Cuando llega a casa está demasiado deprimido como para llamar a nadie. Son las once en punto de una mañana de domingo y lo único que quiere hacer es volver a la cama. El tiempo está empezando a refrescar. Se sienta en el dormitorio, se quita los zapatos y los calcetines y se despoja de la camisa. Enciende la pequeña estufa y enchufa la manta eléctrica. Se refugia bajo la colcha, cerrando fuertemente los ojos a la pálida claridad que se cuela por los visillos. A veces cree que ha desempeñado un papel decisivo en la ruina de la vida de todas las personas que ha amado: Ray, Carla y Loomis. A veces cree que si consiguiera desandar la senda de su vida con el cuidado necesario todo se aclararía. Las meteduras de pata tendrían sentido. Aprieta los párpados. Su vida no ha sido siempre una equivocación, piensa, y respira irregularmente durante un rato, mientras trata de hallar un camino hacia la inconsciencia, hacia el sueño.
Pero en cambio encuentra recuerdos. Por desgracia. Lo aguijonean. Troy traza una línea desde Ray, pasando por Carla, por Bruce, Michelle y la caravana de ambos, hasta todas las cosas antiguas. Su madre, su padre, su infancia, todos los pequeños detalles en los que no piensa desde hace años. De pronto están todos presentes, y Troy percibe aquella lejana reminiscencia de satisfacción flotando sobre él cuando cierra los ojos.
Se descubre pensando en su antigua familia; cuando se encaramaba a la cama de sus padres los domingos por la mañana y ellos murmuraban soñolientos mientras Troy se deslizaba bajo la colcha a sus pies y se cobijaba entre ambos. Cuando se sentaba en el sofá para ver la televisión y su madre lo rodeaba con el brazo y apoyaba la pierna en el regazo de su padre, todos ellos entrelazados bajo una manta afgana o en una tienda de campaña cuando iban juntos de acampada, con los tres sacos de dormir lado a lado.
Todos parecían muy felices. Recuerda con mucha claridad aquellos fines de semana en el lago: recogiendo leña para encender una hoguera, nadando y subiéndose a los hombros de su padre en el agua, aunque sus pies descalzos resbalasen sobre su piel, para lanzarse desde allí. Por la noche los tres recorrían el borde de la orilla atrapando cangrejos de agua dulce.
Había algo, algo mágico, en la hornacina luminosa que proyectaba el haz de la linterna bajo el agua, donde todo era visible y bien definido: los fragmentos de algas flotantes y los animalillos acuáticos, las piedras pulidas y los pececillos soñolientos a los que arrancaba destellos plateados, los cangrejos que retrocedían furtivamente, levantando las pinzas como si fueran pistolas. Sus padres eran siluetas sobre la superficie resbaladiza y amoratada del lago, y Troy se percataba de que el cielo y el lago parecían aguas profundas, un abismo encima de otro.
En aquel momento amaba tanto el mundo que casi le dolía; amaba a sus jóvenes padres con una especie de violencia que podía percibir en los músculos. Su madre lo envolvía en una toalla para secarlo y le acariciaba el cabello con la nariz, oliéndolo. Su padre, sonriente, los observaba a ambos mientras depositaba cuidadosamente otro madero en la hoguera que iluminaba su rostro, que era noble y estaba imbuido de un orgullo adusto y regio.
Incluso ahora, después de tantos años, sigue sin entender por qué se habían divorciado. Le parecía imposible que existieran semejantes momentos y que luego se esfumasen, y desde luego era incapaz de comprenderlo a los once años, cuando su madre y él se habían marchado al fin de casa. En aquel entonces estaba seguro de que al final sus padres volverían a estar juntos; ¿cómo podía ser que las personas que habían experimentado semejante felicidad no quisieran recuperarla?
