Dan Chaon - Me recuerdas a mí

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En 1974, un niño sufre el salvaje ataque del dóberman de su madre; en 1997, otro chiquillo desaparece del patio trasero de su abuela en una soleada mañana de verano; en 1966, una adolescente embarazada ingresa en una residencia de maternidad con el propósito de entregar a su hijo en adopción; en 1991, un joven diverge hacia una carrera como narcotraficante, aunque abriga esperanzas de algo mejor. En el proceso se examinan cuestiones relativas a la identidad, el destino y las circunstancias: ¿por qué nos convertimos en las personas que somos? ¿Cómo acabamos atrapados en una vida que nunca habíamos deseado? Y, ¿podemos cambiar el curso de lo que se nos antoja inevitable?

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Habían montado una escena en el funeral, recuerda. Los tres, Ray, Carla y él, colocados durante toda la ceremonia; Loomis, que tenía catorce meses y un aire solemne e inteligente incluso entonces, estaba sentado en el pliegue del brazo de su madre mientras fumaban hierba en el coche frente a la funeraria. El aroma a marihuana debía de haber emanado de ellos mientras desfilaban lentamente junto al ataúd que contenía el cadáver de su madre, mientras estaban sentados en el banco de la iglesia escuchando al predicador. Troy saludó débilmente a algunos de sus antiguos tíos y tías, rostros de las remotas fiestas de sus padres, ahora dispersos y desconocidos. Se encaminaron a la casa donde su madre había compartido la última década de su vida con Terry Shoopman, y degustaron las bandejas de verdura cruda y salsa, guisos y pollo frito frío, pasteles y tartas. Tomaron asiento formando un grupo reducido, Ray, Carla y Troy, hablando de las estupideces que discuten los colgados, y cuando se presentó Terry Shoopman para estrecharlo en un abrazo, Troy comprobó que Carla y Ray los observaban con expresión irónica y los ojos desorbitados tras el hombro de Terry. Terry lo había llamado «hijo» y había sostenido a Loomis con ternura.

– Sigo queriendo ser el abuelo de este niño -había dicho Terry, con los ojos húmedos-. Espero que lo sepas. Yo amaba mucho a tu madre. Era una mujer muy especial.

Durante varios años, Terry Shoopman había seguido enviándole regalos a Loomis el día de su cumpleaños y en Navidad. Hasta había llamado varias veces.

– ¿Por qué no vienes a visitarme? -le había sugerido-. Me encantaría ver a Loomis. -Y había intentado recordarle a Troy lo «bien» que se lo habían pasado antaño, cuando Troy, siendo adolescente, pasaba las Navidades o los meses de verano con su madre y Terry en Bismarck. Lo cierto era que Troy apenas recordaba aquellos momentos, pues había estado muy colocado; y al cabo de algún tiempo, después de algunos desaires amables, Terry había dejado de llamar y de enviar tarjetas y regalos. Troy esperaba que hubiese encontrado a otra mujer. Aunque nunca lo había querido como padrastro, no le deseaba mal alguno.

Su memoria huella esas sendas mientras Troy dormita bajo el edredón de su madre, y su mente es una duna que se mueve lentamente. Abre los ojos el tiempo suficiente para comprobar que son más de las cuatro de la tarde, y acto seguido está soñando de nuevo, repasando sin cesar su propia historia. Advierte con claridad los momentos donde podría haber cambiado las cosas, donde podría haber sacado mayor provecho a su vida, aunque la mayoría de esas veredas también lo apartan de la existencia de Loomis, y eso no lo puede soportar. Loomis, se dice, es la única cosa buena que ha hecho en su vida.

En cuanto a lo demás, no está seguro. ¿Hay alguien que pueda ayudarlo? Podría llamar a Michelle a Arizona. Ahora tiene cuarenta y cuatro años, puede que tenga un consejo sabio que ofrecerle, mientras recorre los campos de golf con su acaudalado esposo; podría llamar a Bruce, que sigue en prisión después de que le denegasen la libertad condicional por atacar a otro recluso; podría llamar a Terry Shoopman o a alguno de los parientes que conoció de niño: los tíos y las tías, los primos con los que jugó antaño durante aquellas antiguas noches de la infancia, con los que no habla desde hace años. Pero no perdura ninguna conexión verdadera, y comprende que ni siquiera tiene un vínculo de sangre con ellos. Es el que fue adoptado. Su madre y su padre lo introdujeron en sus familias, pero ahora que están muertos, ¿qué le queda? Solo Carla, que lo ha abandonado; Loomis, a quien le han arrebatado; y Ray, que ahora también está ausente, desterrado: «Lárgate, capullo», le había exhortado.

