Había otros niños en el parque, pero no muchos adultos. Jonah tomó asiento en la hierba fría, cerca de unos matojos desnudos; era un lugar apartado, pero no lo suficiente como para denotar que se estaba ocultando. Se puso la capucha y fingió que se aburría, que uno de los chiquillos que pululaban en las cercanías era suyo, que no era sino otro padre dedicado. Nadie le prestó atención: una pareja de madres sentadas en los columpios departían ávidamente; la abuela de Loomis estaba sentada en un banco con la cabeza inclinada hacia el libro.
En cuanto a Loomis, se hallaba embebido en alguna fantasía. Los demás niños no suscitaban su interés, de modo que recorría el contorno de la zona de recreo, dejando atrás los columpios, los caballos saltarines y las barras, con las manos entrelazadas a la espalda, mirando al suelo. De tanto en tanto musitaba algo en voz alta. Jonah echó un vistazo hacia donde estaba sentada la abuela. Ella no le estaba prestando atención.
Loomis era pequeño para su edad, se dijo Jonah; no era flaco sino compacto, y tenía los hombros anchos, como si fuera un adulto en miniatura. Tenía el cabello tostado y liso, y una cara redonda y solemne. Jonah lo siguió con la mirada mientras se agachaba a recoger algo del lecho de viruta del patio de juego: un trozo de plástico, un juguete olvidado. El niño lo examinó con el ceño fruncido y farfulló para sí mismo. Acto seguido se lo metió en el bolsillo. Se encontraba a unos treinta metros de donde estaba sentado Jonah, pero se estaba acercando.
Jonah se hurgó en los bolsillos. Una gragea para la garganta, un recibo arrugado de la farmacia y un lapicero diminuto. Y entonces dio con la pelotita de goma que había hallado en la hierba tras la casa de Troy, una brillante superpelota de color naranja fosforescente diseñada para rebotar con fuerza y a gran altura.
Volvió a mirar a la abuela y a las madres de los columpios. Y arrojó la pelota con sumo cuidado. Esta ascendió describiendo un arco, se estrelló contra el tronco de un árbol y aterrizó a escasos metros de Loomis.
El niño volvió la cabeza, alerta. Ante la mirada de Jonah, sus ojos se posaron en la pelota y se dirigió cautelosamente hacia ella, como si fuera un extraño animalillo aturdido que se había caído de un árbol. Loomis la contempló, se acarició la barbilla con ademán pensativo y alargó la mano para cogerla.
– Loomis -dijo Jonah con voz sucinta y ronca. No le quitaba la vista de encima a la abuela, pero esta no levantó la mirada del libro. De modo que repitió:
– Loomis. -Y el niño alzó la cabeza con brusquedad. Se vieron el uno al otro: los ojos de Loomis se clavaron en Jonah con cautela y curiosidad y este levantó la mano. Le mostró la palma a Loomis extendiendo los cinco dedos. Después, deliberadamente, se puso en pie y se alejó siguiendo el término de los arbustos, saliendo del campo de visión de la abuela y del resto de adultos, así como de los demás niños. Y también del campo de visión de Loomis.
Al cabo de un instante, el crujido de las hojas llegó a los oídos de Jonah. Estaba sentado en la tierra, semioculto bajo las ramas de un árbol cuadrado de hoja perenne, con la cabeza baja y el rostro sumido en la penumbra. Loomis dobló el recodo y lo observó.
– Hola, Loomis -dijo Jonah. Estaba en reposo, con la capucha de la sudadera puesta y las manos apoyadas en las rodillas; inmóvil, pero dispuesto a salir corriendo si alguien reparaba en su presencia.
– ¿Cómo sabes mi nombre? -inquirió Loomis. Se detuvo frunciendo el ceño, arrugando un poco la nariz, con las manos a ambos lados del cuerpo como si fuera un vaquero a punto de desenfundar sus pistolas. Preparado para escapar.
– Lo sé y basta. -Hablaba como si no le importara que Loomis se acercase o no-. ¿Qué haces? ¿Estás resolviendo un misterio?
– Estoy investigando -respondió Loomis-. Busco fósiles.
– Qué interesante -comentó Jonah-. ¿Has encontrado alguno?
