Dan Chaon - Me recuerdas a mí

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En 1974, un niño sufre el salvaje ataque del dóberman de su madre; en 1997, otro chiquillo desaparece del patio trasero de su abuela en una soleada mañana de verano; en 1966, una adolescente embarazada ingresa en una residencia de maternidad con el propósito de entregar a su hijo en adopción; en 1991, un joven diverge hacia una carrera como narcotraficante, aunque abriga esperanzas de algo mejor. En el proceso se examinan cuestiones relativas a la identidad, el destino y las circunstancias: ¿por qué nos convertimos en las personas que somos? ¿Cómo acabamos atrapados en una vida que nunca habíamos deseado? Y, ¿podemos cambiar el curso de lo que se nos antoja inevitable?

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Quizá no deba llamar a Troy, se dice. Esta noche no, al menos. Quizá deba estar a solas con Loomis durante algún tiempo. Unos días o unas semanas. Gira en redondo y comienza a desandar el camino.

La hoguera está casi apagada cuando regresa. Solo restan algunas brasas que emiten un resplandor anaranjado a través de una costra de negra ceniza, y Jonah busca el palo para removerlas de nuevo. No sabe dónde lo ha puesto, y se siente un poco mareado mientras lo busca ansiosamente. Es como si su cerebro se estuviera moviendo dentro de su cráneo mientras él trata de orientarse en el laberinto que de algún modo se ha creado. Se imagina sentado en una cafetería en una aldea mexicana, bebiendo limonada con Loomis. Alza la vista cuando Troy atraviesa la entrada. Loomis salta de su asiento y Troy le hace a Jonah un ademán con la cabeza, solemne pero respetuoso. Se imagina un control de carretera nocturno. Los coches que lo preceden aminoran y los agentes de policía inspeccionan su coche y su rostro con el haz de una linterna y Jonah intenta girar el volante y acelerar. Se imagina deteniéndose frente a la casa de Troy al romper el día, abriendo la puerta del coche para dejar salir a Loomis.

Algo se mueve más allá del contorno de la parrilla, y sus pensamientos se interrumpen. Distingue la silueta de un niño pequeño en la oscuridad.

– ¿Loomis? -susurra, pero el niño es más bajo que Loomis. Un bebé, se dice, antes de vislumbrar sus ojos amarillos.

Un mapache. Observa a Jonah mientras se incorpora sobre los cuartos traseros, con las extremidades anteriores ante el pecho, y asiente de una forma pausada y vacilante, meneando la mandíbula frente a Jonah. Detrás hay otro que sale reculando de la bolsa de papel donde Loomis y Jonah han dejado los restos de su cena: platos de plástico, perritos calientes medio comidos y bolsas de patatas fritas arrugadas. Hay otros ahí fuera; cuatro o cinco, supone Jonah. Puede ver sus ojos.

– ¡Fuera! -exclama ásperamente, pero en lugar de acercarse a ellos, de hacer aspavientos o patalear, retrocede un paso. Una sensación de entumecimiento, cosas en las que no piensa, una boca que se cierra sobre su rostro-. Fff -balbucea.

Ninguno de los animales huye, aunque el que ha salido de la bolsa también se incorpora sobre los cuartos traseros, sosteniendo el envoltorio de plástico vacío que contenía los perritos calientes, asintiendo.

Jonah apoya la mano en el costado de la tienda, buscando la entrada a tientas. Se propone recuperar la linterna que ha dejado dentro junto al saco de dormir en el que se había acurrucado Loomis. Los alumbrará directamente con el foco de la linterna. Eso los ahuyentará, se dice.

La cremallera de la abertura está abierta, y Jonah se agacha sin perder de vista a los mapaches y retrocede hasta el interior. La pequeña burbuja está casi oscura, y Jonah recorre con los dedos el reborde del saco de dormir de Loomis, buscando a tientas la linterna, pero esta no está en su sitio. Maldita sea , susurra, mientras palpa torpemente el resbaladizo piso de nailon, ciego en la oscuridad. No desea despertar a Loomis y pone mucho cuidado para no rozarlo ni toparse con él.

Pero cuando pone la mano cerca de su almohada, jadea de repente. La cabeza de Loomis no está allí, y cuando tienta el bulto del saco no encuentra sino aire en su interior. No está su cuerpo. No está Loomis. Incrédulo, golpea el saco y se escucha una risita metálica.

Je, je, je -dice una voz-. Hazlo otra vez. -Jonah se sobresalta y levanta el juguetito relleno de bolitas por el rabo.

– ¿Loomis? -musita. Se vuelve describiendo un círculo alrededor del diminuto espacio, manoseando el contorno de la circunferencia, aferrando los sacos de dormir y las almohadas como si Loomis fuese algo diminuto, como una llave, que pudiera perderse en los pliegues. Fuera de la tienda, solo se escucha el rumor apacible del resuello de los mapaches que se ocupan de sus asuntos tranquilamente.