Abre los ojos de nuevo, mientras se frota los pies descalzos el uno contra el otro. Dios, Dios, Dios , piensa, y tendido en su cama se imagina el cuerpo de su madre en el ataúd. Tenía un aspecto ajeno, y cuando le acarició las manos entrelazadas sobre el pecho estas eran tan livianas como cascarones. Abandonaron fácilmente su posición. Pensaba que estarían agarrotadas, congeladas, pero de hecho eran como ramas secas, y cuando intentó que retomasen su posición orante se separaron aún más. Estaban una encima de otra como si tratasen de asir algo contra el pecho, y se había visto obligado a pedir ayuda al agente de pompas fúnebres.

– Me he cargado las manos de mi madre -le explicó, intoxicado hasta perder la razón-. Lo siento. -No lloró por ella hasta mucho después.

21 20 de octubre de 1996

Aunque casi ha anochecido, Troy tiene que levantarse de la cama para responder al timbre. No estaba dormido exactamente, pero tampoco estaba dispuesto a levantarse. Después de todo, ¿qué puede hacer? ¿Preparar café a una hora tan intempestiva? ¿Buscar algo de comer? ¿Ver la televisión? ¿Seguir contemplando los errores inmutables que ha cometido?

Pero cuando suena el timbre por segunda vez sale arrastrándose al fin de debajo de la colcha.

Sabe que tiene un aspecto terrible: descamisado, descalzo, vestido solo con unos pantalones de chándal, con los ojos vidriosos a causa del sueño irregular y mechones de cabello de punta. Se mira en el espejo colgado junto a la entrada y procura alisarse un poco el pelo mientras resuenan de nuevo las tres notas descendentes del timbre.

– A la mierda -le susurra a su rostro crispado y vidrioso, y se vuelve para abrir bruscamente la puerta principal.

Es Jonah; Jonah, del trabajo.

Los dos se quedan quietos, vacilantes. Jonah sostiene una bolsa de comestibles en cada mano.

– Hola -dice, como si le sorprendiera que Troy se haya presentado en la puerta-. ¿Qué tal te va? -añade.

– Hola -responde Troy, y acto seguido vuelven a callarse. El viento gélido ondula el cabello de Jonah y su chaqueta holgada mientras este aguarda, y Troy tiene los brazos cruzados fuertemente sobre su pecho desnudo.

– Se me había ocurrido que a lo mejor necesitabas un poco de comida -dice Jonah al fin.

– ¿Un poco de comida? -repite Troy. Procura comprenderlo, pero no consigue deducir a dónde quiere llegar Jonah. La situación tiene la cualidad, piensa, de una broma pesada y mordaz, y siente que se está tambaleando al borde de un chiste-. Me has traído comida -dice-. Del supermercado.

– Sí -afirma Jonah, y levanta un poco ambas bolsas para demostrarlo-. Pensaba dejar las bolsas… en el umbral. Pero después me preocupó, ya sabes, que se las comiera un animal o algo así. En fin.

– Vale… -dice Troy, enarcando las cejas-. ¿Y me dejas comida en el umbral porque…?

– Bueno -contesta Jonah, bajando la mirada inútilmente hacia las dos bolsas como si estuviera esposado a ellas-, supongo que solo quería ser útil. -Otra ráfaga de viento implacable irrumpe entre ellos, doblega las copas de los árboles y produce un revuelo alarmado de hojas que parecen pájaros.

– Coño -rezonga Troy, retrocediendo ante el frío-. Oye, tío, ¿por qué no…? Pasa, ¿vale? Voy a cerrar la puerta antes de que me muera congelado.

Jonah se detiene nerviosamente en el salón mientras Troy cierra la puerta de un portazo frente al clima. Cuando gira en redondo para observar a Jonah este tiene la cara roja, un rubor perceptible, y la cicatriz alargada que se extiende desde el ojo hasta el borde de la boca está más blanquecina y prominente.

– Espero no… entrometerme -dice Jonah-. Me parece que ha sido una idea muy estúpida.

Pero Troy se limita a encogerse de hombros. Encuentra una camiseta casi limpia extendida en el sofá y se la pone con un estremecimiento. La transición del dormitorio soñoliento y sobrecalentado a los vientos helados del porche le ha dejado la mente y el cuerpo en estado de choque, y contempla a Jonah mientras parpadea lentamente.

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