellos. Judy se la imagina con la cadera inclinada, fumando un cigarrillo, sus labios severos y sus ojos taimados.
«¿ Por qué me miras siempre así ?», imagina que dice Carla, y percibe el murmullo agudo, refulgente y musical de los insectos procedente de los árboles, la sensación de que algo la invade. Una forma soleada arremete contra sus párpados entre las ramas imprecisas.
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