Cuando se detiene en el aparcamiento de la escuela, mientras todos se dirigen a sus coches al término de la clase, ese pensamiento lo acompaña. Camello , piensa, mientras se acomoda en el asiento del Corvette adquirido con dinero procedente del narcotráfico. Procura serenarse: él nunca ha hecho daño a nadie, se dice, pero ahora se filtra un atisbo de duda, y Troy lo alienta. A lo lejos, al otro lado de las gradas del campo de fútbol, una motocicleta atraviesa la calle a toda prisa, y Troy se pregunta si puede tratarse de Ray, montado en su antigua motocicleta.
– Llévatela -le había dicho Troy después de que lo arrestasen-. Sácale un poco de partido. Yo no podré montar durante una temporada. -Escucha el zumbido metálico y dentado que se desvanece en un corredor tempestuoso de manzanas con hileras de viviendas, y acto seguido introduce la llave en el contacto.
Había hablado con Ray por última vez a primeros de septiembre. Ray se había presentado en su casa bastante colgado y había entrado sin llamar, según su costumbre. Troy estaba sentado en el salón, jugando al Tetris con una vieja consola de Nintendo que había conectado a la televisión, cuando oyó la voz de Ray procedente de la lóbrega cocina.
– ¡Troy! -susurraba audiblemente-. ¡Oye, tío! ¡Soy yo! -Y cuando entró en la cocina encontró a Ray inclinado sobre el fregadero, bebiendo agua del grifo.
– ¿Qué estás haciendo? -preguntó Troy, y Ray apartó la cabeza del chorro.
– Tengo sed -respondió. Se incorporó, un poco vacilante, se apoyó en la encimera para recuperar el equilibrio y entrecerró los ojos, que se llenaron de surcos que compusieron una alegre media luna-. Hola -le dijo afectuosamente.
– Hola -contestó Troy, y se aclaró la garganta cuando Ray se hurgó en el bolsillo de la chaqueta para sacar un porro.
»No lo enciendas -dijo.
Ray titubeó, como si Troy estuviera bromeando. Entonces dio muestras de comprender.
– ¡Oh, mierda! -sonrió-. Casi me olvido. Estamos en una zona policial. -Echó un vistazo al techo-. ¿Han puesto cámaras o algo así?
– No -dijo Troy, sin sonreír. Cruzó los brazos sobre el pecho. Era improbable que alguien supiera que Ray estaba allí, ya que no lo habían sometido a vigilancia-. En fin -añadió con cierta frialdad-, ¿qué pasa?
– ¡Ay, tío! -se lamentó Ray-. Solo he venido a visitarte, eso es todo. Estás hecho una mierda. -Troy estaba en calzoncillos, y Ray se tomó un momento para examinarlo de arriba abajo con expresión lúgubre, como si quisiera confirmar su juicio, deteniéndose al fin en la tobillera electrónica-. Oh, tío -musitó-. Esto es horrible. Te han conectado a una máquina, tronco.
– Sí, ya lo sé -dijo Troy.
– ¡Oh, tío! -repitió Ray-. ¡Joder! -Y cuando alzó la cabeza tenía los ojos abrumados y húmedos-. Troy -dijo-, ¿puedo darte un abrazo?
Troy se encogió de hombros y se quedó parado con cierta tirantez mientras Ray le rodeaba los hombros con sus brazos desgarbados y atléticos.
– Sé que no debería estar aquí -dijo-, pero te echo de menos. Te echo mucho de menos, tío.
»He pensado mucho en ti últimamente, ¿sabes? -continuó-. Eso es lo que quería decirte. Tú me criaste. Cuando mi padre fue a la cárcel y mi madre se casó con Merit, tú eras el único en el mundo con quien podía contar. -Retrocedió, llevándose las yemas de los dedos a los ojos para frotárselos con energía-. Joder -masculló-. ¡Esto es una mierda! No me lo puedo creer. Tú eres mi mejor amigo, tío, y ahora… Pasarán años hasta que podamos volver a salir de fiesta juntos. -Y entonces se interrumpió un instante, sobreponiéndose-. Odio a este Gobierno -declaró-. Esto es como la Alemania nazi. Que le puedan poner… ¡una especie de collar de perro a un ser humano!
Se contemplaron mutuamente un instante y finalmente Troy se encogió de hombros, inseguro.
– No es tan malo -dijo al fin-. No es para tanto.
