– ¡Troy!
Sigue estando tan soñoliento y ensimismado que sufre un tremendo sobresalto. Gira en redondo, levantando instintivamente las manos para protegerse el rostro, esperando a medias… ¿qué? ¿Un intruso? ¿Un ataque? Sus ojos inspeccionan la estancia rápidamente hasta que determina el origen de la voz: se trata de Ray, que está sentado en el suelo detrás de la televisión, con las piernas cruzadas.
– ¡Joder! -masculla Troy-. ¿Qué estás haciendo en mi casa?
– ¡Hola, Señor Zombi! -dice Ray, y Troy se distiende poco a poco. Ray está instalando una consola de videojuegos, pulsando los botones del mando-. Estás muy ido, ¿lo sabías? Cuando te he saludado has pasado de largo como si estuvieras sonámbulo. ¿Qué pasa, hombre? ¿Por fin has decidido volver a fumar hierba?
Troy frunce el ceño.
– No -responde, mientras dobla por la mitad la tarjeta navideña y se la mete en el bolsillo-. Es que me acabo de levantar.
– ¿Que te acabas de levantar? -exclama Ray-. Pero si es la una de la tarde, tío. ¿Qué estuviste haciendo anoche?
– Nada -dice Troy. Se apoya alternativamente en un pie y en otro mientras Ray oprime nerviosamente varios botones. La pantalla cobra vida. Se produce un estallido de música heroica y un locutor de lucha libre empieza a vociferar.
– ¡Coño! -musita Ray-. Mira esto. Es la hostia. Es lo más realista que he visto en mi vida.
– Ray -dice Troy-, ¿qué crees que estás haciendo? -Pero Ray no levanta la vista. Sus ojos se concentran en la pantalla cuando da comienzo una partida.
– Es un regalo -explica-. Y no necesariamente para ti, amigo mío. -Troy observa a Ray mientras este se dispone a fintar y a retroceder imitando a los luchadores que está controlando en la pantalla y su rostro se endurece a medida que se encona la acción computerizada.
– No hacía falta. Es un cacharro muy caro -replica, pero Ray no aparta la mirada.
Se limita a encogerse de hombros. No ha cambiado tanto desde que era un adolescente. Ahora se afeita la cabeza y tiene una sombra de barba en el mentón, pero su disposición sigue siendo la misma, y hasta su cuerpo sigue siendo tan musculado y apuesto como cuando era estríper. No se ha casado nunca, ni siquiera ha tenido un noviazgo serio. Cuando lo mira, le cuesta creer que ahora sea un empresario respetable, miembro de la Asociación de Comercio de San Buenaventura y del Club Rotary local.
– Mira -dice Ray-, en todo caso, no lo he comprado para ti, así que no te preocupes. -Levanta la vista brevemente, dubitativo, y sus ojos se encuentran. Una miríada de cosas.
Últimamente se han producido algunas situaciones violentas entre ellos. Se han dirigido palabras destempladas varias veces a propósito de la economía del Stumble Inn, y Ray le ha recordado que es, básicamente, su empleado.
– Tú eres el director -solía decir cuando le compró el bar a Vivian-. En lo que a mí respecta, tú regentas el local. Tus decisiones son las mías. -Y así había sido casi siempre, pero al mismo tiempo siempre quedaba claro que Ray era el propietario del bar. Ya era el dueño de cuatro bares y una licorería en San Buenaventura y los pueblos circundantes. Era un empresario local. Nunca habían sacado a colación hasta qué punto era más rico que Troy. Jamás se había hecho mención alguna del maletín repleto de drogas que había sido el origen de su buena suerte. Era evidente que era mucho más astuto con sus ingresos de lo que lo había sido nunca Troy.
Pero aunque habían pasado muchos años, la vida social de este continuaba girando en torno a Ray y a Loomis: un concierto de rock en Denver, un recital de la banda de la escuela primaria en el auditorio de hojalata o una cita doble en un restaurante en la que Ray y su acompañante hacían manitas por debajo de la mesa mientras Loo hablaba de especies de pájaros con la mujer con la que debía alternar su padre.
Troy contempla el recuadro con las palabras «Game over» que se superpone en la pantalla de televisión y Ray le dedica una sonrisa mansa.