Recuerda que a los trece años, cuando su madre volvió a casarse, seguía creyendo firmemente que no era sino una fase pasajera. El nuevo esposo de su madre era un hombre amable y aburrido llamado Terry Shoopman, un consejero vocacional de instituto de calva incipiente, abdomen achaparrado y rechoncho y piernas increíblemente largas y delgadas, y Troy no podía concebir que su relación fuese duradera. Contempló con escepticismo a Terry cuando este se instaló en su casa, ignorando su presencia casi siempre, sobrellevándola.
Un año después, cuando contaba catorce años, Troy seguía esperando que las cosas volvieran a la normalidad. Entonces Terry consiguió un trabajo en Bismarck. Troy se negó a marcharse, a pesar de las lisonjas y las promesas de su madre. Pensaba que ella no podría mantenerse alejada mucho tiempo. Volvió a instalarse con su padre, aunque lo cierto era que había empezado a pasar casi todas sus horas de asueto en la caravana de Bruce y Michelle y que para entonces fumaba mucha hierba con ellos y con su comitiva de adolescentes mientras esperaba a que su madre renunciase a Bismarck, se cansara de Terry Shoopman y recuperase el sentido común. A que volviera a casa.
Probablemente debería haberla acompañado. A veces, al recordar, comprende que le habría ido mejor de ese modo. El alcoholismo de su padre había empeorado discretamente, se había vuelto más complejo y ritualizado, empezando poco después de la cena y prosiguiendo con firme determinación hasta perder el sentido. Entre tanto, Bruce y Michelle habían empezado a claudicar ante la cocaína.
Hasta mucho más adelante, después de que lo hubiesen arrestado y hubiera estado sobrio durante varios meses, no comprendió la suerte de vida tranquila y estable que Terry le había ofrecido a su madre. Y comprendió que ella había tomado una decisión. Había renunciado a él, había aprovechado la ocasión de hallar la felicidad y el bienestar. Si hubiera insistido en que la acompañase, la habría hecho infeliz.
En aquel entonces, sin embargo, Troy creía que le había hecho un favor al permitirle quedarse en San Buenaventura y de ese modo adoptar la vida de un adolescente con recursos y carente de supervisión. En aquel entonces temía las visitas a Bismarck y el dormitorio anónimo que le habían preparado: la cama, el vestidor, el escritorio, las imágenes de barcos de vela de las paredes y los libros que tal vez habrían leído los hijos de su madre y Terry: La isla del tesoro, La flora y la fauna de Norteamérica y Juan Salvador Gaviota . Por lo menos tenían televisión por cable.
Años después, cuando murió su padre (al final había sido su corazón, paulatinamente emponzoñado al cabo de años de alcohol, cigarrillos y autocompasión), Troy probablemente debería haber regresado a Bismarck con su madre. Pero tenía veinte años. Había empezado a salir con Carla. Le aseguró a su madre que planeaba ir a la universidad o a la escuela de comercio, o quizás alistarse en el ejército, pero lo cierto era que se había hecho cargo de buena parte del negocio de marihuana de Bruce y Michelle, ya que Bruce estaba en prisión y Michelle salía con un anciano opulento y extravagante llamado Merit Wilkins, treinta años mayor que ella, y pensaba mudarse a Arizona.
Y después se había casado con Carla. Se instalaron en la antigua casa de su padre, la casa en la que había crecido, y celebraban fiestas maravillosas y estimulantes. Ray, que tenía quince años, se había escapado de la casa de Arizona donde vivía con Michelle y Merit Wilkins y se alojaba con ellos, dormía en el sofá y asistía irregularmente al instituto de San Buenaventura. Formaban otra pequeña familia, pensó Troy durante algún tiempo, y poco antes de que Carla descubriese que estaba embarazada de Loomis hasta se habían ido juntos de acampada: Troy, Carla y Ray. Les había obligado a pasear buscando cangrejos con una linterna.
Pero no tenía la misma autenticidad. No le parecía tan natural como cuando era niño, ni siquiera después del nacimiento de Loomis. Su madre no iba a regresar (ahora no podía, claro) y cuando ella también murió aún no había tenido ocasión de ir a Nebraska para ver a Loomis. Solo lo había visto en fotografías.
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