Ray lo miró dubitativamente y meneó la cabeza mientras retrocedía hasta el borde del fregadero. Su rostro se tensó con vehemencia, y Troy pensó en Ray cuando era niño: Ray, el bebé que había cuidado antaño, tantos años atrás, en la caravana de Bruce y Michelle. Pensó en su mirada de adoración, esperanzada y anhelante, cuando le leía un cuento. Buenas noches, Luna.
– Mira -prosiguió-, no es el fin del mundo. A lo mejor ya es hora de que… no sé. Cambie de rumbo.
– Espero que tengas razón -dijo Ray. Agachó la cabeza un instante, como hace la gente cuando termina una oración, o una confesión.
»Tenía otra razón para venir -admitió. Levantó la mirada hasta el rostro de Troy y extrajo cuidadosamente un rollo de billetes de su bolsillo-. Estoy ganando mucho dinero -explicó-. Ya sé que piensas que lo del estriptis es ridículo, pero estoy ganando mucho dinero. Y…
Se interrumpió un momento, tratando de adoptar una expresión de hombre a hombre.
– Bueno, la verdad es que tengo que contártelo. Supongo que probablemente te habrás imaginado que cogí el dinero y… el resto de la mierda… cuando apareció la policía. Mike Hawk y yo saltamos la valla y salimos corriendo hacia las colinas. ¡Joder! Creo que no he pasado tanto miedo en toda mi vida. Y luego, ya sabes, teníamos todas esas drogas estupendas…
– No hablemos de eso -lo interrumpió Troy, y de pronto se le cayó el alma a los pies en un torbellino de paranoia, como si el monitor del tobillo pudiera estar grabando algo-. Dejemos el tema.
– Vale -accedió Ray, pero no pareció entenderlo del todo-. Troy… ¡tío! -insistió-. No intento joderte, pero no tienes ni idea de lo bueno que es ese material. Es asombroso. Tengo que confesarte que lo he estado vendiendo poco a poco, mezclado con un poco de material barato que consigo por medio de mis contactos… ¡y estoy teniendo muchísimo cuidado! Pero lo que quería decir era que quiero darte una parte, porque ya sabes, en realidad es tuyo.
Troy guardó silencio durante largo rato. Era una estupidez tan evidente que parecía una broma cruel, pero Ray no parecía consciente de ello. Le estaba ofreciendo cautelosamente a Troy un fajo de billetes plegados, y Troy tuvo que reprimir el impulso de arrancárselos de la mano de una bofetada. Imaginó algún gesto melodramático, en un momento de adrenalina, como arrebatarle el dinero de la mano y quemarlo, o meterlo en el triturador de basura. Pero en cambio los dos se limitaron a quedarse frente a frente.
– Ray -repuso al fin Troy-, ¿estás chiflado? Estoy en libertad vigilada, tío. Ni siquiera sé si podré recuperar a mi hijo. ¿Y tú me quieres dar un adelanto de la hierba que me robaste?
– ¡No te la robé! -exclamó Ray-. ¡Te estaba haciendo un favor! ¡Bueno, eso es lo que pretendía!
– Pues hazme otro favor -dijo Troy, alzando bruscamente la voz-, y no intentes darme dinero de drogas. ¿En qué estás pensando? ¿Quieres que vayamos a la cárcel los dos? -Se interrumpió, con la cara congestionada, rechinando los dientes y poniendo los músculos en tensión-. ¿Es que eres imbécil o algo así? -le espetó.
Ray lo contempló con los ojos desorbitados y entonces, abruptamente, sin previo aviso, las lágrimas empezaron a resbalar por sus mejillas. Cerró una mano sobre el fajo de dinero y se puso la palma de la otra en la cara.
– Lo siento -dijo Ray, y Troy sintió que se encogía, con los brazos cruzados, estrujando la carne de los brazos superiores con ambas manos. Era él quien debía disculparse. « Tú me criaste », pensó Troy, arredrándose bajo el peso de la mirada pesarosa de Ray. Los dos se quedaron inmóviles, mirando al suelo-. Lo siento -dijo Ray-. Lo siento mucho.
Esa fue la última vez que habló con Ray. Ha pasado un mes y medio desde entonces, y mientras abandona el aparcamiento de la escuela secundaria para incorporarse a la carretera en dirección a su casa, se propone vagamente llamar a Ray cuando llegue. Para disculparse, quizá. Para hablarle de los camellos y los proveedores, para explicarle los errores que ha cometido durante su vida. No sería ilegal, se dice. No pueden impedirle hablar con su propio primo. Pero también tiene miedo. Si ahora Ray está vendiendo drogas, puede que sea un medio para que lo aparten de Loomis más tiempo aún.
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