Cuando llega el segundo bebé, Nora está mejor preparada. Se encuentra en un hospital de Chicago y nadie se propone llevarse a su hijo. Está a salvo. El doctor es un hombre amable de calvicie incipiente que luce una corbata bufonesca y la llama «señora Gray». Tiene una casa, y hasta una pequeña habitación donde meterán al recién llegado, con la cuna que montaron juntos hace unas semanas, mantitas, animales de peluche y una hilera de biberones sobre un estante. No está sola. Gary está sentado en la sala de espera frente a la televisión instalada en la pared, sonriendo nerviosamente, y aunque no sea el padre biológico, la protegerá porque la ama.
Es casi como debe ser.
A lo largo de casi todo el embarazo ha logrado concentrar sus pensamientos en este nuevo bebé; ha logrado proyectarse en un futuro radiante y adentrarse en su esplendor como si ella también estuviera volviendo a nacer, mientras los elementos se precisaban poco a poco, así como se revela una fotografía: niño, marido, casa, árbol, madre. Se promete que puede tener una vida dichosa. Le promete a este nuevo bebé que todo saldrá bien, todo saldrá bien, que tendrá cuidado. Gobernará sus vidas lo mejor que pueda.
Pero cuando se inician las contracciones, descubre que se está apartando de la senda que ha procurado seguir. Parece que está encogiendo: sus dedos se acortan y retroceden hasta los nudillos, así como la cabeza de una tortuga se repliega en el caparazón; sus manos se achantan hasta las muñecas, y estas a su vez reculan hasta los hombros; todo su cuerpo se contrae poco a poco hacia un punto central. Una enfermera temblorosa pulula en su campo de visión, y Nora aprieta los ojos, inhalando una bocanada de aire entre dientes. La presión se concentra en su abdomen y la oprime.
Pensaba que había olvidado por completo el primer parto, pero recuerda claramente los dolores. Le cuesta creer que la hayan abandonado nunca, y durante un instante vuelve a encontrarse en aquel hospital, en la Casa de la señora Glass, alumbrando a un bebé al que nunca verá. He cambiado de idea , piensa. Se acuerda de haberlo susurrado: he cambiado de idea, he cambiado de idea , meneando la cabeza de un lado a otro contra la almohada, mientras en los límites de la sala esperaban para arrebatarle a su hijo.
Llora un poco, y la mano de la enfermera surge encima de su rostro para frotarle la frente y los ojos con un paño.
Aún queda un pequeño intervalo entre las contracciones. El lapso es suficiente para aferrarse brevemente a la ruta que ha seguido: el futuro, el nuevo bebé, la casa y el árbol. Pero le cuesta mantenerse en el buen camino mientras dormita a intervalos, mientras la mano de la enfermera le toca la muñeca y le ajusta un tubo.
Le cuesta creer que sea de este modo. Así es como llegamos al mundo, por accidente o con premeditación: la sangre y los fluidos arrastran nuestras partículas microscópicas, que se desarrollan hasta convertirse en un pequeño reino celular dentro del cuerpo de otra persona. Parece tan difícil adquirir vida. Tan improbable.
Le separan los labios con un objeto frío, y su boca se mueve sin emitir sonido alguno. Cómo es posible, se pregunta. Cómo puede una comprender su propia existencia cuando hasta el principio es tan complicado: el color de sus ojos, sus facciones, las líneas de la palma de su mano y los estados de ánimo que habrán de ensombrecerla durante toda la vida, impresos en una sola célula. Cómo puede una estar viva cuando cada decisión que toma fragmenta el mundo en un millar de filamentos y cada paso tomado a la ligera se bifurca en largos y trepidantes afluentes de vidas alternativas que se despliegan como relámpagos.
Por un momento, lo siente. Siente que se escinde, se multiplica y se disgrega en partículas. Siente al bebé que se encuentra en su interior, y la ausencia del otro. Percibe al niño que dio en adopción, que la observa con curiosidad, aunque su cuerpo físico duerme sin sueños en una cama caliente, en una bonita casa junto al mar. Recuerda la casa del cuadro de Winslow Homer, el paisaje que la había impresionado de un modo tan repentino al verlo: oh, ahí es donde vive mi bebé , había pensado.
El niño tendrá ahora cuatro años, casi cinco, y en el segundo previo a la siguiente contracción Nora recorre el sendero que conduce a la casa. Wayne Hill está sentado en la hierba con el hijo de ambos… ¿es una niña? No, es un niño. Un muchachito robusto, con el cabello oscuro y los ojos azules de su padre, que la saluda cuando la ve. Wayne y su hijo están comiendo un polo; Wayne luce una sonrisa juguetona y tiene la boca azulada a causa del colorante de la comida. Lleva su uniforme de la marina, y Nora alza una mano, agitando la mochila llena de libros. Tiene un empleo de media jornada en una pequeña biblioteca. Asiste a clases en la universidad cuando se lo pueden permitir. Pero son felices, y a veces Wayne le recuerda cuánto le agradece que hubiera confiado en él. Les habla a sus amigotes del día que la rescató de la Casa de la señora Glass, del valor que había demostrado, en medio de una ventisca, embarazada de cinco meses, escalando la verja donde la esperaba su coche.
Y en ese momento su cuerpo vuelve a contraerse, y por alguna razón Nora se descubre recordando un suceso de su infancia. Aquel globo, piensa, con los ojos apretados. El globo amarillo que su padre le había comprado en la feria cuando tenía seis años. «Nenita», le dijo, «esto es para ti, porque eres especial», y le ató el cordel alrededor de la muñeca. Nora nunca había visto un globo de helio antes, ignoraba que algo pudiera flotar de ese modo, como por arte de magia.
Se hallaba en el patio cuando el nudo que le ceñía la muñeca se desató. Lo recuerda claramente: el globo elevándose a la deriva. Trató de aferrar el cordel, pero falló, y este siguió ascendiendo sin cesar, encogiéndose hasta desaparecer, impasible, en la límpida extensión del firmamento.
Entonces no podía creer que las cosas pudieran perderse para siempre, que fueran irrecuperables. Se quedó en el patio durante casi toda la tarde, clamando al cielo, dándole órdenes, pataleando.
– ¡Vuelve! -exclamaba, levantando los brazos en ademán suplicante-. ¡Vuelve! ¡Vuelve! ¡Vuelve!
Solo quiere una segunda oportunidad, se dice. Solo desea la ocasión de reflexionar un momento antes de dar el siguiente paso de su vida, detenerse y palpar la silueta de las personas en las que podría haberse convertido, pero entonces le ponen una máscara de plástico en la cara, le dicen que respire y empuje, y ella no sabe lo que quiere aún. No lo sabe.
***
[1]N. del t.: Juego de palabras intraducibie: Alice, a lice, «un piojo».
[2]N. del t.: Juego de palabras intraducible. Se trata de una broma muy común en los Estados Unidos: Mike Hawk suena como my cock, «mi polla».
*N. del t.: Las palabras seguidas de asterisco están en español en el original.
[3]N del t.: Histórico programa radiofónico de música country.
[4]N. del t.: Escritora Norteamericana galardonada con el premio Pulitzer en 1923 por Uno de los nuestros.
[5]N. del t.: Rip van Winkle, protagonista del cuento homónimo escrito por Washington Irving, duerme durante veinte años y despierta después de la revolución americana.