– Siéntate -dice-. Te desafío a una batalla, tío.
Es probable que Troy piense demasiado en el pasado. Se distrae con cosas que debería haber superado hace largo tiempo: pensando en personas como Lisa Fix, su antigua agente de libertad condicional, con la que salió durante un par de años después de su puesta en libertad, hasta que ella abandonó el pueblo en pos de un empleo en Denver; o Vivian, que sigue sentándose con ademán majestuoso en el mismo taburete de la barra noche tras noche, de lunes a jueves, desde que se jubiló. Se imagina los reproches de su primo: «¿Para qué piensas en esas cosas?», le diría. «¿Cuántos años han pasado? ¿Diez?». Lo cierto es que sigue pensando en aquellas personas casi cada día: Judy Keene. Carla. Terry Shoopman. Jonah.
Levanta la cabeza. ¡Patada! ¡Puñetazo! ¡Finta! Un par de horas después, cuando Loomis vuelve a casa, Ray y él siguen allí sentados, y Troy no ha ganado ni una sola partida.
Ray es el primero en percatarse de su aparición.
– ¡Eh, cumpleañero! -exclama Ray, extendiendo las manos dramáticamente hacia la pantalla de televisión-. ¡Mira! -dice, y Troy sonríe mansamente, contemplando el rostro de su hijo desde su puesto en el suelo, como si Loomis fuera un adulto y él un niño pequeño.
– Hola -responde Loomis, y sus ojos se posan delicadamente sobre Troy (como si le preguntara: «¿Estás bien, papá?») antes de dedicarle a Ray una sonrisa cortés-. ¡Oh, Dios mío! -dice-. Tío Ray, es muy guay. Muchas gracias.
– ¡Solo has de recordar que es para ti y no para tu padre! -dice Ray-. Ha estado aquí sentado jugando toda la tarde. No consigo apartarle de este trasto.
– Ajá -dice Loomis. Es reservado, como siempre, un tanto distante; sigue siendo bajo para su edad, aunque sus hombros se están ensanchando y la línea de la mandíbula empieza a cuadrarse para convertirse en la de un hombre. Espera en el límite del salón cuando Troy se levanta. Permite que lo abrace, le aparte el flequillo desordenado de la frente y le estampe un beso en ella.
– ¡Feliz cumpleaños! -dice Troy con voz áspera, y Loomis acepta la intensidad del afecto de su padre con silenciosa dignidad. Gruñe un poco, resollando afablemente cuando Troy lo estrecha fuertemente entre sus brazos-. Te quiero, hijo -le susurra al oído-. Te quiero mucho.
Cuando Ray se marcha, la calma se apodera nuevamente de la casa. Se sientan ante la mesa de la cocina mientras comen tarta y helado, sintiéndose cómodos en la compañía del otro. Felices, se dice Troy. Se ha esforzado para ser un buen padre, y sabe que Loomis ha puesto empeño en ser un buen hijo. Tienen una sólida vida en común, piensa, aunque le habría gustado que hubiesen compartido más momentos especiales, además de las rutinas del trabajo y de la escuela, además de los rituales de ver juntos la televisión y recorrer las colinas más allá de la casa. No discuten. Según parece, comparten su existencia sin dificultades.
Sin embargo, cuando se sientan ante la mesa, Troy no puede sino desear que hubiera más tiempo. Piensa en todas las vacaciones de las que han hablado y que han planeado hacer (visitar Washington D. C, Irlanda o Sudamérica) y que nunca se han podido permitir. Recuerda que en una ocasión le dijo a Loomis que estaba pensando en apuntarse a cursos universitarios por correspondencia, y Loomis se emocionó sobremanera.
– Deberíamos mudarnos a un sitio donde hubiera universidad -dijo-. A mí no me importaría mudarme.
– Bueno -replicó Troy-, habrá que tener en cuenta el tema del dinero. No puedo dejar mi empleo por las buenas, ¿no?
Y Loomis se encogió de hombros. Troy se percató de su desaliento.
– Supongo que no -admitió Loomis, y Troy comprendió que se había equivocado, que había acariciado la arista de una existencia distinta en la fantasía de su hijo.
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