34 5 de junio de 1997

A Loomis nunca le ha dado miedo la oscuridad, pero en la espesura es más difícil ser valiente. La oscuridad sobrepasa cuanto ha experimentado jamás, de modo que procura no pensar demasiado en ello. Sostiene la linterna firmemente frente a él, simulando que el charco luminoso que arroja esta es un perro al que está paseando. Le gusta esa idea. Un perro luminoso , piensa, y se siente un tanto más seguro, aunque sea de mentira.

Se detiene un instante a mirar a sus espaldas, dirigiendo el fulgor hacia los troncos y los árboles de sombra que ha dejado atrás. La tienda de campaña se encuentra en algún punto lejano allí atrás, pero Loomis ya no puede verla, y describe un círculo a su alrededor con el charco luminoso. Ramas, agujas de pino y rocas. Una lata vacía en la que pone «Coors». Escucha atentamente el zumbido acompasado y vibrante de los insectos. Sin embargo, no oye pasos. No oye a Jonah llamándolo, de modo que se vuelve y continúa caminando, procurando no pisar nada que produzca chasquidos ni crujidos. Hay muchas personas en las cercanías, se dice (las vio cuando se dirigían a su campamento) pero ahora solo desear poner distancia entre Jonah y él. Si Jonah regresa y descubre que se ha marchado, Loomis cree que intentará atraparlo y obligarlo a dormir de nuevo en esa tienda.

Había dormido un ratito, aunque estaba disgustado, aunque había estallado en llanto y no le gustase hacerlo. Algunos niños de la guardería lagrimean por pequeñeces, y Loomis no lo aprueba. Pero esa vez no había conseguido reprimir las lágrimas: se sentía sumamente incómodo y nervioso, y cuando Jonah afirmó que había llamado por teléfono a la abuela Keene, supo que era mentira sin duda. Y después Jonah dijo que su padre estaba en la cárcel. Eso fue lo que más lo asustó.

En la escuela te enseñan que a veces los desconocidos, las malas personas, fingen ser amigos tuyos. Intentan darte drogas o meterte en su coche y hacerte prisionero. Intentan tocarte en las partes privadas, y eso es algo impropio. Si llega a suceder, te dicen, debes tratar de escapar y decírselo a un adulto en quien confíes, como por ejemplo un agente de policía o un profesor.

Loomis no sabe a ciencia cierta si Jonah es un desconocido o no. Solo está seguro de que es importante que llame a su abuela o a su padre. Se despertó con el rumor de los mapaches (había cinco o seis, husmeando furtivamente en su campamento) y cuando abrió la cremallera de la tienda, comprobó que Jonah se había marchado.

– ¿Hola? -dijo, y los mapaches lo ignoraron, prosiguiendo su tarea desdeñosamente, como si supieran que Loomis era un niño y ellos eran adultos. Sostuvo la linterna con ambas manos, alumbrando el perímetro del campamento-. ¿Jonah? -musitó. Y como no hubo respuesta alguna, titubeó un momento.

Acto seguido se puso en marcha.

Ha recorrido un trecho cuando vuelve a detenerse. La arboleda es densa, se dice, y puede que transcurra mucho tiempo antes de que encuentre una casa. Piensa en los cuentos de hadas que le han contado ( Hansel y Gretel, Caperucita Roja ) y aunque no les tiene miedo a los lobos parlantes ni a las brujas, se pregunta si esas historias contienen algo de verdad. ¿Sigue habiendo leñadores con los que podría encontrarse? ¿O se han extinguido, como los lecheros y los zapateros remendones? Enfoca la linterna hacia la distancia ante sí, intentando columbrar una senda entre los árboles. Ahora le gustaría toparse con un leñador, piensa, y se imagina a un hombre con una pluma en el sombrero, con un arco y una aljaba de fechas colgando del hombro, silbando por un sendero. También piensa en animales, en el libro que había tomado prestado de la biblioteca: La flora y la fauna de los estados montañosos . Sabe que Colorado es el hábitat del lince, que es una especie en peligro, así como del oso negro y el puma. El puma, también conocido como cougar o león de montaña, se oculta silenciosamente entre los arbustos y a veces en los árboles cuando está cazando. Loomis recuerda la ilustración del libro, el felino leonado de ojos grandes, y la voz de su abuela al declamar: «El movimiento, sobre todo si es apresurado, desencadena el instinto depredador de los leones de la montaña», y cuando piensa en ello se detiene en seco. Proyecta el haz de la linterna sobre el ramaje de los pinos que se ciernen sobre él, sobre la cubierta tachonada de estrellas del firmamento. Aguza de nuevo el oído por si oye pasos o el sonido del resuello de Jonah. Una ráfaga de insectos pasa sobre su rostro y se posa en su cabello hasta que los ahuyenta.

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