– Todavía no. -Loomis se adelantó un paso y titubeó-. ¿Eres amigo de mi padre?
– Más o menos -dijo Jonah. Se encogió de hombros sin mover ni un músculo-. Si quieres que te diga la verdad, yo también estoy haciendo una especie de investigación.
Loomis reflexionó al respecto.
– ¿Qué clase de investigación? -preguntó mientras se inclinaba para escrutar el rostro de Jonah. Su boca empequeñeció.
– Estoy buscando a mi hermano -dijo al fin Jonah. ¿Por qué no? Agachó la cabeza al percatarse de que Loomis estaba mirando atentamente sus cicatrices, dubitativo. Entrelazó las palmas de las manos con un movimiento lento, sosegado y submarino-. Mi madre tuvo un hijo antes de que yo naciera -le explicó suavemente-. Pero tuvo que abandonarlo. Y ahora yo lo estoy buscando.
Loomis frunció el ceño.
– ¿Por qué tuvo que abandonar al bebé?
– Simplemente tuvo que hacerlo -dijo Jonah-. No tenía elección.
Loomis entrecerró los ojos con aire reflexivo.
– Hmmm -musitó al fin, y Jonah dirigió una mirada presurosa hacia donde la abuela continuaba leyendo-. Se parece un poco a la historia de Moisés -prosiguió Loomis-. Su madre lo metió en un canasto y lo puso en el río. ¿A que parece peligroso?
– Un poco -convino Jonah. Loomis, un muchacho extravagante y severo, no dejaba de mirarlo gravemente, sin distender todavía sus músculos-. En cierto modo todo es peligroso. Pero bueno… -Procuraba prestar atención a todos los elementos al mismo tiempo. La abuela; los demás adultos y los chiquillos vocingleros; el tobogán, los columpios y el carrusel que giraba sobre su eje; los coches que circulaban por la distante carretera a sus espaldas; los movimientos erráticos de las ramas y las hojas otoñales. Buscó a tientas en su mente-. Pero… -continuó- a veces hay que correr riesgos. Dejó al bebé en el río porque no le quedaba otra opción.
– Es que no me parece una buena idea -porfió Loomis-. ¿No podía dárselo a un amigo? ¿Por qué iba a dejarlo en el río?
– No lo sé -admitió Jonah. Se le presentó la imagen de su madre ataviada con la vestimenta de los antiguos israelitas, inclinándose sobre riberas de arcilla roja cubiertas de juncos mientras la corriente trazaba líneas temblorosas en la superficie del agua-. Supongo que la gente hace cosas que luego lamenta. -Reflexionó.
»Me parece que tu padre es mi hermano -dijo.
Le asombró confesarlo con semejante facilidad. Después de haber titubeado tanto desde su llegada a San Buenaventura descubrió que salía de su boca sin ninguna de las dudas y objeciones con las que se había debatido. No era más que un hecho.
– ¿Conoces a mi padre? -preguntó Loomis.
– Tu padre es mi hermano -afirmó Jonah-. Soy tu tío.
De algún modo esperaba que aquella revelación tuviese un impacto mayor. Su vida entera había desembocado en aquel momento. Se imaginó que Loomis lo miraba con los ojos desorbitados, presa de una repentina oleada de emoción, pero el chico se limitó a pestañear, examinándolo con escepticismo.
– ¿Conoces a mi tío Ray?
Y Jonah guardó silencio mientras le martilleaba el corazón.
– Lo cierto es que ahora mismo no te puedo contar mucho al respecto -contestó. Se interrumpió con aire pensativo-. No estoy seguro de que pueda confiar en que me guardes el secreto.
– ¡Oh! -musitó Loomis. Pareció brevemente desconcertado por su respuesta. Jonah no dijo nada, tan solo estudió el semblante del niño con gravedad.
– No querrás que tu padre se meta en un lío, ¿verdad? -preguntó.
– Puedo guardar un secreto -le aseguró Loomis, a la defensiva. Se interrumpió para volverse por vez primera a mirar a su abuela por encima del hombro-. ¿De veras eres mi tío? -añadió.
– Sí -dijo Jonah.
Loomis lo contempló dubitativamente.
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