Renunciar a su empleo en el Stumble Inn había sido una demostración de fe, pensaba Jonah. Un sacrificio. Dejarlo así, de una forma tan abrupta; desligarse de las personas que Troy y él tenían en común, como Crystal y Vivian. Esperaba que Troy le agradeciera ese gesto.
Pero era necesario. Mientras se esforzaba para explicarle a Troy los lances de la historia, comprendió que tendría que mediar cierta distancia entre ambos durante algún tiempo. Así se lo dijo.
– Mira -declaró-, ya sé que… puede que no lo haya abordado correctamente y que es un poco complicado… entenderlo. Quiero concederte un poco de espacio, para que… reflexiones.
Y Troy lo había mirado fijamente.
– No quiero que estés en mi lugar de trabajo -anunció al fin-. Es que… no quiero que la gente chismorree sobre esta coña de la adopción. Es la clase de cosas que sacarían en el jodido periódico… por el interés humano o algo parecido. Me resulta demasiado extraño, ¿sabes?
– Estoy completamente de acuerdo -dijo Jonah. Asintió con gravedad, adoptando el mismo ceño sombrío que Troy-. Me parece lo mejor -añadió-. Admito que aceptar ese empleo probablemente, ah, no fue una idea muy brillante, pero…
– Lo digo en serio -lo interrumpió Troy-. Quiero que lo dejes. Mañana.
– Lo comprendo -dijo Jonah.
– Y tampoco quiero que se lo expliques. Lo de este… este rollo de la adopción. -Hizo una pausa, disgustado-. Lo último que me hace falta es que Vivian y Crystal se pongan histéricas.
– Tienes toda la razón -dijo Jonah.
Jonah vuelve a pensar en ello mientras recorre el contorno del parque y advierte que se acrecienta el rubor de sus mejillas. Evoca la expresión dolida y alarmada de Troy.
– Joder -había mascullado este-. ¿Por qué no me lo habías contado? Esto es… es una sensación un poco siniestra. Es como si alguien te acosara o algo parecido.
– Bueno -dijo Jonah-, no era mi intención. -Y Troy se había cubierto el rostro con la palma de las manos.
– Joder -farfulló-. No es el mejor momento para afrontar esto.
– Lo sé -susurró Jonah-. Lo comprendo. Yo… lo siento.
Al otro lado del parabrisas, la nieve forma una bruma polvorienta que otorga a los árboles, las casas y las señales de tráfico la cualidad grisácea granulada y borrosa de la nieve de la televisión. El firmamento opresivo parece desmoronarse y posarse en el suelo.
Jonah aminora. El calor procedente de la calefacción huele vagamente a monóxido de carbono y se asienta sobre su mente como si fuera un gorro. Pisa el freno a fondo y aprieta los ojos durante un momento.
Al principio Troy no parecía creer lo que decía Jonah.
– Mira -le dijo-, no me interesa todo eso de la adopción. En lo que a mí respecta, cuando la mujer firma los papeles, se acabó. Yo fui feliz con mi madre y mi padre. Eso es todo.
– Vale -asintió Jonah-. Pero oye, vamos a dejarlo claro de una vez por todas. Tengo los papeles en el coche. ¿No quieres verlos, por lo menos? Puede que se trate de un error.
Y Troy guardó silencio durante largo rato. Entrelazó las manos y su boca adoptó un mohín severo.
– Vale -suspiró-. Vale, vamos a ver qué es lo que tienes.
Ahora, mientras cae la nieve, Troy no puede evitar releer los documentos que le ha entregado Jonah. La partida de nacimiento original: «Bebé Doyle», dice, y Troy palidece de nuevo al repasar las columnas. Madre: Nora Doyle. Ocupación: estudiante de instituto. Padre: desconocido. Ocupación: desconocida. Siente una opresión indeseada en el pecho. Esto no es lo que quiere, se dice. Al principio estaba convencido de que deseaba que Jonah, ese fisgón, y sus estúpidas pesquisas sobre la adopción salieran de su vida para siempre. Pero ya no está tan seguro. Una desazón le invade el diafragma y Troy inspira una bocanada de aire que exhala en una larga vaharada.
