Dan Chaon - Me recuerdas a mí

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En 1974, un niño sufre el salvaje ataque del dóberman de su madre; en 1997, otro chiquillo desaparece del patio trasero de su abuela en una soleada mañana de verano; en 1966, una adolescente embarazada ingresa en una residencia de maternidad con el propósito de entregar a su hijo en adopción; en 1991, un joven diverge hacia una carrera como narcotraficante, aunque abriga esperanzas de algo mejor. En el proceso se examinan cuestiones relativas a la identidad, el destino y las circunstancias: ¿por qué nos convertimos en las personas que somos? ¿Cómo acabamos atrapados en una vida que nunca habíamos deseado? Y, ¿podemos cambiar el curso de lo que se nos antoja inevitable?

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Cuando convergen en la cafetería el bebé le indica que está hambriento. Mientras se arrellana y mueve los miembros en su interior Nora se aferra el vientre; siente la ávida urgencia de sus contorsiones, su ansia, y le susurra: « shhh ». Por un momento se acalla, pero sigue enviando hormigueos de anticipación que recorren su cuerpo, anhelando la comida.

No puede decir el motivo, pero sabe que hay un niño en su interior. ¿Héctor? ¿Alejandro? ¿Teseo? Sea cual sea su nombre, se trata de una presencia claramente masculina, y en ciertos aspectos es un alivio. No querría tener una niña, se dice. Comporta demasiados problemas, demasiada pesadumbre.

Come en silencio al final de la mesa, aunque a decir verdad ni siquiera piensa en la comida (un filete de carne con salsa acompañado por una guarnición de alubias verdes enlatadas, una ración de puré de patata y salsa de manzana) sino que la engulle automáticamente, y la urgencia del bebé se apacigua. Al otro extremo hay otras que hablan de bandas de rock , pero Nora se sienta con la cabeza inclinada, devorando incesantemente cucharadas de puré de patata con salsa de manzana y emitiendo sonidos quedos involuntarios, suspiros acallados de satisfacción.

Una de las nuevas la observa cautelosamente desde el otro lado de la mesa con aire reprobatorio y reservado. Los modales en la mesa, se dice Nora. Ha estado haciendo ruido en su urgencia por satisfacer al bebé, relamiéndose, masticando y gruñendo: repugnante. Levanta la cabeza el tiempo suficiente como para dirigir a la nueva una mirada franca y ceñuda. La joven se inquieta en silencio, turbada, pero no le sostiene la mirada, sino que baja la vista deliberadamente a la comida, frunciendo los labios, y se lleva a la boca una cucharadita de salsa de manzana como si estuviera comiendo una perla.

A Nora no le importa. Ha renunciado hasta a los rudimentos esenciales de las relaciones sociales. Después de que Maris se esfumara y Dominique se pusiera de parto, después de que el bebé se convirtiera en su principal conexión humana, dejó de experimentar la necesidad de tomar parte en los hueros rituales de los saludos y las distracciones obsequiosas. Le parece una pérdida de tiempo. Puede distraerse de un modo más fructífero leyendo o sencillamente en comunión con la criatura que se desarrolla en su interior: sus movimientos, su regocijo y su desagrado, los embriones de sus pensamientos que se transmiten por su cuerpo. Declara: «tengo hambre. Estoy inquieto. Soy feliz.» Siente esas cosas tan claramente como si le estuviese hablando directamente a ella.

A veces abre los ojos por la noche y se percata de que está despierto.

No querrás abandonarme de veras, ¿no ?, piensa, acurrucado en su interior, moviendo suavemente sus miembros.

Y ella mira fijamente la oscuridad.

¿Por qué eres tan tozuda?, murmura quejumbrosamente.

Nora ignora la respuesta a esas preguntas. Hace escasos meses se habría desecho de aquella cosa, de aquel bebé, sin pensárselo dos veces. Recuerda haberse golpeado en el vientre y haber paladeado lejía, que según había oído podía inducir un aborto espontáneo; recuerda que fue inflexible con su padre, que se opuso a ella amablemente, con pesar, desconcertado. Pensaba que debía casarse y lloró cuando Nora admitió que no se lo había contado al padre del bebé.

– Cariño -objetó-, eso no está bien. No está nada bien. Créeme, él querrá saber lo que pasa. Tienes que darle una oportunidad.

Y Nora lo había mirado adustamente. ¿Acaso no lo comprendía? ¿Qué futuro la esperaba? Casarse a los dieciséis años, después de abandonar el instituto, atrapados para siempre en Little Bow, Dakota del Sur, las vidas de todos los interesados arruinadas. Sintió que apretaba los dientes. ¿Por qué iba a escoger algo así? ¿Por qué iba a obligar a otra persona a aceptar aquella vida? «Quiero lo mejor para el bebé», le había dicho a su padre, «y eso es que no me tenga como madre».