Nora Doyle, piensa. No siente mucho afecto por la mujer que lo dio en adopción, pero ahora que está presente en su mente no consigue deshacerse de ella. En su imaginación Nora Doyle se parece vagamente a Carla: una de esas desagradables argucias psicológicas que nadie desea plantearse demasiado. Le gustaría ver una fotografía de la mujer, aunque solo fuera para expulsar esa siniestra asociación de su cerebro.
Y en fin, sí que tiene algunas preguntas. Hasta ahora ella no ha sido sino una figura vaguísima en su cabeza, una silueta genérica, como la imagen que indica la puerta del aseo de mujeres. Habría estado satisfecho si las cosas hubieran seguido del mismo modo. Pero ahora, sin desearlo siquiera, esa persona, esa madre, ha empezado a materializarse, adquiriendo volumen y contornos hasta convertirse en algo casi tangible. Por mucho que se hubiera enojado con Jonah al principio, sabe que se derrumbará y lo llamará después de todo.
Apoya la frente en el vidrio de la ventana y sacude el cigarrillo contra el reborde del cenicero. Se sienta, ataviado con pantalones de chándal y camiseta, prisionero, y al cabo de un momento alarga la mano para hincar los dedos en la piel que rodea el cinturón de la tobillera electrónica. Le pica, y lo araña con las uñas adelante y atrás, distraídamente.
Apenas han pasado las once de la noche y Jonah aparca a escasas manzanas de la casa. Una ráfaga de viento le azota el rostro cuando sale del coche, y agacha la cabeza mientras se levanta el cuello del abrigo, consciente de que los copos de nieve que se posan en su cabello están formando una delgada capa.
Ya se ha acostumbrado al paseo Foxglove. A grandes rasgos, sabe cuándo se acuestan los vecinos, quién tiene perros ladradores y quién luces en el garaje equipadas con detectores de movimiento, conoce los patios que poseen los mejores árboles y arbustos para ocultarse, aunque debido a la tormenta es improbable que ni siquiera una persona asomada a una ventana pudiese verlo recorrer la acera a toda prisa y adentrarse en el sendero que conduce al patio trasero. Es una sombra imprecisa y sigilosa que atraviesa la ventisca con los puños en los bolsillos de la chaqueta y los hombros encorvados. Pero aunque fuera una noche despejada sería invisible, se dice. Conoce los charcos de sombra, el modo más sencillo de emprender una retirada apresurada y los puntos donde si se detiene puede fundirse con el entorno.
Conoce la circunferencia de la casa de Judy Keene. La ventana más amplia de la fachada da al salón y la otra al dormitorio de Judy, que tiene otra ventana que da al camino particular. En la parte posterior de la casa se encuentra la cocina, la puerta trasera y la habitación de Loomis.
Ha estado pensado en la carta de Troy a la señora Keene. «Comprendo que tiene muchas razones de peso para oponerse a que Loomis tenga contacto conmigo», había escrito, y Jonah recuerda aquellas mayúsculas precisas, semejantes a la caligrafía de los bocadillos de los cómics. Era una escritura vehemente, escrupulosa y desconsolada, piensa Jonah, pulcramente ordenada en la página de un cuaderno. «Aunque sé que he cometido algunos errores, solo deseo lo mejor para él», explicaba, y Jonah se imagina a Troy inclinándose sobre un crucigrama en la barra, con la punta de la lengua asomada entre los dientes, rellenando las casillas; se lo imagina doblado, fregando los vasos de cerveza con una expresión distante. Ahora comprende lo que sentía.
Se ha encontrado releyendo la carta sin cesar. Lo cierto es que la había cogido sin pensar: había reparado en ella mientras estaba sentado ante la mesa de la cocina, la tarde que había llevado comida a casa de Troy, y se había percatado de que estaba dirigida a Judy Keene. La había cogido con curiosidad mientras Troy estaba en el baño y al salir este se la había metido arrugada en el bolsillo. ¡Solo le hacía falta que lo pillase husmeando! Había estado a punto de olvidarse de ella a medida que se desarrollaban los acontecimientos de aquella noche, y de hecho no la había recordado hasta el día siguiente, al descubrir el sobre hecho una pelota en el bolsillo delantero de sus pantalones.
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