Pero ahora, sentada en el despacho de la señora Bibb, cuando le queda menos de una semana para salir de cuentas, ya no está tan segura. Contempla a la señora Bibb mientras esta examina unos documentos que hay encima de su escritorio y levanta la vista, frunciendo el ceño.

– Me preocupa usted, señorita… Doyle -dice. Nora se ha sentado en un confortable sillón de orejas frente a su escritorio, donde en una ocasión, hace mucho tiempo, su padre y ella la habían oído recitar las normas de la residencia-. Existe cierta preocupación por su conducta últimamente. ¿Sabe lo que significa la palabra «conducta»?

– Sí -responde Nora. Deja que un grueso mechón de cabello oscurezca uno de sus ojos como si fuera un parche y agacha la cabeza.

– Es usted una muchacha muy brillante -afirma la señora Bibb-. Siempre lo he sabido. Y he pensado que debía hablar con usted, porque las próximas semanas van a ser extraordinariamente difíciles. -Frunce los labios y entrelaza las manos deliberadamente sobre el escritorio, la izquierda encima de la derecha, para que relumbre su auténtico anillo de casada-. Su cuerpo está cambiando, Nora -añade-. Está sufriendo muchos cambios físicos que también la pueden afectar… psicológicamente. Y cuando eso sucede, es frecuente que las jóvenes empiecen a albergar dudas.

– Bueno -interviene Nora.

Pero la señora Bibb se aclara la garganta.

– Quería decirle, señorita Doyle, que admiro sobremanera su espíritu. Y deseaba afirmar una vez más que está haciendo lo correcto. No puedo desvelarle mucho, pero le aseguro que hay varias parejas sin descendencia muy cariñosas que esperan proporcionarle un verdadero hogar a ese bebé. Es una gran demostración de generosidad, señorita Doyle. Un gran regalo para el niño. Pero sé que debe suponer un esfuerzo para usted.

– Bueno -repite Nora, y su garganta se contrae-, ¿y… y si he cambiado de idea?

La señora Bibb esboza una sonrisa benigna.

– No ha cambiado de idea, señorita Doyle -dice-. Puede que la química de su cuerpo esté sufriendo algunos cambios, pero eso es algo natural y se le pasará, se lo aseguro. Podrá retomar su propia vida y le habrá dado a ese niño que lleva una oportunidad que sencillamente no habría estado a su alcance si lo hubiese criado una adolescente soltera. Creo que estuvimos de acuerdo en estos puntos cuando vino a la Casa de la señora Glass por primera vez. ¿No es cierto?

– Sí -reconoce Nora al fin, y el bebé se agita en su interior, reprobatoriamente.

Aunque se ha jurado que no lo hará, aunque sigue haciendo un esfuerzo deliberado, ha estado pensando de nuevo en el chico.

Wayne. Su nombre pasa por su mente y su rostro aparece espontáneamente a la zaga. Wayne. Su cabello oscuro y ondulado; su semblante alargado, apuesto para un muchacho de granja, con la nariz prominente, los ojos castaños y adustos y la boca dubitativa: todos los detalles surgen de la oscuridad como la sonrisa del gato de Cheshire.

Creía que no estaba enamorada de él. Sin embargo, regresa nuevamente, como una sombra que se cierne sobre sus pensamientos, una punzada: Wayne Hill, el luchador de sonrisa taimada que se sentaba tras ella en la clase de matemáticas de noveno curso. Era casi nueve meses más joven que ella, más bajito y carente de sofisticación. ¿Por qué iba a enamorarse de Wayne Hill?

Pero sí que está enamorada de él, pensaba. Un poco. Por lo menos así se lo parece ahora, desde esta distancia. Ahora, un dolor hueco estremece su cuerpo cuando piensa en él. Le parece que de algún modo habría podido salvarla, a ella y al bebé, si se lo hubiera contado.

Nora no era como sus compañeras de clase, las demás quinceañeras del instituto que parecían enamorarse como si fuera una especie de pasatiempo, las jóvenes que pasaban las horas fantaseando con chicos o con fotos de famosos. No era de esas, se decía. Para empezar, el mundo aislacionista y exclusivista del instituto de un pueblecito, con sus grupos extraescolares de animadoras y parejas «que iban en serio» no suscitaba su interés: todos los rituales fingidos y los códigos sociales la repugnaban vagamente; prefería mantenerse al margen de aquellos asuntos. Le interesaba más la vida de las personas de los libros que leía, el arte, sacar buenas notas y el futuro, en el que podía ser actriz, pintora o periodista. Todas esas posibilidades se le antojaban plausibles y solo la separaban de ellas el esfuerzo, la suerte y el tiempo. Ya había empezado a solicitar información sobre diversas universidades para poder estudiar los folletos y los catálogos de los cursos.

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